| EL LEGADO ARTÍSTICO DE LA MIOPÍA |
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de la Dra. Sara Gutiérrez Torre Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.
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No siempre la miopía marca a sangre y fuego la vida y la obra de los escritores. Juan Manuel de Prada, sin ir más lejos, nos confesó que siempre ha sido un miope complaciente, quizás porque siempre ha considerado su miopía el tributo que debía pagar por dedicarse a la vida intelectual. De Prada será fiel a sus anteojos y a su miopía hasta el fin de sus días, será el orgulloso caballero de las 12 dioptrías (6 en cada ojo), y continuará utilizando sus anticuadas gafas porque le parecen el colmo del confort. “Yo no entiendo por qué la gente se pone lentillas –nos dijo-. Las gafas son algo comodísimo: te las pones, te las quitas, te puedes frotar los ojos. A mí me parecen un invento extraordinario, no sé por qué ha habido que hacer otros inventos posteriores.” Sin embargo, en un momento de flaqueza, sopesó la posibilidad, para él angustiosa, de pasar por quirófano, y de esa zozobra surgió El poder de la mirada. Un cuento publicado en el libro Una temporada en Melchinar, que narra la trágica experiencia de un miope que agobiado por su defecto se somete a una misteriosas intervención quirúrgica, que se le presenta como el remedio milagroso y salvador, y de la que sale con unos espantosos ojos de besugo y una intimidatoria supervisión. El relato, una especie de catarsis reflexiva, puso punto y final a las dudas del autor quien, lo sabemos porque él nos lo dijo, ha renunciado definitivamente a la corrección quirúrgica. No muy alejado de quienes conocen bien la miopía porque la padecen, se encuentra el oftalmólogo y escritor Sir Arthur Conan Doyle, quien aprovechó su formación médica para estructurar una de las intrigas inteligentemente resueltas por su personaje más conocido: Sherlock Holmes. En El caso de los impertinentes de oro, la simple observación de unas lentes encontradas en el escenario del crimen permite al detective hacer una exhaustiva descripción del culpable: “Se busca a una mujer bien vestida, con una nariz bastante ancha y los ojos muy juntos. Tiene el ceño fruncido, una expresión incisiva y probablemente es cargada de espaldas”. El pasmo que advierte en la cara de su fiel ayudante le obliga a ser más explícito: “Se percatará, Watson, de que las lentes son cóncavas y de una graduación alta. Una señora que ha sido tan corta de vista durante toda su vida es prácticamente seguro que tendrá las características físicas de ese tipo de visión”. ¡Elemental! Pero no han sido sólo los miopes y los oftalmólogos los que han echado mano de la miopía para aderezar sus obras. Quizás el escritor no miope que más personajes cortos de vista ha creado sea Javier Tomeo. Sus criaturas forman parte de ese club al que también pertenecen la Reina María Luisa, rediviva por obra, gracia y pluma de Juan Antonio Vallejo-Nágera en su novela Yo, el rey; el doctor Carlos Esparza destinado por Valle-Inclán como embajador del Uruguay a Santa Fe de Tierra Firme, la patria de Tirano Banderas; el doctor Fadigati, médico homosexual creado por Giorgio Bassani en Las gafas de oro y otros relatos de Ferrara; el timorato poeta Martín Marco, situado por Camilo José Cela en el corazón de La Colmena; el comisario que interroga a Pepe Carvalho, el detective creado por Manuel Vázquez Montalbán, en el relato breve Asesinato en Prado del Rey... |
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