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HISTORIA DE LOS PRIMEROS AÑOS
Apenas
existe algún intento previo de relatar la historia de la Asociación
Española de Médicos Escritores y Artistas, con la excepción de una
conferencia del Dr. Carlos Rico-Avello Rico, presidente de la misma
desde 1981 1987, pronunciada en el seno del Encuentro Cultural Conmemorativo
celebrado en la Universidad de Alcalá de Henares, en noviembre de
1978. El motivo de esta celebración fue el cincuentenario de la
Asociación, lo que establece la fecha de su fundación en el año
1928. Ya veremos cómo este presupuesto puede ser mantenido sólo
con restricciones y matizaciones muy importantes.
Los datos que iré exponiendo a continuación proceden de las actas
de nuestra Asociación y de la prensa médica de diferentes épocas,
que he consultado sin ninguna pretensión de exhaustividad. En la
actualidad, se conservan actas desde el principio del año 1936 (la
primera es, exactamente, del 30 de enero de ese año), aunque en
el trabajo de Rico-Avello se menciona “un acta anterior que milagrosamente
se conserva”. Pertenece a la propia y verdadera naturaleza de los
milagros el no ser ni cotidianos, ni permanentes y hoy, desgraciadamente,
esa acta ha desaparecido. En ella se recogía el nombramiento del
primer presidente de honor, que recayó en el Dr. José Pérez Mateos.
Esta acta debió de ser quizá la primera, o de las primeras, ya que
en uno de los más iniciales documentos impresos en que se da noticia
de nuestra Asociación, en el número de mayo del 1931 de la revista
España Médica ( EM, que en esta época es mensual), ya aparece
con este título el Dr. Pérez Mateos, que figura en el libro de registro
de socios como ingresado en la Asociación en enero de 1931, siendo
entonces presidente del Consejo General de Colegios de Médicos de
España.
En la revista se habla de la Asociación Española de Escritores Médicos
(AEEM), aunque en el número de diciembre vuelve a aparecer como
Asociación de Escritores Médicos y, en otra revista, Vida Médica,
del 5 de mayo del mismo año, se menciona como Sociedad de Escritores
Médicos. En cuanto al nombre exacto de nuestra entidad, la indefinición
es notable y constante, aparte de que, además, de manera formal,
ha cambiado a lo largo de su historia, como ya tendremos ocasión
de comprobar.
En cualquier caso, en el citado ejemplar de mayo de España Médica,
se puede leer: “Al quedar constituida la AEEM se subsana algo que
hace tiempo representaba una verdadera necesidad cual era la agrupación
de los que a diario dedican su actividad a los trabajos periodísticos
orientados con fines médicosociales”. Y sigue: “Sabemos que muy
pronto harán públicos los fines de su asociación, en los que desde
luego, figurarán como primordiales el alto prestigio de su profesión
y los intereses de la salud pública”. Como se ve, según estos datos
de EM, la asociación está recién fundada y no he encontrado en esta
revista, explorando los años anteriores, 1928, 29 y 30, ninguna
referencia a la misma. De hecho, unos meses más tarde, en el número
de diciembre del 31, todavía aparece, siempre en EM, el siguiente
titular, con letras grandes y enmarcado: “Los escritores médicos
se constituyen en Asociación” y continúa: “Ha quedado oficialmente
establecida la Asociación de Escritores Médicos [...] En la reunión
plena últimamente celebrada se confirmó la junta directiva [...]
La Asociación está constituida por treinta escritores médicos y
reina entre ellos tal entusiasmo que se espera una labor brillante.
En la clase médica despierta mucho interés la Asociación, ya por
ella en sí, ya por las personas que se han puesto al frente, que
son publicistas avezados, de prestigios reconocidos y enemigos del
quietismo en todos sus aspectos”. El presidente, el Dr. José de
Eleizegui López, entrevistado, afirma: “La Asociación era una necesidad.
Andábamos desperdigados los publicistas
o periodistas médicos” (el subrayado es mío). Hay también
una fotografía con los fundadores de la Asociación, aunque a algunos
de los presentes no los veo luego en los libros de registro de socios
que he podido manejar.
De todo lo anterior cabría deducir, con respaldo documental, que
nuestra Asociación se fundó en mayo de 1931, con la formación de
una junta directiva, que fue confirmada en una sesión plena posterior,
a la que alude la noticia de diciembre de España Médica.
Todo esto parece claro. Sin embargo, la celebración del cincuenta
aniversario en 1978 y las noticias que Rico-Avello aporta pretenden
situar, como ya hemos dicho, la fundación de nuestra sociedad en
1928. En el libro de registro de socios el primero de ellos es Eleizegui,
que luego sería también presidente honorario, y tiene como fecha
de alta el 1 de enero de 1931, la misma que otros socios que aparecen
con él. No hay constancia de socios anteriores. Pero ya volveremos
sobre el tema de la fecha de fundación de ASEMEYA; antes, hablemos
un poco de sus posibles precursores.
Como antecedentes de la misma, señala Rico-Avello la creación, en
1918, de la Asociación de la Prensa Médica y en esto ha de ser corregido.
Tengo ante mí, encontrados en la Biblioteca Nacional, dos reglamentos,
el de la Asociación Española de la Prensa Médica (1902) y el de
la Asociación de la Prensa Médica Española (1909). A pesar del distinto
orden de los calificativos, se trata con toda certeza de la misma
entidad, que es bastante anterior, por lo tanto, a 1918. En cualquier
caso, esta Asociación es radicalmente distinta, en sus objetivos
y composición, de la nuestra. Del art. 1º del reglamento de 1902
tomo algunos detalles para justificar mi afirmación: La Asociación
“estará constituida por las publicaciones periódicas de Medicina,
Farmacia, Veterinaria y Ciencias auxiliares y tendrá por objeto
fomentar las relaciones entre los periódicos nacionales y extranjeros,
procurando aumentar sus lazos de solidaridad y defender los intereses
que sean comunes a sus asociados”. Y más adelante: “Los socios llevarán
la representación de un periódico, cualquiera que sea la población
de España donde se publique” (art. 7º) y “para representar a un
periódico asociado será condición indispensable la de poseer un
título académico relacionado con la índole de la publicación” (art.
10º). Como se ve, esta Asociación es absolutamente distinta de la
nuestra, por lo menos tal como está configurada hoy, y bastante
anterior. Se trata, en esencia, de una unión de revistas o periódicos.
Su presidente era, en 1902, el marqués de Guadalerzas, D. Francisco
Marín Sancho y su sede estaba en Leganitos, 17-2º izda. Su fecha
fundacional exacta fue el 13 de noviembre de 1902.
En el reglamento de 1909 hay cambios de considerable importancia.
Según el nuevo art. 1º, se incluyen también las publicaciones periódicas
de Odontología, pero además se dice que la Asociación está constituida
por “todos los profesores que, teniendo acreditado su carácter de
periodistas de ciencias médicas, lo soliciten”. Se ve, pues, que
la Asociación, además de ser de publicaciones periódicas representadas,
lo es de periodistas profesionales de ciencias médicas. Los objetivos,
sin embargo, no cambian y siguen siendo muy diferentes, como escribíamos
antes, de los perseguidos por asociaciones del tipo de la nuestra.
En 1909, es socio honorario de esta Asociación de Prensa Médica
el Dr. Carlos María Cortezo y Prieto. Y desde luego es cierto que
Cortezo se ocupó mucho de los intereses de la prensa médica profesional
y, de hecho, en 1921, según consta en el Cronicón biográfico,
publicado, bajo el seudónimo de Dottore Baloardo, por su hijo Francisco
Javier Cortezo Collantes (que después fue miembro de nuestra asociación)
el día 26 de agosto de 1933, tras la muerte de su padre, en la revista
El Siglo Médico, “el Dr. Cortezo actuó muy intensamente cerca de
Francos Rodríguez para que los periodistas médicos figuraran en
la Asociación de la Prensa, que Francos presidía entonces”, sin
conseguirlo, a pesar de la estrechísima relación que los unía. Fue
precisamente el Dr. Cortezo, que había sido elegido por unanimidad
miembro de la Real Academia de la Lengua en 1918, el que contestó
al discurso de ingreso en la misma de Francos Rodríguez, el 16 de
noviembre de 1921. No sólo eso. Francos Rodríguez era también médico,
aunque abandonara después totalmente la profesión, y trabajó de
interno en el Hospital de la Princesa a las órdenes de Cortezo,
que era el jefe facultativo. Y cuando este dimitió de su puesto,
Francos Rodríguez lo siguió y fue incluso su ayudante con la clientela
privada.
Prescindiendo del error en la fecha de fundación de la Asociación
de Prensa Médica Española, lo cierto es que en 1928 existía tal
asociación (entonces se llamaba Nacional en vez de Española), que,
a pesar de defender también a los que escribían en la prensa médica,
representaba fundamentalmente a las publicaciones periódicas, sus
intereses periodísticos y profesionales. El ingreso en esta Asociación
ofrecía probablemente grandes dificultades para los médicos no encuadrados
en las revistas profesionales existentes y por ello -cuenta Rico,
aunque sin aportar pruebas documentales-, tras haberse denegado
el ingreso a algunos médicos que lo habían solicitado, y parece
que por iniciativa del Dr. Mesonero Romanos, se celebró en Lhardy
una comida en la que se decidió formar una comisión para redactar
los estatutos de una futura Asociación de Escritores y Periodistas
Médicos. La comisión estaba integrada por Eleizegui, Llopis, Noguera,
Sánchez Taboada, Álvarez Sierra y Fernán Pérez, y presidida por
el propio Mesonero Romanos. Este sería el momento inicial, prístino.
En Lhardy, en diciembre de 1928, quizá en el mismo salón japonés,
adornado con cañas de bambú y papel de dragones y palanquines estampados
en oro en el que, tres años más tarde, se iba a reunir Azaña con
su Gabinete para celebrar su presidencia, el día 2 de noviembre
de 1931 exactamente. Puestos a imaginar el nacimiento, imaginémoslo
bello. Aseguraba Julio Cortázar que él no sabía dónde empieza o
termina lo real y lo fantástico. Igual me pasa a mí, con las siderales
distancias. Mala cualidad para un historiador, se dirá. O quizá
buena, quién sabe.
No he encontrado en mi, ya digo que no exhaustiva, búsqueda por
la prensa de la época, confirmación segura de estos datos anteriores.
Algún rasgo de la personalidad del Dr. Mesonero Romanos, sin embargo,
podría condecirse plenamente con los hechos narrados. En efecto,
Eugenio Mesonero Romanos, nieto del célebre D. Ramón, el Curioso
parlante, parece, por datos biográficos y de bibliografía que
he podido recoger, hombre muy capaz de empeñarse en la consecución
de sus objetivos o en la defensa de sus derechos o pretensiones.
Un opúsculo de 1920 del que es autor, que se titula La primera
Fiesta de la Flor (día de la Tuberculosis). Celebrada en Madrid
el 3 de mayo de 1913, lleva el siguiente subtítulo, todo en
la portada: Testimonios que acreditan que se debió a la iniciativa
del Dr. Eugenio Mesonero Romanos. Se recogen en él artículos
de prensa aparecidos en 1913, con los que efectivamente se demuestra
que el citado médico (nuestro improbable presidente inicial, adelanto
ya) fue el primero, con el seudónimo de Dr. Silvio y desde el periódico
El Mundo del 9 de enero, en lanzar la idea de celebrar en Madrid
una fiesta benéfica cuyos fondos se dedicaran a la lucha contra
la tuberculosis, como ya se había hecho el año anterior, por primera
vez en España, en San Sebastián. Insiste en dicha idea el día 23
de enero, en el mismo periódico, y logra para este propósito la
adhesión sincera de D. Jacinto Benavente, que escribe un artículo
en el que, respetando el seudónimo del médico, promete al Dr. Silvio
que “habrá en Madrid Día de la Tuberculosis; trabajaremos para ello
con buena voluntad”. También promete su ayuda el Dr. César Juarros
quien, en otro artículo de El Mundo del 24 de enero, afirma
que “la idea del Dr. Silvio constituye una admirable lección a la
pasividad ambiente”. Se celebró finalmente la fiesta, a la que más
tarde se llamaría Fiesta de la Flor, el día 3 de mayo y se recaudaron
113.000 ptas., una cantidad nada desdeñable en la época.
Por otra parte, en el número del 15 de abril de 1929 de España
Médica he hallado, dentro de la sección habitual Botones
de fuego, que firma siempre el Dr. Cauterio (seudónimo del propio
Eleizegui, su director), un sabroso, aunque algo críptico, diálogo
imaginario con referencias a la Asociación de Prensa Médica Española,
que indica la tirantez existente:
- «La Asociación de la Prensa Médica
Española»...
- «Pero, ¿existe?»
- «Calla, y escucha [...] ha mostrado honda perturbación
y discrepancia entre los miembros de su directiva [...]
Polémicas sobre ética profesional, frases duras, antagonismos
de criterio, y, como consecuencia, dimisiones a porrillo»
- «¿Pocos y tan mal avenidos?»
- «Formaban una familia, no muy numerosa por cierto, y entre
padres y hermanos se armó la trapatiesta»
- «Estaba escrito. Fue la Asociación un parto de feto no
viable. La engendraron exclusivismos»
- «Quisieron hacerse un coto cerrado, constituyendo una
entidad periodística de la que ‘precisamente’ se excluyó
a los únicos que debieran formarla, a los periodistas. Y
salió el consabido pastel de liebre sin liebre [...] Nació
una entidad de empresas, de directores que a la vez fueran
propietarios de sus publicaciones [...] Se hizo con el reglamento
una puerta tan estrecha que sólo pudieron pasar por ella
contadísimos individuos, que formaron el coro de los elegidos;
de los elegidos por sí propios, se entiende [...] y más
de un veterano en la vida periodística, con derecho indiscutible
a ser admitido en la Sociedad, se quedó al margen, pensando
que ellos que se lo guisaban, ellos se lo comieran también».
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El diálogo transcrito, que tiene el tufillo
típico de la prensa polémica de la época (por eso lo he recogido,
parcialmente), no deja lugar a dudas sobre los motivos de descontento.
Y todo ello está escrito por alguien que es director, y propietario,
de una revista de las más conocidas. Y también se refiere a alguien
que se puso voluntariamente al margen, “con derecho indiscutible a
ser admitido en la Sociedad”. Quizá pensaba Eleizegui, es imposible
demostrarlo, en Mesonero Romanos quien, según el citado testimonio
de Rico, ya había empezado a moverse en diciembre del año anterior.
De todas maneras, en ningún momento, se habla en la prensa escrita
de la constitución de otra asociación de escritores médicos, aunque
el ambiente se revela bien propicio. Estas noticias más concretas
no surgen, ya lo hemos contado, hasta mayo de 1931, quedan todavía
dos años. Aunque hay algo entremedias que ya contaré. De momento,
dejémoslo así.
Creo, pues, que ni en 1928, ni en abril de 1929, existe formalmente
nuestra Sociedad, aunque sí parecen ciertos los movimientos iniciados
para su constitución. En cualquier caso, he querido indagar algo sobre
la obra literaria de ese casi imposible primer presidente que propone
Rico, el Dr. Mesonero Romanos.
En los fondos de la Biblioteca Nacional, el Dr. Mesonero Romanos
aparece con dos obras más, aparte de la ya citada: una sobre La
vida sexual, normal y patológica y otra de poesía con el título
de Gotas de rocío. De esta última, fechada en 1910, no he
resistido la tentación de entresacar un par de estrofas, más alada
la primera, más ‘filosófica’ la segunda, que muestro al lector:
Yo te pido mariposa,
poca cosa,
que en tu incesante volar
al azar,
lleves tu aliento de rosa
donde se encuentra la hermosa,
que fue causa de mi mal. |
Y es que en la vida, al pensar,
se acaba por deducir,
¡qué corta es para gozar,
mas cuán larga es al sufrir! |
No diré ni una palabra para enjuiciar estos versos,
ya que sólo pretendo ofrecerlos al lector como curiosidad. Recuérdese,
sin embargo, que están escritos en los primeros años de nuestro
siglo, con la artificiosidad y el preciosismo de la estética modernista
impregnándolo todo. La marquesa Rosalinda, de Valle Inclán,
es de 1913. Y Rubén Darío murió en 1916. La forma y el estilo libérrimos
pueden ser peligrosos en manos de los no muy expertos. Por otra
parte, en el prólogo de esta obrita, escrito en una prosa conceptista
y rebuscada que parece del siglo XVII, el Dr. Mesonero Romanos pide
de antemano comprensión para su creación. Y con esto termino prácticamente
esta breve incursión en la vida y obra de Mesonero Romanos, nuestro
primer presidente posible. Escribió también un prólogo al libro
In memoriam, con poesías y prosas de Juan Leirado (1886-1919),
editado póstumamente por subscripción entre los amigos del autor,
por iniciativa del propio Mesonero, en febrero de 1920. Leirado
había sido médico titular de un pueblecito próximo a Madrid y había
muerto de tuberculosis, la terrible plaga de la época.
En cualquier caso, cinco meses después de la comida de Lhardy, el
18 de mayo del 29, y también en otra comida, celebrada en Los Burgaleses
precisamente como homenaje al Dr. Juarros por su ingreso en la Real
Academia de Medicina -sigue contando Rico-Avello, sin dar documentos
de referencia-, quedó organizada la Asociación de Periodistas y
Escritores Médicos y elegida la primera junta directiva, que relevó
naturalmente a la comisión creada previamente. El presidente era
José de Eleizegui, con el Dr. Mario Sánchez Taboada, cronista médico,
como se decía en la época, de El Liberal, como vicepresidente.
El tesorero era el Dr. José María Llopis, redactor médico de La
Voz, el contador el Dr. Luis N. De Castro, redactor médico de
La Libertad y el secretario el Dr. Juan Fernán Pérez, de
La Tribuna. Los vocales eran, siempre médicos, Manuel Fernández
Cuesta (El Imparcial), José Barrio de Medina (La Tierra)
y Felipe García Triviño (Vida Médica). También figuran como
comisarios los Doctores José Sanz Beneded (El Sol) y Manuel
Hernández Briz (La Nación). Se fija un número máximo de treinta
asociados numerarios, que han de tener su residencia en Madrid.
Ya veremos después las numerosas iniciativas, finalmente triunfantes,
para modificar este númerus clausus.
Tomo literalmente estos datos del trabajo mencionado, pero insisto
en que no los encuentro en la revista España Médica, de los
años 1928, 29 y 30, donde no aparece mención alguna a nuestra Asociación,
lo que es extraño siendo Eleizegui, a la vez, director de la revista
y presidente de aquella, según Rico. Sí los encuentro, como queda
dicho, en el año 1931, cuando ya se menciona una junta directiva
idéntica a la mencionada. Por ello la he transcrito, porque, con
la salvedad de que es de dos años más tarde, los integrantes
de la misma son los correctos. Esta sería nuestra primera junta
directiva y Eleizegui nuestro primer presidente seguro. Pero en
1931.
Todo parecía así definitivamente ensamblado, cuando nuevos documentos
introducen variaciones significativas. He hallado otros testimonios
escritos que sugieren correcciones importantes respecto a lo creído
hasta ahora sobre los inicios de nuestra asociación, que no son tan
lineales como pensábamos, y nos dotan, además, de un nuevo probable
presidente, de indudable prestigio médico y literario, no mencionado
por Rico. Paso a contarlo.
Según los datos de España Médica exclusivamente, la Asociación
parecería haber sido fundada en 1931, como quedó ya dicho y detallaré
un poco más a continuación. Sin embargo, indagando los antecedentes
hasta 1928 y teniendo en cuenta que Mesonero Romanos era, en esos
años precisamente, el director propietario de otra revista especializada,
Vida Médica, fundada en 1922, he investigado dicha revista.
No encuentro nada en 1928, pero en el número correspondiente al
15 de septiembre de 1929 hay un recuadro en el que se informa sobre
el banquete celebrado en el restaurante Molinero, el día 14 de dicho
mes, organizado por los periodistas médicos en honor de su compañero
José Álvarez Sierra, por el triunfo de su reciente libro La vida
como la ven los médicos. Ocupó la presidencia, con el festejado,
el Dr. Espina y Capo, tisiólogo eminente, académico de la Real Academia
de Medicina. Y se dice, copio ahora textualmente, porque esto es
absolutamente nuevo: “Al final se declaró constituida la Asociación
de Escritores Médicos, aprobándose su reglamento y la siguiente
junta directiva: presidente, Dr. Juarros; vicepresidente, Dr. Álvarez
Sierra; contador, Dr. Noguera; tesorero, Dr. Coca; secretario, Dr.
Fernán Pérez. También se acordó nombrar presidentes de honor a los
Doctores Espina y Marañón. Por cierto, el restaurante Molinero estaba
en la Gran Vía, esquina con Caballero de Gracia, sólo a unos pocos
metros de donde celebramos nuestras reuniones en la actualidad.
Así que, casi sin saberlo, estamos ahora cerca de donde quizá nacimos.
El mundo da muchas vueltas, pero también la vida está llena de ocultos
retornos.
En nuestro libro de registro de socios, Marañón sí figura como socio
de honor, no como presidente de honor, en 1931, aunque esto último
lo fue más tarde. En cuanto al Dr. Antonio Espina y Capo no lo encuentro
como socio, en ningún momento, lo que es comprensible, ya que murió
en Madrid, en 1930, y nuestros primeros datos formales de inscripción
son de 1931. Lástima, porque fue un médico muy prestigioso y que escribió
varios tomos de memorias (el último, el cuarto, aunque no lo he podido
encontrar, parece que en 1929). Había nacido en Ocaña, en 1850. Se
dice que fue el primer médico de la capital en servirse de la radioscopia
y la radiografía. Era especialista de corazón y tenía verdadera fama,
nacional e internacional.
Todos estos datos son absolutamente nuevos. Pero aún hay más, para
ajustar algo más el rompecabezas. Yendo hacia atrás, veo también
algo que ayuda a despejar incógnitas. En el número del 25 de mayo
del 29, de Vida Médica, se da la noticia de que en el banquete
que los médicos periodistas ofrecieron recientemente al Dr. Juarros
(no se dice dónde, ni el día), en público reconocimiento de sus
méritos indiscutibles -había leído su discurso de recepción en la
Real Academia Nacional de Medicina el 7 de marzo- “quedó acordada
la constitución de una asociación de médicos-periodistas, que funcionará
como entidad independiente de la actual Asociación Nacional de Prensa
Médica”. Se da también la composición de la comisión de tres miembros
encargada de elaborar el reglamento. La noticia aparece firmada
por el Dr. Silvio (Mesonero Romanos) y se refiere obviamente al
mismo banquete que cita Rico y que ya hemos comentado. Y sigue diciendo
Mesonero Romanos: “No es éste el primer intento de creación de aquélla
(la Asociación, la explicación es mía), aun cuando esperamos que
los doctores Fernán Pérez, Alvarez Sierra y Taboada, realizarán
labor provechosa en esta ocasión”. O sea, en el banquete homenaje
al Dr. Juarros se sigue acordando la creación de la Asociación,
pero no se nombra junta directiva alguna (esto ocurrirá más tarde),
sino una comisión. Y Mesonero Romanos afirma que no es el primer
intento (se refiere probablemente a la comisión formada en Lahrdy,
en diciembre del 28, que, por cierto, es más amplia que esta de
Mayo del 29 y parece que no había hecho gran cosa). Regla general:
cuanto mayor es una comisión, menos trabaja.
Como se ve, con los datos expuestos hasta ahora, y tras aclarar las
contradicciones existentes, no es fácil establecer una cronología
definitiva de estos primeros tiempos de nuestra Asociación. Tratando
de cohonestar toda esta información, me atrevo a sugerir la siguiente
secuencia de acontecimientos, que resulta bastante plausible, a mi
entender.
En verdad, la noticia de Vida Médica respecto al homenaje
al Dr. Juarros, se completa con lo afirmado por Rico-Avello, que
fija la fecha, el 18 de mayo, y el lugar, Los Burgaleses, para dicho
evento. No se constituye entonces la Junta Directiva con Eleizegui
como presidente, que transcribimos antes, sino una comisión encargada
de elaborar un reglamento (Fernán Pérez, Álvarez Sierra y Taboada).
Ya señala Mesonero Romanos, experto en fijar y defender precedencias,
que no es el primer intento de creación y se puede referir perfectamente
a la comida de Lhardy en diciembre del 28. Han pasado sólo cinco
meses desde entonces y es totalmente entendible que no se haya constituido
todavía, formalmente, la sociedad. Lo absolutamente novedoso es
lo que parece deducirse de las noticias aparecidas en Vida Médica
y que intercalan una junta directiva entre mayo del 29 y la aparición
formal de la junta de Eleizegui, en Mayo de 1931.
Cuando surge esta última, no se menciona en absoluto ninguna junta
directiva anterior y se habla de que a partir de ese momento queda
constituida la Asociación Española de Escritores Médicos, sin más
precisiones. Siete meses más tarde, en la misma revista, vuelve
a darse, como noticia actual, que ha quedado oficialmente establecida
la Asociación de Escritores Médicos. Parece, pues, que se trata
de un proceso algo dilatado en el tiempo, con diferentes tentativas
de fundación y sin excesivo cuidado en fijar las precedencias, en
que se habla del inicio de la asociación en las siguientes fechas,
todas ellas documentadas por mí: 25 de mayo de 1929, 15 de septiembre
de 1929, mayo de 1931 y diciembre de 1931. Las dos primeras en Vida
Médica (de Mesonero Romanos, trimensual) y las dos últimas en
España Médica (de José de Eleizegui, cuya periodicidad era
entonces mensual). En las tres últimas se mencionan juntas directivas
y, puestos a ser exigentes, ni siquiera las dos de España Médica,
separadas por unos pocos meses, son idénticas. ¿Error? ¿Indefinición,
todavía? Yo creo más bien lo segundo.
Esta cronología me parece irrebatible, porque está sustentada en documentos
escritos, es historia. El intento más tardío, el de Eleizegui, no
parece reconocer y continuar el más temprano de Juarros. Algunos de
los personajes están presentes en ambas iniciativas: Noguera, Fernán
Pérez, Llopis, etc., pero la verdad es que muchos de ellos están en
casi todas las salsas y alguno en todas. Por otra parte, a veces resulta
difícil saber hasta de quién o de qué se está hablando. En la prensa
de la época, en las actas, en el libro de registro, se es poco cuidadoso
a la hora de nombrar las asociaciones, que aparecen a veces con o
sin algún adjetivo, o intercambiados (por ejemplo, española o nacional),
o en diferente posición. Y lo mismo pasa con los apellidos, de los
que en muchas ocasiones se menciona sólo uno, bien el primero o el
segundo. El que escribe la noticia sabe muy bien a quién se refiere,
pero es difícil para el lector de sesenta años más tarde. Se habla,
sin precisión, de Noguera, o de Nogueras y, de hecho, existen médicos
de la época, bastante conocidos, con estos dos apellidos y, a veces,
hay dos hermanos médicos, con los mismos apellidos, naturalmente,
y no se da el nombre para distinguirlos, etc. Es divertido averiguar
de quien se trata, pero también puede llegar a ser tedioso y confuso.
En cualquier caso, y por las razones ya expuestas, no creo que,
de manera formal, Mesonero Romanos fuera presidente de nuestra Asociación,
su primer presidente. Sí podría ser legítimo considerar para este
puesto a César Juarros, ya que existe un testimonio escrito, indudable,
que lo señala como tal y en el que se afirma también que ha sido
aprobado un reglamento. No hay, sin embargo, otras noticias respecto
a las actividades de la recién nacida asociación en un periódico
tan vinculado a Juarros como Vida Médica. Y, en cualquier
caso, en 1931 aparece otra junta directiva y una presencia incontestablemente
más clara y terminante de la Asociación. En los libros de registro
de que disponemos figura también este año de 1931 como el inicial,
ya lo hemos comentado.
La nueva Asociación, la definitiva, la de 1931, nace con empuje.
En el número de enero de España Médica, de 1932, se puede
leer, con cierto alarde tipográfico: “¡Los periodistas médicos han
triunfado! Taboada, Noguera, Fernán Pérez y Fernández Cuesta obtuvieron
premios en el concurso de la Academia Nacional de Medicina. Cuatro
periodistas. Cuatro de la Asociación de Escritores Médicos”. Y en
el ejemplar de marzo se dedican tres páginas enteras a dar cuenta
de la fiesta de homenaje a los cuatro médicos mencionados más arriba,
“por sus triunfos”. La noticia es muy interesante porque da bastante
información en ayuda de mi tesis respecto a la fundación de nuestra
entidad. Se dice, por ejemplo: “Cronológicamente, la Asociación
de Escritores Médicos se encuentra en la lactancia. Apenas cuenta
con unos meses de existencia y ya da vigorosas muestras de su potente
vitalidad. [...] Ocuparon la presidencia con los agasajados [...]
el presidente de la Academia Nacional de Medicina, profesor D. Sebastián
Recasens; el presidente de la AEM, D. José de Eleizegui.”.
En nombre de los agasajados dio las gracias el Dr. Taboada, para
decir que “el acto significaba el comienzo de la vida oficial de
la nueva entidad. Ello hará que cesen todos los cantones independientes
y que los escritores médicos lo hagan al unísono para ayudar, atacar
o defender los hechos relacionados con la clase médica”. De todo
lo anterior se deduce que no se reconoce, en manera alguna, la vinculación
con cualquier Asociación de Escritores Médicos previa y más bien
lo que se hace es una llamada a la unidad. Por otra parte, se hace
forzoso corregir la cronología de Rico, que colocaba a Grimaldos
como nuevo presidente desde diciembre del 31. En marzo del 32 lo
era todavía Eleizegui y, siguiendo con el examen de España Médica,
sólo encuentro a Grimaldos como presidente ‘efectivo’ en febrero
de 1934, aunque no se menciona desde cuando empezó a serlo. Y se
dice en la noticia, que informa sobre un acto celebrado por la AEM:
“Habló después el Dr. Eleizegui, fundador
y primer presidente de la Asociación” (subrayado mío). Ya
era presidente de honor. Seguramente lo fue desde que se nombró
a Grimaldos presidente efectivo.
Probablemente, la constitución de la junta directiva, con Juarros
como presidente, fue real, aunque la recién nacida Asociación no desplegó
demasiada actividad en los meses siguientes a su formación. Juarros
era un hombre muy ocupado, aunque trabajador infatigable, y quizá
no pudo dedicar el tiempo o la continuidad que la empresa requería.
Al llegar 1931, con la proclamación de la república, se intensificaron
los deseos y las necesidades de cambio. César Juarros, junto con el
Dr. Sanchís Banús, fue elegido diputado para las Constituyentes y
era muy activo en el partido republicano. El nacimiento definitivo
de nuestra Asociación fue con la junta de Eleizegui, en mayo del 31,
y en diciembre del mismo año, tras “la confirmación en reunión plena”,
quedó establecida plenamente. Se reunió ese mes para nombrar presidentes
de honor a Ramón y Cajal y Pérez Mateos y socios honorarios a los
doctores Verdes Montenegro, Marañón, Juarros, Pittaluga, Sanchís Banús
y Lafora. Todos estos nombramientos están debidamente reflejados en
nuestros libros de registro de socios, excepto el de D. Santiago.
Resumiendo: tras todos estos datos documentales, a veces inconexos,
y tratando de conservar hasta lo insostenible las propuestas cronológicas
anteriores, quizá podamos hablar, con muchísimas dudas, de un primer
presidente ‘posible’ (Eugenio Mesonero Romanos), de un primer presidente
‘frustrado’ (César Juarros) y de un primer presidente ‘seguro’ (José
de Eleizegui).
Alguien podría preguntarse por qué, habiendo tan considerable evidencia
de que Eleizegui fue nuestro primer presidente, sigo manteniendo,
aunque sea con muchas precauciones, los no seguros candidatos anteriores.
Una primera explicación, no una razón, es que, irremediablemente,
me gusta más añadir que quitar; no sólo dejo a Mesonero, sino que
propongo a Juarros. Otros argumentos son más racionales. Tiendo a
conservar, en todo lo que puedo, lo que cuenta Rico-Avello. Por su
valía intelectual innegable, porque conocía muy bien nuestra Asociación
y porque, con toda seguridad, ya que lo cuenta él mismo, tuvo acceso
a material escrito que no ha llegado hasta mí. Por otra cosa más todavía:
dos de nuestros más preclaros miembros y fundadores, los doctores
Enrique Noguera López y José Sanz Beneded, vivieron justamente hasta
1978. Es muy probable que Rico hablara, o hubiera hablado antes, con
ellos, cuando pensó en redactar nuestra pequeña historia. En fin,
la cronología final que yo propondría para nuestra Asociación vendrá
expuesta a la terminación del texto, como Apéndice I.
Volvamos al tema. Ya escribí que las incesantes actividades de Juarros
le impidieron probablemente volcarse en la recién nacida Asociación.
Quizá ocurrió algo más. El vicepresidente con Juarros era el Dr.
Álvarez Sierra. Pues bien, veo un triste, amargado y algo ingenuo
artículo de este, en Vida Médica del 15 de mayo del 31, titulado
A solas con mis recuerdos y con el encabezamiento “Desde
la emigración”, que revela que Álvarez Sierra había dejado España
para marchar a Hispanoamérica, hacia el año 1930. Otra razón más
para justificar la lánguida marcha de la nueva Asociación y la toma
del poder por parte del más activo y emprendedor Eleizegui. Por
cierto que la carta del probable primer vicepresidente es desoladora
y deprimente y retrata la realidad de una profesión que, en la época,
tiene enormes problemas de reconocimiento, económicos, etc., en
los que no he querido ni entrar, por salirse de los objetivos de
esta historia. Sólo traeré aquí unas líneas de un artículo de Angel
de Diego, de 1934, en el Boletín del Colegio de Médicos de la provincia
de Madrid: “En España puede afirmarse que hay 500 médicos que constituyen
la aristocracia de la clase; 2000 que pueden vivir con holgura;
9000 que a duras penas se mantienen; y de 5000 a 6000 que constituyen
el verdadero proletariado médico, es decir el 35%.”
El viaje de Álvarez no es caprichoso y él habla del “dolor íntimo
de tener que dejar lejos un hogar, una mujer y una familia”. Y sigue
diciendo: “A mi espalda se abrió el coro de los envidiosos, de los
traidores, de los pobres de espíritu” y se describe “desengañado,
cansado de servir de presa a varios chacales de la usura y de la maledicencia,
pobre [...] Soy sencillamente un bohemio inadaptado, para quien la
adversidad guardó sus exquisiteces”. Se percibe en muchos comentarios
de la época un ambiente de desengaño, de menesterosidad, de acritud,
de lucha sin cuartel por las escasas posibilidades existentes que
verdaderamente encoge el ánimo. El artículo que comento es un ejemplo
vívido y por ello me detengo un poco en él. Aquí va el final, que
no puede ser más desesperanzado: “¿Qué tiempo voy a estar aquí? No
sé. Acaso me quede para siempre, acaso me vaya a Norteamérica o a
Rusia o a Japón (sic). En busca siempre de manos amigas, que no sean
traidoras”.
Álvarez Sierra volvió a España y participó activamente en nuestra
Asociación, pero estos eran sus sentimientos de emigrado, parece
que forzoso. La junta directiva de Juarros, nata sin duda
documentalmente, nonata quizá en el terreno de los cumplimientos
y de los logros, fue luego, no sustituida sino sepultada, barrida,
ignorada por la de Eleizegui, a partir de mayo del 31. Antes de
hablar algo de estos dos presidentes, como también lo hice de Mesonero
Romanos, querría referirme de nuevo a la Asociación de la Prensa
Médica.
Ni que decir tiene que esa otra asociación, la fundada en 1902,
sigue existiendo en estos años, como ya se desprende implícitamente
de algunos de los hechos reseñados. Pero daré alguna concreción
más. El 25 de abril del 29, por ejemplo, se recoge en Vida Médica
la noticia de la junta general extraordinaria de la Asociación
Nacional de Prensa Médica (ahora se llama Nacional) del 20 de abril,
en la que se renueva la junta directiva y resulta presidente Ricardo
Horno Alcorta, de Zaragoza (también fue socio fundador de nuestra
Asociación, director de Clínica y laboratorio y Opinión Médica)
y vicepresidente el Dr. J. Madinaveitia, de Progresos de la Clínica.
En dicha junta general, por cierto, se acuerda la celebración del
II Congreso, en Barcelona, de una Federación de Prensa Médica Latina,
para la segunda quincena del mes de octubre. Ya digo que hay muchas
salsas.
Querría hacer ahora algunas puntualizaciones, antes de proseguir
nuestra historia. El acta más antigua que se conserva en la actualidad
es del 30 de enero de 1936 y corresponde a una junta general de
la Asociación de Escritores Médicos (AEM). El nombre es idéntico
al que figura en España Médica y no incluye el término ‘periodistas’.
Por otra parte, en el libro de registro de socios, donde el número
uno es precisamente el Dr. Eleizegui, el presidente de la primera
junta directiva, y siguen los otros nueve integrantes de la misma,
precisamente en el orden protocolario, llama la atención el que
no figura en ningún momento el nombre del doctor Mesonero Romanos,
ni como miembro de la asociación, ni como presidente o socio honorario,
etc. Figuran en cambio todos los médicos que, supuestamente presididos
por él, integraban la primera comisión encargada de redactar los
estatutos, tras la reunión de Lhardy, así como el Dr. César Juarros.
En diciembre del 31 colocaba Rico como nuevo presidente al doctor
Joaquín Núñez Grimaldos, ingresado también el 1 de enero de 1931,
con el número 20. Resultaba difícil creer que el mandato de Eleizegui
hubiera sido tan corto. Las noticias ya mencionadas de España
Médica obligan a modificar un poco la secuencia temporal de
los presidentes. Grimaldos empezó más tarde, entre marzo del 32
y abril del 34, en una fecha que ignoro. En cualquier caso, con
el nuevo presidente sigue como secretario el doctor Manuel Fernández
Cuesta, que ya había sustituido al doctor Fernán Pérez en la primera
junta directiva. Con los datos del acta del 30 de enero del 36,
en donde se da cuenta de una nueva reelección del presidente Grimaldos
y de la elección de un nuevo secretario, el doctor Francisco Marañés
Portoles -pero se menciona al saliente, el doctor Fernández Cuesta-,
parece lícito concluir que desde esa fecha ignorada hasta que empezamos
a tener actas de la Asociación, el presidente y el secretario de
la misma fueron los doctores Núñez Grimaldos y Fernández Cuesta,
respectivamente.
Lo primero que hay que decir de César Juarros y Ortega, nacido en
Madrid el 13 de noviembre de 1879, es que es un verdadero escritor,
aunque enseguida habría que conceder que César Juarros es todo:
psiquiatra, con plena dedicación; médico militar, con experiencia
del frente en Africa; periodista confeso, redactor médico de El
Mundo, El Día y La Libertad; político, elegido diputado
para las Constituyentes; Presidente de la Liga Española de Abolicionismo,
etc. Hizo su discurso de recepción en la Real Academia Nacional
de Medicina el 7 de marzo de 1929, con el título Modos de ejercer
bellamente la Medicina, y le contestó nada menos que el Dr.
Carlos María Cortezo. Murió el 24 de octubre de 1942. Tiene escritas
obras de muy variada condición, como Informe acerca de un rancho
de campaña a base de carne de conserva (1907), no precisamente
para recomendarla en vacaciones, o Cartilla de primeros socorros,
del mismo año. Pero también tiene otras de divulgación, como La
crianza del hijo (1919), La profesión del hijo (1916). O de
temas variados: Atalayas sobre el fascismo (1934), Ramón y Cajal,
vida y milagros de un sabio (1935), Los senderos de la locura (1928),
La sexualidad encadenada (1931), El amor en España (1927), etc.
También tiene diferentes traducciones.
Centrándonos en las de carácter puramente literario, mencionaré
sólo algunas: El adulterio de un hombre infeliz (1932), De regreso
del amor (1926), Sor Alegría (1930), Breviario sentimental de la
madre (1921), La ciudad de los ojos bellos (1922), Las hogueras
del odio (1923), El momento de la muerte (1925), etc. Como he
hecho con Mesonero Romanos, y como haré con los presidentes de que
me ocupe, mostraré algunos párrafos, algunos fragmentos de su prosa.
Están tomados de los dos únicos libros suyos que tengo en mi biblioteca.
De El momento de la muerte:
“Y nunca tan grata la ceguera como cuando el humo cegador proviene
de las hogueras del instinto. El querer es rojo, negros los celos,
plomizo el tedio. Bendita embriaguez la que nos hace ver cobalto la
ilusión, rosa el despecho, esmeralda las horas. Sí, el dolor nos oprime;
busquemos los labios de la deseada. Un minuto de olvido valdrá por
toda la inquietud del loco querer”.
“Esther lo sabe; pero debe aparentar que lo ignora. Por ello, al morir
la tarde, tras los picos de Gorgues, embadurnándolos de pinceladas
violeta, sus ojos miran hacia Río Martín, por donde pudieran venir
naves con galanes capaces de ahuyentar la niebla de los días iguales.
Y sus ojos grandes, serenos, púdicos, enciéndense como faros [...]
Los gozosos son gentes que siguen el camino real; los apesadumbrados
se extraviaron. Como si en su destino se hubiese hecho de noche inesperadamente.
Campana de iglesia es en unos el pensamiento, cascabeles de collera
en otros. Veloces y silenciosos corren para éstos los minutos; lentos
y graves para aquéllos”
“Ningún pueblo sufrió persecuciones y desgracias, derrotas y humillaciones,
comparables a las soportadas por el pueblo hebreo. Aun hoy ignora
la vanidad de la patria”.
“Amor es ficción, mentira exquisita, telón de rosas, lindo biombo
de gasas y celajes, tras el que se agazapa, burlón y campeador, el
instinto. A los humanos les dio miedo asomarse al brocal y lo cubrieron
de tapices románticos. Debajo siguen corriendo las aguas”
«¡Quiero casarme! ¡Enseguida! ¡Todo tiene su tiempo! No derrochéis
el mío. Quizá sea ya tarde. ¡No como vosotros, que os unisteis casi
viejos!» [...] Los ancianos bajaron las encanecidas cabezas. La madre
se llevó el pañuelo a los ojos. El padre dijo: «¡Te casarás en cuanto
te enamores!».
De El adulterio de un hombre infeliz:
- «Pero no te aleccionaré ínterin no
te vea casado»
- «¡Con quien tú quieras!»
- «No, hijo; a gusto tuyo. Al fin y al cabo eres quien ha de
vivir con ella. Procura que no sea ni guapa, ni inteligente,
ni pobre. Si es posible, un poco beata, más baja que tú y flaca.
Por contera, limpia, enemiga de leer libros de cocina y poco
aficionada al espiritismo».
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Y más adelante, otro personaje:
“Fui yo quien le propuse que se fuera con el
hombre objeto de su fervor. ¡Es tan bella! ¡Tan inteligente! Tiene
derecho a todo. Posee un raro sentido esotérico de la vida. Dijérase
que vino emigrada de algún friso ateniense. A poco de casarnos tuvo
el capricho de desnudarse en el praderío de nuestra finca, bajo la
luz melancólica de una luna absorta. Se tumbó sobre la hierba, y el
paisaje se cuajó de silencio. ¡Como si hubiera llegado una diosa!
Tiene reacciones imprevistas. Preñadas de misterio”.
La selección ha sido absolutamente caprichosa y sólo pretende exponer
con una pincelada la obra de Juarros, sin propósito crítico alguno.
Se ve, no obstante, que el autor sabe escribir, que para juzgar
esto a veces sobra con poco más que una frase (“por donde pudieran
venir naves con galanes capaces de ahuyentar la niebla de los días
iguales”). Yo soy, además, de los que piensan que un solo verso,
un solo párrafo inspirado de prosa debería bastar, en determinadas
circunstancias, no para pasar a la historia de la literatura, pero
sí al acervo de lo citable, de lo plenamente logrado. ¿Por qué restringir
la admiración? No soy partidario del númerus clausus casi
en nada. Si luego, al final, hay siempre un viento que pone a cada
uno en su lugar. La belleza tiene infinitas formas y el mundo es
ancho y está lleno de caminos. Diversità, sirena del mondo,
cantó d’Annunzio. Un soneto es seguramente un milagro, pero un verso
aislado es también una revelación, un anticipo, una epifanía. Todavía
hay más. André Gide escribió: Quisiera que me juzgaran, no por lo
que he sido, sino por lo que he querido ser. Y añadiría yo: Y también
por lo que no he querido ser. Quizá se es más terminante y definitivo
a la hora de fijar lo que uno no está dispuesto a ser.
- «Pues a mí esto me parece un razonamiento
algo tendencioso, propio de los que no han escrito demasiado»
- «Y puede que lleve Ud. razón. Aunque hay opiniones para
todos los gustos. Un francés, cuyo nombre no viene ahora al
caso, escribió: “¿Quién no está encantado con lo que escribe
y no lo encuentra muy superior a lo de los otros? Lo veo,
a veces, en mi despacho del Mercure. El que ha dedicado
poco tiempo a su obra: ‘¡Esos que tardan tres años en escribir
un libro!’. El que ha dedicado tres años: ‘¡Esos chapuceros
que escriben un libro en tres meses!’. Quizá es imposible
ser imparcial”. Yo, por mi parte, le diré que hay frases o
pequeños diálogos que pueden resumir, con ventaja, un voluminoso
tratado: el del ciego y el lazarillo, comiendo las uvas, es
uno de ellos»
- «¿Y quién es este francés? Debería decir su nombre de una
vez. ¿Por qué no cita Ud. como todo el mundo?
- «Bueno, se trata de Paul Léautaud, una controvertida personalidad
de las letras francesas, que trabajó para el Mercure de
France, y escribió un Diario literario, de más
de 7000 páginas, en el que retrata con ironía y apasionamiento
la vida literaria de la Francia de su época, y otras cosas.
Murió en 1956.Y también fue notable lo que dijo el alcalde
de una aldea cercana a donde yo nací»
- «¿Qué dijo el señor alcalde?»
- «Bueno, fue hace ya mucho tiempo. A alguien se le ocurrió
rehabilitar un grupo de mozas, y no tan mozas, que durante
años habían distraído y apaciguado a los lugareños. Les cerraron
la casa y las colocaron de lavanderas en el concejo. El cambio
no funcionó por igual, que no todo el mundo sirve para las
mismas cosas y no siempre es bueno contrariar las vocaciones.
Y hubo problemas y la situación estaba bastante embarullada
y confusa. Hasta que el alcalde se hartó y las reunió a todas
y las amonestó y les dijo, al final, con toda severidad: “Así
que, de ahora en adelante, cuando estéis en el río, que cada
puta lave en su piedra y no enrede. Que vamos a ver quién
es la que lava más limpio y la que gasta menos jabón”. Este
alcalde, sólo por eso, tendría que pasar a la historia de
la heurística o de la economía. Sin necesidad de más obra».
- «¿Y Ud. oyó al alcalde decir todo eso?»
- «Pues, en donde sea que el cerebro guarde los recuerdos,
tengo yo dibujada muy nítidamente su imagen y cómo iba vestido
y su vozarrón y su firmeza. Que realmente lo viera, cuando
yo era chico, o lo pusiera allí mi imaginación, por cosas
que me contaran después, tampoco sabría decirle, ni quizá
hace al caso. Lo que sí resulta claro es que muchas veces
alargamos innecesariamente lo que podría ser mucho más breve
y definitorio. Carducci, en sus lecciones en la Universidad,
declaraba que “aquel que pudiendo decir una cosa en diez palabras,
la dice en veinte, seguramente es capaz de cometer malas acciones”.
Y Mérimée, para saber noticias de la Corte Imperial, que estaba
entonces en Compiègne, escribió a Octavio Feuillet, el autor
de El señor de Camors, un folio con sólo un signo de interrogación
en el centro. Feuillet, para indicarle que no pasaba nada
de interés, le contestó con un folio en blanco. Es que hay
que abreviar, que no todo el mundo tiene tanto tiempo libre.
Y, por favor, déjeme continuar, que si no, no acabaré nunca.
Y los consejos también tiene que aplicárselos uno».
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Con lo mostrado de Juarros, no creo ser excesivamente
indulgente si digo que, sin meterme a enjuiciar la totalidad de
su obra, tiene muchas veces detalles de buen escritor. José de Eleizegui,
también con muy variados intereses, es otro ejemplo rotundo de periodista
médico. Es el director de una importante revista, fundada en 1926,
España Médica, escribió una biografía del Dr. José María
Esquerdo, en la colección Figuras Médicas de una ‘biblioteca’
editada por la propia revista, y también otras obras de Medicina,
no literarias desde luego. Tiene, por ejemplo, un libro sobre Higiene
Industrial, editado por Espasa-Calpe en 1930, que es una obra
completa, importante y nueva en España. Conseguí hace años este
preciado libro, ya inencontrable. ¡Quién me iba a decir entonces
que acabaría escribiendo de su autor, no como higienista, sino como
presidente de una Asociación de escritores! Su estilo es vibrante
y rápido, algo retórico (no se olvide la época), pero vivo y cautivador.
Quisiera reproducir, aunque sólo sea un párrafo, algo de su biografía
de Esquerdo, del capítulo XVII, titulado Escritor y Periodista:
“Su prosa es él; su estilo es el suyo. Grande en pensamientos, vehemente
en afectos, apasionado en expresiones, descuidado en el detalle,
despreciador de lo nimio y de lo insignificante, franco en el decir,
rudo en el juzgar, noble siempre sentenciando...”.
La junta de Núñez Grimaldos, con Fernández Cuesta de secretario
y Felipe García Triviño de vicepresidente, “fue reelegida sucesivamente
el 25/3/1933 y el 5/5/1935”, escribió Rico-Avello. Por todo lo dicho
anteriormente, me siento inclinado a suponer que la fecha que se
da como primera reelección fue, probablemente, la de la elección
de Grimaldos como presidente, sustituyendo a Eleizegui. Y con esta
junta llegamos al 30 de enero de 1936 y a nuestra primera acta.
¡Ya tenemos actas! Luego se interrumpirán otra vez, ya lo contaremos.
Con las actas el mundo se puebla de luz. ¡Qué maravilla, qué delicia!
¡Qué advertencia, qué aviso para los que tengamos, en cualquier
momento de nuestra vida, que redactarlas! Cuesta trabajo no ponerse
lírico. Las actas tocan de eternidad a los acontecimientos, a la
existencia. El don divino, el del principio, el auroral, el de la
palabra, fijada en este caso por la escritura, recrea infinitamente
los hechos, los multiplica, los enriquece para siempre. Nada muere,
si ha sido escrito. Déjenme que me extienda un poco en esta primera
acta.
Asisten 17 asociados (eran 30, en total); ahí, al margen, están
sus nombres. El secretario, ya el Dr. Marañés, no menciona en dónde
se reúnen. Quizá también es bueno dejar algo para el ensueño, yo
contaré después el mío. Empieza la sesión, ¡a las 11 de la noche!
A las 11 de la noche de un día de enero del 36. De un frío día de
enero del 36. ¿Qué cómo sé que era un día frío? Bueno, lector, seguramente
era un día frío. Siempre ha hecho frío en Madrid, en enero. Y antes
más, dicen. ¡Yo que sé!
Y el Dr. Fernán Pérez cuenta que en El Socialista se critica
la labor del Dr. Pérez Mateos como Subsecretario de Sanidad y se
habla, en términos muy negativos, de una partida de 5000 ptas.,
que se destinaría al Montepío de la Asociación de Escritores Médicos.
Y que hay que hacer algo, que hay que protestar. Y el Dr. Barrio
de Medina, el tesorero, dice que “él será el primero en firmar la
protesta, pero especificando en ella la verdad, que ese dinero fue
solicitado por la Asociación para su Montepío”. Bien dicho, Dr.
Barrio, que hay que defenderse, pero siempre con la verdad. Sí,
yo estoy de acuerdo con lo que dice el Dr. Barrio. Yo voto a favor.
¡Pero, de esto hace ya casi 70 años! No importa. Voto a favor. ¡Que
se tenga en cuenta mi voto!
Y también hay que renovar la junta. Y cinco de los asistentes (recuérdese,
eran 17) opinan que debe renovarse por entero. Y el presidente hace
constar que, por su parte, su dimisión tiene carácter irrevocable,
justificándola por su estado de salud. Y otro socio defiende el
cambio de junta, e incluso adelanta el nombre de otro presidente.
Y se procede a la votación. Y, por unanimidad
(el subrayado es mío), se reelige al mismo presidente y a la totalidad
de la junta. O sea, todo es como ahora en este ¾¡bendito sea mil
veces!¾ país nuestro. No ha pasado el tiempo, no han pasado casi
70 años. Por lo tanto, yo vuelvo a votar. Y voto, naturalmente,
por la reelección, que no voy ahora a romper la unanimidad, habiendo
llegado tan tarde. Pero que conste que no ha cambiado nada. Y que,
por ello precisamente, me siento en casa, y es como si os conociera
a todos, de toda la vida.
Y en cuanto a la crítica de El Socialista... Alguien propone
mandar una nota de protesta a todos los diarios. Alguien, una demanda
de rectificación al periódico en cuestión. Alguno sugiere entregar
el asunto a un abogado. “Finalmente, y por aclamación, es acordado
que conste en el acta la protesta de la
Asociación” (el subrayado es mío). Bueno, yo creo que esto
no resuelve nada, que a la mayoría de la gente le tiene sin cuidado
lo que conste en las actas, y yo querría hacer algo distinto, proponer
otra cosa. Pero me callaré porque quizá, después de todo, han pasado
ya muchos años.
Y, la primera vez desde que existe constancia escrita, aparece,
en el tiempo de ‘Ruegos y Preguntas’, la eterna cuestión del número
de miembros. García Ayuso propone que se amplíe, ya que “hay médicos
escritores de positivo relieve que debieran figurar en la misma”
(en nuestra Asociación, aclaro). Se pide una reforma del reglamento
en este sentido. Se pide también a los asociados que deseen intervenir
en unas conferencias que se proyectan para Unión Radio, que lo hagan
saber a la junta directiva.
Quizá con estos primeros datos escritos y comprobables, y con el
ambiente de las juntas resucitado ante nosotros (gracias secretario,
Dr. Marañés), deberíamos hacer algunas consideraciones sobre la
naturaleza de nuestra Asociación, antes de seguir adelante.
Ya hemos indicado cómo los Estatutos elaborados por la comisión
del 28 (que sigue, reducida, en el 29) prevén que los miembros de
la Asociación no sean más de treinta. Este criterio restrictivo
en cuanto a la elección de los socios fue mantenido también por
las sucesivas juntas directivas encabezadas por Núñez Grimaldos.
Sin embargo, nunca dejó de ser contestado, seguramente desde el
mismo inicio de la Asociación. En estas agrupaciones caben, en esencia,
dos tipos de encuadramiento: o se acepta el modelo con número cerrado
y fijo, que impone, antes de la elección de un nuevo socio, que
se produzca la correspondiente vacante; o se acepta un modelo más
abierto, sin límites al número de miembros, en donde el ingreso
se hace exclusivamente en función de los méritos o valía de los
candidatos. Cada uno de los modelos puede reclamar determinadas
ventajas, aunque mis simpatías, por algunas razones que esgrimiré
más tarde, se inclinan claramente hacia el segundo.
Lo cierto es que nuestra Asociación funcionó, al principio, de acuerdo
con el primer modelo y se creó así un núcleo reducido de integrantes,
muchos de ellos relacionados con el mundo del periodismo médico
-aunque también hay otros profesionales destacados, catedráticos,
etc.-, que parecen tener, y tienen de hecho, un fácil acceso a la
prensa escrita y también a la radio. A todos estos médicos se les
supone la facilidad para escribir y hacer literatura, pero los fines
más evidentes de la Asociación son, en esta época, la defensa de
los intereses de los profesionales de la prensa médica, la coordinación
de los esfuerzos para mejorarla, la crítica y evaluación de las
actuaciones sanitarias, y hasta la creación de un fondo de ayuda
económica, un verdadero Montepío, del que se habla constantemente
en estas primeras reuniones y que, por cierto, tiene un presidente
y tesorero independientes, aunque integrados en la junta directiva
de la Asociación.
Se trata, en muchos casos, de socios que son personajes muy activos
en los ambientes médicos, especialmente en el seno de las organizaciones
colegiales y frecuentemente están presentes en los órganos de expresión
de las mismas. Hemos hojeado algo la prensa profesional de la época
y, ya desde antes de la constitución de nuestra Asociación, en el
Boletín del Colegio de Médicos de la provincia de Madrid, que empezó
a editarse en enero de 1916, con periodicidad mensual, aparecen
enseguida los nombres de los que luego serían socios fundadores
de la Asociación de Escritores Médicos. En 1917, ya está el de Martín
González Alvarez, uno de nuestros socios fundadores. En junio del
18, García Triviño escribe una crónica titulada La tristeza de
los dioses; en diciembre, otra llamada La leyenda del dragón,
y sigue escribiendo en los años sucesivos. Y en las elecciones del
21 de enero de 1926, por poner otro ejemplo, en la nueva junta de
gobierno del Colegio de Médicos de Madrid, el vicepresidente es
Nicolás Martín Cirajas, el secretario es Mario Sánchez Taboada y
uno de los vocales es Ramón Hernández del Castillo, todos socios
fundadores de nuestra Asociación, de los que figuran ingresados
el 1 de enero de 1931. Como el Dr. Angel Pulido, secretario perpetuo
de la Real Academia Nacional de Medicina en 1925. Antonio Piga,
que no ingresará hasta 1940, era presidente del Colegio de Médicos
de Madrid en 1933. Nicolás Martín Cirajas, citado más arriba, estaba
al frente de la Federación Sanitaria de Madrid en 1933. Juan Fernán
Pérez escribe en el boletín del Colegio de Médicos provincial, en
febrero del 33, sobre El ejercicio de la Medicina y la evolución
social y después muchos artículos sucesivos, y bien documentados,
sobre Organizaciones médicas del mundo y era el secretario
del Colegio de Médicos de Madrid. También en este año salió el primer
número de Salud, revista de la que era director.
En este sentido, el carácter y el espíritu de nuestra Asociación
no ofrecen excesivas similitudes con los actuales y la transformación
de la entidad va ocurriendo lenta e irreversiblemente a lo largo
de los años y, de hecho, esta corta historia terminará, para no
hacerla excesiva, cuando la Asociación adquiera prácticamente los
rasgos que la caracterizan en la actualidad. En realidad, al principio,
en los primeros años, nuestra Asociación se parece mucho a la propia
Asociación de la Prensa Médica, de la que en cierto sentido se había
desgajado, aunque quizá representando más bien los intereses de
los periodistas que los de los periódicos (de los propietarios,
claro).
En 1932, Juarros había publicado su novela El adulterio de un
hombre infeliz y es definido como “hombre proteico y polimorfo”-¿dónde
he oído yo estos adjetivos, aplicados a un personaje?- en la crónica
que hace en el citado boletín el Dr. Luis N. De Castro, socio fundador
de la AEM. En 1933 muere el Dr. Cortezo y Prieto, y Álvarez Sierra,
que está ya de vuelta en España -no se fue ni a Rusia, ni al Japón-
hace la necrológica en el boletín y escribe donosamente, para resaltar
la personalidad del finado, que “de 1880 a 1920 no podía morir ningún
personaje célebre, ningún político de altura, sin el Visto Bueno
del Dr. Cortezo, en consultas o juntas de doctores, donde él decía
siempre la última palabra”.
En el mismo boletín, en enero de 1934, se reproduce un trabajo,
publicado precisamente en La Libertad, con el título de Reconocimiento
prenupcial, del que es autor Luis N. De Castro y que había sido
premiado por unanimidad “en el concurso convocado por la Asociación
de Escritores Médicos para 1933”. Es nuestro primer premiado del
que tengo noticia. Hay también, por cierto, una carta abierta del
Dr. Barrio de Medina, socio fundador de nuestra entidad.
En febrero, en el mismo medio de comunicación, se recoge la noticia
de la cena homenaje que la AEM dedicó a su presidente honorario
el Dr. Pérez Mateos, fundador de Previsión Médica Nacional, con
motivo de su nombramiento como Subsecretario de Sanidad. Se agasajaba
al mismo tiempo al Dr. Luis N. De Castro por el premio mencionado.
A los postres, en los inevitables discursos, habló Núñez Grimaldos
y después Eleizegui. Habló también el Dr. Haro, presidente de nuestro
Montepío, “que terminó rogando al Dr. Pérez Mateos que, en su calidad
de subsecretario, no se olvide de que en los próximos presupuestos
haya la debida consignación para tan necesaria y trascendental obra”.
“Prometió ocuparse de ello con todo cariño el Dr. Pérez Mateos”.
O sea, de aquel inocente ruego del Dr. Haro para que el subsecretario
no nos olvidara en sus oraciones, surgió el pequeño problema de
la subvención al Montepío, del que ya se dio noticia.
Recojo ahora otro homenaje, más solemne, en el Teatro Español, al
Dr. Pérez Mateos. Se celebró el 9 de mayo del mismo año de 1934
y en él habló el Dr. Van Baumberghen, socio fundador -¿habrá que
decirlo?- de nuestra Sociedad. El cronista señala que al banquete
que siguió, con 400 comensales, asistió el Jefe del Gobierno, el
Sr. Lerroux que “al entrar fue aplaudido frenéticamente”(sic).
Para terminar, diremos que en las elecciones para la nueva junta
del Colegio de Médicos de Madrid, fue nombrado presidente el Dr.
Velasco Pajares, uno de los socios fundadores de nuestra sociedad
y que sería presidente de la misma mucho más tarde, en el período
1943-45.
En definitiva, y esta ha sido la razón por la que me he extendido
en tratar de dibujar algo del ambiente médico e institucional de
la época, la AEM aparece en estos años iniciales como un grupo reducido
de asociados, limitado reglamentariamente, con indudable capacidad
de influencia en estamentos críticos de la profesión y, desde luego,
en sus medios de expresión más propios. Son casi todos, y así se
sienten profundamente, periodistas. Como ejemplo, extractaré de
una entrevista que le hicieron a Juarros el 15 de enero del 29,
con motivo de su elección para la Real Academia de Medicina, lo
que sigue. Dice Juarros: “Yo siento el periodismo sobre todas las
cosas; y créame que he de hacer extraordinarios esfuerzos de voluntad
para, en muchas ocasiones, acordarme de que soy médico y no ponerme
a hacer sucesos o toros”. Lo cual no impide, sin embargo, que ese
mismo año publique otra novela, El niño que no tuvo infancia,
y un libro sobre Los horizontes de la psicoanálisis (sic).
El mismo José Verdes Montenegro, afamadísimo tisiólogo, miembro
de nuestra Asociación desde 1931, fue médico a los veinte años y
no ejerció su profesión, atraído por el periodismo y la literatura,
hasta ocho años más tarde en que, según confiesa él mismo, “agotadas
mis disponibilidades económicas hube de renunciar a mis aficiones
literarias para poder vivir”. Todas estas características de los
integrantes de nuestra entidad se manifiestan en muchas de sus reacciones
institucionales, de las que daré todavía algún ejemplo.
Sin embargo, paralela e inexorablemente, otra concepción de la Asociación
libra su batalla para hacerse escuchar y, finalmente, imponerse.
Ya hemos hablado de los intentos, siempre fallidos al principio,
de terminar con el númerus clausus. Volviendo a esta primera
junta general, cuya acta ya conservamos, la del 30 de enero del
36, señalaré que en ella se propone que se celebren reuniones, bailes,
sesiones artísticas y otras, “cuyos beneficios económicos pueden
destinarse al Montepío de la Asociación y se da un voto de confianza
a la junta directiva para que las organice”. Ya hemos visto que
se habían otorgado en años anteriores premios de la Asociación,
pero se daban, a posteriori, a artículos publicados en la
prensa general o especializada y que no se presentaban específicamente
al premio de la AEM. Pues bien, en esta junta general, se propone
que se solicite de diferentes entidades ayudas para la creación
de premios de la Asociación y el Dr. Martín Cirajas sugiere que
se cree un Premio “por suscripción entre los miembros de la misma,
encabezándola él mismo con la cantidad de cien pesetas, acordándose
así por aclamación”.
Ya puede suponer el lector que no comentaremos las restantes actas
con la misma prolijidad, porque no acabaríamos nunca. Esta la he
contado minuciosamente para recrear el ambiente, el talante y las
notas distintivas de nuestra Asociación, a principios del año 1936.
En una reunión de la junta directiva, el 13 de febrero del 36, a
las 11 de la noche, se trata el tema de la primera vacante de que
tenemos constancia escrita, por renuncia de un miembro, y se acuerda
anunciarla, enviando una nota en la prensa. Este es el procedimiento
habitual y revela de paso la envidiable facilidad para obtener la
publicación de asuntos de la Asociación en los medios de comunicación,
que no siempre ha sido igual, a lo largo de su andadura. El Presidente
también propone “organizar un baile, que se podría denominar de
la Medicina, en el cual como atracción máxima podía elegirse Miss
Anatomía” (sic) y sugiere para ello las próximas fechas de Carnaval.
¿No es delicioso? Porque, atención, aquí, con este título, aun apuntando
tan claramente a la materia, no se ha traicionado ningún objetivo
de la Asociación, que son todos de naturaleza muy espiritual y elevada.
Pero se está hablando de baile. Y para bailar, aunque el espíritu
tenga también, seguramente, algo que decir, lo hace a través del
cuerpo y es el cuerpo el que cuenta, el que manda, el que dicta
su ley inapelable. Muy bien, Sr. Presidente. Cuente Ud., por lo
menos, con mi voto.
No todo es festivo, no todo me sugiere comentarios risueños. En
la siguiente reunión de la junta, el 10 de marzo del 36, que empieza
a las once y media de la noche (no podía ser cualquiera socio entonces:
hacía falta resistencia, un cónyuge angélico, etc.), se acuerda
suspender el baile “por pensar que los acontecimientos políticos
no eran propicios para la fiesta”. Esto ya me entristece. Algo va
muy mal cuando ya no queda sitio para la fiesta, cuando ya no se
puede elegir a una Miss Anatomía. ¡Pobre Miss Anatomía 1936, de
la Asociación de Escritores Médicos! Te quedaste sin nacer, sin
poder comentarlo luego, con toda la modestia del mundo, a las amigas,
a las hijas, muchos años más tarde. Sin poder recordar, tú sola,
cuando el tiempo empezara a pasar su inevitable factura, aquel día,
aquella noche en que te eligieron Miss Anatomía. Por algo sería.
Que no siempre ha estado una como está ahora, y una tuvo sus años.
Y hasta ahora mismo, cuando me arreglo un poco, todavía me miran.
Y es que la que tuvo, retuvo ¿No dicen eso? Y es verdad; claro que
es verdad.
¿Qué ha pasado entre esas dos reuniones? ¿En qué han cambiado las
cosas? Bueno, pasó que el 16 de febrero había ganado las elecciones
el Frente Popular y el futuro se mostró torvo e irremediable, como
anunciado por el coro de una tragedia griega, como un apretado haz
de infortunios por venir. Pero sigamos, porque la vida tiene que
seguir y hay otros temas, otros asuntos. El Dr. Yagüe propone dirigirse
a la Asociación Francesa de Periodistas Médicos y a la Asociación
de Prensa Médica Belga para establecer lazos de confraternidad.
Recojo estos detalles, no iremos después tan premiosamente, porque
me sirven para poner de manifiesto la voluntad de nuestra Asociación,
repetidamente expresada después con diferentes altibajos, de relacionarse
con agrupaciones análogas de otros países y que constituye todavía
hoy una especie de asignatura pendiente.
El mismo Dr. Yagüe da cuenta después, de haber recibido, como tesorero
del Montepío, “la cantidad de 800 pesetas de la disuelta Liga para
la Reforma Sexual” (sic). La primera vez que leí esto, no pude evitar
preguntarme por qué estos fondos pasaron a nuestro Montepío. Ni,
más sugestivo aún, qué es lo que pretendían reformar los de la Liga.
Y, más importante todavía, si nos debemos alegrar porque no reformaran
lo que querían reformar y las cosas hayan seguido como están, que
tampoco están tan mal, después de todo. Pesquisas posteriores me
han llevado a explicarme parcialmente el asunto. En efecto, leo
en España Médica del 1 de agosto de 1930, unos seis años
antes de los acontecimientos que narra el acta, el anuncio del IV
Congreso de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, que ha de celebrarse
en Viena, del 13 al 20 de septiembre de dicho año, y en el que han
prometido intervenir Freud, G. Bernard Shaw, Stefan Zweig, etc.
Se indica a los españoles que deseen asistir que se dirijan “al
vocal español del Comité de la Liga, el Dr. Fernán Pérez”. Un poco
más tarde se creó la Sección Española, que tuvo como presidente
al Dr. Marañón por algún tiempo, siendo sustituido por el Dr. Juan
Noguera López, de los fundadores de nuestra Asociación. Probablemente
por la disolución posterior del grupo, quedaron disponibles unos
fondos que, por estas vinculaciones, fueron cedidos a nuestro Montepío.
Me detengo todavía en la junta general extraordinaria del 29 de
abril, porque da una muestra de ese carácter especial que tiene
la AEM en estos momentos. Asisten 21 miembros de los treinta numerarios
y se ha convocado la reunión, extraordinaria, previa petición de
permiso a la Dirección General de Seguridad, para tratar el tema
del “desposeimiento del cargo de director del Instituto Homeopático
y Hospital de San José al presidente de la asociación, doctor Núñez
Grimaldos". Empieza, como siempre, a las once de la noche y en ella
Velasco Pajares, presidente entonces del colegio de médicos de Madrid,
explica que ya ha hecho una gestión directa con el subsecretario
de Sanidad sobre el tema y ha escrito además una carta al ministro,
rogándole que suspenda el lanzamiento de la vivienda, dictado contra
el Dr. Núñez Grimaldos. Barrio de Medina pide que se haga una campaña
de prensa y ruega a todos los compañeros, “y en especial a aquellos
que ocupan un puesto en diarios políticos”, que se hagan eco de
esta campaña. Como se ve, la asociación, con un número escaso de
miembros, constituye un grupo bien trabado en el que todos son capaces
de reaccionar conjuntamente para defender a cualquiera de sus miembros,
si bien en este caso se trata nada menos que de su presidente. Parece
claro también que se cuenta con una cierta posibilidad de orquestar
una campaña de prensa, ya que así se propone en la junta y muchos
de los asociados ocupan puestos en los distintos diarios.
Este es el perfil de nuestra Asociación, tal como estas primeras
actas conservadas, del año 36, permiten dibujarlo. No se dice en
ellas en dónde se celebran las reuniones de la junta directiva o
las generales. Por lo avanzado de la hora y dado que el presidente
es el director del Instituto Homeopático de la calle Eloy Gonzalo,
en el que al parecer tiene su vivienda, sería razonable pensar que
algunas reuniones tuvieron lugar en dicho edificio. Y cuando paso
ahora por aquel viejo hospital, destartalado y ruinoso y lo presiento
preñado de secretos, no puedo evitar que mi imaginación se me desmande.
Cuando uno se mete a historiador y trata de documentar los hechos
y las opiniones, también se reserva y reclama un poco de libertad
para la ensoñación; para, aparte de reconocer el pasado, recrearlo
y quizá hasta deformarlo un tanto. Supongo que esta es una trampa
en la que todos caemos, unos más que otros. Eça de Queiroz, en O
epistolario de Fradique Mendes, en la carta XI, escribió que
“la ilusión es tan útil como la certeza” y pienso yo que muchas
veces las cosas no están tan claras y todo puede ser mentira o verdad
y, entonces, lo más bello tiene que ser la verdad, o debería ser
la verdad. El hecho es que intento descubrir en donde se reunieron
estos primeros socios a los que mi lectura de las actas devuelve
a la vida y a los que veo llegando en la noche, quitando horas al
sueño, para hablar, decidir y muchas veces defenderse, en un ambiente
hostil y agrio, que prefigura la catástrofe que ahora, escribiendo
en 1999, sé que iba a sobrevenir enseguida. Y los siento próximos,
desvalidos, y me apena saber que todo lo peor está todavía por pasarles.
El 20 de mayo hay otra vez reunión de la junta, convocada con motivo
del artículo publicado en La Libertad, como respuesta a la
nota de la Asociación, escrita con motivo de las famosas 5000 ptas.
del Montepío. En otro momento, Barrio de Medina se queja de “la
marcha lánguida de la Asociación y opina ¾sabia opinión¾ que los
acuerdos de las juntas deben ser cumplimentados”. Y en otra reunión,
el 19 de junio del 36, García Ayuso menciona que “hay algunos miembros
que no son verdaderos escritores médicos y otros que lo son, no
pertenecen a la Asociación” y vuelve a debatirse el viejo tema de
la ampliación de las plazas. Y se acuerda la convocatoria de dos
premios de la Asociación, dotados con 250 pesetas cada uno, y también
el premio ‘Martín Cirajas’. Me temo que se trata del que este propuso
que se costease por los miembros de la Asociación, empezando él
mismo con 100 pesetas. Se aprobó en la junta por aclamación, pero
quizá luego nadie se rascó el bolsillo y al premio se le dio el
nombre del único donante.
Es la última acta de 1936. Tras su final, en el mismo libro de actas,
en la misma página, inmediatamente a continuación, se puede leer:
“Junta General del 28 de octubre de 1939. Año de la Victoria”. Cuando
vi por primera vez esa página, con esos párrafos de la misma letra,
escritos por la misma mano (el secretario seguía siendo Marañés),
sin nada entre ambos que fuera cegadoramente terrible, o sugiriera,
o simbolizara, o recordara algo terrible, mi primera reacción fue
de incredulidad, de anonadamiento. Cuando uno sabe la tragedia,
el dolor de esos tres años, espera que todo lo recuerde y la haga
evidente. Sólo llama la atención lo de ‘Año de la Victoria’, que
tampoco me conmueve, ni me duele, porque es expresión ya conocida,
ya vivida, ya asumida por mí en años lejanos. Ni siquiera surge
en mí algo parecido a una protesta. Sé muy bien que nadie gana las
guerras y menos las guerras civiles. En mi tierra, a unos pocos
kilómetros de donde yo nací, ya escribió Abu Muhammed Ali ibn Ahmad
ibn Said ibn Hazm, hace casi mil años, que “la flor de la guerra
civil es infecunda”. Pero, incluso teniendo en cuenta todo eso,
unos la pierden más que otros y quizá hay algo que puede ser una
derrota más extrema y, por lo tanto, en contraposición, algo que
puede ser como una victoria, corta y pasajera. Lo terrible, ya digo,
es el silencio, la falta de notoriedad del desastre. El que el libro,
el papel persistan y sigan ofreciendo la posibilidad de seguir cumpliendo
su cometido, como si no hubiera pasado nada.
Asisten a esa junta general doce personas “y un delegado de la autoridad”.
Se empieza, como antes, como siempre, a las once de la noche. El
presidente propone que se rinda homenaje a la memoria de los miembros
de la Asociación desaparecidos en los tres años de guerra. Se mencionan
tres nombres, “uno, asesinado por la horda roja, y otros dos, fallecidos
a consecuencia de los sufrimientos y penalidades de la época marxista”.
Era director general de Sanidad el Dr. José Alberto Palanca, socio
fundador de nuestra sociedad. Se reelige la junta directiva, la
misma de 1936. Sólo cambia el tesorero; el nuevo es el Dr. Alfonso
Cerveró.
Poco más tarde, se convocan cuatro vacantes: las de los tres fallecidos
durante la guerra y la motivada por la renuncia de un miembro, ya
ocurrida en el 1936. En una junta general extraordinaria se elige
a los doctores Antonio Piga, Fernández Ruiz, Enrique Bardají y Navarro
Blasco. Y en ella se habla otra vez -es un ritornello que
nos acompaña siempre- sobre la conveniencia de crear un boletín,
aunque fuese muy modesto, en el que se refleje la actividad societaria.
En otra junta general, el 8 de marzo del 40, que empezó a las once
de la noche, como desde siempre, se acuerda por unanimidad dar de
baja a dos miembros, por “incompatibilidad moral, por su actuación
respecto a los compañeros de profesión” (no parece que fuera por
algo relacionado con la pasada guerra civil) y a otro por estar
desaparecido. No mencionaré los nombres. En el libro de registro
de socios he visto que el desaparecido figura después como exiliado
en Venezuela. Me alegró la noticia como si hubiera recuperado un
compañero. En total quedaban cinco vacantes, que fueron cubiertas
en la siguiente junta general. Entraron los doctores Vital Aza,
Tomás de Benito, Bosch Marín, Martín Calderín y García Romero y,
excepcionalmente, quedó elegido para la primera vacante que se produjera
el Dr. Castillo de Lucas. Obviamente, se discutió otra vez ampliar
el número de plazas hasta cincuenta (eran treinta, como se recordará)
y reformar el reglamento. Tras un amplio debate, se desestimó la
ampliación.
En la junta directiva del 29 de noviembre de 1940, se propone la
organización de una “Movilización Cultural Médico-Práctica” (sic),
a celebrar en la primavera del 41 y se crea un comité organizador,
cuyo presidente es Vallejo Nájera. Ya hablaremos más adelante de
este acontecimiento. En la junta del 22 de enero del 41, se aprueba
nombrar socios de honor a los doctores Enrique Suñer y García Vicente.
El primero era el presidente del Consejo General de Colegios de
Médicos de España y el segundo era su secretario general. Suñer
también fue presidente de una Comisión depuradora de responsabilidades
políticas, después de la guerra civil.
En el Boletín Informativo de dicho Consejo, que se había empezado
a publicar en abril de 1940, en el número de noviembre de dicho
año, ya se puede ver el anuncio de la tal Movilización Cultural,
dirigido a los médicos de España, organizada por el Consejo General
de Colegios de Médicos, “con el concurso de la Asociación de Escritores
Médicos”. El presidente de dicha movilización es el Dr. Suñer y
el secretario general el Dr. Enrique Noguera López, miembro de nuestra
Sociedad. En dicho boletín veo un artículo suyo, Morir del corazón,
y veo también artículos de Velasco Pajares, de A. Piga, de Vallejo
Nájera (Necesidad de una política racial), todos miembros
de nuestra Asociación. En el mismo boletín, en números del año 41,
veo también trabajos de Castillo de Lucas (Refranerillo de Deontología
Médica), de Leopoldo Cortejoso, también de nuestra sociedad,
etc.
En esa junta general del 22 de enero, el presidente Grimaldos insiste
en su dimisión, por razones de salud, y tras un pequeño debate en
el que algunos miembros se oponen a esta dimisión, el Dr. Palanca
habla y dice que, visto el sentir de los compañeros, y dado que
actualmente es la Dirección General de Sanidad la que nombra y destituye,
“él, como director general, ordena a la directiva que continúe íntegramente
en su puesto de servicio”. Con estas palabras se da por terminada
la junta y se levanta la sesión. ¡Cómo pueden simplificarse las
cosas! ¡Qué maravilla! Los ingleses dicen que el trabajo se hace
mucho más fácil cuando uno no sabe lo que está haciendo. Pues igual
ocurre cuando hay autoridad. Todo resulta mucho más sencillo ¿Para
qué estaría, si no?
Ya en la siguiente reunión, el 7 de noviembre del 41, leo la propuesta
para que conste en acta la felicitación al compañero Enrique Noguera
por el éxito obtenido con la Movilización Cultural Médico-Práctica.
Y toma la palabra el Dr. Noguera e informa de que, como consecuencia
de la Movilización, el Caudillo quiere que sea un hecho en España
la Obra de Perfeccionamiento Médico, “habiendo pedido a Noguera
que haga un informe o proyecto para instaurarla en España”, escribe
el secretario.
Confieso que de la lectura del acta no deduje la importancia o magnitud
de la tal Movilización, que no sabía ni muy bien lo que era. Como
he hecho en otras ocasiones, he estudiado la prensa médica contemporánea
y transcribo algunas de sus informaciones porque quizá fue esta
la empresa más notoria, aunque no de naturaleza literaria, promovida
por la AEM a lo largo de toda su historia.
La Movilización Cultural fue una masiva reunión de médicos de toda
España, que recuerda a un congreso médico, pero con una vertiente
práctica mucho más acentuada y estuvo envuelta en la atmósfera heroica
del momento. Primero las cifras: en el discurso de clausura, Enrique
Noguera habla de 5236 médicos congresistas, de los que más de 3000
eran médicos rurales; 157 cursos de perfeccionamiento, en todas
las cátedras y servicios clínicos madrileños; más de 300 profesores
impartieron 942 lecciones de marcado interés práctico y se expidieron
7852 certificados de asistencia a cursillos. Ciertamente, el evento
no dejó de ser impresionante. Téngase en cuenta que estamos en 1941.
Se pretendía reanudar e impulsar la formación de los médicos, tras
el paréntesis de los años de guerra.
Se desarrolló entre el 22 y el 31 de mayo, en el pabellón central
de la Facultad de Medicina de la ciudad universitaria, reconstruido
febrilmente en cinco meses, tras la destrucción de la guerra. En
la inauguración también pronunció un discurso el Dr. Noguera, en
el que recordó que fue la AEM la que tuvo la iniciativa de la Movilización,
asumida luego por el Consejo General de Colegios Médicos. Estaba
el ministro de Educación Nacional, Sr. Ibáñez Martín, “a quien corresponde,
dijo Noguera, la gloria de esta realidad reconstructiva de la mayor
y mejor Universidad que tendrá el mundo” (sic). Habló después el
Dr. Rodríguez Fornos, rector de la universidad de Valencia y miembro
de nuestra Sociedad. También el decano de Medicina, Dr. Enríquez
de Salamanca y el director general de Sanidad, el Dr. Palanca.
En la mañana del domingo 25 de mayo, se celebró una misa de campaña
en la explanada de la facultad y se leyeron unas palabras de “El
Tebib Arrumi”, seudónimo durante la guerra del Dr. Ruiz Albéniz,
según he podido saber, y miembro de nuestra Asociación. Como también
lo era “Spectator”, otro seudónimo frecuente en la prensa médica
de estos años, que correspondía al Dr. Alberto Martín Fernández.
El 30 de mayo hubo visita a Toledo, a las ruinas del Alcázar, con
la presencia del general Moscardó. Y, finalmente, el 31 de mayo,
la sesión de clausura, en la Facultad de Medicina, presidida por
el generalísimo Franco, con el discurso de Noguera y también los
de Vallejo Nájera y Palanca.
Como se ve, nada de todo esto está relacionado con los fines literarios
de nuestra Asociación, tal como los concebimos y entendemos hoy.
Sin embargo, me he detenido en la recreación de esta especie de
congreso porque quizá no es conocido por todos, porque supuso de
verdad un ingente esfuerzo y un éxito (se hizo todo sin pedir ayudas
económicas oficiales y hasta sobró dinero para los huérfanos de
los médicos), porque retrata fielmente una época y porque el papel
director de la AEM, especialmente del Dr. Noguera, está plenamente
autentificado documentalmente. Quizá nunca más participó nuestra
entidad en una empresa de tal calado. En la reunión de la junta
se respira un ambiente de optimismo y euforia. Todo se irá normalizando
después, claro. En la junta del 14 de noviembre del 41 se propone
que el tesorero compre cuatro vigésimos de lotería para repartirlos
gratuitamente entre los miembros de número. La Navidad ya está ahí.
En la junta general de enero del 42, se acuerda nombrar presidente
de honor al Dr. Palanca y socio de honor al Dr. Enrique Noguera
(luego también sería presidente de honor). El Dr. Grimaldos está
enfermo y esta vez sí se elige nueva junta. El presidente es ahora
Vital Aza, el vicepresidente Velasco Pajares y el secretario es
García Ayuso. El presidente del Montepío, que tiene junta independiente,
aunque reducida, es el Dr. Vallejo Nájera.
Termina así la era de Núñez Grimaldos, la de las reuniones -este
es el detalle que recuerdo como más original; el cerebro, al menos
el mío, se aferra muchas veces a los signos menudos- a las once
de la noche. Investigada la producción literaria de Grimaldos en
los fondos de la Biblioteca Nacional (sólo lo he hecho con los presidentes,
para no hacer interminable esta narración), apenas encuentro obras
escritas por él, ni médicas, ni literarias. Figuran tres traducciones
del alemán. He hojeado una de ellas, La vida sexual de la mujer,
escrita por el Prof. E. Heinrich Kisch, de la Universidad alemana
de Praga, traducida en 1915, y no aparece en la misma ni una página
escrita por el traductor, ni prólogo, ni estudio o introducción.
Debo decir, sin embargo, que el castellano de la obra es grácil
y fluido y esto, en las traducciones del alemán, tiene su mérito.
Dejo este párrafo como lo escribí hasta que, pasado algún tiempo,
encontré por fin una obrita de Grimaldos, firmada con el seudónimo
J. Enegé, Marta Nestale (La virgen de Nacar). Es un
libro de bolsillo muy pequeño, de formato 13x10 cm, de 1944, en
el que, en la misma portada, se puede leer también: Narración
apologética de la Virtud, en tres episodios: 1º. Recuerdo y gratitud;
2º. Declaración de amor; 3º. Luna de miel en el cielo. El Dr.
Joaquín Núñez Grimaldos no se complicó mucho la vida para encontrar
un seudónimo (J. Enegé) y tampoco para escribir la novela. En el
prólogo se dedica el libro “a las numerosas muchachas españolas
que, por su belleza y su bondad, serían capaces de desempeñar el
papel de la protagonista”. Anuncia luego el autor otra novela que
dedicará a las mujeres casadas, Alquería de las mariposas
(el título es precioso), y otra, todo tiene su orden, a las futuras
madres, La Madrecita negra, de las que no he encontrado rastros,
porque seguramente no llegaron a ser escritas. De la primera diré
que Marta era hija de Don Buenaventura Nestale, farmacéutico de
la localidad de Nacar, un pueblecito de menos de 500 habitantes,
situado en las estribaciones de una famosa sierra de Castilla. No
contaré la historia, trágica y tristísima. Sólo recogeré, como he
hecho otras veces, un pequeño párrafo: “También son para mí alhajas
esos dos nardos que llevas prendidos, y que me huelen a ti, porque
tú emanas esencia de nardos: una esencia que embelesa, que invita
a amar y que perdura indefinidamente en los sentidos, porque se
acumula en el corazón. Es la esencia que yo respiro desde que te
vi”. Son palabras de enamorado. De un comandante que va a morir
en la guerra, después de casarse con Marta, en un frente al que
tiene que marchar el mismo día de la boda. Estamos en 1944.
No deja de ser chocante la muy escasa labor literaria de un hombre
que fue durante más de diez años presidente de la Asociación de
Escritores Médicos. Esto revela las características de nuestra Asociación
en estos años iniciales, a las que nos hemos referido previamente,
no excesivamente ancladas en la producción literaria propiamente
dicha. Y resalta, a mi juicio, el principal inconveniente del númerus
clausus: con este sistema se hace especialmente grave o distorsionador
el que “no sean todos los están” porque puede llevar a que sea imposible
“que estén los que sí son”. Cosa que no ocurre cuando no hay limitación
en el número de asociados. Entonces, si alguien no reúne todos los
requisitos exigibles para pertenecer, al menos no priva por ello
a ningún otro de esta posibilidad.
Nueva sesión de la junta directiva el 12 de febrero del 42. Y, no
inesperadamente, se propone de nuevo la reforma del reglamento,
para acabar con la limitación del número de socios. Se crea una
comisión para ello. El presidente, Dr. Vital Aza, ofrece personalmente
1500 pesetas para la convocatoria de un premio de la Asociación.
Ya había dado, el mismo día de la junta en que fue elegido, y a
la que no asistió, 500 pesetas para el Montepío. Se propone la realización
de un fichero de asociados y que cada miembro haga un trabajo biográfico
sobre un escritor médico ya fallecido. Se levanta la sesión a las
8.30 de la tarde. Son otras horas ya, son otros tiempos.
La siguiente junta general se celebra el 18 de abril del 42. El
Dr. Vital Aza se excusa por no poder asistir y “desea ofrecer a
los compañeros la cena en que se hallan reunidos”. Es verdad que
el Dr. Aza muchas veces no puede asistir, pero también es cierto
que parece tener la cartera siempre a mano. ¿Qué le pasa al Dr.
Aza que no puede venir? Pues que el Dr. Aza es un prestigioso ginecólogo
-no la mejor profesión para hacer planes y fijar citas con alguien-
y tiene que estar trabajando para poder luego ayudar al Montepío,
dotar premios y pagar cenas. Por lo poco que sé y he leído de él,
ya lo mencionaré más adelante, de verdad que me parece excepcionalmente
generoso, afectivo y simpático. Palanca propone que se pague cada
uno la cena y que la oferta del Dr. Aza vaya al Montepío. No se
va a aprovechar nadie directamente, pero tampoco se trata de desperdiciar
los donativos. Se insiste en que cada socio escriba una biografía.
Se levanta la sesión a las doce de la noche. Otra vez muy tarde,
pero es que hubo cena. A escote.
Hay un acta, cortísima, del 5 de Enero del 43 en que se refleja,
por unanimidad, el acuerdo de dejar en suspenso “la decisión referente
al apartamiento momentáneo del Dr. Vital Aza”. También se lee que
“el secretario da cuenta de que en el mes de julio pasado quedó
aprobado el reglamento de la Asociación”. No existe ninguna acta
más que recoja dónde y cómo fue aprobado dicho reglamento. El nuevo
secretario es menos minucioso, menos exacto que Marañés, el anterior.
Y parece, no hay más datos, que Vital Aza no puede cumplir con sus
obligaciones de presidente y se había acordado apartarlo momentáneamente
del cargo, aunque se dejara luego en suspenso la resolución.
En la junta general de 27 de enero del 43 se recuerda la propuesta
de escribir las biografías correspondientes y formar una “galería
de médicos célebres”. El secretario propone que la posesión de un
Premio de la Asociación sea mérito suficiente para ingresar como
numerario. En otra junta posterior, en abril, se acuerda sacar a
concurso las cinco vacantes que existen. El 18 de mayo se lee el
acta de concesión de premios y se propone llevar a la próxima junta
general la propuesta de provisión de cuatro vacantes: para Blanco
Soler, Cortezo Collantes, Álvarez Sierra y Laín Entralgo. Quizá
la otra vacante es para el ganador del premio, aunque no se especifica.
Desde luego, en el libro de registro de socios están expresamente
recogidos los ingresados por premios en años posteriores. El sistema
de númerus clausus se ha modificado algo, pero no parece
que haya desaparecido aún del todo. Velasco Pajares está actuando
como presidente de hecho y hasta se propone a Martín Calderín para
el cargo “vacante” de vicepresidente. Se propugna la relación con
los escritores médicos portugueses.
En la junta general del 28 de junio del 43 es ya presidente Velasco
Pajares y se nombran los nuevos socios, aunque un miembro pregunta
“si todos tendrán deseos de venir a las reuniones de nuestra sociedad”.
Esto indica que el sistema de provisión de vacantes, en este caso,
ha cambiado, en el sentido de no requerir la solicitud formal del
candidato, sino sólo su aceptación. Parece, en fin, que se han ofrecido
las vacantes. Por ello, y tras discusión, se acuerda dirigir una
carta a los interesados “preguntándoles si desean ingresar en la
Asociación”. Se recuerda el tema de las biografías médicas. Alguno
ha hecho los deberes. Vallejo Nájera dice que tiene preparada la
del Dr. Cortezo, y Perera Prats las de Hernández Morejón y Diego
de Argumosa. Ni estas, ni ninguna otra, han llegado a nuestras manos.
Si las hicieron, se perdieron.
En la reunión de la junta del 16 de octubre, a propuesta de Fernán
Pérez, se decide constituir una peña de escritores médicos, para
reunirse todos los sábados a las ocho. Permítaseme aquí una pequeña
digresión. No es casual la propuesta de Fernán Pérez. Ya mucho antes
de la guerra (tengo datos de 1930) formaba él parte de una tertulia
que se reunía en el Lyon d’Or, el viejo café de la calle Alcalá,
el mismo que albergó más tarde la tertulia nocturna que presidía
Eugenio D’Ors y a la que iban Ignacio Zuloaga, José María de Cossío
y Emilio García Gómez, entre otros. Los contertulios de Fernán Pérez
entonces, eran los de la promoción del 14 y ahí estaban Díaz Gómez,
Sánchez Morate, Cerveró y Lacort, todos de nuestra Asociación y
también el actor Manolo Paredes, que había estudiado varios años
de medicina con esta promoción. Fernán Pérez había empezado con
ellos también, pero terminó un año antes, porque hizo tercero y
cuarto a la vez (¡de qué cosas se entera uno leyendo, Señor! ¡Cuánto
peligro!). Cenaban todos juntos, los primeros miércoles de mes.
También había miembros de nuestra Asociación en la peña “federacionista”,
que se reunían todos los lunes, al filo del mediodía, en el café
María Cristina, junto a la Puerta del Sol, que tenía entradas por
las calles Arenal y Mayor. El Papa negro -así lo llama el cronista-
de la misma era el Dr. Martín Cirajas, presidente de la Federación
Sanitaria Madrileña (de ahí el nombre de la tertulia) y asistían
los doctores Palanca, Sánchez Morate, Ruiz Heras, Cortés Rivas,
etc. Había otras peñas de médicos, pero no me extenderé más.
En ese café María Cristina, la noche anterior al 14 de Abril de
1931, sucedió algo que me gustaría contar. Será una muy corta digresión.
Había un conjunto que hacía música y un lleno absoluto. El público,
enardecido, empezó a pedir que tocaran el himno de Riego. “No conocía
su música el violinista, y no pudo tocarlo; pero una afortunada
inspiración vino entonces a su mente: de un salto, se puso en pie
sobre el mármol de un velador e hizo que de su violín saliese una
sonora y entusiasta Marsellesa, pronto unánimemente coreada. Bella
estampa romántica.” Estamos en Madrid, en un café de la Puerta del
Sol. Pero, ¿no es muy parecido a lo que ocurre en Rick’s, el café
américain de la mítica película Casablanca, de Michael
Curtiz, rodada en 1942, once años más tarde. No es que el arte,
la ficción, copie a la naturaleza, o al revés. Es que son la misma
cosa. La escena la narra un distinguidísimo miembro de nuestra Asociación,
presidente de honor, Laín Entralgo, que fue testigo presencial esa
noche, en su sincero y esclarecedor Descargo de conciencia,
de 1976.
Volviendo a nuestra junta, Velasco propone “que se celebren sesiones
literarias en las que intervendrían, en primera intención, los socios
de nuevo ingreso, quienes vendrían obligados a preparar un trabajo
literario-médico a dicho fin”. Obviamente, no era requerido antes.
Ya empieza a parecerse todo más a la Asociación, tal como la conocemos
hoy. Se designa para una primera, a Laín Entralgo y Álvarez Sierra
y para una segunda, a Blanco Soler y Cortezo. Martín Calderín a
continuación promete preparar un estudio con título Beethoven
no fue sordo. ¿Se lo pidieron? ¿Se ofreció él? No lo sé, lector,
pero me lo supongo. No he visto nunca a nadie, y llevo mucho tiempo
en este oficio, solicitar que le endilguen una conferencia o discurso,
mientras que he presenciado en cambio el espectáculo de centenares
de escritores brindándose generosamente a pronunciarlos. Por lo
tanto, aquí hay claramente una hipótesis que es más plausible. Se
ofreció, se sacrificó. ¡Se inmoló! ¡Bonito es este país! ¡Bendito
sea, a pesar de esto, pero ya menos de mil veces! Aquí aparece de
improviso Cicerón y lo mandan a por el café.
Escribir es, definitivamente, falsear. He pedido ya dos veces, con
nada disimulado entusiasmo, la bendición para nuestro país y alguien
podría pensar que soy de los que aman a su tierra, sin posibilidad
de crítica o reflexión. Nada más alejado de la verdad. Creo sinceramente
que tenemos un país envidiable en muchos sentidos, lo que nos debería
hacer más activos en su cuidado, en el perfeccionamiento de nuestra
convivencia. Pero, aparte de esta creencia apasionada, estoy extremadamente
mal dotado para los nacionalismos. Mi patria, mi verdadera patria,
es la vida. Alguien lo dijo antes que yo, es una frasecilla. Pero
condensa algo de lo siento al respecto. La tomo.
También querría explicar que, si ironizo un poco a veces, lo hago
para trivializar, para hacer más tolerable algún aspecto ingrato
de la realidad -esa es una de las funciones del humor-, depurándola
y tornándola más amable. Porque este interés de algunos en hacerse
escuchar, muy estrechamente vinculado con la disposición a no atender
a nadie -esto que digo no tiene nada que ver con el caso que acabo
de referir-, puede llegar a ser enfadoso y se da ocasionalmente
en agrupaciones como la nuestra. Esa vanidad provoca en mí un odio
autolimitado, que sería irremediable si no fuera dulcificado por
el tratamiento satírico de la situación. Seguramente no soy el único.
Luis Fernando Alvarez y Pérez Miravete (“Arturo Rigel”), nuestro
secretario en 1968, recoge, con toda intención, en el acta de una
junta general: Intervino el Dr. X (no diré el nombre), “quien después
de hacer un panegírico de su propia obra y labor dentro de nuestra
Sociedad, aduce en términos enérgicos el derecho a que se cree acreedor
de pronunciar una conferencia en una sesión del presente curso,
rogando, por circunstancias personales,
que le sea asignada la fecha de inauguración del curso” (el
subrayado es mío). Nada más natural. Si uno se hace miembro de una
sociedad es para hacerse oír, y cuantas más veces mejor. Y la sesión
inaugural parece especialmente apropiada. ¿Y los demás? ¡Qué sabe
uno de los gustos de los demás! Si fuera uno a preocuparse por eso,
no se acabaría nunca. A lo mejor les gusta escuchar, a lo mejor
les sienta bien. Uno sabe lo que le gusta a uno, y malamente. De
los otros, mejor ni hablar. En esto de las aficiones hay mucha variedad
y colorido.
Al Dr. X se le dijo que ya estaba confeccionado el programa para
el curso y él adujo que, quien fuera, había corrido mucho, que eso
era misión propia de la junta general. El presidente, Dr. Zúmel,
explicó que no, pero accedió a que se votara su propuesta. Fue rechazada
estruendosamente. El Dr. X no pudo dar su conferencia inaugural,
pero siguió en la Sociedad, claro, porque yo no he dicho, ni pienso,
que los parlanchines sean mala gente. Y, además, siempre queda la
esperanza de la sesión inaugural del curso siguiente, que nunca
hay que perder la ilusión.
Sigamos con nuestro tema. Parece claro, a la luz de las actas conservadas,
que Velasco es ya el presidente desde mediados del 43. Por lo tanto,
aquí hay que hacer una pequeña corrección a lo propuesto por Rico-Avello
en el apéndice cronológico anexo a su conferencia. Por las razones
que sean, el Dr. Aza se resiste a ocupar la presidencia, aunque
también se habla en alguna junta, en su ausencia, de que “quizá
se pueda vencer esta postura del presidente”. No se logró. Y lo
siento, porque, como escribí antes, Aza parece una persona llena
de encanto. Estudiando los fondos de la Biblioteca Nacional se encuentran
bastantes obras suyas de carácter médico y alguna menos estrictamente
profesional, como Feminismo y Sexo, de 1928. No, no era un
escritor, pero en esto no era diferente de muchos de los restantes
presidentes de nuestra sociedad.
No puedo señalar exactamente cómo terminó la presidencia de Aza,
ni las últimas razones. Renuncio muchas veces a recoger los innumerables
detalles y matices para no caer en ese defecto al que los franceses
califican como l’ennui de tout dire. De algún texto parece
deducirse que fue el propio presidente el que quiso cesar. Sin embargo,
también hay que recordar que Vital Aza, junto con Ara, Hernando,
Pittaluga, Tello y otros, había sido expulsado de la Real Academia
Nacional de Medicina en un proceso de depuración de los corrientes
en la inmediata postguerra. No consta que nada parecido ocurriera
en nuestra Asociación, en el caso de Aza. Sin embargo, sí mencionaré
que el nombre de Gustavo Pittaluga, que había sido nombrado socio
de honor en 1931, aparece en nuestro libro de registro sepultado
bajo otro distinto, de manera que me fue muy difícil reconocerlo.
Tenemos, pues, por tener de todo, hasta un pequeño, mínimo palimpsesto
en nuestros archivos.
Por cierto, con este Vital Aza Díaz, lo primero que hay que hacer
es no confundirlo con su padre, cosa que ocurre a veces. El padre
sí que fue un muy prolífico escritor y autor teatral. Se llamaba
Vital Aza Álvarez-Buylla y también fue médico, aunque empezó la
carrera algo tarde, a los veinte años, y no la ejerció nunca. Escribió
más de mil poemas y repentizaba con el mismo desparpajo con que
se cuenta lo hacía Narciso Serra, poeta y autor dramático madrileño,
algo anterior en el tiempo (1830-1877). A los dos, se dice, les
era más fácil hablar en verso que en prosa. No puedo detenerme aquí
en la figura del padre. Diré, simplemente, que en 1882 se casó con
Dª Maximina Díaz Sampil y de ellos nació nuestro presidente, en
1890, en Mieres.
Ya dije que el hijo no fue escritor. Sí fue un prestigioso ginecólogo,
presidente de la Sociedad Española de Ginecología, y leyó su discurso
de recepción en la Real Academia Nacional de Medicina, Derechos
y deberes biológicos de la mujer, el 15 de febrero de 1934.
Fundó el Sanatorio de Santa Alicia en 1919, en donde después estuvo
el equipo quirúrgico Montesa, en la calle del mismo nombre, “que
no tiene que envidiar a las clínicas suizas y alemanas”, dijo en
su discurso de contestación el Dr. Enrique Slocker, quien también
sentenció, al final: “La Academia está de enhorabuena: ha entrado
un señor”. Seguramente lo era. Murió el 12 de octubre de 1961, de
leucemia, enfermedad que ocultó hasta a sus propios familiares.
En Feminismo y Sexo, expresa una preocupación, sincera y
muy avanzada para su tiempo, por la condición femenina y sus desventajas
sociales. Aprovecho el clima para decir que nuestro primer socio
femenino fue una doctora corresponsal de Jaén, Dª María Nieto Donaire,
sin fecha de ingreso, pero que debió de hacerlo entre 1945 y 1947.
En la obra citada, Aza escribe un “pórtico”, de unas cinco páginas,
explicando por qué no ha solicitado un prólogo, “ya que si el lector
va a encontrar pobre y deslucido nuestro trabajo, aún habrí |