EL LEGADO ARTÍSTICO DE LA MIOPÍA

de la Dra. Sara Gutiérrez Torre
 Ilustraciones de Victor Secades

Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.  

 

Don Gonzalo decía que desconocía cómo y en qué medida, pero que desde luego, la miopía había incidido en su labor creativa, aunque no recordaba haber creado ni imaginado jamás ningún personaje que llevara gafas o fuera corto de vista. No fue por tanto de esos miopes que transformaron en material literario su experiencia como enfermos, pero hubo otros que sí lo hicieron.

Con el año las estaciones vuelven; Mas para mí nunca retorna el día, Ni el dulce avecinarse de la tarde O la mañana, ni signo vernal De floración, rosa estival, rebaño, Manada, o la divina faz humana; Sino que me circunda en su lugar Una nube de oscuridad perpetua Que me separa del quehacer alegre De los hombres

Lo que acabo de leer es un fragmento de El paraíso perdido, obra de un hombre, John Milton, que se quedó ciego a los 43 años. Su enfermedad es objeto de numerosas controversias debido a la falta de documentación; no obstante, algunos aventuran un diagnóstico bastante probable: miopía progresiva complicada con desprendimiento de retina.

Lo que en el caso de Milton son especulaciones, en el de James Joyce son certezas: según su biógrafo, Richard Ellerman, era muy miope. La obra de Joyce está plagada de referencias autobiográficas, muchas de ellas relacionadas con su miopía. Un defecto que incluso salió a relucir en el juicio norteamericano contra la editora de su obra Ulises (hoy considera, por su técnica y concepción innovadoras, la novela más importante del siglo XX): el abogado defensor trató de usar “la defectuosa visión de Joyce” como excusa para justificar la incoherencia (según él debida a la falta de puntuación), y por tanto inocencia, de algunos de los párrafos acusados de obscenos y corruptores.

Milton y Joyce fueron muy discretos si los comparamos con el italiano Giovanni Papini y el rumano Mircea Eliade, que de manera bastante llamativa, convirtieron su ametropía en el asunto central de algunas de sus obras.

La escrita por Papini a los 31 años, Un hombre acabado, contiene un escalofriante ejercicio de anticipación en el capítulo El fin del cuerpo: es el minucioso relato de la que sería su propia decadencia física. “Mucho me temo que acabaré por convertirme en un ciego –escribió-. Tengo miedo de ver cada vez menos, y al final no ver nada en absoluto. Me imagino aterrado cuál sería mi vida. Mi única fuerza es la inteligencia. Carezco de amigos, salvo entre los muertos. Los libros constituyen mi única diversión. ¡Y no podría leer más! (...) Yo, con mi pensamiento, solo en medio de las tinieblas hasta la muerte. No puedo creerlo seriamente, y sin embargo pienso en ello de vez en cuando como en algo cierto, fijado de antemano, cuestión de días o de años. E intento vivir esta desgraciada vida prevista...”.

La certeza llegó el 26 de septiembre de 1935, veintitrés años después de que fueran escritas estas líneas. Los médicos le diagnosticaron “un derrame en el ojo derecho y una fuerte opacidad en el ojo izquierdo”. Le prohibieron leer y escribir. ¡Entonces sí se sintió un hombre acabado!.

Un hombre acabado impresionó sobremanera a un joven rumano, miope como Papini y como él, gran aficionado a la lectura, Mircea Eliade. Pero en cuanto cerró el libro, Mircea, por aquel entonces escritor en ciernes, tomó una decisión: no se parecería en nada, nunca, a aquel individuo atormentado por la miopía.

Página anterior
Página siguiente