EL LEGADO ARTÍSTICO DE LA MIOPÍA

de la Dra. Sara Gutiérrez Torre
 Ilustraciones de Victor Secades

Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.  

 

Uno de los primeros y más fervientes defensores del impresionismo fue el escritor Émile Zola, gracias, posiblemente, a que compartía defecto visual. “Creo –publicó Zola en Le Sémaphore de Marsella del 19 de abril de 1877- que por pintores impresionistas hay que entender unos pintores que pintan la realidad y que se jactan de dar la impresión misma de la naturaleza, la cual no estudian en sus detalles, sino en su conjunto. No hay duda de que a veinte pasos no se distinguen claramente ni los ojos ni la nariz de un personaje. Para pintarlo tal como se ve, no hay que pintarlo con las arrugas de la piel, (...) sino con el aire vibrante que le rodea.(...) Lo que tienen en común entre ellos es un parentesco de visión”. Un parentesco de visión que en mi opinión, y oftalmológicamente hablando, resulta el de ser miopes.

De hacer un breve repaso, comencemos por Monet, ya que fue su cuadro Impresión: sol naciente el que dio nombre al movimiento. Claude Monet retrataba a la perfección lo que sus ojos ligeramente miopes veían. De él se dice que cuando se probó las lentes que precisaba para corregir su defecto de dos dioptrías, las rechazó al grito de: “¡Dios mío, veo como Bouguereau!” (Bouguereau era un pintor naturalista muy convencional). Fue seguramente su ametropía la que le sugirió suprimir los detalles de las formas emborronando los contornos, y distorsionar progresivamente los colores hacia tonos cada vez más rojos (la miopía favorece la visión del espectro rojo) y amarillos (en su sexta década, Monet padeció cataratas nucleares, que como es sabido filtran los azules). La fidelidad de Monet a sus percepciones visuales es especialmente manifiesta en sus cuadros posteriores a la operación de cataratas a la que, muy a su pesar, se sometió: todo lo que pintó o retocó en ese período afáquico parece teñido de un azul eléctrico. Monet recomendaba a sus alumnos que, cuando salieran a pintar, se olvidaran de los objetos y los pintaran tal y como se les aparecían, “hasta que les den –les decía- su impresión de la escena ingenua que se encuentra delante de ustedes”.

Otro impresionista que rechazó corregir su defecto visual con anteojos fue Paul Cézanne, simplemente porque los consideraba algo vulgar. Ese empeño en no usar corrección dejo huella en su obra, ya que, tal y como oí de labios del profesor Lanthony, oftalmólogo francés estudioso de la vista de los pintores, Cézanne “pinta muy nítido, pero su paisaje es borroso”. Muchos investigadores consideran que Cézanne era miope, pero a pesar de los numerosos testimonios que nos han llegado de su mala vista, no hay pruebas fehacientes de que ésta se debiera a una miopía. Como no las hay de que la padeciera, aunque se sospecha, Camille Pisarro, de quien sí está documentado que sufrió úlceras corneales recidivantes debidas a una dacriocistitis crónica. Igualmente hay que dudar de la miopía de Pierre-Auguste Renoir, si bien hablan a favor de su existencia su pasión por los tonos rojos y el hecho de que, pasados los sesenta, aún examinaba los trabajos de petit-point sin gafas.

“Para el artista la creación comienza en la visión –escribió Henri Matisse-. Ver es ya una operación creadora y que exige un esfuerzo”. Matisse era un gran miope que no renunciaba a las gafas, y aunque su ametropía no se reflejó en su pintura, sí influyó en su manera de trabajar. “Dibujo muy cerca del modelo –explicó-, dentro de él, mis ojos a menos de un metro de distancia y mis rodillas tan cerca que pueden tocar las suyas”.

También trabajaba pegado a sus modelos para compensar su corta vista Edgar Degas, quién, a diferencia de sus contemporáneos, prefería pintar en el estudio, seguramente a causa de su pertinaz fotofobia. Tal era su aversión por el trabajo al aire libre, que consideraba un grupo de chiflados a los impresionistas que salían a pintar al campo. Decían de Degas que se había obligado a no ver para no tener que reconocer a la gente, y es posible que, dado su mal carácter, se aprovechara de su defecto visual en las relaciones sociales igual que lo hacía a la hora de pintar, desembarazándose de lo accidental, de lo anecdótico, y expresando únicamente lo esencial. En el parisino Museo de Orsay se conservan tres pares de gafas del pintor que confirman su miopía, si bien su déficit visual era demasiado grande para deberse únicamente a esta patología. Degas se definía a sí mismo como un miope desaliñado, obligado al final de su vida a dedicarse a un oficio de ciego: modelar figuras de cera o arcilla.

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