| Los errores de una obra teatral
"En una ancha y populosa calle que atraviesa la ciudad de Caen,
capital de Normandía, foco entonces de la insurrección
girondina, se veía en el fondo de un patio una antigua casa de
ennegrecidas paredes, descarnadas por la lluvia y agrietadas por el
tiempo, conocida con el nombre de el Grand-Manoir. Una fuente con pilón
de piedra cubierto de verdoso musgo ocupaba un ángulo del patio.
Por una puerta baja y estrecha, cuyas jambas acanaladas se reunían
en el vértice formando arco, se divisaban los peldaños
carcomidos de una escalera de caracol que conducía al piso superior.
Dos ventanas con cruceros, cuyos vidrios octógonos estaban asegurados
en compartimentos de plomo, daban una luz débil a la escalera
y a los amplios aposentos desguarnecidos. Esta luz pálida daba
a aquella vetusta morada ese aspecto ruinoso, misterioso y melancólico,
que la imaginación humana se complace en ver extendido como un
sudario en las cunas de los grandes pensamientos y en las mansiones
de las almas grandes. Allí vivía en 1793 una nieta del
gran dramaturgo francés Pedro Corneille. Los poetas y los héroes
son de la misma raza, no habiendo entre ellos más diferencia
que la de la idea al hecho. Unos hacen lo que los otros conciben, pero
el pensamiento es el mismo. Las mujeres son, naturalmente, entusiastas
como unos y animosas como otros. La poesía, el heroísmo
y el amor son de la misma estirpe."
Así describe Lamartine la casa donde habitaba Carlota de Corday
con su tía la señora Breteville, una pobre viuda anciana,
enferma y sin hijos.
Francia está sumida en el desastre. Está representando
el drama de su época que se corresponde con el estado de un pueblo
que defiende sus nuevos ideales. La mayoría: burgueses, comerciantes,
trabajadores, intelectuales, plebeyos desheredados de la fortuna y,
lo que es más extraño, gran parte de la nobleza, apuesta
por la República. Pero cada uno quiere "su" república
y, lo que es peor, todos quieren salvarla, pero cada facción
piensa que su método es el más indicado lo cual produce
un enfrentamiento a muerte entre ellas. Para que nada falte en esta
lucha fraticida todavía quedan algunos nostálgicos monárquicos
que tratan de salvar una institución que está destinada
a desaparecer. Frente a posiciones políticas sinceras pero en
ocasiones equivocadas nacen ambiciones de intereses no tan nobles. Cada
facción política trata de imponer sus criterios a las
demás, y para conseguirlo no les importa ni matar ni morir si
es necesario. Al lado de las almas nobles que desean el bien de todos,
aparecen los amorales que sólo miran por su bien y, lo más
grave, los asesinos sin alma que con la disculpa de que luchan contra
los enemigos de la libertad, aprovechan el desorden total y la falta
de autoridad que se producen en toda revolución, para regodearse
con sus asesinatos. La mayoría apuesta por el nacimiento de la
República, pero de una república sin sangre. Lamentablemente
su advenimiento se va a acompañar de una revolución que
se manchó con la sangre de muchos inocentes igual que la montaña
se ensucia con la lava del colérico volcán.
Nuestra heroína es un alma noble que ama la libertad, la razón
en la filosofía, el arte en la inspiración y el derecho
en la política. Sus principales lecturas, Rousseau, Raynal, enemigo
acérrimo del colonialismo y de la esclavitud; las hazañas
de los héroes de Plutarco, las obras de Corneille, que era su
abuelo por parte de madre, la llevan al convencimiento de que la monarquía
no es buena para Francia y se pone al lado de los que luchan por las
ideas que hablan de la libertad del hombre y de la exaltación
de la cultura. Para ella, Luis XVI es un rey débil del que ya
nada se puede esperar.
Carlota Corday, al igual que sus admirables y admirados amigos, los
girondinos, no deseaba la muerte del Rey, aunque sí la abolición
de la monarquía. Por otro lado, los jacobinos, acaudillados por
Robespierre, y los montañeses con su ídolo político,
el repugnante Marat, aspiraban a acabar, no sólo con el Rey,
sino con todo aquello que huela a nobleza.
Para ella, Marat es la genuina representación del Mal. Sólo
su nombre causa tanto miedo como la misma muerte.
Ironías del destino; el arma pequeña e insignificante,
la mano femenina de una hermosa, inteligente y bella mujer, acabará
con él.
El padre de esta asombrosa mujer, Francisco de Corday d`Armont, es de
condición noble pero de escasa economía. Además
de sus ocupaciones agrícolas, tiene inquietudes políticas,
y su cultura, nacida de su gusto por la lectura, muy difundida entonces
entre la clase letrada de la población noble, le lleva a escribir
algunos artículos sobre el despotismo, donde revela sus criterios
sobre la revolución, que él considera que se va haciendo
necesaria.
Carlota tiene cuatro hermanos, dos varones y dos hembras, que crecen
juntos, arropados por el amor paterno, ya que su madre, Jacoba Carlota
María de Gonrier des Austiers, murió al poco tiempo de
dar a luz su último hijo.
Es la segunda de las hembras, nacida en Ronceray, cabaña rural
situada en la aldea de Saint-Saturnin des Ligneries, cerca de Argentán,
en Normandía, un 27 de julio de 1768. Después de vivir
trece años con su padre, ingresa junto con sus hermanas en el
monasterio de las Damas de Caen construido en 1096 por Matilde, esposa
de Guillermo el "Conquistador", y restaurado en 1630, cuya
abadesa era la señora de Belzunce.
La vida del monasterio la cautiva al principio, pero sus muros no son
lo suficientemente gruesos como para impedir que los acontecimientos
que se están viviendo en Francia lleguen a oídos de las
internas.
Lleva en sus genes la impronta de su abuelo, el genial Corneille, y
su afición a la lectura, más que un ocio, es para ella
una necesidad. De Plutarco aprende que "sujetarse a las reglas
de la razón es la verdadera libertad". “La fiera más
dañina es el Tirano, y el peor animal doméstico es el
adulador”. “La verdadera amistad exige tres cosas: la virtud
como honesta, la conversación como deleite y la utilidad por
necesaria”. “La bebida sacia la sed, el alimento el hambre,
pero el oro y la plata nunca aplacan la avaricia”. “Hay
que exhortar a los jóvenes en tres cosas: a tener templanza en
el alma, a guardar silencio y a sentir el pudor”. “Una autoridad
que se funda sobre el terror, la violencia y la opresión es,
a la vez, una injusticia y una vergüenza”. “Navegar
es necesario. Vivir no lo es”.
De Rousseau, que “El honor de un hombre no se halla a merced de
los demás; está en él mismo y no en la opinión
pública”. “Todo cuanto es malo en el terreno moral
lo es asimismo en política”. "A la libertad no se
llega por las instituciones sino por la virtud". Y ella se siente
virtuosa. A los pensamientos e ideales no se les puede poner barreras,
y la filosofía de libertad y revolución que entonces imperaba
en Francia penetra con los libros en boga por las rejas de los monasterios.
El espíritu y la mente de la joven queda impregnado, como en
la mayoría de los franceses, de las nuevas ideas políticas.
Carlota puede recibir dentro del convento a sus amistades y familiares.
Dos íntimas amigas suyas, nobles y también de escasa fortuna,
las señoritas Faudoas y Forbin, la van a visitar. A veces acompañadas
de Belzunce, sobrino de la abadesa y coronel de un regimiento de caballería
de Caen, y del señor Doulcet de Pentecoulant, oficial de Guardias
de Corps del Rey. Al primero le asesinarán en un motín
del populacho en Caen. El segundo se hizo republicano, llegando a ser
miembro de la Asamblea Legislativa y de la Convención, para después
ser perseguido y desterrado por sus simpatías con los girondinos.
Todo ello, más las noticias que llegan de los asesinatos de París,
calan en la apasionada joven.
Francia se desangra literalmente. La guillotina trabaja sin parar. Después
de infinitas discusiones e interminables discursos, se llega a la destitución
de Luis XVI. En la noche del 9 al 10 de agosto de 1792, los amigos del
rey le preparan la fuga en el jardín del señor de Montmorin,
ayudados por Liancourt y el mismo Lafayette. Se reúne todo el
dinero posible para llevarla a cabo. El rey, que al principio esta de
acuerdo, desiste en el último momento. Quizás piensa en
el error de su primera huida, o quizás fuese como él mismo
afirmó:
-No deseo que con esta actitud pueda entrar Francia en una guerra civil.
María Antonieta trata, sin mucho éxito, de convencer al
Rey, que se mantiene terco en su decisión:
-No habrá nuevo intento de fuga-exclama, dando por terminada
la discusión.
Los conjurados quedan consternados al recibir la noticia.
-Parece ser que prefiere esperar la llegada de Brunswick, que podría
arreglar todos los problemas-dicen unos, para disculparle.
- Lo que pasa-opinan otros-es que la reina no confía en los constitucionalistas.
Ignorando que la reina había intentado, en un principio, convencer
a su marido.
-Es cierto, le hemos oído decir-confirman los que parecen estar
más enterados- que prefiere morir antes que ponerse en manos
de gente que tanto daño les han hecho.
Algo de esto había en el sentir de la familia real.
Todos los esfuerzos son inútiles. Los amigos del rey están
comprometidos gravemente. El día ocho, Lafayette es acusado de
traidor. Se salva porque algunos diputados, cuatrocientos cuarenta y
seis, votan a su favor, en contra de los doscientos veintidós
restantes. No obstante, el populacho grita indignado:
-No hay salvación posible con una Asamblea Nacional que acaba
de absolver al traidor Lafayette.
Algunos diputados sufren los insultos y los malos tratos. Se quejan
tanto de palabra como por escrito. En las tribunas surgen las voces
de la turba, que se ríen de los lamentos de los diputados. Los
ánimos están muy excitados. El pueblo, cuando habla suele
tener razón, pero la pierde cuando mata, y el pueblo francés
dejó de ser pueblo para convertirse en masa desaforada, odiosa
y criminal. Entra en el Palacio Real dispuesto a descargar su acumulado
odio matando a todo aquel que encuentra.
El diputado Roederer trata de salvar a la familia real y aconseja al
rey que se retire con sus familiares a la Asamblea donde encontrará
cobijo seguro. La reina se opone. Roederer insiste. Al fin, la reina
accede.
-Señor-dice María Antonieta-vos respondéis de la
vida del rey y de mis hijos.
-Señora, respondo de morir a su lado; más no puedo prometer.
El rey y su familia se pusieron a salvo de momento. Mientras tanto,
en Palacio, caía toda la servidumbre bajo los puñales
de los asesinos. Hombres armados con picas enganchan con garfios a los
centinelas y los degüellan.
El palacio es arrasado y muertos todos sus habitantes. Las damas, asustadas,
se refugian en uno de los aposentos de la reina. Entran los asaltantes,
cogen a una de ellas, y en el momento de elevar su puñal, una
voz grita:
-Respetad a las mujeres, no deshonréis a la Nación.
En la calle, los asesinatos más viles y espectaculares continúan.
La sangre corre por las calles de París. La matanza del 10 de
agosto es tristemente conocida por toda Francia, y también llega
a los oídos de Carlota. Su amor a la patria no puede soportar
tanto dolor acumulado ni tanta injusticia no reprimida, y jura venganza.
Pero ¿cómo? y ¿contra quién?
Marat es el monstruo. Se dice que tiene confeccionadas las listas de
todos aquéllos a quienes él considera traidores a la Revolución.
En la ciudad de Lyon son dos mil quinientas las futuras víctimas.
Veintiocho mil, en París. Tres mil en Marsella, trescientas mil
en Bretaña, y así sucesivamente.
Decidido: Marat tiene que morir, y ella está dispuesta a intentarlo.
Desde el momento en que alguien decide vengarse, comienza a odiar, y
el odio en la mujer es superior al del hombre.
Para conseguir sus fines es preciso que se introduzca en círculos
políticos.
Decide ir a París, donde se relaciona con el grupo de los girondinos,
interesados también en acabar con los desastres que se acumulan
contra la República. Su belleza, su inteligencia y su alto nivel
cultural pronto calarán en el espíritu de aquellos hombres
que la consideran como uno más entre ellos. Allí puede
hablar con Buzot, con Barbaroux y con Louvet. Un día Pethion
intenta hacer una broma:
-He aquí una hermosa aristócrata que viene a ver a los
republicanos.
-Ciudadano Pethion-responde ella- hoy me juzgáis sin conocerme;
pero algún día sabréis quien soy.
Con una carta de recomendación de Barbaroux para su amigo Duperret,
y con el correspondiente pasaporte, Carlota sale el 7 de julio hacia
Argentán para despedirse de su padre y una de sus hermanas.
A su padre le dice que se va a Inglaterra a buscar asilo contra la revolución
y contra la miseria. Antes de su salida reparte la mayoría de
sus pertenencias y sus libros entre su hermana y sus amistades. Sólo
conserva para ella el libro de Plutarco. En la habitación queda
su Biblia abierta por la página que se refiere al pasaje de Judith.
Subrayada a lápiz está la siguiente frase: "Judith
salió de la ciudad de Betulia deslumbrante de belleza, don del
Señor, para librar a Israel."
Llega a París un jueves once de julio. Durante el viaje coincide
con unos exaltados montañeses que alaban los escritos sangrientos
de Marat, mientras que lanzan las mayores diatribas contra la Gironda.
Carlota se esfuerza en disimular la repugnancia que le causan aquellos
individuos. Tan bien representa su papel, que uno de ellos queda prendado
de tanta belleza y discreción.
-Señorita, me encantaría pedir su mano lo antes posible.
- Señor, me admira tan repentino amor, cuando apenas me conoce.
Como el caballero insiste, ella le promete que dentro de pocos días
tendrá noticias suyas.
En París, consigue dar con el nº 17 de la calle de Vieux
Augustins, fonda de la Providencia, según las señas que
le dieron los amigos girondinos de Caen.
Al día siguiente, después de un sueño reparador,
se dirige con la misiva de presentación a casa del diputado Duperret.
-El diputado no se encuentra en casa-le dice una de las hermanas, mientras
leía la carta de recomendación-.Se encuentra en la Convención
y no volverá hasta las seis.
-No importa, luego volveré-contesta, con una leve sonrisa.
Regresa a la habitación de su posada, donde se entretiene leyendo,
rezando y pensando en cómo llegar a cumplir su ansiado deseo.
Al volver al domicilio de Duperret, éste se encuentra comiendo
con sus familiares y unos amigos, pero la recibe con franca simpatía
al ver quién es su valedor.
-¿Qué puedo hacer por usted?-le pregunta Duperret.
Carlota observa la cara de bonachón del amigo de Barbaroux, del
cual le ha contado que se trata de un noble rústico, que cultivaba
personalmente el dominio rural de sus padres. Sin ambición y
sin vanidad, la revolución fue a buscarlo como Roma fue a buscar
a Lucio Quinto Cincinato, cuando se ocupaba de la agricultura.
La joven se ve obligada a mentir de nuevo.
-Traigo una petición de mi amiga la señorita Forbin, que
espero sea atendida por el ministro Garat, y pensé que usted
podría presentármelo.
Todo es una argucia con el fin de poderse aproximar al mundo de los
políticos y acercarse a Marat.
-Hoy va a ser imposible, pero mañana te recojo en tu domicilio
y desde allí nos acercamos al ministerio.
Ella se dispone a marchar cuando, pensándolo mejor, se dirige
a él de nuevo y le dice con voz misteriosa:
-Permitidme, ciudadano Duperret, que os dé un consejo: dejad
la Convención, porque allí no podéis impedir el
mal; marchad a Caen a reuniros con vuestros compañeros y hermanos.
-Mi deber está en París-contesta, un tanto extrañado,
el representante del pueblo-y no lo abandonaré.
-Cometéis un error-replica Carlota, insistiendo de un modo significativo
y casi suplicante-. Creedme-añade en voz baja - huid, huid antes
del anochecer de mañana-y sale sin esperar respuesta.
Aquel mismo día, casi anochecido, la Convención expide
un decreto ordenando que se sellaran los muebles de los diputados sospechosos
por su amistad y relación con los girondinos. Duperret se encuentra
en la lista.
A pesar de ello cumple su palabra y va a recoger a Carlota a su domicilio
para llevarla al ministerio. Allí le dicen que el ministro no
da audiencia hasta las ocho. Es un contratiempo que desanima a ambos.
Ya saben que el bueno de Duperret figura como sospechoso, y por lo tanto
su intercesión no va a servir para nada.
Una vez que se despiden, Carlota se acerca al Palacio Real, para luego
buscar entre las tiendas la de un cuchillero que le venda un puñal.
Después de muchas dudas compra uno con mango de ébano
por el que paga tres francos.
Sentada en un banco de piedra del jardín del Palacio Real, su
mente no deja de dar vueltas buscando la mejor forma de llevar a cabo
su arriesgada empresa.
-Quiero convertir esta muerte en una inmolación solemne que infunda
temor en los imitadores del asesino-piensa, mientras lucha en un mar
de dudas. -Mejor será sacrificarlo en el campo de Marte, donde
tantas almas inocentes han caído por su culpa. O mejor en la
misma Montaña, rodeado y adorado por sus cómplices.
No encuentra la solución perfecta. En todas hay un fallo: Marat
no se deja ver fácilmente, y ella tiene prisa por acabar con
esa incertidumbre que no le deja sosiego alguno. Recurre una vez más
al engaño. El crimen tiene siempre necesidad de mentir; la virtud,
nunca.
La decisión está tomada:" le escribiré una
carta".
"Llego de Caen y, teniendo en cuenta vuestro amor por la patria,
presumo que os enteraréis con satisfacción de los desgraciados
acontecimientos de esta parte de la República. Me presentaré
en vuestra casa a la una; tened la bondad de recibirme y concededme
un momento de audiencia. Os proporcionaré ocasión de prestar
un gran servicio a Francia".
A la hora en punto se presenta a la puerta de la casa del infame demagogo,
pero sin resultado.
Insiste con otra carta, en la que dice: "Os he escrito esta mañana,
¿habéis recibido mi carta? No puedo creerlo, porque he
encontrado cerrada vuestra puerta. No dudo que mañana me concederéis
una entrevista. Os lo repito, vengo de Caen; tengo que revelaros los
más importantes secretos para la salvación de la República
y, además estoy perseguida por causa de la libertad; soy desgraciada
y este título debe ser suficiente para tener derecho a invocar
vuestro patriotismo".
Sin esperar respuesta se dirige al nº 20 de la calle de los Franciscanos,
donde está el Colegio de Medicina. Es una casa medio arruinada.
En el primer piso reside el andrajoso Marat, cuya vivienda se compone
de una antecámara, un gabinete escritorio, su dormitorio, un
salón con dos ventanas que dan a la calle y un cuarto con baño.
Los artículos que escribe se encuentran en pleno desorden, tirados
por el suelo, encima de sillas y mesas. Varias mujeres están
ocupadas en doblar y compaginar folletos. Entra y sale gente constantemente.
En cierto modo, este aspecto de desorden e indigencia es para demostrar
al pueblo que su defensor no ha cambiado de costumbres ni de residencia
ni de trajes, a pesar de su poderosa situación. Vive con él
Catalina Evrard, la cual fue tomada por esposa por "el amigo del
pueblo" en "un día de hermoso tiempo y ante la luz
del sol", a imitación de Juan Jacobo Rousseau. A partir
de este bucólico suceso, Catalina Evrard, pasó a llamarse
Albertina Marat.
El médico convertido en agitador de masas se encuentra gravemente
enfermo, quizás por ello está más ávido
de matar que de vivir, y no cesa de enviar al Tribunal largas listas
de traidores que deben pasar por la guillotina.
La entrada a su casa parece imposible, pero ella está dispuesta
a jugarse el todo por el todo. La primera gresca la tiene con la portera.
A los gritos aparece Albertina cuando, ya, Carlota está frente
a la puerta. Segundo altercado. Las voces llegan a oídos de Marat,
que se encuentra escribiendo una carta dirigida a la Convención
, al mismo tiempo que toma una baño, en la cual pide el procesamiento
y la proscripción de los últimos Borbones tolerados en
Francia.
-¡Dejadla pasar!-grita con voz imperativa
Cuando Carlota entra en el aposento observa con repugnancia al escritor,
cubierto en su baño con una sábana sucia y manchada de
tinta. Fuera del agua asoma la cabeza, medio cuerpo y el brazo derecho
cuya mano acaba de dejar la pluma sobre el papel. Tiene los cabellos
grasientos, ceñidos por un sucio pañuelo, una frente saliente,
ojos audaces, pómulos angulosos, inmensa y sarcástica
boca, velludo pecho, ceñudas facciones y una piel lívida.
-¡Como puede alguien enamorarse de semejante reptil!-piensa la
que va a ser su verdugo.- Y baja la mirada, para esconder la sensación
de asco que le causa tal espectáculo.
-¿Qué me traes de los acontecimientos de Normandía?-pregunta
él secamente y con mirada penetrante.
Carlota, sin inmutarse, le cuenta la situación tratando de despertar
el interés de Marat.
-Está bien- dice éste, con el acento propio de quien está
seguro de la venganza-; dame nombres.
Carlota nombra a los que ya están condenados de antemano
-Antes de ocho días irán todos a la guillotina
Casi no le da tiempo a acabar la frase. Carlota saca el cuchillo y lo
hunde hasta el mango en el corazón de Marat.
-¡A mí! ¡mi querida amiga!¡a mí!
No pudo decir más.
Precipitadamente entran Albertina y el criado Laureano Basse, quienes
alcanzan a recibir en sus brazos la moribunda cabeza del infame escritor.
El fiel Laureano agarra una silla y con ella asesta tal golpe en la
cabeza de Carlota, que ésta cae al suelo sin sentido. Albertina
se lanza sobre el cuerpo inerte de la joven y la pisotea con la furia
irresistible de su odio. Al oír el tumulto que se origina, acuden
los vecinos, los guardias nacionales y los transeúntes que en
esos momentos pasan por allí. Los médicos, que se presentaron
al poco tiempo, nada pueden hacer con sus intentos por salvar a su colega
de la muerte.
Cuando Carlota recupera la conciencia y logra levantarse, dos soldados
la sujetan por los brazos mientras piden una cuerda para atarle las
manos.
La multitud la insulta. Albertina, entre sollozos, se lanza a intervalos
sobre Carlota, propinándole puñetazos, arañazos
y tirones del pelo. Langlois, peluquero y franciscano fanático,
aprovecha para poner en juego su mejor oratoria mientras enseña
el puñal ensangrentado. La joven, llena de golpes, contempla
resignada todo aquel tumulto, y lo que más la sorprende son los
desgarradores gritos de la compañera de Marat. ¿Cómo
puede una mujer amar a tal piltrafa de hombre?
-El amor es ciego-piensa, mientras exclama-: "¡Infelices,
pedís mi muerte cuando me sois deudores de un altar por haberos
librado de un monstruo! ¡Arrojadme a esa colérica muchedumbre,
puesto que lo lloran, todos ellos merecen ser mis verdugos!".
Esta actitud incrementa la furiosa reacción en la multitud que
la rodea. Allí mismo podría haber muerto, masacrada por
aquella gente rabiosa, si no llega a entrar a tiempo el comisario Guillart
con sus guardias, que consiguen arrebatar a la joven de las manos vengadoras.
La llevan a la sala de la vivienda, donde la interrogan. Sus contestaciones
son lúcidas, en tono tranquilo, y sólo reflejan el orgullo
que le produce el haber tenido éxito en su intento de matar al
que ella piensa que es uno de los mayores culpables de la situación
por la que pasa Francia.
La noticia se extiende por todo París. Algunos diputados llegan
a la Convención, pálidos y afectados por lo sucedido.
El comandante general de la guardia nacional, el señor Hanriot,
borracho como casi siempre se dirige a la Asamblea con estas palabras:
-Sí, temblad todos, Marat ha muerto asesinado por una joven,
que tiene a gloria el haber dado el golpe. Redoblad la vigilancia, porque
a todos nos amenazan iguales peligros. Desconfiad de las cintas verdes-se
refiere a la cinta verde que lleva Carlota en su sombrero-y juremos
vengar la muerte de aquel gran hombre.
La cárcel más próxima al domicilio de Marat era
la Abadía. Sin embargo, su traslado no es nada fácil.
Alrededor del carruaje, difícilmente protegido por los fusileros
contra los embates de la multitud, llega ésta con los más
insolentes insultos y con los puños crispados alcanzando a golpear
las puertas y cristales del coche.
-¡Zorra!
-¡Hija de perra!
-¡Asesina!
-¡A la guillotina con ella!
-¡Dejádnosla a nosotras, veréis que pronto hacemos
justicia!
La pobre muchacha no puede soportar tanta presión y se desmaya.
Al recobrar el conocimiento se lamenta de estar todavía viva.
A pesar de todo tiene fuerzas para dar las gracias a los que la han
protegido de tan desaforada jauría.
Nada más llegar a la Abadía, sin apenas recuperarse de
la tensión pasada, es sometida a una serie de preguntas.
Hay algún cara dura que quiere sacar protagonismo de esta situación,
como el sinvergüenza de Legendre que, para darse importancia, afirma
que creyó ver en Carlota a una ciudadana que había ido
a su casa bajo un disfraz de monja y que él la rechazó
con la sospecha de que iba a asesinarle.
Carlota no le deja terminar su falso cuento.
-El ciudadano Legendre se engaña-dice con una sonrisa que desconcierta
el orgullo del diputado-; jamás lo he visto, y no creo que importe
mucho a la salud de la República la vida o muerte de semejante
sujeto.
Durante el interminable interrogatorio se le pregunta por sus cómplices.
Se intenta involucrar a Fauchet, sacerdote francés, predicador
del Rey hasta 1788 en que se hizo amigo de la Revolución y fue
nombrado obispo constitucional de Calvados, pero que protestó
por la ejecución de Luis XVI en el "Journal de Amis".
Aunque nada tuvo que ver con el asesinato de Marat, ni nada se pudo
demostrar, fue guillotinado posteriormente con los girondinos, con la
acusación de ser amigo de éstos.
-A nadie he revelado mis intenciones. He engañado a mi tía,
con quien vivía, como he engañado a mi padre respecto
al objeto de mi viaje, de modo que nadie ha podido sospechar.
-¿Habéis abandonado Caen con el proyecto ya formado de
asesinar a Marat?
-Ese ha sido el único motivo que me ha traído a París.
-¿Después del asesinato, no habéis procurado huir?
-Habría salido por la puerta, si no me lo hubiesen impedido.
-Sois soltera; pero ¿habéis amado a algún hombre?
-Jamás.
La interrogada contesta sin titubear, con respuestas exactas y actitud
altanera. Todo demuestra que su acción ha sido en solitario sin
ayuda alguna de nadie. Intentan entresacar respuestas comprometedoras
con la esperanza de descubrir algún colaborador detrás
de tanta belleza y candidez, pero sólo consiguen comprender que
se encuentran ante una fuerte personalidad y un espíritu intrépido
poseído por una sola idea: matar a Marat. Una idea puede ser
un error, pero nunca un absurdo.
Acabadas las preguntas, Chabot, que observa a la joven, observa un trozo
de papel que asoma por encima de su vestido y alarga el brazo para hacerse
con él. Carlota piensa que su intención es ultrajarla
y se echa bruscamente hacia atrás, con la mala suerte de que
se rompe el cordón de su blusa, dejando al descubierto el seno.
Asustada y confusa, no pudiendo cubrirse con las manos, que las lleva
atadas, se vuelve rápidamente y se acurruca tratando de taparse.
-Os suplico que me desatéis las manos para arreglar mi vestido-dice,
toda roja de vergüenza.
Atendida su petición, puede taparse. Con las manos ya libres,
firma su declaración. Las cuerdas han dejado profundas señales
en sus muñecas. Cuando van a atarlas de nuevo ruega a sus carceleros
que le permitan ponerse guantes para evitar semejante suplicio. A Harmand
se le saltan las lágrimas, impresionado de ver el sufrimiento
de aquella espléndida mujer, y se aleja de allí para ocultarlas.
El papel que llevaba prendido en su blusa, y que Chabot se hizo con
él, no era más que una proclama redactada por ella misma,
en la que invitaba a los franceses a derrocar la tiranía.
(La tiranía sería derrocada, justamente un año
después, a finales de julio de 1794, gracias al brío y
al coraje de otra gran mujer: Teresa Cabarrús, que el azar quiso
que fuera española, aunque de padre francés.)
Carlota es encerrada en un calabozo y vigilada las veinticuatro horas
por dos guardias. Esto lesiona su intimidad, y aunque protesta por ello,
es inútil. El Comité de Seguridad disfruta con su suplicio.
Trasladada a la Consejería, es recibida por la mujer del alcalde,
que la acoge con la tristeza y compasión que siempre produce
la próxima muerte inútil de la juventud.
Carlota solicita a la buena mujer que le facilite papel y pluma para
escribir una carta. No solamente le da lo que solicita sino que le proporciona
un lugar tranquilo donde pueda escribir.
La carta va dirigida a Barbaroux, y en ella, tras relatar su viaje acompañada
de los jóvenes montañeses, prosigue:
"Ignoraba que el Comité de Salvación pública
había interrogado a los viajeros, pero siempre he negado que
los conocía, para evitarles la molestia de dar explicaciones,
en lo cual he obedecido los consejos de mi oráculo Raynal, que
dice que debe negarse la verdad a los tiranos. La viajera que vino conmigo
ha declarado que os conozco y que he visto a Duperret, y éste,
cuya firmeza de alma conocéis, ha contestado sin apartarse un
ápice de la verdad. Nada se prueba contra él, pero su
firmeza es un crimen, por lo que me he arrepentido, aunque tarde, de
haberle hablado. Quise reparar mi falta, aconsejándole que huyera
y que se reuniese con sus colegas; pero Duperret no es hombre que se
deje dominar ...¡Mucho os sorprenderá cuando sepáis
que han preso como cómplice mío, a Fauchet, persona que
hasta mi existencia le era desconocida! No les satisface ofrecer sólo
una mujer a los manes del grande hombre...
¡Perdonad, hombres! Marat deshonra vuestra raza. Era un animal
feroz que se disponía a devorar la mitad de Francia, ayudado
por la guerra civil. Gracias al cielo, su nacimiento no fue francés...Cuando
sufrí el primer interrogatorio, Chabot tenía el aspecto
de un loco. Legendre pretendió convencerme de que me había
visto por la mañana en su casa: es persona a quien nunca he dedicado
el más ínfimo de mis pensamientos. No lo creo capaz de
ser tirano del país y no pretendo castigar a todos; creo que
se han impreso las últimas palabras de Marat, pero dudo mucho
que haya podido pronunciar algunas. Voy a relataros las últimas
que ante mí pronunció. Después de escribir vuestros
nombres y todos los de los administradores de los departamentos del
Calvados que se encuentran en el Evreux, me dijo, como para consolarme,
que dentro de pocos días los haría guillotinar en París;
estas últimas palabras decidieron su suerte. Sí, declaro
que lo que me decidió fue el valor con que vuestros voluntarios
se alistaron el domingo 7 de julio. Recordaréis que prometí
que Pethión se arrepentiría de las sospechas que en él
despertó mi conducta. Reflexioné que miles de valientes
marchaban para derribar la cabeza de un solo hombre, que pudiera fallarles
su plan, o que este hombre arrastrara en su caída innumerables
ciudadanos; y consideré que Marat no merecía tanto honor
y que bastaba una mujer para vencerlo...Al salir de Caen, mi proyecto
era sacrificarlo en medio de la Montaña, pero ya no asistía
a la Convención. ¡En París no comprenden que una
mujer, inútil, de cuya larga vida no redundaría provecho
alguno, pueda sacrificarse por la patria!... Como verdaderamente había
conservado yo mi serenidad al salir de casa de Marat, dirigiéndonos
a la Abadía sufrí con los gritos de las mujeres; pero
el que salva a la patria desconoce el valor de su sacrificio. ¡Cuán
vivamente deseo que reine la paz! Hace dos días que gozo de ella.
La felicidad de Francia constituye la mía. Una imaginación
viva y un corazón sensible me prometían una vida inquieta;
perspectiva que debe hacer agradable mi suerte actual a los que me dediquen
algún recuerdo. Entre los modernos hay pocos patriotas que sepan
inmolarse por la patria. Domina el egoísmo. ¡Pobre pueblo
para formar una república!..."
Aquí se interrumpe la carta, para continuarla más adelante.
"Prosigo. Ayer se me ocurrió la idea de regalar mi retrato
al departamento de Calvados; pero el comité de Salvación
pública no me ha contestado, y ya es tarde para hacerlo. Como
necesito un defensor, he resuelto que lo sea un montañés,
y hasta pienso elegir a Robespierre o a Chabot... mañana a las
ocho me juzgan. Adoptando el lenguaje romano, probablemente al mediodía
habré vivido. Ignoro cómo pasaré mis últimos
momentos; pero el fin corona la obra. No necesito afectar insensibilidad,
porque hasta este momento la muerte no me inspira el más leve
temor, pues jamás he apreciado la vida más que por la
utilidad que pudiera reportar. Marat no veía la muerte; pero
la merecía... No olvidéis el asunto de la señora
Forbin; adjunta va su dirección de Suiza. Decidle que la amo
de corazón. Voy a escribir a mi padre. Nada digo a los demás
amigos, a quienes exijo un pronto olvido, porque su aflicción
deshonraría mi memoria. Decid al general Wimpfen que creo haberle
ayudado a ganar más de una batalla, facilitando la paz.
¡Adiós ciudadano! Los encarcelados de la Conserjería,
en vez de injuriarme como el pueblo por las calles, se han presentado
compadeciéndome. La desgracia despierta la compasión.
Es el último pensamiento filosófico que se me ocurre".
Después escribe una carta a su padre, en la que le pide perdón
por haber dispuesto de su existencia sin su permiso. Le comunica que
ha elegido como defensor a Gustavo Doulcet de Pentecoulant, y termina
la carta con unos versos de su abuelo Corneille: "El crimen, no
el patíbulo, deshonra".
Al otro día es conducida ante el tribunal revolucionario. Llega
el día del juicio. El presidente del Tribunal Revolucionario
es Montané, el cual queda impresionado por la juventud y belleza
de Carlota, y trata de salvarla. Sólo había un camino:
declararla loca o al menos demostrar que había sufrido un trastorno
mental transitorio en el momento del asesinato. Paro la acusada no da
facilidades para ello. En todo momento declara que actuó en plenas
facultades mentales, y consciente de lo que quería hacer. Su
amigo y abogado defensor, Doulcet de Pentecoulant, no puede acudir al
juicio. Carlota lo interpreta como una cobardía cuando la realidad
es que Doulcet recibió la carta cuatro días después
del juicio no dándole tiempo ni siquiera a acudir a despedirse
de ella. Carlota se llevó a la tumba un error y una injusticia.
Doulcet nunca le hubiese fallado. Le nombran uno de oficio, el joven
Chauveau-Lagarde, el que defendió a la reina con elocuencia y
valor, aunque no pudo hacer nada ni por la reina ni por Carlota, que
se empeñó en dificultar su defensa, declarándose
autora del asesinato.
Refiere con todo detalle como preparó el crimen. Ante la pregunta
del Tribunal:
-¿Quien os ha inspirado tanto odio contra Marat?
-No necesitaba el odio de los demás-contesta Carlota, con una
tranquila dignidad-me bastaba el mío, porque no favorece el éxito
cuando se adoptan ideas que no son propias.
-¿Qué aborrecíais en él?
-Sus crímenes.
-Y dándole muerte, ¿qué esperabais?
-Proporcionar la paz a mi patria.
-¿Creéis, acaso, haber asesinado a todos los Marat?
-Muerto aquel, temblarán los otros.
-¿Cuando formasteis vuestro propósito?
- Después de la jornada del 31 de mayo, en el que fueron detenidos
aquí los diputados del pueblo. (Se refiere Carlota a la detención
de los girondinos, que serían guillotinados a los pocos días,
después de ella). He matado a un hombre para salvar a cien mil.
Yo era republicana antes de que se hiciera la revolución.
Se produce un careo entre Fauchet y Carlota.
-Sólo conozco de vista a Fauchet, a quien tengo por hombre falto
de hábitos morales y de principios. Lo desprecio.
Finalmente, y después de un breve resumen, Fouquier-Tinville
pide la pena de muerte para la bella y joven Carlota.
A pesar de la excelente y heroica defensa de Chauveau-Lagarde, los jurados
votan unánimamente por la guillotina.
Carlota recibe la noticia sin inmutarse. El presidente le pregunta si
tiene algo que alegar, y Carlota dándole la espalda se dirige
a su defensor:
-Caballero-le dice con dulzura-me habéis defendido conforme a
mis deseos y os doy las gracias; os soy deudora de un testimonio de
gratitud y de cariño, y os lo ofrezco digno de vos. Esos señores-dice,
señalando a los jueces-acaban de declarar mis bienes confiscados;
debo alguna cantidad en la cárcel y os lego esa deuda, a fin
de que la satisfagáis por mí.
Mientras dura el interrogatorio, dos hombres, especialmente, observan
a Carlota. Uno de ellos, el pintor Hauer, que se afana en reproducir
el retrato de la joven. El otro, Adan Lux, republicano alemán,
enviado por los revolucionarios de Mayenne con el fin de combinar los
movimientos de Alemania con Francia con el objeto de aunar esfuerzos
para fortalecer la razón humana y la libertad de los pueblos.
Mientras el uno la pinta, el otro la admira. El pintor pudo terminar
su cuadro gracias a que el alcaide le autorizó a entrar en el
calabozo donde fue confinada antes de pasar al patíbulo.
Al poco rato, y ya finalizada la obra, penetra en el recinto el verdugo
con la túnica roja y las tijeras.
-Caballero- dice Carlota, dirigiéndose al artista-no sé
como recompensaros el interés que os habéis tomado por
mí; únicamente puedo ofreceros esto.
Y cogiendo las tijeras de la mano del verdugo, se corta una trenza de
sus largos cabellos, que entrega a Hauer, al mismo tiempo que le dice:
-Conservadla en memoria de vuestra bondad y de mi agradecimiento.
En los ojos de los gendarmes, y hasta en los del mismo verdugo asomaron
las lágrimas.
Aparece el sacerdote para tratar de consolarla.
-Dad gracias-contesta Carlota con afectuosa sonrisa-a los que han tenido
la atención de enviaros, pero yo no tengo necesidad de vuestro
ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse
son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno.
Cuando sube a la carreta que la conduce al patíbulo, ese día,
el 17 de julio de 1793, hasta el mismo cielo se oscurece de tristeza,
y rabioso por presenciar tal espectáculo
ruin e injusto, lanza una lluvia copiosa acompañada de truenos
y relámpagos, que no cesa hasta ver a Carlota frente a la guillotina.
La lluvia empapa la túnica roja que se pega a sus carnes marcando
las curvas de su escultural figura. Los senos turgentes, libres de sujetador
alguno se balancean al ritmo traqueteante de la carreta que la lleva
a la muerte. Sus muslos bien configurados se adivinan a través
del vestido empapado. Su preciosa cara sonrosada a pesar de la lluvia
caída, o precisamente por ella, se muestra alegre, mirando hacia
el cielo como pidiendo comprensión a Dios ya que los hombres
no se la quieren dar. Su bella estampa y su sensual cuerpo llevan a
algunos hombres a pensamientos obscenos, y envidia a multitud de mujeres.
Carlota mira a la muchedumbre buscando una mirada amiga para llevar
en su recuerdo antes de morir. No sabemos si llegó a descubrir
entre la turba la mirada de Adan Lux, que la había seguido tras
la carreta con el corazón encogido de dolor y la mirada de asombro
ante aquella beldad que iba a ser inútilmente sacrificada.
Cuando el verdugo le arranca el pañuelo que le cubre el pecho
para dejar libre el cuello, su desnudez ofrecida al público la
humilló más que su cercana muerte. Puso el cuello bajo
el filo de la cuchilla, la cual descendió bruscamente para separar
la cabeza del tronco de la joven la cual rodó dando botes. Uno
de los ayudantes del ejecutor, llamado Legrós, asió la
cabeza por los pelos y comenzó a abofetearla. La multitud bramó
asqueada ante tan estúpida actuación, y pidió venganza
por tal vileza. Que una cosa era imponer justicia, aunque injusta fuera,
y otra mancharla con indignas actitudes.
Siempre hay, sin embargo, quien supera a los desalmados. La hez de las
prostitutas se lanzó sobre aquel cuerpo descabezado y muerto
para comprobar la virtud virginal de Carlota, y casi se escandalizaron
al comprobar que aquella mujer se mantenía virgen a sus veinticinco
años.
Adan Lux exclamó: " es más grande que Bruto".
Impresionado por aquella mujer, publicó una apología de
ella, lo que le costó morir en la guillotina. En el umbral de
la cárcel, exclamó:
-Voy a morir por Carlota.
Vergniaud, el mejor orador de los girondinos, cuando se enteró
de los acontecimientos desde el calabozo donde se encontraba preso,
dijo:
"Esta joven nos mata, pero nos enseña a morir"
Efectivamente, el 30 de octubre, veintiún girondinos, amigos
de Carlota, eran guillotinados.
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Bibliografía.
"Historia de los Girondinos ". Alfonso Lamartin
"Historia de la Revolución Francesa" A. Thiers
"Diccionario Espasa"
Judit cortó la cabeza a Holofernes general de Nabucodonosor
I, vengando así a su marido Manases. Holofernes ocupó
Palestina en el año 689 a.d.J.C.
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