| EL LEGADO ARTÍSTICO DE LA MIOPÍA |
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de la Dra. Sara Gutiérrez Torre Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.
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Dando un salto de siglos para acercarnos a la Edad Media, es fácil imaginar a los padres de muchachos cortos de vista, inútiles tanto para la guerra como para las tareas del campo, conduciéndoles a los monasterios y convirtiéndoles así, sin saberlo, en preciados copistas y miniaturistas. Hasta aquí todo son conjeturas, pero hay pruebas de que la miopía jugó su papel en muchos casos. Por ejemplo, uno de los mejores miniaturistas del mundo, si no el mejor, Nicholas Hilliard, era miope, lo cual le permitía trabajar sin lupa y evitar así las aberraciones propias de la lente. Pero la miopía, igual que ayudó a unos, complicó a otros. El pintor polaco Jan Matejko era uno de esos miopes obsesionados con los detalles que a menudo se veía obligado a retocar los cuadros. Consciente de la impresión desfavorable que producía en el público su exceso de precisión, después de haber pintado como él deseaba, recubría las partes donde el colorido se le antojaba excesivamente vivo o brillante, o la composición de grupos poco creíble. Por esa estética preciosista y de tendencia miniaturista que también se observa en las obras de Jan y Hubert van Eyck, algunos autores especularon con la posibilidad de que los hermanos van Eyck fueran miopes. Lo cierto es que todas las obras de la escuela flamenca que les siguen son semejantes, y su estilo bien podría deberse no a una miopía sino a planteamientos místicos. Si por suposiciones fuera, me gustaría apuntarme a la del optometrista Paul Lévy, quien aventuró que posiblemente Leonardo da Vinci usara la técnica del sfumato, del difuminado, no para borrar la edad del rostro de sus modelos, sino porque él, miope, lo veía todo borroso. Sin embargo, prefiero centrarme en hipótesis planteadas con unas lentes negativas bien filiadas en las manos del investigador, o en las mías propias. Las de Sir Joshua Reynolds portaban lentes de –4,00 y –4,75 dioptrías y ni con ellas quiso pintar nunca otra cosa que no fueran retratos. Precisamente uno de ellos lo tituló El miope, y en él inmortalizó en 1773 a su amigo Joseph Baretti leyendo un libro que colocaba a menos de un palmo de la nariz. De la misma época y cultivador del mismo género que Sir Joshua Reynolds es Maurice de Quentin de la Tour quién, en una carta fechada el 1 de agosto de 1763 y dirigida al Marqués de Martigny, describió las dificultades que le imponía su corta vista: “Sería necesario estar en mi lugar –escribió- para comprender los esfuerzos que hago para meter un cuerpo y una cabeza juntos según las reglas de la perspectiva”. Unos, los miniaturistas miopes, pudieron utilizar sus ojos como microscopios para pintar de cerca engrandeciendo así su obra; otros, por imperativos de su corta vista, se limitaron al retrato para poder mantener la corrección; pero aquellos miopes que se empeñaron en plasmar lo que veían en la distancia, desafiando todos los cánones, nos ofrecieron telas con grandes masas de contornos difuminados y destellos de color. Es el caso de los impresionistas. Los impresionistas, ese grupo de artistas cuyo único pecado residió en querer plasmar sobre el lienzo las cosas tal y como las veían -todo un desafío para la época-, fueron tal vez los que mayor partido han sacado de su defecto visual, haciéndolo además de manera consciente. Yo no soy miope pero, tal y como me han contado los miopes que ven las cosas, no me cabe la menor duda de que muchas de las telas propias del impresionismo, con sus formas brumosas sin contornos ni relieves, casi oníricas, llenas de destellos de luz, son el reflejo de una visión miope. No obstante, este argumento carecería de valor de no existir testimonios y diagnósticos oftalmológicos que así lo probasen. |