Ana Petrovna Tarakanoff, la princesa engaņada

del Dr. Joaquín Aroca
 

 

 

Por las aguas tranquilas del Mar Adriático navega un barco de la aristocracia rusa. Su dueño es el Conde Alexis Orloff que acaba de contraer matrimonio con una hermosa mujer: Ana Petrovna Tarakanoff. Los que ven pasar la lujosa nave no pueden sospechar el horror que dentro de ese espacio aparentemente idílico está sufriendo la joven de 25 años, bella, nieta de Pedro I “el Grande”y destinada a reinar a la muerte de su hermano Pedro III.


Cuando en enero de1762 muere la emperatriz Isabel Petrovna, hija de Pedro "El Grande", deja dos hijos: Un varón, Pedro que no va a reinar ni tan siquiera un año, y una niña de doce años, Ana Petrovna Tarakanoff. Pedro tiene 39 años cuando ocupa el trono vacante, con el nombre de Pedro III. En el supuesto caso de que muriera, su hermana, Ana Petrovna, que reside en Italia desde muy joven, lejos de las intrigas y luchas cortesanas, sería su legítima sucesora. Pero la Historia la hacen y la escriben los hombres, unas veces haciendo las leyes y otras saltándoselas en piruetas asesinas.
Pedro III se convierte en el nuevo zar, tiene treinta y nueve años y lleva diecisiete casado con Sofía Augusta de Anhalt-Zerbst. No es un matrimonio feliz que digamos. Si no hay broncas por medio, que quizás las hubo, sí existe un especial rechazo de Pedro hacia su mujer, y viceversa, ya que tanto el odio como el amor suelen ser recíprocos.
El zar Pedro III, harto de su mujer, prefiere la compañía de sus oficiales de Holstein a la de su joven esposa. Disfruta más emborrachándose con sus aduladores camaradas que en el lecho con su fogosa mujer, la cual es tratada con brutal despotismo y acusada de adúltera. Probablemente con suficiente razón, ya que su marido no la puede atender adecuadamente por efecto del vodka y las malas compañías.

No parecía Pedro el ideal para suceder a su madre, dadas las amistades peligrosas de que se rodea, y de su afición exagerada a la bebida. En permanente embriaguez, realiza una serie de reformas un tanto revolucionarias para aquella época: promulga la amnistía general, levanta la prohibición de salir del Imperio sin permiso, suprime la cancillería secreta (grave error), disminuye los impuestos y adopta medidas contra el lujo. Uno de los actos más funestos fue la retirada de Rusia de la guerra de los Siete Años y la Alianza con Federico II de Prusia, por el que sentía gran admiración. La Alianza salvó a Prusia de la derrota pero anuló los éxitos obtenidos por el ejército imperial al restituir a los prusianos las conquistas hechas por Rusia durante el conflicto.
Sus vicios, su relativo desinterés por el gobierno y su enfrentamiento sañudo con Sofía, le convierten en una presa fácil, y víctima propicia para un complot.
A su mujer, que sigue siendo despreciada y objeto de malos tratos, la amenaza con repudiarla y recluirla en un convento. Pero la rechazada Sofía, la futura Catalina la Grande, supera a su marido en astucia y en habilidad política. Sabe rodearse de fieles colaboradores y disfrutar de sucesivos favoritos con los que llega a dominar las intrigas políticas de la Corte, y poco a poco, subterráneamente, hacerse con el poder. Nada de esto hubiese ocurrido si el zar hubiese cumplido como hombre con su mujer, y como jefe político con sus deberes de Estado.
Entre los muchos favoritos y amantes de su esposa, se encuentran los hermanos Orloff: Gregorio y Alejo. Alejo, el más joven, es el más audaz y fiel colaborador para llevar a cabo la realización de los ambiciosos planes que proyecta la futura zarina.
Sofía, maniobrando hábilmente, consigue que entre los nobles rusos surja un fuerte descontento, haciéndoles ver que su marido da prioridad a sus camaradas y amigos alemanes en las decisiones de Estado, y que menosprecia a los nobles rusos, acostumbrados a utilizar su poderío y a ejercer su autoridad desde que Isabel Petrovna, madre de Pedro III, aumentara sus privilegios y les otorgara una mayor participación en la política nacional.
A la cabeza de estos nobles descontentos se pone la astuta y repudiada esposa, aprovechando que su marido se pasa la vida en la residencia de Oranienbaum, en compañía de sus oficiales del Holstein y más interesado en sus juergas que en el gobierno de su Nación.
Corre el verano de 1762. Pedro, como de costumbre, rodeado de sus amigos y envuelto por los efluvios de la bebida, no presiente el peligro que se le viene encima. Se encuentra tranquilo en Oranienbaum, disfrutando con sus borracheras, sin hacer caso de los cercanos colaboradores, sobre todo de su fiel Munnich, que le insta a que tome el mando de sus regimientos, y desbarate el complot que le va a llevar a la muerte. El zar, además de abúlico, se encuentra seguro y confiado, y deja que las cosas y los acontecimientos sigan su curso hasta el punto de que cuando quiere dar marcha atrás, tiene enfrente a lo más granado de la nobleza rusa, que con firme y dura actitud le obliga a claudicar.
La esposa queda como regente de su hijo Pablo, y es proclamada emperatriz la noche del 8 al 9 de julio de ese mismo año, con el nombre de Catalina II.
Pero Pedro debe morir. Así lo quiere su vejada esposa, y así lo desean también los fieles cortesanos de los que ella se ha sabido rodear, varios de los cuales van a buscarle a su retiro veraniego de Oranienbaun para conducirlo a Ropscha. Allí se encuentra Alejo Orloff, dispuesto a cumplir los deseos de su amante. Alejo es un mocetón, fuerte y apuesto, de veinticinco años. Se acerca al destronado emperador, que como siempre se encuentra medio beodo, le agarra del cuello y le aprieta la garganta. Pedro patalea, trata de desasirse de las manos que poco a poco le van estrangulando. Se escucha un suave crac, signo de que se ha roto la tráquea del depuesto zar. Éste lanza su último suspiro en medio de un sonoro estertor. Nadie se mueve en la habitación a favor de la víctima.
Algunos benévolos historiadores afirman que Catalina no quiso ni ordenó la muerte de su esposo. Otros piensan razonablemente que, dadas las circunstancias y especialmente el odio que mediaba entre ambos cónyuges, era muy posible que la esposa abandonada, desease la muerte de aquel hombre tan despiadado. El resultado es que la nueva zarina puede ya gobernar tranquila, sin el estorbo de su marido. En premio al servicio prestado, el asesino amante es nombrado teniente general. Otros trabajos sucios se le van a encomendar.
Porque hay alguien más. Ana, la hermana de Pedro, que tiene fuertes razones legales para ocupar el trono, y que se entera de la muerte del zar en su residencia italiana, donde vive feliz en Pisa, en Liorna y en Florencia, lugares donde siempre es acogida con gran cariño y se encuentra rodeada de fieles y corteses amigos.
Vive retirada allí desde muy joven. Es princesa, hija de la difunta zarina Isabel, pero no pretende en absoluto, ni por lo más remoto, meterse en política.
Pero Carlos Radziwill, aspirante a la corona de Polonia, solicita su mano. Esta unión abre la posibilidad de que Carlos pueda llegar a sentarse algún día en el trono de Rusia. Catalina, que se entera de todo lo que ocurre en los ambientes palatinos de casi toda Europa, teme que se lleve a cabo ese matrimonio y recurre de nuevo a Alejo.
-Amigo y querido Alex-le dice Catalina desde su lecho, mientras él se viste después de una noche de ininterrumpido placer amoroso-la princesa Tarakanoff puede hacernos mucho daño. Creo que deberíamos hacer algo al respecto.
Alejo permanece silencioso y pensativo.
-Déjalo de mi cuenta- dice, al final, saliendo de su mutismo-.Mañana mismo parto para Italia.
-¿Tan pronto?-comenta, algo mimosa, la zarina-.De todas formas quiero que vuelvas lo antes posible.
- Querida Catalina, este asunto, tal como lo tengo previsto, es muy delicado. Me va a llevar tiempo y dinero para lograr su perfecta ejecución. Hace días que llevo pensando lo mismo que tú. Esa niña nos puede complicar mucho las cosas.
Alejo se acerca al lecho donde reposa la emperatriz, le da un beso cariñoso en la frente y se despide.
-Tendrás noticias mías- dijo, mientras cierra la puerta.

Una vez afincado en Italia, el sicario Orloff consigue enamorar perdidamente a la joven Ana.
El amor acabó en matrimonio.
Los recién esposados decidieron pasar
su viaje de boda a bordo del buque de
su encantador marido. Es el momento de cumplir el encargo de la zarina. Nadie puede suponer las vilezas que se están cometiendo dentro de ese yate de lujo que surca los mares camino de Rusia
Lo primero que hace el buen
Alejo es ofrecer su mujer La princesa Tarakanoff en su
a su hermano Gregorio, el cual la viola celda inundada. Obra de
repetidas veces. Flavitsky.
El desalmado Alejo reúne a la tripulación y les dice, señalando
a su preciosa y noble esposa:
-Ahí tenéis a una princesa, os la entrego para que abuséis de ella. Haced lo que os dé la gana con su persona y con su cuerpo. Todos estáis obligados a fornicarla menos los homosexuales, que quedan exentos de este servicio.
La princesa Isabel no da crédito a lo que está viendo y oyendo.
Es humillante que la haya entregado a su hermano, pero no puede comprender su entrega a aquellos hombres que apenas conoce y que le causan tanto terror y tanto asco.
-Debe ser una broma de mi marido-piensa, en un principio.
Los marineros miran asombrados alternativamente a su capitán y a la pobre mujer que no sabía qué hacer ni dónde ir, y que empieza a mirar a un lado y a otro buscando alguna ayuda o una salida por donde escapar.
Nadie se mueve.
Ella barrunta el peligro y trata de huir. Un marinero se pone enfrente tratando de cortar su camino. Ana hace un requiebro, y trata de tirarse por la borda. Prefiere la muerte abrazada por las olas del mar al horror que la espera. Otro marinero la consigue agarrar por la cintura.
-¡Tú! empieza-ordena Alejo, señalando al marinero-¡y tú también!- insiste señalando a otro que era incapaz de comprender aquella situación.
Si en el hombre se funden un malvado corazón y un sublime talento, nace el monstruo.
Dos o tres marineros hambrientos de sexo se abalanzan sobre la pobre mujer, que trata de desasirse de esos bestias, mientras grita desesperada:
-¡Por favor Alejo, amor mío, no me hagas esto! ¿Qué te he hecho yo para que me des este castigo?-solloza la angustiada princesa mientras trata de abrazar a su marido, el cual le da un empujón y la lanza contra la marinería.
Lo que allí ocurrió no es fácil de describir. Ella al principio trata de defenderse con puñetazos, mordiscos, arañazos, pataleando furiosamente. Pronto quedan sus fuerzas agotadas después de tan desigual lucha. Todo es inútil. La violación colectiva se lleva a cabo con todo su salvajismo. Intervienen dos y tres hombres al mismo tiempo, ejerciendo las más variadas secuencias sexuales al unísono. Al final la pobre niña no es más que un pobre cuerpo abandonado, lleno de contusiones y cardenales, sobre todo en el interior de sus muslos al intentar vencer la fuerza que opone ella tratando de evitar la brutal agresión.
Después de varias horas de ejercer numerosas copulaciones, hartos y saciados de tanto fornicio, la abandonan tirada en el suelo, desnuda, desmadejada, desmayada y con un fuerte olor a líquido espermático.
Un marinero se apiada de ella, se acerca y la cubre con una manta. Con una mano trata de ordenar sus cabellos revueltos. Ella apenas puede esbozar una sonrisa de agradecimiento. Sus labios están hinchados y amoratados de tantos besos impuros recibidos.
Alejo cree que no llegará viva a Rusia, pero la fortaleza de la juventud puede a la cruel paliza que la pobre ha recibido.

Al llegar a Rusia la princesa es entregada a la zarina, su feroz y cruel enemiga. Catalina no sólo no se apiada del aspecto desolador de su joven cuñada, producido por el vandalismo de los insaciables marineros, sino que la encierra en un calabozo subterráneo de la fortaleza de San Petersburgo.
En los doce años que estuvo encerrada tuvo tiempo de recordar aquel episodio de su vida que la llevó a tan triste situación.

“!Dios, ayúdame a olvidar los momentos en que conocí al entonces mi adorado Alexis.!
¡Borra de mi memoria aquella Italia en que fui tan feliz hasta que él me traicionó! Vino a mí con un nombre supuesto. Sólo así pude caer en sus redes. ¡Que imbécil fui al no sospechar que aquel príncipe azul no era otro que el asesino de mi hermano! ¡Y que idiota al no hacer caso de los buenos consejos de mis fieles amigos!!Cómo supo manejar sus buenos modales, su estupenda figura y sus excelentes recursos económicos, para conseguir entrar fácilmente en el círculo de las amistades que me rodeaban y protegían precisamente de las amistades sospechosas!
Alejo tenía trece años más que yo. Su experiencia, su mundología y sus excelentes regalos me produjeron tan grata impresión que pronto quedé perdidamente enamorada de él.
¡Ah, traidor cómo supiste aprovecharte de mi inocencia y cómo caí en tus engaños!

La corte que me rodeaba no estaba de acuerdo con esas extrañas relaciones, y menos aún cuando yo empezaba a hablar de matrimonio.
Mis fieles y buenos amigos decidieron acabar como fuera con tan grave situación. .
Un buen día se presentaron en mi casa en el preciso momento que sabían que él se encuentra allí.
Su visita me fue anunciada cuando me encontraba en divertida charla con el apuesto Alejo.
-¿Qué desean nuestros entrañables amigos?-dije, un tanto extrañada-. Anda, hazles pasar.
Una vez hechos los correspondientes saludos, y después de una conversación anodina, los recién llegados se dirigieron al que iba a ser el causante de todas mis desgracias con estas palabras:
-Señor, sea usted quien sea, su estancia aquí no es vista con buenos ojos, y mucho menos la íntima amistad que le une a nuestra princesa. Le rogamos que salga usted de Italia y vuelva a su país, donde estamos seguros de que será mejor recibido.
-Lo haré con mucho gusto, pero después de nuestro matrimonio.
-¡Ni hablar, antes muerto!- dijo uno de mis amigos que en estos momentos mi ingrata memoria no consigue recordar su nombre.
Al mismo tiempo que hablaba se enfrentaba al infiel Alejo empuñando una pistola.
Yo miraba la escena horrorizada sin saber qué hacer.
-Guardaos eso, por favor, -dijo este ser indeseable, sin mostrar en absoluto el más mínimo temor-.Disfruto de mejores armas que esa pistola que me mostráis, añadió con la más absoluta frialdad.
-Lo dudo. Y estoy dispuesto a disparar si no aceptáis nuestra oferta.
- Mi única arma es la razón.
-¿De qué razón habláis?
-Seamos sensatos.
Alejo se mostraba asombrosamente tranquilo.
-Aquí, ni ustedes ni yo tenemos la última palabra. La princesa es la que debe decidir lo que tiene que hacer, no sin antes, por supuesto, escuchar los buenos consejos de ustedes. De modo y manera que, si les parece bien, yo me retiro mientras ustedes deliberan.
Alejo salió del aposento, no sin antes decir:
-Los espero afuera, señores.
Yo, imbécil de mí, quedé admirada de la actitud serena y admirable de aquel hombre que me tenía sorbido el seso y me acerqué a él para retenerle a mi lado, pero él retirando mi mano cariñosamente me aconsejó:
-Escucha a tus amigos, y luego decide libremente. No pierdas nunca tu libertad de elegir.
¡Ahora sufro terriblemente al recordar aquellas escenas!

De nada sirvieron las sabias
palabras de mis consejeros,
que no se fiaban de aquel extraño
que había llegado allí como caído
del cielo y con una función clara:
apoderarse de mí para no se sabía con que malos presagios.
Con lágrimas en los ojos, aposté
a favor del amor, sin poder imaginar el trágico fin que el destino me tenía asignado”.


Así estuvo la pobre Ana sufriendo en la lóbrega prisión olvidada de todos durante doce años, sufriendo con sus recuerdos y con el remordimiento de no dejarse aconsejar de aquellos que realmente la habían querido y mimado. Su final llegó con la crecida que se produjo en el río Neva en el año de 1787 que inundó su calabozo y en él pereció ahogada. La princesa acababa de cumplir los treinta y siete años.
La repugnante actitud del amante Alejo produjo el rechazo de buena parte de los cortesanos, y hasta la propia Catalina fue retirándole poco a poco sus afectos. En su ausencia, Gregorio Alexandrowich Potemkim, le había sustituido en el corazón y en el lecho de la zarina.
Al subir al trono Pablo, una de las primeras cosas que hizo fue desterrar al asesino de su padre, al repulsivo ser que consiguió el amor sincero de una honrada princesa para después entregarla al apetito lujurioso de unos hombres; al despreciable Alejo, que sólo pudo volver a su patria cuando, a los cuarenta y siete años de edad, murió el nuevo zar en 1801.
El criminal Orloff, conde de Chesme, entregaría su alma al diablo ocho años después, cumplidos ya los setenta y dos, no sabemos si arrepentido, pero sí despreciado por todos sus conciudadanos y por la Historia. No precisaba castigo ni de Dios ni de los hombres; su propia corrupción formaba su continuo castigo.


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Bibliografía:
-"Catalina II y Rusia". Sabatier de Castres
-"Biografía anónima de PedroIII". Tubinga
-"Histoire de Pierre III".
-Diccionario Espasa.