Gente poco importante |
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del Dr. Joaquín Urgel Piñeiro
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| La mesa del despacho es de estilo. El médico no sabe que estilo. Sus pacientes tampoco. El tablero de la mesa desaparece de debajo de un formidable desorden. Apenas protegidos por historias clínicas de doble página de fuerte papel se amontonan análisis, radiografías, electrocardiogramas e informes. El resto está ocupado por distintos libros que el médico lee en sus ratos de ocio. Entre ellos se encuentra Viaje a la Alcarria. Ocupa un lugar de honor desde que el médico iniciara parte del mismo camino que el Nóbel viajero. En la narración reencuentra viejos amigos conocidos en su juventud a los que ya no podrá volver a ver. Recorre accidentes geográficos que fueron escenario de sucesos trascendentes. Recorre los viejos senderos que pisó camino de ninguna parte. La Alcarria es un terreno alto, de escasa hierba y pocos árboles. Se parte en profundos valles al fondo de los cuales se escondan en el profundo follaje los ríos que rinden tributo al Tajo. Por este motivo a los pueblos de la Alcarria se entra por la azotea o por sótano. Yermos y paramos azotados por viento, tormenta, granizo, barro y nieve a los que sucede un sol abrasador. Y otra vez la tormenta, el granizo, el barro y la nieve. Después más tormenta que del polvo hace lodo, calor. Y volver a empezar. -Es natural. Nueve meses de invierno y tres de infierno. Decir que los alcarreños son ángeles sería una ordinariez además de una mentira. Decir que los alcarreños son un diablo sería una bufonada superior y una arana de más bulto. Ni ángeles ni diablos el médico los lleva dentro de su corazón porque los ocho años que dedicó a su salud están llenos de recuerdos placenteros y por mucho que busca no encuentra un recuerdo penoso. El médico conoce a Julio Vacas cuando viaja en el autobús que le lleva desde Madrid hasta el nosocomio de Trillo. A su paso por Brihuega desde la ventanilla entretiene la parada contemplando a un viejo vendedor de caramelos, pipas, cigarrillos sueltos, chicles y otras menudencias tan necesarias según se mire. El viejo sarmentoso rememora al médico, valla usted a saber porque, una rama seca de nogal que se encuentra a mitad del camino entre publicista y pregonero. -Chicle Bazocka, siempre en la boca. Los recuerdos del médico le llevan a la estación de Metro de Banco. Una gigantesca bombilla campea sobre una frase: Bombillas Philips, mejores no las hay. El médico tararea lo de lo toma el ciclista que es el amo de la pista... . Una señora más entrada en carnes que en años sostiene sobre sus rodillas un voluminoso cesto de mimbre con ensaimadas compradas en la Mallorquina, y aplastadas por camisas gruesas de melero, paquetes de clavos y de semillas, medias de nylon y otras compras hechas en Madrid le mira sorprendida. La gorda de la cesta, que no cabe en el asiento, mira al viajero. El estudiante siente calor en la mejilla y se acuerda del Cerro de los Gatos del Retiro. Un gato de piel rubia trepa a un árbol huyendo de un chiquillo. -De Madrid al cielo. El autobús arranca camino de Trillo. Desde el alto parece un inmenso escarabajo convertido en grillo que se mueve lentamente chirriando todas sus piezas y produciendo un extraño ruido que hace escapar a los abundantes animalitos que pueblan el suelo. Es un autobús asmático que arroja polvo y humo pestilente Con el paso de los años el médico regresa a Brihuega para ejercer su profesión. Uno de sus nuevos clientes es Julio Vacas: “Portillo”, el vendedor del autobús Portillo, viejo zorro, con el cuerpo menudo, curtido por el sol y el viento parece, asomado al Balcón del Jardín de la Real Fabrica de Paños, el mascaron de proa de una nave al pairo oteando el oleaje verde del valle de Tajuña. En elocuente silencio espera la brisa suave de la palabra para navegar por el mar profundo de su sabiduría. Se lleva la mano a la rodilla. El sol y el viento han curtido su piel y los años han desgastado sus articulaciones. Para tratar sus dolores tiene un sabio remedio. Una patata, de cosecha reciente, redonda y lisa del tamaño de un huevo de gallina se debe guardar en el bolsillo del pantalón el miembro afecto y se espera hasta que se arrugue. Cuando esto ocurre ha llegado la curación. La que el lleva en el bolsillo no se ha arrugado. Por eso le duele todavía. -Oí decir que Arnaul de Vilanova hacía algo parecido con ancas de rana. Pata derecha con pierna derecha y pata izquierda con pierna izquierda. -Ese señor no debe ser de por aquí, porque no lo conozco. Y también he oído hablar de lo de la rana. Lo de la pata da buen resultado. Pruébelo si alguna vez le duele. El médico ve pasear a las monjas Jerónimas por el huerto del Convento. Bajo el mirador se agolpan torres, almenas, murallas árabes y tejados de Iglesias cristianas. Más abajo sotos floridos. La mañana es soleada, pero el viento aconseja la retirada. Al salir de los jardines ve la vieja limusina, antaño viajera infatigable. Hoy recostada en la tapia espera con nostalgia a unos caballos que la lleven por caminos de espliego. En la chopera, a cuya sombra paran los autobuses recuerda su viaje a la leprosería. El antiguo Balneario de Carlos III en Trillo ya no presta cobijo a damas empolvadas ni a empelucados galanes. Ahora se dedica a una enfermedad a la que la superstición ha declarado maldita. El médico recuerda las palabras de Wasinton Irgwin. Más o menos venía a decir que cuantos mas altos fueron sus moradores ancestrales más humildes eran los de ahora. Parece que con los edificios destinados a la salud pasa lo mismo. Cuanto más vistosos eran los saraos que acogieron a empolvadas doncellas y empelucados galanes más despreciadas son las enfermedades de ahora. Cerca de la cárcel que mandó construir en Brihuega Carlos III se encuentra la chamarilería de Portillo. En ella Julio Vacas, el viejo zorro de ojos pequeños y vivos se convierte en camaleón que se confunde con el profuso desorden que reina en su tenebroso habitáculo. Su color renegrido y su ropaje oscuro hace difícil distinguirlo entre los muebles desvencijados que conocieron amores románticos y disputas post-románticas. Libros viejos que ya no enseñan nada nuevo. Calentadores de largo mango que proporcionaron al durmiente solitario el calor que no le proporcionaba otra compañía. Braseros dorados conocedores de secretos de alcoba. Bacías de barbero que esperaban en vano la tibia sangre del cirujano. Bacines que ya no escuchan lo de “aguas van”. Allí el sabio amigo de Cela y después del médico se transforma de nuevo en vara de almendro florecida anunciando los secos y sabrosos frutos del recuerdo a veces duros de roer. En otras ocasiones tienen el tierno sabor del prosista que poetiza un romance de moros y cristianos con palabras dudosamente fieles a su contenido histórico. -¿Sabía usted que al Rey Don Alfonso VI le llamaban El de la Mano Horadada?. -Algo he oído. En Toledo le echaron plomo derretido en la palma. -No, señor. Fue en Brihuega el Rey moro veraneaba en el castillo. ¿Lo sabía?. -No, no lo sabía. -Pues veraneaba aquí. Un día invitó a Don Alfonso, que se llevaba mal con su hermano. Se ve que el Rey moro era muy bueno porque se llevaba bien con todo el mundo. El médico empezaba a oír chirimías y atabales. Los cascos de los caballos golpeaban las losas del arco de Cozagón. Orgullosos jeques y adalides mostraban soberbios turbantes de distintos colores. La monótona cantinela del habid le recordó sus tiempos escolares. -Dos por dos cuatro, dos por tres seis. -También estuvo aquí Felipe V. Callaron chirimías y atabales. Comenzó a sonar el cañón acompañado de lamentos y toques de corneta. Desde el Alto de Quiñoneros y por el camino de la fuente Cagá baja una caravana de carros con soldados heridos en el Alto de la Batalla. Ahora callan los mosquetones las espingardas y las bombardas. Suena el alegre repique de las campanas anunciando a la población la victoria. Alegre para los Borbones. Triste para los Austrias. -Los Reyes siempre fueron buenos. ¿Usted que piensa?. El médico no piensa. Reviven sus escasos conocimientos de una historia plagada de guerra. -Pues no sé que decirle. Las palabras del anfitrión de la chamarilería fluían en cascada salpicando las paredes y traspasando la puerta que daba al abandonado huerto. En alguna ocasión la verborrea le lleva al médico a nuevos escenarios. -¡Ay Carmela!. ¡Ay Carmela!. Escucha en la calle del Césped.. -Suena la hélice, rugí il motore, bela la bela vista dil aviatore, escuchando al otro lado de la puerta de la muralla. Contesta su hermano. En realidad lo ha cantado con un italiano de lo más cutre. -¿Habla usted idiomas?. -Solo el castellano. -Cada uno ha empuñado el fusil con distinto bando. Jacinto fue asistente de un coronel. Bajó por un atajo desde el Alto de la Batalla para felicitar a su padre y decirle que había oído decir que al día siguiente los italianos bombardearían la ciudad. Cuando Demetrio lo dijo no le hicieron caso. Las mujeres fueron a hacer la colada a La Fuente de los Doce Caños. Un obús calló entre la fuente y el frondoso moral. Murieron muchas. Las guerras son muy malas. ¿Usted que piensa? Al médico se le entristecieron los ojos. No contesta pesando que en una guerra se matan los desconocidos para provecho de unos desaprensivos que se conocen. El médico ve aviones y carros de combate. Sus oídos escuchan el sonido de las ametralladoras. Alto y delgado, como una lanza de la rendición de Breda entra el coadjutor. Es un coadjutor joven que le marea el olor a cera. Por eso dice misa en una capilla del castillo que usa solo él. Es un cura de sotana impecable y, además, místico. Perece que se ha escapado de un cuadro de Zurbarán. Al verle le parece escuchar canto gregoriano.
El médico se despide del más ilustre personaje poco importante que ha conocido y acompaña al coadjutor a una lúgubre capilla sin velas encendidas. Deja su profesión y se convierte en monaguillo.
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