De cómo Don Francisco de Goya y Lucientes, pintor de cámara de los reyes, estuvo a punto de convertirse en homicida y, con ello, cambiar quizás el curso de la Historia

del Dr. Joaquín Aroca Sanz
 

Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.  

 

Antes que nada vaya mi agradecimiento a la Junta Directiva por aceptar mi ingreso en esta singular Asociación. Espero y deseo fervientemente que mi humilde aportación sirva, en lo que buena o malamente valga, para estimular nuestro quehacer cotidiano e incrementar nuestro acervo cultural común.
Tengo que agradecer en especial al Dr. D. Jesús Martínez Falero y a nuestro secretario el Dr. Redondo (al cual felicito por su premio "Gregorio Marañón") su fe en mi persona al convertirse en mis patrocinadores. Gracias amigos; muchas gracias.
He tenido una agradable sorpresa y una enorme alegría al encontrarme aquí con mi profesos D. Manuel Hidalgo Huerta. A él tengo que agradecer, entre otras, la enseñanza práctica de la cirugía del aparato digestivo, la dirección de mi tesis doctoral sobre "técnicas pre-operatorias en las vías biliares", La concesión del premio "Hidalgo Huerta" de la Academia Médico-Quirúrgica, y sobre todo su trato siempre cariñoso y ejemplar. D. Manuel ahí le van mi cariño y mi respeto.
Es norma, y forma parte de las buenas costumbres de esta Asociación que cada nuevo miembro presente su discurso de Ingreso. He puesto manos a la obra y todo mi entusiasmo en ello. No sé si habré acertado en el tema ni si habré conseguido mi propósito. Si no ha sido así, espero de vuestra benevolencia que sepáis disculpar mis errores.
Ustedes se preguntarán, con toda la razón del mundo, cómo es posible que un homicidio de nuestro genial pintor, pudo haber cambiado el curso de la Historia. El origen está en el encuentro de dos personalidades distintas. Un gran pintor de renombre mundial frente a un gran mariscal. Un artista genial y un gran estratega, frete a frente.
Conviene situar la escena en su tiempo, en su lugar y en medio de sus peculiares circunstancias. Las biografías de ambos las conocemos todos. Permítaseme recordar sólo algunos datos que a veces la traicionera memoria nos lo birla sin apenas pedirnos permiso. Estos son los personajes.
Wellington, no fue duque de Wellington hasta 1814, en que el príncipe regente le concedió la orden de la Jarretera y le otorgó los títulos de marqués del Duero y duque de Wellington por sus constantes éxitos de guerra.
Recordemos que la orden de la Jarretera fue creada por Eduardo III. Se comenta que la condesa de Salísbury dejó caer una liga; el Rey la recogió, y atajó las sonrisas de los cortesanos con la frase: "Honni soit qui mal y pensé", (caiga el deshonor para aquel que piense mal). Fundó después la Orden de la Jarretera que tiene por divisa la frase del monarca y como distintivo la liga.
Antes de duque era Artur Colley Wellesley, nacido en Dublín un mes de marzo de 1769. Su padre, el duque de Mornigton tuvo especial empeño en la formación de este cuarto hijo de los nuevo que tuvo, y lo envió con este fin al prestigioso colegio de Eton. Posteriormente pasó a Francia a la Academia Militar de Angers. El azar, siempre caprichoso, hizo que los conocimientos recibidos de los profesores franceses sobre tácticas y estrategias militares le sirvieran después para luchar contra ellos y vencerlos. No podemos olvidar que Napoleón nació también en el mismo año: 1769. Y que siguió su carrera militar asimismo en Francia. Nada nos impide pensar que ambos pudieron llegar a nutrirse de las mismas fuentes castrenses. El destino, siempre el destino, les haría enfrentarse más adelante, con el resultado que la Historia nos transmitió.
Pero mi propósito no es hablar de la batalla de Waterloo.
La que ahora me interesa es otra contienda. La que mantuvo el duque de Wellington con el pintor español. Una contienda que no ganó el general.
Nos encontramos en el día 11 de agosto de 1812. El pueblo de Madrid acaba de recibir buenas noticias: las tropas francesas han sido derrotadas en Salamanca. A lo largo de la jornada se ha presenciado el embargo de coches, carros y calesas para formar el convoy del rey José y su séquito. Esa misma noche mientras el hermano de Napoleón huye hacia Ocaña, el duque de Wellington llega a las Rozas y Aravaca, donde da reposo a su ejército para entrar triunfante, a la mañana siguiente, en Madrid.
Wellington (Vellinton, Belintón o Vellistón, que de todas las maneras le llamaba el pueblo llano) entra en Madrid después de ganar la batalla de los "Arapiles". Ya es Grande de España y duque de la Ciudad Rodrigo por su hazaña. Los franceses han sido derrotados y el pueblo de Madrid le recibe con un desorbitado entusiasmo. Las señoras lloran de alegría, encienden velas a la Virgen de la Paloma, otras visten el hábito del Carmen, y algunas más aragonesas de pura raza, costean una función a la Virgen del Pilar. Los hombres, más comedidos, sonríen y vitorean al general vencedor. Los chicos, para no ser menos, gritan y corretean entre la gente llenos de alegría. Es un día grandiosos ese 12 de agosto de 1812. Grandioso y canicular, aunque el bochorno no impide las multitudinarias manifestaciones de júbilo de los madrileños.
Wellington tiene entonces 43 años. Ha ganado una batalla. Después vendrán otras con otros nombres: Vitoria, Toulouse, Waterloo…. Es un hombre seco, serio. Suya es la frase: "Nada, excepto una batalla perdida, puede ser tan melancólico como una batalla ganada". Puede y sabe ganar, pero la derrota del enemigo no le llena de satisfacción. Son demasiados los muertos, demasiadas las miserias que enturbian la gloria.
Ese día en que el Wellington victorioso entra en Madrid, no va solo. Con él van los héroes; héroes españoles que han luchado noche y día contra el invasor francés. Allí está Juan Martínez Díaz (el Empecinado), don Juan Palarea (el Médico), don Manuel Hernández (el Abuelo) y don Francisco Abad (el Chaleco). Todos ellos desfilan por la Puerta del Sol y calle Mayor en medio de una entusiasta y continuada ovación hasta el Ayuntamiento. Al frente del nutrido grupo que desfila se ponen los miembros de la Corporación Municipal, acompañados de maceros, tambores y timbales, para continuar la marcha hasta la puerta de San Vicente, donde coinciden con las tropas del ejército anglo-hispano-portugués, al mando de su ilustre jefe lord Wellington y los generales españoles Álava, España y Conde de Amarante, que también merecen algo de gloria en esta historia.
Mientras esto ocurría en las calles, un pintor genial, sordo como una tapia, nuestro Francisco de Goya, ajeno por completo a los ruidos del exterior, andaba probablemente ocupado en unos de sus lienzos, quizás el "dos de Mayo", o quien sabe si en "los fusilamientos del tres de Mayo"
Don Francisco de Goya y Lucientes, tiene 66 años. Esta sordo, tiene mal genio y esta tachado de liberal y afrancesado, lo que le obligará a exiliarse a Burdeos en 1823, con la instauración del régimen absolutista.
Un buen día Wellington, bien por voluntad propia o por consejo de algún amigo, decide que Goya le haga un retrato. Llega al estudio-casa del pintor acompañado de su amigo predilecto el general Álava. Goya se ha retirado a su nueva casa, la llama "Quinta del sordo" a orillas del Manzanares, camino de San Isidro. Todo el mundo conoce la excentricidad y braveza del carácter de Goya, que le había dado tanta fama y popularidad como sus inmortales obras. Y esta condición verdaderamente excepcional, se había exacerbado con una sordera tan profunda que no alcanzaba a oír a cuatro pasos el estampido de un cañón.
En estas circunstancias se presenta el lord acompañado del general Álava en el estudio de Goya a quien le bastaba una hora de sesión para bosquejar un retrato. Se puso manos a la obra, y cuando creyó listo para poderlo enseñar, se lo presentó al lord. La expresión de éste no pudo ser más desagradable, hizo un gesto despectivo y añadió unas frases que expresaban su decepción, que el cuadro no le gustaba, que era un verdadero mamarracho y que no podía aceptarlo en modo alguno. Todo esto dicho en Inglés al general Álava, para que lo trasladarse al artista por conducto de su hijo don Javier, que se encontraba presente, para éste se lo expusiera a su padre el lenguaje de los dedos que era, en aquel entonces, el único que podía entender Goya. Observaba éste con recelo y no disimulado disgusto los gestos de lord y sus comentarios con Álava. El hijo de Goya, persona muy instruida y que conocía la lengua inglesa, se negaba con mucho tiento a poner en conocimiento de su padre ninguna de las rancias apreciaciones ni palabras de lord, procurando convencer a éste de su equivocado concepto respecto a la pintura. Pues bien, ni las juiciosas observaciones de don Javier, ni la prudente intervención del general, bastaban a mitigar la desdeñosa y altiva actitud de Wellington, como tampoco los accesos mal reprimidos del genial pintor. Don Javier, observa a uno y otro. Ve a su padre echar siniestras ojeadas a las pistolas que tenía siempre cargadas encima de la mesa. Teme un desenlace desastroso. Indeciso, no sabe a quien acudir. En ese momento se levanta con ofensiva arrogancia el ya duque de Ciudad Rodrigo. Se pone el sombrero en actitud de partir. Al mismo tiempo Goya, sin poder contener su ira, echa mano a las pistolas. El lord hace lo mismo al puño de su espada. Y sólo gracias a los gigantescos esfuerzos, por una parte del general Álava, que trata de indicarle con gestos al mariscal que el artista está tocado de enajenación mental, y por otra parte el hijo de Goya cogiendo con fuerza la mano de su padre, se pudo poner fin a una escena lamentable que acaso hubiera terminado con la muerte o lesión de cualquiera de los dos.
Afortunadamente, ninguno de los dos murió entonces. Wellington siguió ganando sus contiendas en los campos de batalla. Luego perdería otras en el Parlamento al expresar sus ideas favorables a la emancipación de los católicos, lo que provocó los rencores de los protestantes y ultra conservadores, atrayéndose la enemistad del pueblo que llegó a apedrear las ventanas de su casa. Por ello dejó el Parlamento en 1830, pero el odio de la turba no se calmó, y en 1832 al ir a visitar la Torre de Londres se vio insultado por la muchedumbre y nuevamente se llegó a temer por su vida. Pero diez años después le nombrarían comandante y jefe del ejército, y en 1846, reconquistaría para siempre y en toda su plenitud su antigua popularidad. Murió en 1852 a los 83 años. Goya en 1828 casi a la misma edad (82 años).
Ante este enfrentamiento entre los dos colosos no podemos dejar de preguntarnos. Si por obra del caprichoso destino consigue Goya disparar sus pistolas sobre el general, ocasionándole la muerte. ¿no abría seguido otro curso la Historia? ¿Habría terminado la batalla de Waterloo, sin la jefatura de Welington, tal como acabó?
Pero dejemos a un lado estas especulaciones y metamos nos en otras más en consonancia con nuestro tema. ¿Qué vio en el boceto de retrato que le hizo Goya, que tanto le desagradó? Sin duda alguna el retrato original es bueno, aunque tal vez le falte la fuerza que era característica en todas las obras del pintor aragonés. Hay que tener en cuenta que no empleó más de una hora en hacer, no un retrato acabado, sino un boceto sobre el cual trabajar después. Esto es lo que quizás no entendió el general, y es lo que el hijo del pintor le quería hacer entender inútilmente. Pero lo cierto es que Wellington salió de Madrid el primero de septiembre sin llevarse un cuadro en el que debió de descubrir él su propia personalidad que le hizo enfurecer y disgustarse profundamente.
¿Y cual fue el retrato que Goya le hizo a Wellington?
Pues aquí lo tienen ustedes, copiado lo más fielmente posible de una reproducción en blanco y negro que he conseguido.
Si hay algún psicólogo entre nosotros que nos dé una primera impresión sobre este asunto: ¿Qué vio Wellington en este cuadro que tanto le enfureció?
Muchas gracias a todos por vuestra atención.