|
Uno de los valores más representativos de la “Generación del 98"
es Pío Baroja, un médico que cambió su profesión por la de escritor integral.
Mucho se ha escrito sobre él desde su primera obra literaria , y mucho
se seguirá escribiendo todavía, por ser una de las personalidades más
polémicas e incomprendidas del último siglo español. Quizá como de su
protagonista novelesco y lejano pariente Eugenio de Avinareta, podamos
decir con Pío Baroja que “...no deja de ser curioso que en un
país como España, en donde se ha ensalzado a tanto personaje huero, sin
valor, sin energías y sin inteligencia, se persiga con la antipatía hasta
después de su muerte a un hombre como Avinareta, de gran valor, de gran
inteligencia y de gran probidad...”. ¿Afirmaba esto, Pío Baroja,
en su novela “Avinareta”, como una defensa de su pariente
Avinareta-personaje, o como una petición de indulto a una contrafigura
literaria de sí mismo, un hombre retraído en sí mismo, fracasado en su
profesión de médico, dibujado en su Avinareta-autor, atacado en el contexto
de unos iniciales enfrentamientos País vasco-resto de España?.
Sean ciertas o no ambas proposiciones, la verdad sería que las mejores
semblanzas biográficas que se han ofrecido de este escritor desconcertante
y desconcertador son las trazadas por su pluma en sus memorias,
uno de los documentos más desgarradores y sinceros escritos en lengua
española en todo lo que va de siglo. Y no le van a la zaga, en cuanto
a valor, autenticidad y exposición de sus propios defectos, y de su familia
y entorno, las memorias de su sobrino, el también famoso, Julio
Caro Baroja, hablando de todos los Barojas y de su mundo alucinante, extraños
en un medio ambiente que se empezaba a deteriorar, chocando con una realidad
que les dolía y no pudiendo -quizá enfermizamente- adaptarse totalmente
a ella.
Esa lucha y soledad, entre los suyos, ese aislamiento y falta de don de
gentes que se le achaca a Pío Baroja, es totalmente falsa, como demostraría
Victor Maicas, en unas bellísimas páginas publicadas en la revista mexicana
“Norte” sobre una de las entrevistas que mantuvo Pío
Baroja en su vida, precisamente con él. También posterior a ésta, yo tuve
la fortuna de alcanzar a entrevistar nada menos que a uno de los “personajes”
literarios redivivos que Baroja llevó a sus novelas, como el famoso doctor
Manuel Val y Vera, plasmado en las obras barojianas como “doctor
Valverde”. La emoción que sentí en aquellos momentos, fue semejante
a la que me embargó con otros dos personajes famosos, en sus domicilios.
Los catedráticos Te_filo Hernando (a quien quisieron fusilar los republicanos
por fascista y luego éstos por republicano) y el exiliado en México, Isaac
Costero a punto de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones neurológicas
y cardiológicas en Valladolid y en el Instituto de Cardiología de México
(que lloraba diciéndome haber jurado no regresar nunca a España). Dos
auténticos valores humanos que me estremecieron en su día con sus manifestaciones,
y les sigo recordando muchos años después. Pero además, no debemos olvidar
que los vascos se dividieron, como el resto de los españoles en dos bandos,
durante la Guerra Civil, originándose un verdadero esperpento valle-inclanesco:
vascos católicos nacionalistas, aliados con los socialistas y comunistas
centralistas, contra vascos católicos carlistas, aliados con los fascistas
antifueros. Y precisamente estos últimos, detienen a Pío Baroja mientras
le increpan “...éste es el viejo miserable que ha insultado en
sus libros a la religión y al tradicionalismo”... “Yo
estaba cagado de miedo y no hacía más que obedecer a dos requetés que
teníamos a cada lado de mi automóvil y que tenían orden de disparar si
no obedecía...”(1). Claro que esto del querer fusilar o ejecutar
es una muy vieja tradición mundial o un rasgo típico de la idiosincrasia
de toda guerra civil que se precie, común a todos los bandos y a todas
las naciones, y la última vez que lo contemplamos es entre yugoslavos
y guerrilleros albano-kosovares. Pero a Baroja al final le libera un sargento
de la Guardia Civil que le proporciona un salvoconducto para salir del
atolladero y luego un carabinero, que reconoce su persona y su huida a
Francia, hace la vista gorda, con personal comentario, “cada cual
se salve como pueda”.
Pero volviendo a Val y Vera mis pensamientos se inhibían. Me sentía como
si alguien estuviera entrevistando a “Sancho Panza” o al mismísimo
“Quijote”. Con figuras míticas que releyeron millones de personas,
no se podía estar sereno. Quieto, observando cada movimiento de su cara,
en la amable reunión en casa del médico ejerciente-personaje literario,
“Doctor Valverde”, no se sentía el paso de las horas del tiempo,
ni sabía quien me hablaba, si el hombre de carne y hueso, o el retrato
evocado de tantas páginas, con evocaciones nostálgicas sobre el amigo
o sobre el creador de ambos y su extensa y excéntrica familia vasca, quizá
como nuevos Avinaretas se remontaban a las cumbres de la serranía de Cuenca,
volvían a desandar los caminos llenos de polvo de Soria o trasponían -
una y otra vez - ese extenso recorrido desde las Vascongadas a Madrid,
vía Burgos, Aranda y Valladolid, tantas veces troteado por el guerrillero
de la Independencia contra Napoleón. En su casa, con sus hijas amantes,
sus nietos dando gritos, el doctor Val y Vera, lleno de vida, ya no personaje
inventado, sino hombre con evocaciones, con la voz ruda de los norteños,
un vasco auténtico, pero nacido en Madrid, como Avinareta, impregnado
del gracejo de nuestra capital, con el chiste anecdótico flotando en sus
ojos, desde su lejano nacimiento una nochebuena del 24 de diciembre de
1882. Gracias a su gran memoria, este centenario, evoca recuerdos de personalidades
muy amigas suyas, como Mariano de Cavia, Ramón y Cajal, Monseñor Cicognani,
Valle-Inclán, Penagos, Federico Rivas... Pero, sobre todo, y en lo que
vamos a insistir más, en medio siglo de amistad con Pío Baroja, como amigo
suyo y médico de cabecera.
Pío Baroja, romántico naturalista, como su Eugenio de Avinareta, se encuentra
enclaustrado en su soledad, en su ambivalencia extraña, gustándole, como
asegura Val y Vera, sólo la distinción de la estirpe o de la ciencia.
Y, sin embargo, en esa ambivalencia que no llega al público, le tocó en
suerte intentar redimir o describir un mundo, totalmente opuesto, de tipos
humanos recios, llenos de ideales que chocan con el medio ambiente y no
se pueden jamás adaptar; aventureros, errantes personajes, fracasados
en cierta manera, héroes a la suya, como Val y Vera, quien siempre tiene
a flor de labios el sentido de la justicia y la repulsa a las injusticias
constantes sufridas en su vida, y en la de su amigo, frenándole, desanimándole
en lo material, pero sin quitarle espiritualmente esa sonrisa y el gracejo
vasco-madrileño, como una pincelada de color que modifica su reservado
ser norteño.
Es asombroso ese sentimiento romántico de buscar unas raíces completamente
puras del pueblo vasco, huyendo de toda evidencia histórica. Castilla
nació de un mestizaje de cántabros, vascos y emigrantes huidos hispanogodos,
por lo que no se puede separar el concepto vasco/castellano. Y según iba
reconquistando terreno la nación incipiente, sucedieron nuevos entronques
con mozárabes, muladíes y mudéjares, emigrados al campo cristiano, desde
el musulmán, a partir de Alfonso I de Asturias; y permaneciendo el país
vasco siempre en el reino castellano, salvo el breve tiempo que fue conquistado
por el reino de Navarra o por Francia.
Los vascos, durante toda la historia, crearon España con su participación
relevante en los hechos heroicos castellanos, tanto en la reconquista
de la península, como en la colonización de América, desde la reconquista
de Sevilla por Fernando III el Santo y su escuadra castellana plagada
de vascos, hasta el descubrimiento y ocupación de Oceanía por los españoles
mandados por los vascos Elcano, Legazpi, Urdaneta y tantos otros. “...
El grueso de las fuerzas del burgalés Almirante Bonifaz en la conquista
de Sevilla estaba formado por vizcaínos, nombre con el que las crónicas
designan entonces también a santanderinos , guipuzcoanos, alaveses y gentes
del norte de Castilla. Y es Diego López de Haro el que rompe el puente
sobre el Guadalquivir para impedir la huida de los moros. Años después
en la batalla del Salado luchan a las órdenes de Alfonso XI ‘gentes
de a pie de las montañas de Vizcaya, de Guipúzcoa y de Álava’. A
todos estos combatientes, el jurisconsulto Gutiérrez, citado por Larramendi,
les llama ‘cántabros y bascongados, caballeros, hijosdalgo desde
ab initio, recobradores de España y nobles de sangre’. Muchos de
ellos hablan indistintamente castellano o euskera: Españarren anciñako
hizcuntzan...”, nos recuerda el escritor Vaca de Osma (2).
Es curioso que uno de los que iniciaron el sentimiento antiespañol, Sabino
de Arana, se expresara alegremente con la frase “ ...el euzkera
es lengua de un pueblo que jamás ha estado dominado por España, de una
nación que nunca ha sido española ... (3)“, cuando todos los
lingüistas saben que el vascuence es la lengua española protohistórica,
y base del euskera y el castellano. Pero vaya en su descargo que en la
última etapa de su vida, cambió totalmente de mentalidad y en carta a
su hermano Luis del 6-I-1902 le asesora: “...mi consejo es éste:
hay que hacerse españolistas y trabajar con todo el alma por el programa
que se trace con este carácter...”, e insiste en lo mismo en
su nuevo semanario “La Patria” para “...fundar
un magno partido vasco, que trabaje por la felicidad de este pueblo, tomándolo
tal y como está, es decir, anexionado a España sin pretender, ni remotamente
separarlo de ésta...” (26-X-1902), dando origen a “La
Liga de vascos españolistas”, con “...no a su personalidad
étnica o social...”. Pero el nuevo partido fracasa rotundamente,
en una atmósfera ya viciada y acalorada, para amalgamar las tesis vasquistas
con las españolistas, como fracasaría en nuestra actual Transición política
el intento del Partido reformista de Miquel Roca, para aglutinar igualmente
las tesis catalanistas con las españolistas.
Volviendo a los personajes barojianos, los encontramos escurridizos, huidizos,
son vascos netos, nada más que de sentimiento, como no podía ser de otra
manera; en su inmensa mayoría (como Avinareta, Val y Vera, Julio Caro
Baroja... ) son nacidos en Madrid (la otra provincia vasca), en esa tremenda
mezcla de batidora de hombres y sangres que es la historia española, de
oleadas norte-sur-norte y vuelta a empezar; no son personajes de sólo
tierra vasca, sino mezclados con la arcilla madrileña; no son del auténtico
paisaje y paisanaje, al decir de Miguel de Unamuno, de la tierra-madre,
de la lengua-tierra. A no ser que sea distinta, y conformada de diferentes
metales y metaloides, las tierras castellanas y las vascas, que mucho
lo dudamos, a pesar de las disquisiciones románticas del catedrático de
Salamanca. Personalidades que sin haber nacido en el terruño vasco, sin
saber su idioma, se regocijaban en sembrar el fantasma de la raza pura
vasca, primigenia, estilo lo ario de Nietzsche o los nazis, o de una hipotética
Atlántida sumergida, excepto, creo, Pío Baroja, que escribe en un español
fluido, traducido a casi todos los idiomas del mundo. Pero en su familia
encontramos personalidades nacidas en su tierra, como el padre de don
Pío (Serafín Baroja), que se empeñaban en escribir en un vascuence - que
desconocían - y hacer publicaciones bilingües de obras diversas. Según
Val y Vera, Serafín Baroja tenía entre ceja y ceja dar a luz una edición
bilingüe vasco-castellano del Quijote. Sin embargo, el mismo Julio Caro
Baroja en su obra “Los Barojas”, afirma que en cierta
ocasión se encontró el padre de don Pío con un arriero del interior, hablando
seguramente verdadero vascuence, y Serafín Baroja - el de las obras en
bilingüe - no le entendió una “jota” y fue por todo el camino
contestándole en “camelo”. Otro de los tío-abuelos, Justo
Goñi - teórico del racismo vasco - según Julio Caro Baroja, cuando la
tía-abuela Cesárea le decía en vascuence “no hagas eso maitia
(querido)”, contestaba, impertérrito, “no me llamo
Matías”, no sabiendo lo que aquella palabra, tan familiar, tan
conocida, significaba. Es curioso el afán de casi todos los familiares
de Pío Baroja, en resucitar el arcano del idioma vascuence, prácticamente
desaparecido en sus tiempos.
Indica Julio Caro Baroja haberse cruzado muchas cartas entre Miguel de
Unamuno y el abuelo Serafín Baroja, y es una desdicha que se hayan perdido,
pero yo, modestamente, pienso que nunca animaría Unamuno a la gigantesca
labor de Serafín, terriblemente, barojianamente, chocando con su medio
ambiente, inadaptado a él, como náufrago contra las tormentas del mar,
al estilo esos marineros de los Goñi y de los genoveses de su familia,
aferrándose a unos troncos rotos de su navío, a las maderas de su nave
hundida, de la Atlántida y de los falsos imperios soñados y cantados por
Navarro Villoslada, Verdaguer y Falla, en una época donde el verdadero
imperialismo debe ser la Cultura y la Libertad. Miguel de Unamuno, en
sus juicios era tan sincero y cáustico como Pío Baroja, y no podemos dejar
de notar la manera que tenía de referirse al nacionalismo vasco, lo mismo
territorial, que lingüístico:
“... esos, los de la diferenciación, suelen ser señoritos de
aldea, que no aldeanos, cuando no algo peor y es señoritos rabaleros de
gran urbe, rabaleros aunque vivan en el centro de la populosa aldea. Ellos
se creen, a su manera, arios. Conocí más de uno que en su falta de conocimiento
de la lengua diferencial del país nativo, estropeaba adrede la lengua
integral del país histórico, de la patria común. Su modo de querer afirmarse,
más aún, de querer distinguirse, era chapurrear la lengua que les había
hecho el espíritu...”
El vasco Unamuno podía olvidarse de todo -quizá hasta de Dios- pero no
perdonaba que chapurrearan mal el vascuence y menos aún el castellano
que había entramado su alma y su espíritu. Y no creo que jamás alabara
aquellos intentos de traducciones, tipo como el “Tormesco Lazarochoaren
bicia” por “Don Diego Hurtado de Mendozagatic”,
flagelando ambos idiomas, quizá un pobre Lazarillo trasplantado de la
abrasadora meseta a la llovizna vasca, por el bueno de don Serafín. Unamuno
tenía sus amistades y debilidades con los Baroja, pero creo que jamás
claudicó con su lingüística. Lo que Fredo Arias de la Canal, el lingüista
mexicano, nos ha enseñado, en múltiples ocasiones, sobre la magia de la
oratoria de Castelar, lo podríamos nosotros añadir sobre el hecho de escribir
Unamuno un español tan limpio como el que se usaba en la Salamanca donde
impartía clases, donde es fama la pureza del antiguo y moderno castellano.
Incluso el nuevo apelativo inventado para su patria chica le molestaba:“ese
nombre de Euzkadi, con su K y todo, no quiere decir nada en vascuence,
ni pasa de ser una invención, bastante caprichosa por cierto, de un improvisado
lingüista” (4).
Val y Vera, uno de los más grandes amigos de Pío Baroja, quien de sus
producciones novelísticas le decía: “Me he permitido escribir
una cosa con la contrafigura de usted y tendrá que perdonarme”.
Y contestaba el “personaje” de carne y hueso, “Hombre,
don Pío...” A pesar de su verdadera amistad, a pesar de una
unión sincera y perdurable de cincuenta años juntos, Pío Baroja seguía
llamando a su médico de cabecera y compañero de viajes y tertulias, “de
usted”, contestado siempre con un “Don” afectivo
y respetuoso. No en una, sino en varias novelas, salió el “doctor
Valverde”, barojianamente, haciendo apariciones entre jóvenes de
uno y otro sexo, en bailes y carnavales, o en la entrada a un teatro,
constituyendo un alborozo su popularidad. Val y Vera empezó a ejercer
la Medicina como “interno” en el Hospital de la Princesa,
pero pronto bifurcó su carrera en dos senderos bien dispares del castizo
Madrid de primeros del siglo XX: entre las mujeres públicas, de vida alegre,
y entre las monjas trinitarias, de vida recoleta. Los típicos sucedidos
eran contados a don Pío y él los transformaba en su mente, dándoles verdadera
presentación literaria. Viajaban juntos a pueblos para estudiar el desarrollo
de los acontecimientos. Baroja siempre criticó a Pérez Galdós (el otro
gigante de la novelística española, con Cervantes y el mismo Baroja) el
situar los hechos históricos de sus personajes en lugares que no había
visitado personalmente, porque don Benito pedía a secretarios y alcaldes
de los pueblos datos históricos, turísticos y geográficos donde situar
la acción. Según Val y Vera, esto era completamente opuesto a Pío Baroja,
a quien le gustaba recorrer los caminos personalmente, con amigos como
él, o con el otro tercer médico de la tertulia, el famoso y malogrado
histólogo José Luis Arteta (como tantos otros, de la Escuela de Ramón
y Cajal, donde sobresalieron tantos gigantes científicos como Tello, Fernando
de Castro, Achücarro, Río-Hortega, Isaac Costero, Sanz Ibáñez, etc.).
Por las carreteras españolas viajaban juntos tres médicos, tres amigos,
tres maneras diferentes del quehacer terapéutico: Pío Baroja, evadido
de la Medicina pero reverenciándola como ciencia vital; Manuel Val y Vera,
simbiosis médico-personaje-barojiano; José Luis Arteta, el científico
puro hechizado por la investigación paciente y metódica despertada en
España por primera vez con Santiago Ramón y Cajal. Por tierras de los
guerrilleros de Avinareta, por las serranías de Cuenca, por las lagunas
de Ruidera, por la carretera de Tarancón, los tres se cruzaban con extraños
tílburis guiados por médicos rurales, por veterinarios de la zona; con
mujeres y hombres del campo, y don Pío, según su “personaje”,
estaba gozoso porque le reconocieran tantas gentes. Le gustaba la “popularidad
“, aunque nunca lo dijera; cada vez que le saludaban con su nombre,
me decía: “Habrá visto usted, Val y Vera, que no hay una boina
en toda Cuenca”, y era feliz como un chiquillo, con su barba
y su boina vasca, viendo que por Alcocer, o por Guadalajara, y por tantos
rincones españoles era familiar su inconfundible fisonomía, y querido
y admirado. Sorprendente sería observar las discusiones y las maneras
de describir los mismos paisajes por un escritor, un médico de trinitarias
y un ojo microscópico de histólogo, después reflejadas en tantas páginas
inolvidables.
El país donde se originó el vascuence, abarcaba aproximadamente las actuales
zonas españolas de Cantabria, Euskadi, Burgos y la Rioja, las mismas del
origen del español, donde el pueblo sería posiblemente bilingüe en las
palabras más comunes del castellano y el vascuence, llamado ya en el siglo
pasado euzkera por los hermanos Arana y otros románticos recuperadores
de dicho idioma. Hubo un gran tesón de algunos vascos por recobrar uno
de los patrimonios culturales de España, como es su idioma, hijo del antiguo
lenguaje ibérico, que casi estaba desapareciendo de la zona, reservado
el vascuence tan sólo para gentes de muy arriba de la montaña, los “cacheros”,
dueños de vacas lecheras y artesanos de magníficos quesos. Porque la clase
media y culta hablaban en exclusiva en castellano, y nunca por persecuciones,
sino por más evolucionado y mejor declinación de sus verbos, según Unamuno,
que consideraba al vascuence como una lengua anticuada “aglutinante”,
propia de una sociedad militar, mientras el castellano de estructura más
moderna, era una lengua “flexiva”, propia de una sociedad
industrial y democrática. No hay que olvidar que el vascuence se forjó
en guerra, en la rivalidad entre Castilla y Navarra: Con el rey “...Alfonso
I, el reino astur sufre una gran inmigración de mozárabes e hispano-visigodos...
El estado navarro emerge cuando consigue deshacerse de la triple dependencia
a que está sometido alternativamente, la de los francos, la de los árabes
y la del reino de Asturias... (5).
Lo aglutinante nos lo explica Tagliavini, (6) “...el verbo vasco
incorpora el pronombre sujeto sea como prefijo en los verbos intransitivos,
sea como sufijo en los transitivos (en los que el prefijo es el pronombre
objeto), p.ej. n-a-bil, “ yo voy“, h-a-bil, “tu vas”,
d-a-bil, “el va”, etc.., pero n-a-kar-k, “me llevaste
tu”, d-a-kar-t, “lo llevo yo”...”.
Puntualiza una vez más Unamuno : “...En mi tierra nativa fue
más fácil hacer dos guerras civiles en el pasado siglo que adaptar el
vascuence a la vida moderna...” (7).
Tenemos, sin embargo, todos los españoles que agradecer, la recuperación
de un antiguo idioma nuestro, aunque algunos, en su exaltación, creyeron
más fácil su labor casi divinizándolo, presentando dicho idioma como uno
exótico extranjero de más allá del Cáucaso o de Armenia o del Arca de
Noé o de la Atlántida... Cuando la verdad, como es natural por su origen,
topónimos sueltos, persisten desde el norte al sur de la península hispánica,
porque se hablaba por casi toda España y la mitad sur de Portugal, desde
el valle de Arán (redundancia, “valle”, en ibérico-vascuence,
es “Arán”), hasta el norte de Marruecos (la España
Tingitana), pasando por el centro de la península, “Aranjuez”,
significa “vallecillo”. Estos topónimos vasco-ibéricos
están esparcidos por toda la península. Claro que hay dos teorías, la
de Oliver Asín, quién afirma que la mayoría de ellos los introdujeron
los beréberes de la invasión de Tarik, y la de Alonso García, mas bien
originados por invasiones anteriores de los saharianos íberos. Pero al
fin y al cabo ambos lenguajes eran similares. Una de las palabras más
antiguas y más usadas, del vascuence y del castellano de aquellas épocas
originarias, sería “don”, según Monlau, en su Diccionario
Etimológico, del latín “donum”, de dare, dar; o del
latín “dominus - domina”, señor - señora. En castellano
“don / doña”, título honorífico (don Nadie, tener don,
etc.); produciría también el vascuence “don / done”,
santo / santa (Donostia, San Sebastián, etc.).
Se ha dicho que las personalidades castellana y vasca, no sólo nacen en
el mismo sitio e idéntica época, sino que sus individuos poseen los mismos
defectos: ser violentos, belicosos, algo irracionales, indisciplinados,
independencia excesiva, sentido exacerbado de la posesión, etc. y que,
por otra parte, se manifiesta no sólo en todos los españoles sino también
en los criollos del otro lado del Atlántico, como confirmó Salvador de
Madariaga, refiriéndose a Hispanoamérica, que cualquier español es psicológicamente
un auténtico separatista, “... espontáneo y nativo, que
se justifica como reacción defensiva natural. Este complejo es irracional.
Así se explican algunas de sus manifestaciones que son separatismo puro
sin mezcla de lógica o razón, como el escribir inkaiko y kolla, por incaico
y colla; o el llamar Indoamérica a Hispanoamérica, siendo así que lo que
se quiere designar no tiene más unidad que la de su común hispanismo...”
Coincidiendo con todo el post-romanticismo europeo hubo a finales del
siglo XIX un renacimiento de los idiomas populares minoritarios. Fueron
tiempos del renacimiento catalán, la “Renaixença”,
con Aribau, Milá, Joan Maragall, Espriu, etc. y sobre todo con Verdaguer
y su “L’Atlántida”; del gallego, con la Rosalía
de Castro de “Follas novas” y Curros Enríquez con “Aires
da miña terra”; del castúo-extremeño, con Luis Chamizo y su
“Miajón de los castúos”, etc.; pero que se desmadra con Sabino
Arana creando su Euzkadi - luego con “s”- (que verdaderamente
significa “bosque de [árboles] euzkos”), sus “maketos”
y sus “apartheid” de razas, y, sobre todo, con sus
famosas “Cuatro glorias patrias” (reinventando la historia
de Arrigorriaga, Otxandiano, Gordexola y Munguía). El considerar una simple
reyerta entre asturianos y vascos como una gloria “patria”,
sinónima de raza e independencia, es un craso eufemismo. También tenían
fueros y luchas los duques y los validos, las ciudades como Zamora y Toledo,
los comuneros y las germanías, los partidarios de la Beltraneja, etc.,
en un maremágnum de luchas intestinas, que terminaron los Reyes Católicos,
pero nadie tuvo la osadía de decir que eran por su independencia.
Sea de una forma u otra como se escriba la historia, no es su idioma,
un patrimonio cultural sólo de los vascos, sino de toda España que debemos
defenderlo, sin demagogias y sin reinventar nuestra común historia. Así
Santiago Ramón y Cajal (geográficamente casi vasco) hablaba de “la
ingratitud incomprensible de los vascos, los niños mimados de Cartilla”.
Es una auténtica paradoja, que los equivocados “nacionalistas”
que contraponen el País Vasco a España, como entidades totalmente diferenciadas,
hayan sido unos de los que más contribuyeron al mantenimiento del idioma
protohistórico de la nación española, el íbero, generador del castellano
y el vascuence.
Manuel Val y Vera, vasco-castellano, evocador conmigo en sus charlas sobre
Baroja, consideraba a los vascos un poco tercos y si se insiste cazurros,
y que se debe mantener un fondo de silencio ante ellos. Difícilmente dan
su amistad, quizá se tarde más de diez años en intimar, pero cuando se
consigue, son fieles amigos por toda la vida, inseparables, como le ocurrió
a él con don Pío, fraternalmente unidos hasta la muerte. El vasco sería
de más cuidado que el aragonés, menos abierto; la gente del Ebro es distinta
de Logroño para el sur, ruta hacia las vías abiertas y esperanzadoras
de los horizontes marítimos mediterráneos, pues no se puede cambiar el
río por el mar, y cada vez según se baja de las altas tierras norteñas
se va abriendo el espíritu hacia el azul oceánico de Sevilla, capital
antigua de la verde y prometedora América de antaño. Todo al sur se abre
a la confianza, alegría y espontaneidad.
Para Val y Vera la mujer vasca es un mundo aparte. En las charlas del
“personaje” de Baroja se le iluminan los ojos, y se tornan
más jóvenes, como si la boina de su amigo, le resguardara de los destellos
de unos recuerdos pasados. Se habría de considerar de otra manera a la
mujer de la Vasconia antigua y moderna, y no digamos ya las de los famosos
y tristemente celebrados procesos de brujas, como los de los siglos XVII
en Valladolid y sobre todo en Zugarramurdi. Por otro lado estos Tribunales
fueron lacra en toda Europa y en el nuevo continente, como los tristemente
llevados a la escena en “Las Brujas de Salem”, de Norteamérica.
Intelectualmente no podemos creer en brujas y posesiones demoníacas, pero
si en Inquisiciones e inquisidores, en integristas religiosos que todavía
persisten. Y sobre todo en delaciones y venganzas, aprovechando cualquier
circunstancia. Para Val y Vera la cuestión era más sencilla, evocando
al amor del hogar, junto a sus nueras y nietos, esperando a los hijos,
uno de ellos también médico, trabajando en el hospital, todo el día fuera
de casa. También sus paisanas vascuences, de aquella época, estaban siempre
trabajando solas, en la tierra o en la ganadería, con su hombre ausente,
en otros países lejanos, o marineros en alta mar, o en minas o industrias
alejadas, porque sus tierras entonces pobres, no mantenían a toda la familia.
La mujer vasca de principios del siglo XX bebía mucho porque estaba sola
en el caserío, porque se aburría, deprimida como decimos ahora, porque
el marido se iba a la pesca o emigraba. La mujer trasegaba más que el
hombre, sidra, chacolí, lo que fuera, porque la mujer vasca además de
la soledad tiene una sensibilidad grande, de gran espiritualidad, pero
propensa, por eso mismo, un poco al histerismo y a agrandar los problemas,
juzgándose no comprendida por su hombre o su marido, teniendo en contra
la falta de la suficiente cultura que hubiera compensado sus actitudes.
La antigua mujer vascongada no percibió los grandes movimientos culturales
en absoluto, ni siquiera en la forma de periódicos, diarios, revistas,
etc., ni en nada, - y lo mismo aconteció con las famosas brujas de Zugarramurdi-,
que eran sólo eso, simples “hembras” en el significado biológico
de la palabra, llenas de soledad y que paliaban su tristeza con las libaciones
alcohólicas y las drogas de antes y de siempre, que las transportaban
a un mundo desconocido, goyesco-caprino, terrible para su mentalidad ignorante
que no comprendían, creyéndose estar bordeando el Infierno, creyéndose
nuevas sacerdotisas de un misterioso y demoníaco Dios-Pan, siendo simplemente
su brujería un aquelarre de placer, ignorancias y autocastigos.
¡Cómo han cambiado las actuales mujeres vascas, ganando desde premios
literarios nacionales, hasta campeonas de la belleza y miss España, desplazándose
por toda la nación en coches propios, y no digamos nada, con sus líderes
políticas femeninas estilo Rosa Díez con su vibrante y racial: “¡Soy
vasca! ¡Soy española! ¡Soy europea!”, que ha conmocionado a
toda mujer sea de su partido o no, como nunca había ocurrido !.
Pobres brujas de Zugarramurdi, de otros tiempos, impregnadas de soledad,
de noches en vela, ansiosas de alegría vital, no teniendo más conocimiento
que el de su cuerpo, no teniendo más ideales que secar el sudor de su
carne doblada sobre los trabajos del terruño, con el seco cuerpo soñado
de su hombre ausente, eternamente ausente.
|