| En el triste periodo del terror de
la Revolución Francesa, se enfrentan, fundamentalmente, dos facciones:
Girondinos frente a Jacobinos, estos ayudados y jaleados por los miembros
de la Montaña. Los primeros están formados por un grupo
de intelectuales amigos del cambio y de la República, y enemigos
de la Monarquía. Los Jacobinos luchan por los mismos fines, pero
mientras los primeros desean una Revolución sin sangre, los segundos,
la mayoría de ellos, hombres toscos de escasa preparación
moral y primitivos sentimientos se encuentran agrupados alrededor de
Robespierre, hábil e iluminado abogado, y apuestan por la guillotina
como fiel colaboradora para conseguir sus fines. Como casi siempre ocurre,
a corto plazo, la fuerza bruta se impone a la razón. Luego la
historia de los pueblos va llevando las cosas a cauces más o
menos razonables, y los verdugos se convierten en víctimas. Los
que a guillotina matan, a guillotina mueren.
Esta es la historia de un buen hombre que luchó junto con otros
para mejorar su sociedad y, a la larga, lo consiguieron pero a costa
de sus propias vidas. Con el tiempo su razón se impuso a la sinrazón
de los más violentos. Costó tiempo y sangre, para finalmente
abrir la puerta que facilitó la entrada a unos modos y formas
de hacer una política más razonable.
María Juan Antonio Caritat, marqués de Condorcet, tiene
cuatro años cuando muere su padre en 1747. La viuda cuida de
su hijo como si fuera una niña. Sus juguetes son las muñecas
y sus vestidos de corte femenino. Cuando cumple once, su tío,
don Jaime, se hace cargo de él. Don Jaime ha sido obispo, sucesivamente,
de Gap, de Auxerre y de Lisieux, y quiere para su sobrino una excelente
educación, de la cual se encarga, en un principio, el sacerdote
jesuita Giraud de Réroudon. Después de estas primeras
enseñanzas pasa al colegio de los jesuitas de Reims, y luego
a París, al colegio de Navarra, también de jesuitas. Su
inteligencia y su afán por el estudio, sobre todo de las matemáticas,
le hacen sobresalir de los demás. A los 16 años sostuvo
una tesis matemática en presencia de D`Alembert, de Clairaut
y del geómetra Fontaine, que no sólo produjo la admiración
de todos sino que desde entonces surgió una amistad entre Condorcet
y D`Alembert que duró toda la vida. D`Alembert, tiene 26 años
más que su discípulo, es hijo natural de la señora
Tencin, que le abandonó al nacer, y fue confiado a la mujer de
un pobre vidriero. Pero su precocidad como matemático le valió
su ingreso en la Academia de Ciencias en 1741. Aunque Condorcet estaba
destinado a las armas por tradición familiar, el contacto con
D`Alembert cambió su destino.
No quisiera aburrir al lector con la lista de trabajos científicos,
políticos y sociológicos que llevó a cabo el joven
Caritat. Al final transcribo una lista de los más importantes.
Sólo haré notar que su trayectoria profesional es tan
interesante que llega a tener amistad con todos los hombres ilustres
del momento. En 1770, profesor y alumno van a visitar a Voltaire a su
residencia en Ferney. El genial escritor tiene 76 años. Su afabilidad,
su cultura y su experiencia literaria, cautivan a nuestro biografiado,
que sólo tiene 27, y despiertan en él sus aficiones literarias,
dejando aparte sus vocaciones matemáticas.
Junto con estos amigos, estrecha su amistad con Turgot, hasta tal punto
que cuando éste es nombrado ministro del rey Luis XVI, Condorcet
es llamado para el cargo de Inspector General de la Moneda. Con la caída
de Turgot, en 1776, nuestro hombre deja de intervenir en los asuntos
de Estado.
En 1777, consigue el premio de la Academia de Berlín con su trabajo
sobre la "Théorie des comètes". En 1782, la
Academia le nombra uno de sus miembros. Su discurso de recepción,
"Les avantages que la societé peut retirer de la reunion
des sciences physiques aux sciences morales", descubre sus dotes
de sociólogo y economista.
Algunos le llaman el "mouton enragé" (carnero furioso).
D`Alembert, que le conocía más a fondo, le denomina el
"volcán cubierto de nieve".
D`Alembert, muere en 1783, y Condorcet es nombrado albacea de su maestro
y amigo. Se declara heredero de su espíritu e ideas, y reúne
en torno suyo a todos aquellos que quedan huérfanos del maestro.
Lidera un grupo de intelectuales que se autodefinen republicanos y enemigos
políticos de la monarquía. En sus "Crónicas
de París" salen a relucir sus rencores concentrados contra
la corte. Combate el absolutismo y la desigualdad de clases, y da rienda
suelta a sus ideas sobre la libertad civil y política para todos.
En 1786, concierta el matrimonio con Sofía de Grouchy, hermana
del general Grouchy y sobrina del presidente Dupaty. Mujer de sólida
instrucción y de gran belleza, tiene veintiún preciosos
abriles cuando se casa con Condorcet. No se trata de un matrimonio por
amor, y así se lo hace saber a su futuro esposo. Él comprende
que la diferencia de edad no es el ideal para convivir apasionadamente,
(él, 43; ella,21), trata la situación con el tacto que
requiere y con la veteranía que da lo mucho vivido, y promete
no forzar nada que ella no desee y tratarla como si fuera su hija. Sin
embargo, pronto se vio subyugada por su esposo, mucho mayor que ella,
porque debajo de la apariencia de un frío filósofo, se
escondía un corazón ardiente lleno de pasión y
de amor por su esposa, amén de por sus ideales, por los que luchó
hasta su muerte.
En esta época trabaja en la biografía de Turgot, que había
muerto en 1781 a los 54 años. Después, en 1787, se ocupó
en publicar las obras completas de Voltaire, así como un estudio
biográfico del mismo.
El primero de Octubre de 1791 es convocada la Asamblea Legislativa.
París le nombra su diputado y, el 23 del mismo mes, su secretario.
Los revolucionarios extremistas atacan a todo lo que huele a nobleza.
Condorcet presenta en la Asamblea un manifiesto por el que limita su
actuación sólo a aquellos nobles emigrantes que sean sorprendidos
con las armas en la mano.
El cinco de febrero de 1792 le conceden la presidencia de la Asamblea
Legislativa. Condorcet es el primero en declararse por la institución
republicana. Al negarse Luis XVI a sancionar los decretos contra los
príncipes y los nobles, propone Condorcet la deposición
del monarca por sólo este hecho que, según su dictamen,
le convertía en reo ante la nación.
El 10 de agosto se suspenden las funciones ejecutivas del Rey, hasta
que se dé a la Nación una nueva Constitución, y
el 21 de septiembre de 1792, siete distritos eligen a Condorcet su representante
en la Convención Nacional, en la cual se llega al acuerdo de
abolir la Monarquía y proclamar la República. Al votar
la sentencia contra el Rey, Condorcet es partidario de aplicar la pena
máxima, excepto la pena de muerte. Las Cortes de San Petersburgo
y de Berlín decretan que se borre el nombre de Condorcet de sus
respectivas Academias, por su actitud en contra de la monarquía.
Condorcet es el encargado de elaborar la Constitución, junto
con otros miembros. El trabajo se concluye el 25 de febrero de 1793,
y es llevado a la Asamblea. Sus términos conciliatorios le delatan
partidario de los girondinos con lo cual firmó, con ellos, su
propia ruina.
En efecto, a raíz de su presentación, la Asamblea decretó
el arresto de veintinueve girondinos.
El error político de los girondinos fue tratar de parar los asesinatos
de los más exaltados revolucionarios. Por eso intentó
poner fuera de la ley al sanguinario Marat, y aunque lo consiguió
denunciando sus horrores, el populacho lo recuperó y lo llevó
de nuevo en loor de multitud a sentarlo de nuevo en su escaño.
Igualmente atacaron a Robespierre, pero el abogado Robespierre supo
defenderse con habilidad y demagogia, dejando a los girondinos en una
difícil situación.
Quisieron salvar de la guillotina a Luis XVI, y la respuesta de la Convención
ge ajusticiarlo el 21 de enero de 1793.
Intentaron lo mismo con Maria Luisa. El 16 de octubre, del mismo año.
La guillotina fue la respuesta a esa defensa.
Todo intento de frenar la locura asesina de la Revolución era
motivo de sospecha antirrevolucionaria y acusado de traición
a la Patria.
Por eso los girondinos tenían que sucumbir al torbellino loco
y cruel que se desató entre las turbas revolucionarias.
Fueron llevados ante el Tribunal Revolucionario, cuidadosamente formado
por los mayores enemigos de los girondinos. Los acusados eran veintiuno,
en plena entusiasta juventud y en todo esplendor de belleza y talento.
Sólo la declaración de sus nombres y edades resulta conmovedora.
Brissot, Gardien y Lasource, tenían 39 años. Vergniaud,
Gensonné y Lehardy, 35. Mainvielle y Ducos, 28. Boyer-Fonfrède
y Duchastel, 27. Duperret, 46. Carra, 50. Valazé y Lacase, 42.
Duprat,33. Sillery, 57. Fauchet,59. Lesterpt-Beauvais, 43. Boileau,
41. Antiboul, 40. Vigée, 36.
El encargado de redactar el dictamen era el servil Amar, relator del
comité de Salud pública general. Su dictamen fue el de
declararlos culpables de conspiración contra la unidad e indivisibilidad
de la República, fundándose solamente en rumores contradictorios
propalados contra los girondinos por su enemigos.
El decreto acusatorio fue aprobado sin discusión. Su fallo: la
muerte
De nada sirvieron los grandiosos discursos que aquellos hombres añadieron
a su defensa pues los jacobinos, por boca de sus representantes: Chabot,
Pache, Hébert y Caumette, recurriendo a las mentiras, a las medias
verdades y a las más vergonzosas y viles insidias, consiguieron
acallar las voces de los oradores más sublimes de los políticos
más honestos de aquella recién nacida República.
Cada uno reaccionó de forma distinta al oír su sentencia.
Gensonné, estaba tranquilo. Valazé, indignado y soberbio.
El joven Ducos, alegre. Fonfrède, poseedor de una gran fortuna
y recién casado con una hermosa mujer, se resignaba a abandonar
la vida en aras de una causa tan hermosa.
El testigo acusador más encarnizado fue el que antes había
sido capuchino y ahora furibundo revolucionario Chabot, enriquecido
con la especulación de fondos públicos, exaltado, vengativo
y vil. Los girondinos le habían tratado siempre como un ser raro
y extravagante. Llegaba la hora de vengarse. Y lo hizo con repugnante
regodeo. Se inventó una extensa y malvada acusación tachándoles
sin ninguna prueba de traidores a la Patria, de ambiciosos, y lo más
atroz aún, de ser cómplices de los asesinatos, que así
son los desalmados de mente y corazón que se ceban en los hombres
de bien.
Hubo más acusaciones perversas y mentirosas, y a su vez hubo
contundentes defensas de los propios acusados. El más brillante
y el más respetado por su luminosa elocuencia era el joven Vergniaud.
En medio del vivo discurso en que se defendía de tanta vileza
y tanto ultraje, recordó la tiranía y la locura furiosa
de Marat. Al nombrar a este asesino, uno de los jurados se levantó
y dijo:
-Vergniaud se queja de las persecuciones de Marat, pero observo que
Marat ha sido asesinado y que Vergniaud todavía está aquí.
Esta estúpida y malévola observación fue aplaudida
por la mayoría de la adocenada masa, y todo el maravilloso discurso
lleno de franqueza y razón de Vergniaud no produjo el menor efecto
en aquella ciega y necia muchedumbre.
Tras la interrupción y el jolgorio, Vergniaud esperó el
silencio para seguir con su defensa. Al hablar de la conducta de sus
amigos, de sus sacrificios y de su amor a la República, recobró
toda su elocuencia, y todo el mundo allí reunido se conmovió.
Pero la condena estaba ya dispuesta.
Robespierre y sus amigos los jacobinos querían que el juicio
terminase pronto. Robespierre promulga un decreto en el que limitaba
al máximo de tres días el plazo para que el jurado, sin
esperar a más, dictase sentencia.
Los acusados ya habían perdido toda esperanza y decidieron morir
noblemente.
Condorcet protesta de este acto y culpa de ello a los jacobinos. Es
citado a la barra, denunciado por Chabot. Al verse perdido decide no
presentarse y se oculta. El 3 de Octubre se publica su sentencia de
muerte, se le declara fuera de la ley, y se confiscan todos sus bienes.
Roland, alma y jefe de los girondinos, se había ocultado en las
cercanías de Ruán, después del encarcelamiento
de su esposa. Al enterarse de la ejecución de ésta no
quiso sobrevivirle y se dio la muerte en la carretera. Le encontraron
con el corazón atravesado por una espada al pie de un árbol
en el que había apoyado el arma mortal.
Brissot, a quien la opinión jacobina le consideraba un colaborador
importante de la facción por ser su publicista, evitó
el arresto con su fuga. Disfrazado y con pasaporte falso trató
de llegar a la frontera. Después de vagar varios días
por los campos y solitarios bosques del Loira, comiendo y pernoctando
en las cabañas, fue reconocido y arrestado en Moulins. De allí
le condujeron a París, y fue encerrado en los calabozos de la
Abadía. Después sería llevado, junto con sus compañeros,
al Convento de las Carmelitas, convertido en cárcel siniestra
tras las matanzas de septiembre.
El 30 de octubre, a media noche, los jurados se presentaron para pronunciar
sentencia. Su presidente, Antonelle, tenía la cara desencajada.
Camilo Desmoulins, mientras esperaba el fallo, exclamó:
-Yo les he matado con mi "Brissot descubierto". Me marcho.
Y salió desesperado y con los ojos humedecidos por el incipiente
llanto.
Se refería Camilo a un artículo que había escrito
contra los girondinos.
Mientras se esperaba la palabra fatal, Brissot dejó caer los
brazos; su cabeza se inclinó súbitamente sobre su pecho;
Gensonné, quiso decir algunas palabras sobre la aplicación
de la ley, pero no se le hizo ningún caso.
Tenían la esperanza de que los dos jóvenes hermanos, Ducos
y Fonfrède, se salvaran de la guillotina, pues eran los menos
comprometidos, ya que se habían afiliado a los girondinos más
por la admiración que sentían a su carácter y talento
que por afinidad de ideas. Pero fueron condenados con los demás.
Fonfrède, abrazando a Ducos, le dijo:
-Yo he sido el causante de tu muerte.
-Consuélate-contestó Ducos- moriremos juntos.
La última noche la pasaron en la Conserjería. Ninguno
pudo dormir. Hablaron de todo, recordando sus trabajos en pro de la
República. Añorando lo que dejaban y conformándose
con su fatal destino.
-¡Creamos en lo que queremos - dijo Vergniaud-, pero muramos seguros
de nuestra vida y del precio de nuestra muerte! ¡Demos cada cual
en sacrificio lo que poseemos, unos su duda, otros su fe y toda nuestra
sangre por la libertad! Cuando el hombre se ha dado como víctima
a Dios, ya no le debe nada.
Vergniaud, que tenía un veneno, lo tiró para seguir la
misma suerte que sus amigos.
Valazé quiso ser su propio verdugo y se clavó un puñal
que llevaba escondido. El acero le atravesó el corazón
muriendo a los pocos segundos. A pesar de ello subirían su cadáver
a una de las cinco carretas que emplearon para conducirlos al patíbulo.
A las diez entraron los verdugos para rapar las cabezas de los condenados
y atar sus manos. Todos fueron espontáneamente a inclinar sus
frentes ante las tijeras y enseñar los brazos para ser anudados.
Gensonné cogió un mechón de sus negros cabellos
y le suplicó al abate Lambert que se lo hiciese llegar a su esposa.
-Dile que es todo lo que puedo enviarle como recuerdo, pero que muero
consagrándole todos mis pensamientos.
Cada uno de ellos tuvo algo que enviar a sus familiares, esposas o amantes.
La esperanza de dejar un recuerdo al ser querido es el último
eslabón que le queda al moribundo al abandonar la vida.
Por el camino iban cantando la marsellesa, marcando con enérgica
rabia los versos:
"Contre nous de la tyrannie
L`étendard sanglant est levé"
Cuando llegaron al pie del cadalso se abrazaron, gritando: "¡Viva
la República!"
Sillery fue el primero en probar el filo de la cuchilla, después
de saludar al pueblo allí reunido con una reverencia llena de
ironía. Vergniaud sería el último. Entre ambos
sólo transcurrieron treinta y un minutos. En tan poco tiempo
Francia perdió parte de su juventud llena de belleza, virtudes
y talentos.
Ironías de la vida; fueron enterrados junto a la fosa de Luis
XVI.
He aquí la nota del enterrador:
Por las fosas de veintiún diputados de la Gironda............147
francos gastos de exhumación...........................................................63
francos
---------------------
Total.......210 francos.
Este fue el precio de la tierra que cubrió a todo el partido
de los fundadores de la República.
Mientras todo esto ocurría, Codorcet, que había conseguido
escapar del asesinato y evadir a sus perseguidores, pudo esconderse
en la casa de Mme. Vernet, en la calle Servandoni nº 21. Esta mujer,
parienta de los dos pintores Vernet, tenía su casa abierta a
estudiantes. Allí pasó ocho meses uno de los autores de
la Constitución. En este tiempo escribió el "Compendio
de un encuadre histórico del progreso del espíritu humano",
la obra que más celebridad le ha dado como filósofo. Cada
noche entregaba a su bienhechora las cuartillas que había escrito
durante el día, para que fueran enviadas a su esposa. Sus páginas
no son más que un esbozo de algo más extenso que proyectaba
publicar, y que no pudo realizar. En su obra trata de demostrar que,
a lo largo de la historia, el ser humano va progresando hacia su perfección.
Y esto seguirá siendo en tanto en cuanto la naturaleza no mude
su curso. Su perfección afecta a todos los órdenes, tanto
moral como intelectual y físico. No se atreve a prometer a los
hombres la inmortalidad, pero dice: "Ignoramos que se haya puesto
a la vida término alguno más allá del cual no puede
pasar". Desaparecerá la desigualdad entre los hombres y
las naciones, se extinguirán los monopolios y acabarán
los medios que dificultan el comercio y la industria. Reconoce las ventajas
de los créditos a todas las clases sociales y la creación
de las cajas de ahorros, de los seguros y de la instrucción universal
y especial. Con todo esto desaparecerán y no tendrán razón
de ser los vicios, que suelen nacer del malestar y de la ignorancia,
y crecerá sin término la moralidad. A la perfección
de los individuos seguirá la perfección social y la de
toda la humanidad, realizándose la ley que la encamina por la
verdad a la dicha y por ésta a la virtud.
En marzo de 1794, la Convención extiende su exterminio a aquellos
que escondan en sus casas a los proscritos. Condorcet no quiere comprometer
a la que tan generosamente le ha dado cobijo, y proyecta dejarlo. Una
noche del cinco de abril, cuando todos los huéspedes duermen,
sale de la casa disfrazado y se dirige a las afueras de París.
El día seis camina errante por los bosques de Clamart, durmiendo
a la intemperie. Al día siguiente, muerto de hambre y herido
en una pierna, se acerca a un ventorrillo para comer algo. El ventero
le pregunta qué desea tomar, y él contesta: una tortilla
-¿De cuantos huevos?
Condorcet, bien por el cansancio, por el hambre desmedida o por puro
despiste, le contesta:
-de doce.
El ventero se fija en él, en su buen porte a pesar de su traje
sucio y arrugado, y sospecha. En seguida hace partícipe de ésta
a los perseguidores del fugitivo. Se le detiene y es trasladado a la
cárcel de Bour-la-Reine y, al día siguiente, a París.
Al llegar la noche, Condorcet abre su anillo e ingiere el veneno que
le había preparado el Dr. Cabanis, cuñado de su esposa.
Cuando los carceleros abren su celda le encuentran muerto con todos
los síntomas del envenenamiento.
He aquí la mayoría de sus obras: "Une profession
de foi", "Essai sur le calcul intégral", "Sur
le problème des trois corps", "Essai d`analyse",
"Recherches de calcul intégral", "Eloges de quelques
académiciens morts depuis 1666 jusqu`a 1669", "Eloges
de Fontanella", "Lettre d`un theologien à l`auteur
du dictionnaire des trois siècles", "Pensées
du Pascal", varios artículos publicados en la "Encycoplédie",
"Vie de Turgot", "Lettre d`un laboureur de la Picardie
à M.Necker auteur prohibitif à Paris", en la que
critica el libro de Necker sobre la legislación y comercio de
los granos. "Lettres sur le commerce des grains", "Reflexions
sur le commerce des blés", "Banque nationale",
"Sur la fixation de l`impôt", "Impôt progresif".
Con el pseudónimo de Schwartz, ecribió "Reflexions
sur l`esclavage des négres", "Vie de Voltaire",
"Lettres d`un bourgeois de Newhaven", "Lettres d`un citoyen
des Etats-Unis á un français sur les affaires présentes",
"Essai sur la constitution et les fonctions des assemblées
provinciales", "Essais sur l`application de l`analyse à
la probabilité des decisions rendues à la pluralité
des voix", obra que tras su muerte apareció totalmente refundida
y con múltiples adiciones con el título: "Eléments
de calcul des probabilités et son application aux jeux de hasard
à la loterie et aux jugements des hommes, avec un discours sur
les avantages des mathématiques sociales, et une notice sur M.
de Condorcet", "Lettres de M. Euler à une princesse
d`Allemagne sur différentes questions de physique et de phylosophie",
"Moyens d`apprendre à compter purement et avec facilité",
"Le polonais exilé en Sibérie". Además
colaboró asiduamente en la publicación de la "Bibliothèque
de l`homme public", y en calidad de redactor escribió en
el "Journal encyclopédique", en la "Cronique du
mois", en el Republicain" y en el "Journal de l`instruction
publique".
Todas sus obras fueron reunidas y publicadas por la viuda del autor
y de su amigo el Dr.Cabanis, en 21 tomos, en París en 1804.
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Bibliografía:
-Diccionario de Espasa Calpe
-Historia de los Girondinos, de Alfonso de Lamartíne
-Historia de la Revolución Francesa, de A.Thiers
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