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El escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester fue un caso evidente
de que la enfermedad constituye una singular cazatalentos. “Creo
–me comentó poco antes de su muerte- que la miopía ha influido grandemente
en mi elección de las humanidades como estudio básico. El cambio puede
situarlo hacia 1921 ó 22, en que renuncié a ser marino y a cualquier carrera
militar, que eran las que estaban de moda en el pueblo donde yo nací [El
Ferrol, 1910], y a las que no podía aspirar, porque, entonces, mi miopía
excedía en su graduación los máximos admitidos o tolerados en las respectivas
convocatorias”. Aunque quedaba ya muy lejana, Don Gonzalo evocó
sin titubear su infancia. “Recuerdo haber sido un niño tímido y
apegado a los rincones”, confesó. Un rapaz solitario que se refugiaba
en su fantasía, como tantos cortos de vista en un tiempo en el que la
corrección óptica ni era tan sofisticada como en la actualidad ni estaba
al alcance de todos. La miopía hizo perder un hombre a la Marina y nos
hizo el regalo de un autor singularísimo.
Esta ametropía es una enfermedad que, en grado superlativo, han sufrido
otros grandes de la literatura mundial, desde Francisco de Quevedo hasta
Jorge Luis Borges pasando por Mircea Elíade, James Joyce y Giovanni Papini,
y en casi todos los casos el defecto ocular ha dejado huella en sus textos.
Pero no se puede decir que la miopía sea una “dolencia literaria”.
Mucho más líricas han resultado patologías tales como el asma o las tuberculosis,
cuyo caudal dramático ha sido convenientemente explotado por grandes maestros
de la pluma, y que están en el origen de innumerables vocaciones literarias.
En la de Robert Louis Stevenson, por ejemplo. Stevenson, que en alguna
ocasión se definió como “una complicación de tos y huesos”,
es uno de esos escritores cuya infancia se llenó de libros para entretener
largas y penosas convalecencias. “Ya desde niño había padecido toses
y hemorragias –escribe Javier Marías- debidas a una mal diagnosticada
tuberculosis, que le obligaba a pasar las noches en vela y lo tuvieron
más de una vez al borde de la muerte”. Fueron vigilias terribles
que sin duda echaron leña a la imaginación del futuro escritor y que preludiaron
esas otras crisis, cada vez más destructoras, que sufriría a lo largo
de su accidentada y viajera vida.
La experiencia de pasar días, semanas e incluso meses en la cama, lejos
de las aulas y de los juegos, solos mientras los demás se divertían, podría
antojársenos castradora, pero hubo niños especialmente sensibles, pacientes
tal vez excepcionales, para quienes, a la postre, esa etapa resultó ser
enriquecedora porque supieron aprovechar las horas de ocio doliente. la
enfermedad cambió su vida.
Julio Caro Baroja pasó desde pequeño largas temporadas en Itzea, la casa
familiar de Vera de Bidasoa que su tío Pío comprara en 1912. Allí, dedicó
largo tiempo a la lectura y al estudio, obligado por su frágil salud.
Algo similar le ocurrió a Juan Manuel de Prada, un niño enfermizo al que
mensualmente ilustraban las posaderas con una inyección de penicilina.
“Quizá por ello –admite- desarrollé una capacidad para la
introspección que hoy agradezco, aunque me costara larguísimas convalecencias
y una garganta continuamente florecida de catarros”. Por ello, De
Prada se siente próximo a Juan Cruz, cuyo libro autobiográfico La foto
de los suecos ha leído atentamente, hasta deducir de las remembranzas
del autor y editor canario una sutil confesión: “Aunque nunca llega
a declararlo, nos insinúa que en esa debilidad crónica, en esa convivencia
con la enfermedad, pudo fraguarse el escritor futuro”.
Es obvio que las experiencias de Stevenson, Caro Baroja, De Prada y Cruz,
aún siendo interesantes a incluso ilustrativas, no nos autorizan a aseverar
que los protagonistas, sin sus achaques, jamás habrían despuntado como
escritores. Pero hay biografías en las que la relación causa-efecto es
evidente.
La escritora sudafricana Nadine Gordimer, una veterana de las letras y
de la lucha contra la segregación racial, Premio Nobel de Literatura en
1991, iba para bailarina. Fueron los primeros síntomas de una dolencia
cardíaca los que la obligaron a alterar el rumbo de su vida, alejándola
para siempre de los escenarios y convirtiéndola en una niña enclenque,
necesariamente solitaria, que sólo encontraba consuelo en los libros,
sus mejores compañeros en la postración. Albert Camus, otro galardonado
por la Academia Sueca, tuvo que interrumpir las dos carreras de su vida
por motivos de salud. Camus estudiaba Filosofía en la Universidad de Argel
y jugaba de portero en un equipo de fútbol, su gran pasión, pero le diagnosticaron
una tuberculosis y, por ello, fue apartado de las aulas y de los terrenos
de juego. Entonces, decidió adentrarse en el periodismo, para muchos la
antesala de la literatura.
El camino de Thomas Bernhard hacia la escritura resultó aún más enrevesado.
Cuando a los 16 años fue contratado como mozo de almacén, nadie, ni siquiera
él mismo, podía sospechar que, con el paso del tiempo, llegaría a convertirse
en uno de los más destacados literatos de la Europa contemporánea. Las
duras condiciones de trabajo le provocaron una pleuresía que le colocó
al borde de la muerte antes de llegar a la mayoría de edad. Sus biógrafos
afirman que esa experiencia le hizo volcarse de forma compulsiva en la
música y, sobre todo, en la literatura.
Es como si entre las sábanas se escondiera la señal que indica dónde empieza
el particular camino de Damasco de muchos y diversos creadores. Quizá
el lector considerará sacrílego traer a colación a Ringo Starr, el batería
de The Beatles, un “melenudo degenerado” en medio de tanto
y tan gran arista. Pero la osadía está plenamente justificada. Por extraño
que parezca, Starr empuñó las baquetas por primera vez en el hospital.
“Pasé allí un año entero con tuberculosis –afirma-. Cada dos
semanas venía a vernos una profesora de música y para mantenernos entretenidos
nos traía tambores, maracas, panderetas, triángulos. Nos enseñaba en una
gran pizarra y nos daba puntos si combinábamos bien unas notas de colores
que había pegadas”. Parece difícil conjugar el silencio propio de
un centro médico con la algarabía que debían desatar las visitas de esta
maestra musical, pero, al menos en el caso de Ringo, que por entonces
contaba 13 años, el experimento dio frutos extraordinarios. “Desde
entonces –insiste- quise convertirme en batería. Así empezó todo”.
El resto, como diría un clásico, es historia.
¿Dudan aún de que la enfermedad es una gran cazatalentos? Antonio Saura
también tenía 13 años cuando la tuberculosis le condenó a permanecer encamado.
Un lustro entero estuvo atado al lecho que, en su caso, fue del dolor,
pero también del despertar de los sentidos y las sensibilidades. “Recuerdo
–dijo antes de morir- que cayó en mis manos un número de la revista
nazi Signal dedicado al decadentismo de nuestros museos, ilustrado con
cuadros de Picasso, Mondrian, Klee, Max Ernst”. La lectura era la
mejor compañera, la única que ayudaba a sobrellevar los padecimientos
y a dar esquinazo al tiempo. “Mi madre, que era pianista, me regaló
un libro esencial para mí, Ismos, de Ramón Gómez de la Serna, que analizaba
todos los ‘ismos’ del arte actual –continuaba Saura-.
Aún me siento en deuda con ese libro...”. La tuberculosis, además
de dejarle una cojera, le legó la firme e irrevocable decisión de dedicarse
a la pintura. “Fueron años muy penosos para mí –admitía-,
que me marcaron para el resto de mi vida. Pero al mismo tiempo siento
una cierta nostalgia de aquel paraíso que se formó alrededor mío de libros,
música, imágenes y pensamientos”. Posiblemente Saura habría rubricado
las palabras de Juan Manuel de Prada: “Desde la cama, el mundo exterior
adquiere un aspecto inaugural, como si las décimas de fiebre que esmaltan
nuestra mirada contribuyesen a convertirlo en un mapamundi imaginario”.
Son muchos los que han descubierto un mundo nuevo en la cama. Henri Matisse
iba para abogado... Hijo de un mercader de cereales y de una acuarelista
aficionada, el joven Henri, tras terminar sus estudios de secundaria en
el liceo de Saint Quentin, se trasladó a París para matricularse en la
Facultad de Derecho, estudios que completó sin ningún tipo de interferencia
artística. Una vez obtenida su licenciatura, en 1889, Matisse regresó
a casa para empezar a trabajar. Aunque por aquel entonces se inscribió
en la escuela de pintura Quintin-Latour, el artista que llevaba dentro
no emergió hasta que, a causa de las complicaciones de una apendicitis,
se vio obligado a guardar cama durante meses. En esa larga convalecencia
recibió un regalo iniciático: una caja de acuarelas. Dicen los que entienden,
que sus primeras obras, simples copias de cromos, son mediocres, pero
el pintor había irrumpido desterrando al letrado. Cuando se recuperó,
y a pesar de la oposición paterna, Henri Matisse abandonó la abogacía
y regresó a París para dedicarse de lleno al arte.
No es el único caso en el que la enfermedad actuó como catalizador de
una vocación reprimida. Joan Miró necesitó una crisis nerviosa y mucho
empeño para que su familia aceptara que lo suyo eran los pinceles. Sus
padres le obligaron a estudiar en la Escuela de Comercio de Barcelona
y a trabajar en una droguería. Sólo tras pasar una larga temporada en
su casa de Montroig del Camp, para superar una depresión, optó definitivamente
por la pintura.
Pero quizás el caso más espectacular, el más doloroso y también el más
conmovedor, es el de Frida Kahlo, a la que el escritor John Berger llama
“la pintora herida”. Su vida fue una larga enfermedad. A los
8 años sufrió una poliomielitis que le semiparalizó la pierna izquierda;
una década más tarde, fue víctima de un gravísimo accidente de tráfico
que la dejó inválida. Durante su larga convalecencia, atrapada en un corsé
de yeso, Frida empezó a pintar, a intentar conjurar el sufrimiento plasmándolo
en sus cuadros (entre otros, El venado herido y La columna rota), creyendo
tal vez que así podría descargar su tormento. “Con sus pequeños
pinceles, tan finos como pestañas –asegura Berger-, y con sus trazos
meticulosos, todas las imágenes que creaba, en cuanto se convertía en
la pintora Frida Kahlo, aspiraban a plasmar la sensibilidad de su piel.
Una sensibilidad agudizada por el deseo y exacerbada por el dolor”.
Como leen, y a pesar de que no he pretendido ni muchísimo menos realizar
una enumeración exhaustiva, las nóminas de las bellas artes están llenas
de celebridades que descubrieron o reafirmaron su vocación después de
que la enfermedad abriera un paréntesis en sus vidas. Tal vez porque,
como dijo Stefan Zweig, “en el dolor uno se hace cada vez más sensible;
es el sufrimiento quien prepara y labra el terreno para el alma, y el
dolor que produce el arado al desgarrar el interior prepara todo fruto
espiritual”.
Bibliografía
Berger, J. Frida Kahlo. El País Semanal 2.VIII.1998.
De Prada, JM. Memoria de verano. Blanco y Negro. Junio, 1998.
Marías, J. Vidas escritas. Siruela. Madrid, 1992.
Sanchís, I. Antonio Saura. Pintura contra la fatalidad. El Magazine. 26.VII.1998.
Galindo, B. Ringo Star. Bajo el peso de los Beatles. El país Semanal.
18.VII.1998.
VV.AA. Dictionnaire Universal de la Peinture. SNL-Dictionnaires Robert.
París, 1975.
VV.AA. Grandes biografías ilustradas. Planeta-De Agostini. Barcelona,
1994.
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