|
A
Santiago
Orozco,
lidiador
en
las
ondas
y
maestro
de
la
crítica
taurina.
INTRODUCCIÓN
Es
mi
intención
que
desde
el
primer
momento
todos
ustedes
se
sientan
interpelados
por
el
tema
que
voy
a
desarrollar.
A
la
vez
quiero
despertarles
su
interés
por
este
magnífico
mundo
que
es
el
de
los
toros.
De
esta
manera
haremos
ciertas
las
palabras
del
poeta
Manuel
Montero:
Por
un
instante
la
vida
depende
de
lo
que
cante
un
hombre
en
Andalucía.
Comenzaremos
diciendo
que
el
toro
no
piensa,
da
que
pensar.
Desde
que
el
hombre
se
relaciona
con
el
toro
bravo,
se
han
producido
muy
distintos
encuentros
entre
ambos.
De
una
parte
se
han
establecido
lazos
entre
el
hombre
y
el
toro
bravo
que
han
girado
en
torno
a
la
bravura
del
toro
y
a
la
inteligencia
del
hombre
por
someterlo,
por
mostrar
a
la
naturaleza
y
a
nosotros
mismos
que
es
la
inteligencia
y
no
la
fuerza
la
gran
arma
que
poseemos
en
relación
a
los
demás
seres
vivos.
En
este
tipo
de
relaciones
el
peligro,
el
miedo,
el
valor
han
sido
denominadores
comunes
de
los
mismos,
y
ahí,
justamente
ahí,
es
donde
se
encuadra
el
toreo
como
lo
conocemos
en
nuestros
días.
Pero
no
ha
quedado
a
lo
largo
de
la
historia
la
cosa
en
ese
punto.
También,
alrededor
del
hombre
que
se
enfrenta
con
el
toro
bravo,
se
han
podido
destacar
una
serie
de
características
que
han
hecho
de
este
encuentro
una
manifestación
artística.
Así
lo
han
sentido
y
sienten
los
toreros,
y
no
los
perdamos
de
vista,
los
espectadores,
los
que
nos
acercamos
a
esta
gran
fiesta
artística.
Estos
espectadores
también
participan
de
las
maravillas
de
la
lidia
de
un
toro
bravo,
y
comienzan
a
pensar
sobre
ello,
y
pueden
convertirse
de
esta
forma
en
artistas
que
participan
de
este
gran
espectáculo.
Este
cúmulo
de
vivencias
y
relaciones
pueden
generarse
porque
participantes
y
observadores
de
una
corrida
de
toros
se
emocionan.
Utilizando
la
terminología
de
Sartre
[este
pensador
desarrolló
toda
una
“Teoría
de
la
emoción”,
que
a
grandes
rasgos
puede
utilizarse
en
la
descripción
de
lo
que
siente
un
torero
o
un
espectador
en
una
corrida
de
toros],
conocemos
como
emoción
a
esa
brusca
caída
de
la
conciencia
en
lo
mágico.
Podemos
decir
que
el
mundo
de
lo
útil,
de
lo
determinado,
desaparece
bruscamente,
apareciendo
en
su
lugar
el
mundo
mágico.
La
emoción
en
este
caso
no
debe
entenderse
como
un
accidente,
sino
como
un
modo
de
existir
de
la
conciencia,
una
de
las
maneras
como
la
conciencia
comprende
su
estar
o
su
ser
en
el
mundo
en
determinados
momentos.
El
arte
mágico
y
prodigioso
de
torear
no
está
simplemente
rodeado
de
emoción,
sino
que
también
tiene
su
música,
y
según
Bergamín
[Recomendamos
la
lectura
de
“La
música
callada
del
toreo”
de
José
Bergamín,
pequeño
libro
pero
sabrosísimo
de
Ediciones
Turner
de
1994,
donde
el
autor
expresa
de
una
forma
delicada
sus
reflexiones
en
torno
al
toreo],
es
lo
mejor
que
tiene.
Música
para
los
ojos
del
alma
y
para
el
oído
del
corazón;
que
es
el
tercer
oído
del
que
nos
habló
Nietzsche,
que
además
es
el
oído
que
escucha
las
armonías
superiores.
El
mismo
Bergamín
escribió
estos
versos
sencillos:
Cante
y
canto
es
el
toreo:
Es
cante
en
Rafael
de
Paula
Y
canto
en
Curro
Romero.
Desde
la
constatación
de
los
dos
hechos
relevantes
que
rodean
al
mundo
de
los
toros,
la
emoción
y
su
música
callada,
queremos
acercarnos
a
él.
Nuestra
aproximación
será
como
la
del
chiquillo
que
se
siente
ilusionado
y
convocado
por
algún
suceso
nuevo
para
él;
o
sea,
con
discreción,
poco
conocimiento,
pero
con
muchas
ganas
de
llegar
a
él.
Son
muchos
los
motivos
que
nos
obligan
a
hablar
en
este
foro
de
los
toros
y
de
su
reflejo
en
la
literatura.
De
una
parte
la
enorme
influencia
que
ha
ejercido
sobre
mí
la
ciudad
de
Ronda,
cuna
del
toreo.
Por
otro
lado
la
constatación
de
la
antigua
relación
entre
los
médicos
y
los
toros.
Y
en
último
lugar
las
semejanzas
que
existen
entre
la
profesión
del
médico
y
la
del
torero,
que
siempre
pivotan
sobre
el
hecho
cierto
de
la
existencia
de
la
soledad
de
las
personas
y
de
la
muerte.
Intentaremos
analizar
con
mayor
detalle
cada
una
de
estas
razones.
Con
Ronda
estaré
siempre
en
deuda.
En
primer
lugar
en
ella
conocí
a
la
que
espero
sea
pronto
mi
mujer,
Esther.
En
esta
ciudad
he
aprendido
gran
parte
de
la
Medicina
que
conozco,
y
me
he
dedicado
con
entusiasmo
a
atender
a
toda
la
gente
que
he
podido.
Pero
si
Ronda
ha
sido
para
mi
escuela
de
ciencia
y
humanidad,
ha
sido
cátedra
del
toreo,
no
en
vano
es
su
cuna.
Podemos
comenzar
a
hablar
de
su
plaza
de
toros,
propiedad
de
la
Real
Maestranza
de
Caballería,
joya
del
siglo
XVIII,
época
de
consolidación
del
toreo
a
pie.
Proseguir
con
sus
dinastías
de
toreros,
los
Romero
y
los
Ordóñez.
Pedro
Romero
revolucionó
el
toreo
como
se
conocía
hasta
entonces,
lo
saco
al
torero
de
un
mero
peón
en
la
fiesta
para
convertirlo
en
un
artista
profesional.
De
Antonio
Ordóñez
qué
decir,
posiblemente
fuese
el
mismo
toreo.
Así
le
cantó
Gerardo
Diego:
Antonio
Ordóñez,
hondo,
Manda
y
cimbrea.
Va
y
viene
el
lance
jondo.
La
luz
torea.
También
es
en
Ronda
donde
tengo
la
oportunidad
de
conocer
a
una
de
las
personas
que
más
saben
de
crítica
taurina,
que
no
es
otro
que
Santiago
Orozco
[Todos
los
sábados
a
partir
de
las
11:00
de
la
mañana
en
Radio
Coca-Cadena
Ser
se
puede
sintonizar
en
el
88.3
de
FM
su
programa
taurino
“Capote
de
Paseo”].
A
través
de
su
programa
radiofónico
“Capote
de
paseo”,
dicta
semanalmente
lecciones
sobre
el
mundo
de
los
toros.
Él
ha
tenido
a
bien
distinguirme
con
su
amistad
y
mostrarme
su
interés
por
enseñarme
algo
de
este
maravilloso
mundo.
Otro
de
los
grandes
personajes
rondeños
a
los
que
le
debo
tanto
es
a
don
Francisco
Garrido
[Francisco
Garrido
es
sin
ninguna
duda
el
mejor
escritor
e
historiador
rondeño
de
los
últimos
veinticinco
años.
Recomendamos
la
lectura
de
su
libro
“La
plaza
de
toros
de
la
Real
Maestranza
de
Ronda”].
Leyendo
su
obra
he
podido
profundizar
en
este
arte
y
en
su
historia.
En
estos
últimos
meses
estamos
orgullosos
en
Ronda
de
que
haya
iniciado
su
camino
su
Escuela
Taurina,
de
la
que
sin
duda
surgirán
nuevos
protagonistas
de
la
fiesta.
Su
Junta
Directiva,
capitaneada
por
don
José
Morales,
tuvo
a
bien
contar
conmigo
como
médico
de
la
misma.
Por
todos
estos
motivos
rondeños
comprenderán
que
yo
en
esta
ciudad
no
podía
hablar
de
otra
cosa
que
no
fuera
de
toros.
Así
lo
dejó
ya
escrito
Antonio
Gala
[Este
escritor
andaluz
aunque
no
es
un
defensor
a
ultranza
de
la
fiesta,
sí
que
reconoce
en
ella
un
valor
artístico
indudable
y
ha
escrito
páginas
de
gran
plasticidad
sobre
este
mundo]:
“Mientras
quede
de
Ronda
una
piedra
sobre
otra;
mientras
haya
un
toro
de
lidia
que
golpee
sus
pezuñas
contra
esta
piel
de
toro
de
la
Patria
y
rompa
su
aire
limpio
con
la
punta
de
un
asta;
mientras
sobre
la
arena
de
una
plaza
crezca
la
flor
de
un
pase
de
muleta,
no
temas
que
tu
nombre
se
pierda
en
el
olvido”.
En
algunas
ocasiones
las
personas
más
cercanas
a
mí
me
han
preguntado
con
cierta
insistencia
si
esta
afición
mía
por
el
mundo
de
los
toros
es
extensible
a
otros
compañeros
médicos.
Rotundamente
siempre
respondo
que
sí,
y
que
además
grandes
médicos
han
sido
y
son
grandes
conocedores
del
tema
además
de
aficionados.
En
este
momento
debemos
citar
al
profesor
doctor
Fernando
Claramunt
[El
doctor
Claramunt
es
sin
duda
el
mayor
exponente
de
médico
escritor
de
temas
relacionados
con
los
toros.
Ha
publicado
numerosísimos
libros,
de
entre
los
cuales
recomendamos
“La
mirada
del
torero”,
deliciosa
obra
en
la
que
se
aúna
el
conocimiento
profundo
de
la
psicología
humana
y
la
de
los
toreros],
psiquiatra
de
reconocido
prestigio,
autor
de
numerosos
libros
relacionados
con
el
mundo
de
los
toros,
además
de
miembro
de
la
Asociación
Española
de
Médicos
Escritores
y
Artistas,
al
que
tengo
el
gusto
de
conocer.
Eso
sí
sólo
a
través
de
las
ondas
radiofónicas.
Muchos
cirujanos
taurinos,
como
don
Máximo
y
su
hijo
de
la
Plaza
de
las
Ventas,
comparten
su
pasión
por
los
toros
y
los
enfermos.
Por
ejemplo,
el
doctor
Vila,
cirujano
de
la
Real
Maestranza
de
Sevilla,
es
tan
querido,
que
hasta
la
afición
le
abre
paso
como
a
un
torero
cuando
acude
al
coso
sevillano.
Confiemos
que
también
el
Dr.
Ángel
Rodríguez
Cabezas
[El
Dr.
Ángel
Rodríguez
Cabezas
es
un
magnífico
escritor
y
conocedor
de
la
literatura.
Sí
que
se
siente
muy
atraído
por
el
mundo
del
flamenco,
llegando
hasta
a
publicar
un
libro
con
el
título
“La
salud
en
las
coplas
flamencas”.
He
de
decir
que
siempre
me
sentiré
en
deuda
con
él
por
responder
siempre
a
todas
las
demandas
de
colaboración
que
le
he
hecho.
La
revista
“AllegrO”
ha
publicado
algunos
artículos
suyos
y
recomendamos
vivamente
su
lectura]
se
convierta
en
un
gran
aficionado
y
estudioso
de
nuestra
fiesta.
La
tradición
de
los
países
mediterráneos
de
contar
en
sus
filas
con
muchos
médicos
humanistas,
hay
que
hacerla
extensible
a
la
de
médicos
aficionados
a
los
toros.
Decíamos
que
el
torero
y
el
médico
se
enfrentan
con
demasiada
frecuencia
a
la
muerte.
En
el
primer
caso
siempre
a
la
propia
y
en
el
segundo
casi
siempre
a
la
de
otros.
En
los
toros
y
la
medicina
se
evidencia
que
el
binomio
vida-muerte
se
mantiene.
En
esta
relación
antes
o
después
aparece
el
miedo.
Este
miedo
es
un
gran
condicionante
tanto
en
el
torero
como
en
el
médico,
es
más
,
el
médico
debería
aprender
como
el
torero
se
enfrenta
a
él.
El
miedo
es
el
condicionante
básico
del
toreo.
Sin
miedo
no
existe
el
valor,
que
se
impone
para
superarlo.
Sin
miedo
este
arte
resultaría
banal.
Los
diferentes
estilos
de
torear
son,
a
la
postre,
las
distintas
maneras
de
someter
el
miedo,
y
transmutarlo
en
arrojo,
templanza,
gracia
,
gravedad
...El
verdadero
valor
se
cubre
púdicamente
con
la
capa
del
arte,
la
soberanía
de
la
destreza
y
la
relajación
de
un
cuerpo
dormido
al
servicio
de
una
mente
despierta.
Nuestra
profesión
de
médicos
también
es
y
debe
ser
profesión
de
valor,
de
ciencia,
pero
también
de
arte,
ya
que
éste
es
sólo
propio
de
personas.
Los
toreros
y
los
médicos
sabemos
mucho
de
soledad,
de
autenticidad,
y
por
este
motivo
posiblemente
nos
reconozcamos
mutuamente
en
tantas
ocasiones,
y
busquemos
el
temple.
El
temple
lo
introdujo
Belmonte,
aunque
lo
consolidó
Domingo
Ortega,
cuyo
desarrollado
sentido
de
las
distancias
le
permitía
situarse
en
la
exacta,
según
las
condiciones
de
los
toros,
y
dejar
así
el
engaño
en
la
justa
para
que
no
lo
prendieran.
Este
torero
fue
el
que
acuñó
la
expresión
taurina
tan
extendida
de
“parar,
templar
y
mandar”
[Recomendamos
la
lectura
del
libro
“La
fiesta
del
siglo
XXI”
del
magnífico
periodista
y
torero
Juan
Posada,
que
realiza
una
serie
de
consideraciones
críticas
a
propósito
de
esta
expresión].
Esa
filosofía
considero
que
también
nos
vendría
muy
bien
a
muchos
médicos
para
enfrentarnos
a
las
diferentes
situaciones
que
a
diario
se
nos
dan.
Por
todas
estas
razones,
y
seguramente
otras,
entenderán
ustedes
que
es
para
mi
obligación
hablar
y
escribir
de
toros,
desde
mi
humilde
posición
de
médico,
y
relacionándolos
con
otra
de
mis
pasiones
que
es
la
literatura.
LA
LIDIA
SE
CONVIERTE
EN
POESÍA
Antes
de
comenzar
el
recorrido
por
la
relación
que
se
ha
establecido
desde
hace
muchos
siglos
entre
la
literatura
y
los
toros,
quisiera
poner
en
versos
de
diferentes
poetas
las
partes
que
componen
una
corrida
actual
de
toros,
para
poder
así
mostrar
que
la
poesía
y
el
toreo
se
reconocen
y
encuentran
en
el
arte.
Comenzaremos
por
el
paseíllo
con
versos
de
Francisco
Villaespesa:
Y
cuando
las
cuadrillas
riman
su
paso
al
son
de
un
pasodoble,
vivo
y
sonoro,
alegre
como
el
vino
de
Andalucía,
cada
traje
es
un
iris
de
seda
y
raso,
que
a
los
besos
de
llamas
de
un
sol
de
oro
se
derrite
en
un
iris
de
pedrería.
Posteriormente
el
torero
va
a
comenzar
la
lidia
y
solicita
permiso
al
presidente,
así
como
lo
hacía
Pedro
Romero
y
como
le
cantó
Nicolás
Fernández
de
Moratín
[De
su
poema
“Vida
y
Gloria
de
Pedro
Romero”]:
¡Con
cuánto
señorío!
¡Qué
ademán
varonil!¡Qué
gentileza!
Pides
la
venia,
hispano
atleta,
y
sales
En
medio,
con
braveza
Que
llaman
y
alas
trompas
y
timbales.
Ahora
comienzan
los
lances
con
la
capa,
al
son
de
versos
primero
de
Rafael
Alberti
[Estos
versos
son
de
su
poema
“Corrida”
escrito
en
Roma
en
1970]
y
después
de
Claudio
Rodríguez:
El
torero
acompaña
con
el
capote
al
viento
el
raudo
movimiento
del
toro
fiel
que
pasa.
Es
esta
sinfonía
del
capote,
que
suena,
¿a
qué?
He
aquí
el
misterio...
Tras
el
encuentro
del
toro
con
el
caballo,
momento
en
el
que
el
toro
puede
expresar
su
bravura
y
fiereza,
llegan
las
coloristas
banderillas
con
versos
de
Manuel
Machado
[De
su
poema
“La
fiesta
nacional”]:
Por
encima
de
las
astas,
que
buscan
el
pecho,
las
dos
banderillas
milagrosamente
clavando...,
se
esquiva
ágil,
solo,
alegre,
sin
perder
la
línea.
En
el
final
de
la
lidia
llega
el
embrujo
de
la
muleta
y
la
muerte
certera
del
toro,
que
nos
muestra
con
sus
versos
Rafael
Alberti
[Estos
versos
son
también
de
su
poema
“Corrida”]:
El
pase
de
muleta
es
el
arco
glorioso
que
al
fin
rinde
el
acoso
que
la
muerte
sujeta.
Y
cuando
atravesada
siente
el
toro
su
vida,
piensa
que
la
corrida
vale
bien
una
espada.
RECORRIDO
LITERARIO
POR
EL
MUNDO
DE
LOS
TOROS
Comencemos
este
recorrido
con
las
palabras
sabias
de
nuestro
poeta
universal
Federico
García
Lorca:
“Los
toros
son
la
fiesta
más
culta
que
hay
hoy
en
el
mundo”,
que
nos
sitúan
ante
la
auténtica
relevancia
de
esta
fiesta
que
es
nacional
para
todos
nosotros.
Los
toros
son
fiesta
pero
son
manifestación
artística
y
que
ha
sido
resaltada
por
otros
artistas,
por
el
componente
humano
que
tiene.
No
lo
vemos
así
sólo
los
españoles,
sino
que
también
muchas
personas
foráneas
que
se
acercan
a
este
mundo.
Así
Lisa
Loft,
del
Dansk
Toro
Club
de
Copenhague,
dice:
“Para
nosotros
la
fiesta
de
los
toros
es
un
homenaje
a
la
inteligencia,
al
valor
y
al
arte
humanos;
es,
en
el
fondo,
un
homenaje
al
hombre”.
Desde
estas
premisas
podemos
comprender
que
a
lo
largo
de
varios
siglos
la
literatura
se
haya
hecho
eco
de
la
hondura
artística
del
fenómeno
de
los
toros.
Realizaremos
un
recorrido
por
la
relación
del
mundo
de
los
toros
con
el
teatro,
la
novela
y
la
poesía
.
Debemos
decir
que
la
representación
del
tema
taurino
en
nuestro
teatro
clásico
ha
sido
escasa
y
poco
significativa.
Ramón
María
del
Valle-Inclán
llegó
a
comentar:
“si
nuestro
teatro
tuviese
el
temblor
de
las
fiestas
de
toros,
sería
magnífico.
Si
hubiese
sabido
transportar
esa
violencia
estética,
sería
un
teatro
heroico
como
La
Iliada...
Una
corrida
de
toros
es
algo
muy
hermoso”.
Pero
desgraciadamente
no
ha
sido
así.
Lope
de
Vega,
escritor
que
abre
la
gran
época
del
teatro
español,
reflejó
en
su
obra
la
vida
y
saber
de
los
españoles
de
su
época,
y
por
tanto
el
tema
taurino
aparece
de
soslayo
en
diferentes
obras
suyas.
Nunca
fue
un
entusiasta
de
la
fiesta,
pero
sí
escribe
sobre
ella
en
“Los
Vargas
de
Castilla”
o
en
su
comedia
“El
marqués
de
las
Navas”.
Con
posterioridad,
Tirso
de
Molina
sí
que
escribe
una
importante
comedia
en
la
que
la
fiesta
de
los
toros
tiene
un
importantísimo
lugar,
la
obra
se
titula
“La
lealtad
contra
la
envidia”.
De
cualquier
forma,
tampoco
es
el
tema
taurino
el
central
de
la
obra,
y
es
más,
parece
que
Tirso
de
Molina
no
era
muy
partidario
de
nuestra
fiesta.
Sí
que
es
más
notable
la
relación
entre
los
toros
y
la
literatura
dramática,
que
aparece
en
la
comedia
de
Juan
Ruiz
de
Alarcón
“Todo
es
ventura”.
Hemos
de
decir
que
los
temas
taurinos
en
el
teatro
de
Calderón
de
la
Barca
son
escasamente
aludidos
y
apenas
pueden
encontrarse
en
su
gran
obra.
En
una
sola
de
su
producción,
“Guárdate
del
agua
mansa”,
aparece
una
ligera
referencia
al
tema
taurino,
en
las
bodas
de
Felipe
IV
y
Mariana
de
Austria.
Entre
los
muchos
entremeses
del
siglo
XVII,
se
encuentra
uno
de
Francisco
de
Quevedo,
“El
zurdo
alanceador”,
en
el
que
se
hace
alguna
referencia
al
tema
que
tratamos.
Con
la
decadencia
del
teatro
costumbrista
español
del
siglo
XVIII,
se
agudiza
la
poca
presencia
del
mundo
taurino
en
este
género
literario.
Al
entrar
en
el
siglo
XIX,
el
teatro
español
se
mantiene
vivo
gracias
al
sainete
y
la
combinación
con
la
música
en
sus
representaciones.
En
este
tiempo
se
hace
famoso
el
monólogo
“Curro
Cúchares”
de
Granés
y
Navarro.
Es
en
la
segunda
mitad
de
este
siglo
donde
el
tema
taurino
irrumpe
de
una
forma
más
influyente
de
la
mano
de
la
zarzuela.
Es
en
1864
cuando
se
estrena,
por
ejemplo,
en
Madrid
la
zarzuela
“Pan
y
toros”,
de
José
Picón,
con
música
de
Francisco
Asenjo
Barbieri.
Llamar
la
atención
sobre
la
fecha
de
1875,
donde
Bizet
estrena
su
ópera
“Carmen”.
Inicialmente
tuvo
un
éxito
escaso,
ya
que
todavía
no
interesaban
mucho
estos
temas,
pero
posteriormente
ha
gozado
del
favor
del
público
a
través
de
varios
siglos.
Cuando
hablamos
de
teatro
en
el
siglo
XX
indudablemente
debemos
comenzar
por
nuestro
gran
genio
dramático,
Jacinto
Benavente,
que
se
alzó
con
el
domino
total
de
la
escena
española
por
lo
menos
durante
cuarenta
años.
El
tema
taurino
aparece
tangencialmente
en
su
comedia
de
1901
“La
gobernadora”.
En
1905
volvería
a
reincidir
Benavente
en
el
tema
taurino,
estrenando
el
sainete
lírico
con
música
de
Chapí,
“La
sobresaliente”.
A
la
vez
que
Benavente
irrumpen
en
la
escena
española
los
hermanos
Serafín
y
Joaquín
Álvarez
Quintero.
En
dos
sainetes
suyos
se
toca
el
tema
taurino,
en
“El
traje
de
luces”,
a
la
que
pusieron
música
el
maestro
Caballeo
y
Hermoso,
que
se
estrenó
en
Sevilla,
y
“Palmas
y
pitos”,
pieza
de
dos
actos,
que
corresponde
a
la
época
de
mayor
madurez
de
los
autores,
y
que
puso
música
el
maestro
Alonso.
Por
el
teatro
variadísimo
de
Carlos
Arniches,
pasan
a
veces
todo
tipo
de
toreros
y
personajes
afines.
Así
en
su
excelente
sainete
“Las
estrellas”
,
el
mundo
de
los
toros
es
el
tema
dramático
de
la
obra.
Debemos
resaltar
el
bellísimo
romance
que
se
describe
en
una
corrida
en
la
plaza
de
toros
de
Ronda,
en
la
obra
de
Federico
García
Lorca,
“Mariana
Pineda”.
En
la
segunda
mitad
del
siglo
XX,
hay
que
hacer
notar
que
el
número
de
obras
teatrales
de
cierta
importancia
que
abordan
el
tema
taurino
es
escaso.
En
1954
Miguel
Mihura
estrenó
su
obra
“El
caso
del
señor
vestido
de
violeta”,
en
la
que
hace
la
caricatura
de
un
torero
“intelectual”.
También
se
acercó
al
tema
taurino
Alfonso
Sastre
en
su
obra
“La
cornada”,
estrenada
en
1960,
que
se
centra
en
la
relación
de
dominio
de
un
apoderado
sobre
su
torero.
En
Mayo
de
1975
se
estrenó
la
obra
“Tauromaquia”
de
Juan
Antonio
Castro,
en
la
que
intentaba
profundizar
en
las
raíces
míticas
de
la
fiesta.
Francisco
Nieva
estrena
en
1982
“Coronada
y
el
toro”,
que
sin
ser
una
obra
taurina,
sí
intervienen
el
torero
y
la
fiesta.
Según
él,
pretendía
hacer
una
liquidación
irónica
de
la
España
negra.
A
Andrés
Amorós
le
complace
mucho
el
hecho
de
que
este
autor
tan
renovador
e
inteligente,
conserve
el
tema
taurino
en
su
obra.
Decir
que
en
1990,
Jaime
de
Armiñán
estrenó
en
Málaga
como
director
la
obra
“Ramírez”,
pieza
de
personajes
y
ambientes
taurinos
de
José
Luis
Miranda.
Por
la
relación
que
ha
tenido
con
Ronda,
debemos
decir
por
último,
en
el
apartado
referido
a
las
artes
escénicas,
que
el
autor
andaluz
Salvador
Távora,
ha
introducido
como
un
elemento
escénico
más
en
su
obra
al
toro.
Así,
tanto
en
su
obra
adaptada
“Carmen”,
como
“El
don
Juan
en
los
ruedos”,
se
da
muerte
a
un
novillo
en
el
transcurso
de
ambas.
En
nuestra
opinión,
estas
obras
que
basan
su
puesta
en
escena
en
la
exaltación
vulgar
de
los
tópicos
del
mundo
de
los
toros
y
del
pueblo
andaluz,
distorsionan
la
auténtica
esencia
de
este
mundo
mágico
al
que
nos
estamos
intentando
acercar
[Para
todo
aquel
que
esté
interesado
en
el
teatro
musical
(zarzuelas,
sainetes
y
revistas”,
existe
un
extenso
estudio
de
este
tipo
de
obras
en
el
tomo
6
de
“El
Cossío”,
en
sus
páginas
114
a
117].
Cambiamos
de
género
literario
y
nos
introducimos
en
el
mundo
de
la
novela.
Por
tanto,
cambiamos
de
tercio.
El
tema
taurino
ha
sido
ampliamente
tratado
en
la
narrativa
a
lo
largo
de
los
siglos,
aunque
la
mayoría
de
los
críticos
literarios
coinciden
en
decir
que
su
tratamiento
ha
sido
muy
tradicional
y
casi
siempre
de
una
forma
externa,
atento
más
a
lo
pintoresco,
por
su
enorme
plasticidad
y
por
lo
cercano
de
la
tradición
de
todo
un
pueblo.
No
ha
tenido
la
novela
en
España
la
fortuna
de
ser
el
género
más
favorecido
por
el
tratamiento
del
tema
taurino,
que
como
veremos
más
adelante
sin
ninguna
duda
ha
sido
la
poesía.
Para
aquellos
que
quieran
conocer
en
detalle
las
múltiples
novelas
del
siglo
XIX
y
XX
que
han
tenido
relación
de
alguna
forma
con
el
mundo
de
los
toros,
aconsejamos
la
obra
de
Alberto
González
Troyano,
“El
torero,
héroe
literario”
[Esta
obra
se
publicó
en
el
año
1988,
y
es
casi
un
trabajo
de
investigación
donde
se
da
una
relación
pormenorizada
de
todas
las
novelas
que
en
esos
siglos
tuvieron
relación
con
el
mundo
taurino].
Nos
serviremos
en
nuestra
exposición
de
los
grandes
periodos
que
han
existido
en
la
novela
española.
El
primero
coincidente
con
el
que
se
ha
llamado
siglo
de
oro
de
nuestras
letras,
que
para
la
novela
puede
considerarse
caducado
al
final
del
primer
tercio
del
siglo
XVII.
El
segundo
periodo
comprende
el
siglo
XIX,
en
el
que
el
genial
realismo
español
se
desarrolla
de
una
forma
esplendorosa.
El
espectáculo
taurino
era
diferente
en
la
época
del
siglo
de
oro
que
en
el
siglo
XIX,
por
tanto,
los
temas
así
como
la
influencia
de
los
toros
en
la
literatura
ha
sido
diferente
en
estos
dos
periodos.
Hay
que
decir
que
ya
en
la
novela
“La
celestina”
de
Fernando
de
Rojas,
se
toca
el
tema
taurino,
únicamente
utilizando
los
personajes
expresiones
propias
de
ese
mundo.
En
el
siglo
XVI,
periodo
en
el
que
la
novela
morisca
está
en
pleno
apogeo,
en
donde
se
tratan
normalmente
romances
fronterizos,
luchas
e
intrigas
entre
los
bandos
existentes
en
España,
también
existen
referencias
a
lo
taurino
en
las
descripciones
de
algunos
fastos
celebrados
para
determinadas
ocasiones.
Así
aparecen
referencias
por
ejemplo
en
la
novela
“Guerras
civiles
de
Granada”
de
Ginés
Pérez
de
Hita.
En
1618
publica
el
rondeño
Vicente
Espinel
su
“Vida
de
Marcos
de
Obregón”,
en
la
que
se
ofrece
un
episodio
taurino,
como
incidente
normal
de
los
caminos
españoles,
que
trata
del
encuentro
con
un
encierro
de
toros,
relatado
con
mucho
humor
e
intención.
Un
hecho
semejante
también
fue
relatado
por
Miguel
de
Cervantes
en
su
obra
universal
“Don
Quijote
de
la
Mancha”.
Para
acabar
con
este
periodo
literario,
debemos
citar
el
libro
“Amor
con
vista”
de
Juan
Enriquez
de
Zúñiga.
Es
la
primera
vez
que
entra
un
lance
taurino
en
la
novela
como
elemento
realista
y
parte
del
conjunto
de
circunstancias
reales
que
han
de
constituir
el
fondo
de
la
relación
novelesca.
El
siglo
XIX
comienza
con
las
obras
de
diferentes
viajeros
románticos
foráneos
que
describen
no
sólo
el
espectáculo
sino
su
ambiente,
como
hecho
representativo
de
un
pueblo.
Un
primer
ejemplo
es
la
obra
“Le
toréador”
de
la
duquesa
de
Abrantes,
que
fue
el
precedente
inexcusable
de
la
más
famosa
novela
propiamente
taurina
del
romanticismo
francés,
“La
Militone”
de
Teófilo
Gautier,
conocida
en
España
como
“Los
amores
de
un
torero”.
El
nombre
de
Cecilia
Böhl
de
Faber,
que
firmaba
con
el
pseudónimo
de
Fernán
Caballero,
abre
sin
duda
el
ciclo
de
nuestra
novela
de
costumbres.
Como
hecho
anecdótico
decir
que
estaba
casada
en
terceras
nupcias
con
el
rondeño
Antonio
Arrom
y
Morales
de
Ayala,
primer
cónsul
español
que
ejerció
como
tal
en
la
lejana
Australia
[El
escritor
Francisco
Garrido
en
el
número
9
de
la
revista
“AllegrO”,
editada
en
Ronda,
hace
un
estudio
muy
interesante
de
este
rondeño
universal
que
fue
Antonio
Arrom,
y
de
su
relación
con
su
esposa.
Recomendamos
vivamente
su
lectura].
En
“La
Gaviota”
la
autora
cumple
un
ambicioso
proyecto
de
retratar
a
todas
las
clases
españolas,
así
como
sus
costumbres.
De
esta
forma
se
topó
con
la
fiesta
taurina.
Debido
al
desconocimiento
que
tenía
de
ella,
sus
descripciones
carecen
de
valor
técnico,
aunque
si
refleja
con
la
fidelidad
a
las
gentes
de
los
toros.
En
el
vasto
panorama
español
descrito
en
los
“Episodios
Nacionales”
por
Benito
Pérez
Galdós,
no
podían
faltar
alusiones
o
pasajes
de
la
fiesta
taurina,
si
bien
no
de
una
forma
profusa,
debido
consideramos
a
que
el
autor
no
era
aficionado
a
nuestra
fiesta
nacional.
En
1897
publicó
Arturo
Reyes
su
novela
“Cartucherita”,
que
sobre
la
base
de
un
triángulo
amoroso,
describe
minuciosamente
las
costumbres
malagueñas
populares.
La
única
novela
taurina
realista
importante
en
estos
años
es
“Un
buscador
de
oro”,
publicada
en
1911,
original
del
escritor
taurino
Juan
Guillén
Sotelo,
que
utilizó
el
pseudónimo
de
El
Bachiller
González
de
Ribera.
Trata
de
un
joven
de
familia
adinerada
y
distinguida,
que
busca
en
el
toreo
la
notoriedad
que
no
había
sabido
conseguir
con
una
profesión
acorde
con
su
cultura,
posición
y
educación
[En
Agosto
de
1913
en
Granada
se
celebró
un
homenaje
a
este
autor,
Juan
Guillén
Sotelo].
Dentro
de
lo
que
se
conoce
como
novela
naturalista,
dos
obras
españolas
tratan
de
temas
taurinos.
Por
una
parte
está
“Luis
Martínez,
el
espada”
de
Eduardo
López
Bago
de
1886,
y
por
otra,
“Sangre
y
arena”
de
Vicente
Blasco
Ibáñez
de
1908.
Nos
detendremos
por
su
importancia
en
esta
segunda.
El
plan
de
la
novela
es
tan
exiguo
de
trama
como
ambicioso
en
el
afán
de
retratar
la
totalidad
del
ambiente
taurino.
En
toda
ella
se
sigue
rigurosamente
la
técnica
naturalista,
con
una
prolija
minuciosidad
en
las
descripciones.
Al
gran
periodo
realista
del
siglo
XIX,
sucede
una
crisis
en
la
novela.
La
llamada
generación
del
98
no
ofrece
para
el
tema
taurino
contribución
alguna
importante
en
el
terreno
de
la
novela,
al
contrario
de
lo
que
ocurre
con
los
hermanos
Machado
en
la
poesía.
Pío
Baroja
o
Azorín
sólo
pasan
de
puntillas
por
el
tema.
Citaremos
dos
novelas
posteriores
con
poco
valor
literario,
pero
que
tuvieron
una
enorme
difusión
ya
que
ambas
fueron
llevadas
al
cine.
La
primera
es
“El
niño
de
las
monjas”
de
Juan
López
Núñez,
y
la
segunda
es
“Currito
de
la
Cruz”
[La
novela
fue
llevada
al
cine
en
el
año
1965
de
la
mano
de
Rafael
Gil.
Fue
interpretada
por
Manuel
Cano
“El
Pireo”,
Francisco
Rabal,
Arturo
Fernández,
Soledad
Miranda,
Manuel
Morán,
Julia
Gutiérrez
Caba
y
Adrián
Ortega.
Tuvo
un
enorme
éxito,
y
aún
se
vende
en
forma
de
película
de
vídeo
entre
los
amantes
del
mundo
de
los
toros]
del
revistero
Alejandro
Pérez
Lugin.
Lugar
aparte
y
singular
debe
ocupar
la
novela
de
Ramón
Gómez
de
la
Serna,
“El
torero
Caracho”.
En
ella
las
costumbres
taurinas
están
aludidas
y
transfiguradas
poéticamente.
En
la
segunda
mitad
del
siglo
XX,
destaca
entre
todos,
nuestro
escritor
universal
Camilo
José
Cela,
que
se
ocupó
del
tema
taurino
en
su
obra
debido
a
su
gran
afición,
hecho
que
analizaremos
en
el
siguiente
apartado.
Una
novela
que
alcanzó
una
gran
popularidad
fue
“Los
clarines
del
miedo”,
finalista
del
Premio
Nadal
de
1956,
que
consagró
a
su
autor,
Ángel
María
de
Lera.
En
el
año
1958
se
concedió
el
Premio
Ateneo
de
Valladolid
a
la
novela
corta
“Blanquito,peón
de
Brega”
de
Jorge
Cela
Trulock.
Citar
por
último
tres
novelas
más.
“La
gran
temporada”
de
Fernando
Quiñones
de
1960,
“Topical
Spanish”
de
Antonio
Burgos
de
1973
y
“De
miedo
y
oro”
de
Rafael
Herrero
Mingorance
del
año
1980.
No
podríamos
finalizar
este
recorrido
por
la
novela,
sin
acercarnos
a
algunas
obras
y
autores
extranjeros.
Nos
detendremos
en
tres
autores:
Peter
Viertel,
Jean
Cau
y
Ernest
Hemingway.
En
1964
Peter
Viertel
publica
su
novela
“Love
Lies
Bleeding”.
El
autor,
marido
de
la
actriz
Deborah
Kerr,
que
era
guionista
cinematográfico
de
éxito,
acompañó
a
Luis
Miguel
Dominguín
durante
un
tiempo,
y
esa
experiencia
es
la
que
refleja
en
su
novela.
El
francés
Jean
Cau
acompañó
a
Jaime
Ostos
durante
la
temporada
de
1960
y
de
ahí
surgió
su
libro
“Las
orejas
y
el
rabo”,
traducido
al
castellano
en
1964.
No
podemos
dejar
de
recordar
a
Ernest
Hemingway
y
su
novela
“Fiesta”.
Gracias
a
ella
se
ha
dado
a
conocer
nuestra
fiesta
nacional
a
todo
el
mundo.
Presenta
los
Sanfermines
de
Pamplona,
poco
después
de
concluir
la
primera
guerra
mundial.
El
torero
rondeño
Niño
de
la
Palma
(en
la
novela
Pedro
Romero)
tiene
entonces
diecinueve
años,
es
una
promesa
y
encandila
al
autor
norteamericano.
Posteriormente
publica
“El
verano
sangriento”
en
1959,
en
la
que
describe
la
competencia
entre
dos
grandes
maestros
Luis
Miguel
Dominguín
y
Antonio
Ordóñez,
hijo
del
Niño
de
la
Palma
que
años
atrás
ya
le
había
cautivado.
Esta
obra
apareció
como
libro
póstumo
del
autor,
en
el
que
se
reunían
una
serie
de
artículos
que
escribió
para
la
revista
Life
que
después
se
ampliaron.
El
autor
norteamericano
ha
sido
ampliamente
criticado
desde
muchos
sectores
taurinos
acusándole
de
poco
conocimiento
del
mundo
del
toro,
así
como
de
su
excesiva
parcialidad
a
la
hora
de
describir
y
tomar
partido
por
determinado
torero.
Andrés
Amorós
[Andrés
Amorós
ese
mismo
verano
en
el
que
Hemingway
acompañaba
a
Antonio
Ordónez,
él
lo
hacía
al
lado
de
su
padre
con
Luis
Miguel
Dominguín]
señala
que
en
“El
verano
sangriento”
no
reflejó
la
verdad
de
la
rivalidad
de
dos
astros
del
toreo,
sino
la
que
él
quiso
ver[El
autor
norteamericano
se
suicidó
en
Julio
de
1961,
un
año
después
de
concluir
ese
libro,
de
ahí
que
algunos
piensen
que
en
esa
obra
él
toma
un
excesivo
protagonismo
y
desvirtua
en
exceso
la
realidad
taurina
que
observó
ese
verano.
Podemos
decir
que
si
hubiese
ocurrido
así,
su
reacción
puede
definirse
de
lógica
y
humana.]
Su
mérito
hay
que
buscarlo
en
la
gran
capacidad
narrativa
que
tiene
Hemingway,
que
en
muchas
ocasiones
nos
hace
sentir
hasta
sensaciones
físicas
con
la
lecturas
de
sus
libros,
y
no
en
su
conocimiento
mayor
o
menor
del
mundo
de
los
toros.
También
es
de
entender
que
sintiera
una
inicial
predilección
por
Antonio
Ordoñez,
ya
que
conocía
a
su
padre
y
viajaba
con
él
en
coche
y
avión
[El
escritor
y
el
torero
rondeño
tuvieron
un
gran
amistad.
En
la
ciudad
de
Ronda,
hay
incluso
uno
de
los
más
bellos
paseos
que
lleva
el
nombre
del
escritor,
por
sus
visitas
a
la
“ciudad
soñada”].
Por
tanto,
quedémonos
con
sus
valores
narrativos,
y
no
pongamos
el
acento
en
la
realidad
taurina
que
él
describe,
porque
seguramente
nos
pueda
incitar
al
error.
Sólo
nos
resta
lidiar
con
lo
que
ha
supuesto
la
fiesta
nacional
en
la
poesía.
Decir
que
nuestros
poetas
supieron
darse
cuenta
desde
bien
pronto
de
las
posibilidades
artísticas
que
la
inspiración
taurina
podía
proporcionarles,
sobre
todo
los
poetas
contemporáneos.
La
apasionada
afición
que
el
pueblo
siente
por
la
fiesta
taurina
le
hace
asunto
predilecto
de
inspiraciones
populares
poéticas.
Dentro
de
la
poesía
medieval,
los
poemas
que
encontramos
en
la
“Crónica
general”
integran
la
primera
corriente
de
la
poesía
narrativa
taurina.
Por
ejemplo,
el
“Poema
del
Mio
Cid”
no
menciona
en
ninguna
de
sus
partes
tema
taurino
alguno,
sí
que
aparece
alguno
en
su
prosificación.
La
mención
de
la
fiesta
de
los
toros
en
el
siglo
XV
es
corriente
en
muchos
textos
poéticos.
El
pasaje
más
importante
es
el
que
se
encuentra
en
la
poesía
de
Lope
de
Vega
,
“La
hermosura
de
Angélica”.
También
aparecen
algunos
romances
moriscos
con
esta
temática,
por
ejemplo
en
“Flor
de
varios
romances
nuevos”
de
Pedro
de
Moncayo.
Ya
en
el
siglo
XVII,
no
hizo
Góngora,
que
fue
muy
aficionado
a
los
toros,
relaciones
taurinas
en
verso,
pero
su
estética
influyó
decisivamente
en
el
carácter
de
ellas.
Así
sucede
con
la
obra
del
granadino
Pedro
Soto
de
Rojas,
“Elogio
a
las
fiestas
que
se
hicieron
en
Granada
por
Septiembre
de
1609”.
El
siglo
XVIII
había
de
dar
la
composición
más
importante
de
toda
la
poesía
taurina
de
la
época.
Nos
referimos
a
la
obra
de
Nicolás
Fernández
de
Moratín,
“Carta
histórica
sobre
el
origen
y
progresos
de
la
fiesta
de
toros
en
España”.
Este
autor
era
un
auténtico
enamorado
de
la
fiesta
y
así
lo
reflejó
en
su
obra.
Anteriormente
hemos
leído
unos
versos
de
él.
Siguiendo
el
hilo
conductor
de
la
poesía
morisca
nos
encontramos
en
el
siglo
XIX,
dos
poemas
narrativos
bellísimos.
Por
una
parte,
“Los
toros”
del
Duque
de
Rivas,
y
por
otra,
“Toros
y
cañas”,
de
José
Velarde.
Dentro
de
la
tendencia
realista
del
siglo
XIX,
encontramos
la
descripción
de
una
corrida
de
toros
en
el
poema
“Poema
Nacional”,
del
autor
malagueño
Salvador
Rueda.
Desde
finales
del
siglo
XIX,
mientras
una
corriente
poética
se
mantiene
en
las
maneras
tradicionales
de
hacer
poesía,
ya
se
atisban
movimientos
en
otro
sentido,
en
un
nuevo
modo
de
expresarse
con
versos.
Así
aparece
el
modernismo,
con
Ruben
Darío
y
su
poema
“Gesta
del
coso”.
También
aparecen
los
hermanos
Manuel
y
Antonio
Machado.
Manuel
ve
la
fiesta
con
un
puro
interés
estético
en
su
obra
“La
fiesta
nacional”.
De
diferente
carácter
son
las
alusiones
a
la
fiesta
de
su
hermano
Antonio,
en
cierta
manera
como
elemento
de
crítica
a
la
generación
que
le
precedió.
La
sensibilidad
excepcional
de
Juan
Ramón
Jiménez,
le
lleva
a
que
en
ocasiones
aparezca
el
tema
taurino
en
su
obra,
considerando
al
toreo
como
la
personificación
del
garbo
y
la
legendaria
galantería
española.
Con
posterioridad
nos
encontramos
frente
a
la
llamada
“Generación
del
27”,
tan
unida
al
diestro
Ignacio
Sánchez
Mejías,
como
estudiaremos
en
el
siguiente
apartado.
A
algunos
poetas
de
esta
generación
les
debemos
quizás
los
versos
más
sentidos
que
se
han
escrito
a
propósito
de
la
fiesta
nacional.
Hay
pocos
amantes
de
la
poesía
que
no
conozcan
los
versos
que
dedicó
Federico
García
Lorca
a
su
amigo
Ignacio
Sánchez
Mejías
cuando
éste
murió
tras
complicársele
una
herida
por
asta
de
toro.
Su
obra
se
llamó
“Llanto
por
la
muerte
de
Ignacio
Sánchez
Mejías”.
¡Qué
espléndida
elegía
para
un
amigo!
Recordemos
algunos
versos:
No
hubo
príncipe
en
Sevilla
que
comparársele
pueda,
ni
espada
como
su
espada,
ni
corazón
tan
de
veras.
Qué
gran
torero
en
la
plaza,
qué
gran
serrano
en
la
sierra,
qué
blando
con
las
espigas,
qué
duro
con
las
espuelas,
qué
tierno
con
el
rocío,
qué
deslumbrante
en
la
feria,
qué
tremendo
con
las
últimas
banderillas
de
tinieblas.
Si
siempre
recordaremos
los
versos
de
Lorca,
el
mundo
de
los
toros
le
debe
mucho
a
la
pluma
del
poeta
universal
Gerardo
Diego.
Posiblemente
el
que
más
se
prodigara
con
el
tema
taurino
entre
los
de
su
generación.
Tiene
obras
como
la
elegía
a
la
muerte
de
“Joselito”,
“
Las
largas
de
Rafael
el
Gallo”,
“Oda
a
Belmonte”,
y
muchas
más.
Llaman
la
atención
la
frescura
de
sus
versos
dedicados
a
Manolo
Bienvenida:
Es
más
azul
el
cielo
para
las
golondrinas,
desde
que
juega
al
toro
Manolo
Bienvenida.
La
profundidad
de
la
poesía
de
Gerardo
Diego
puede
percibirse
en
los
versos
dedicados
a
Belmonte:
Ya
retumba
y
resuena
la
hueca
palma
y
el
vivaz
jaleo,
cuando
de
pronto
surge
el
centelleo
de
un
dios
chaval
pisando
la
arena...
Allá
va
el
robinsón
de
las
Españas,
raptor
de
ninfas,
vengador
de
Europas,
sin
más
armas
ni
ropas
que
un
leve
hatillo,
incólume
del
río.
Rafael
Alberti
también
gozó
de
la
amistad
del
torero
malogrado
Sánchez
Mejías,
y
también
introdujo
el
tema
taurino
en
muchas
de
sus
composiciones,
como
ya
hemos
podido
observar.
Son
conocidas
sus
obras
“Verte
y
no
verte”,
“Palco”
o
“Corrida
de
toros”.
Mención
especial
hay
que
hacerle
al
gran
conocedor
del
mundo
taurino
que
fue
Miguel
Hernández,
que
en
su
obra
“El
rayo
que
no
cesa”,
dejó
constancia
de
la
misma
[Miguel
Hernández
fue
colaborador
habitual
de
la
obra
“Los
toros”
de
Cossío].
La
generación
de
poetas
denominada
del
medio
siglo
XX,
también
se
prodigó
en
el
tema
taurino.
Destacan
autores
como
Fernando
Quiñones,
Francisco
Brines
o
Claudio
Rodríguez,
del
que
reproducíamos
unos
versos
con
anterioridad.
Hay
que
decir
con
cierta
alegría
que
en
la
actualidad,
los
temas
taurinos
también
están
siendo
fecundos
en
los
nuevos
poetas,
y
confiemos
que
siga
siendo
así.
Finalizamos
nuestro
breve
recorrido
por
la
interelación
que
ha
existido
a
lo
largo
de
los
siglos
entre
la
literatura
y
el
mundo
de
los
toros.
Sin
lugar
a
dudas,
nos
hemos
dejado
autores
y
obras,
algunas
relevantes,
en
nuestra
descripción,
pero
en
aras
de
que
ésta
no
fuese
tediosa,
hemos
renunciado
a
la
exhaustividad.
PROTAGONISTAS
DE
LA
AVENTURA
DE
LOS
TOROS
EN
LA
LITERATURA
Tras
realizar
el
sucinto
recorrido
de
la
influencia
que
ha
tenido
el
mundo
de
los
toros
en
la
literatura
de
diferentes
siglos,
y
muy
especialmente
de
la
del
siglo
XX,
nos
vemos
obligados
a
detenernos
en
tres
personajes
muy
importantes:
Juan
Belmonte,
Ignacio
Sánchez
Mejías
y
Camilo
José
Cela.
Por
motivos
diferentes,
como
vamos
a
poder
comprobar,
estas
tres
grandes
personalidades
pueden
encarnar
en
sus
vidas
esta
bonita
simbiosis
de
manifestaciones
artísticas,
como
son
la
tauromaquia
y
la
literatura.
Juan
Belmonte
García
fue
el
creador
del
toreo
actual.
Algunos
autores,
como
Marceliano
Ortiz
[Es
el
autor
del
magnífico
“Diccionario
de
la
Tauromaquia”
de
la
editorial
Espasa,
en
el
que
el
buen
aficionado
puede
encontrar
una
buena
ayuda],
consideran
que
fue
el
primer
torero
con
estilo,
ya
que
fue
el
primero
que
se
quedó
quieto
ante
el
toro
y
el
primero
que
en
verdad
mandó
con
los
engaños,
templando
la
embestida
como
nadie.
Nació
en
Sevilla
y
formó
con
Joselito
la
pareja
más
famosa
de
todos
los
tiempos,
y
algunos
reconocen
a
esta
época
como
la
de
oro
del
toreo.
Joselito
encarnó
la
perfección,
representó
fielmente
los
ideales
que
las
lógicas
y
antiguas
leyes
taurinas
habían
dictado.
Belmonte,
por
el
contrario,
fue
un
torero
de
arte.
Posiblemente
propició
que
el
toreo
como
se
entiende
en
la
actualidad
se
considerara
un
arte.
Juan
Belmonte
fue
uno
de
los
primeros
toreros
que
acercó
a
la
intelectualidad
a
los
toros,
a
principios
del
siglo
XX.
En
1912,
tras
su
debut
como
novillero
en
Madrid,
un
grupo
de
intelectuales,
entre
los
que
se
encontraban
Valle-Inclán,
Pérez
de
Ayala,
Romero
de
Torres
y
Sebastián
Miranda
entre
otros,
le
ofreció
una
comida
en
un
restaurante
madrileño
del
parque
del
retiro.
Definieron
el
toreo
en
el
texto
de
la
convocatoria
como
una
“manifestación
estética
de
alto
rango
nada
despreciable”.
Valle-Inclán
posiblemente
era
el
autor
que
consideraba
más
a
Belmonte
como
genio
artístico.
En
un
momento
dado,
llegó
a
decirle
al
maestro:
“no
le
falta
más
que
morir
en
la
plaza”.
La
respuesta
del
torero
fue
genial:”se
hará
lo
que
se
pueda
don
Ramón”
[Esta
anécdota
la
cuenta
el
fantástico
Juan
Posada
en
su
libro
“La
fiesta
del
siglo
XXI”
en
su
página
93].
El
torero
trianero
asistió
a
lo
largo
de
su
vida
a
muchas
tertulias
de
intelectuales
de
la
época,
ya
que
figuraba
como
gran
figura
del
toreo
además
de
persona
interesada
por
las
letras.
Escribió
prólogos
de
libros,
e
incluso
dictó
conferencias.
Esto
hizo
que
no
todos
estuvieran
de
su
parte,
y
defendieran
el
clasicismo
de
Joselito
a
toda
costa.
Sus
detractores
solían
acusarle
precisamente
de
no
tener
afición.
Sin
duda,
Juan
Belmonte
fue
el
torero
que
construyó
con
su
arte
y
su
mentalidad
los
primeros
puentes
de
encuentro
con
los
intelectuales
y
escritores
que
estaban
fascinados
con
la
fiesta.
Unos
años
más
tarde,
el
torero
Ignacio
Sánchez
Mejías,
acercó
el
mundo
de
las
cosos
taurinos
y
el
de
las
letras
como
nadie
lo
había
hecho
antes.
Fue
una
figura
de
los
toros,
aunque
no
de
las
mayores,
en
una
época
en
la
que
la
fiesta
alcanzó,
como
decíamos
anteriormente,
su
edad
de
oro
con
Joselito
y
Belmonte.
Sánchez
Mejías
estaba
casado
con
una
hermana
del
primero,
y
fue
espectador
de
su
muerte
en
Talavera
de
la
Reina
en
1920.
No
fue
un
torero
artista
ni
de
época,
pero
le
caracterizó
siempre
su
enorme
arrojo
y
valor
para
enfrentarse
al
toro.
En
Julio
de
1927
,
dueño
de
una
fortuna
considerable,
se
retiró
de
los
toros.
Para
entonces
era
muy
amigo
de
escritores
y
poetas,
y
había
dado
muestras
de
su
afición
a
la
literatura.
Procedía
de
una
familia
acomodada,
su
padre
y
un
hermano
suyo
eran
médicos,
y
él
había
cursado
unos
años
de
bachillerato.
Unos
meses
antes
de
su
retirada
entabló
amistad
con
Alberti,
a
través
de
José
María
de
Cossío.
Tuvo
conocimiento
de
que
una
serie
de
poetas
jóvenes
españoles
proyectaban
hacerle
a
Góngora,
poeta
que
admiraba,
un
homenaje
en
el
tercer
centenario
de
su
muerte
y
ayudó
a
que
este
se
organizara
lo
mejor
posible
y
fuese
posible
su
celebración.
Gracias
a
su
generosidad,
este
homenaje
se
celebró
en
Sevilla
el
11
de
diciembre
de
1927.
A
su
costa
viajaron
a
Andalucía,
Rafael
Alberti,
Gerardo
Diego,
Chabás,
José
Bergamín,
García
Lorca,
Jorge
Guillén
y
Dámaso
Alonso.
Luis
Cernuda
y
el
ganadero
y
poeta
Fernando
Villalón
recibieron
a
los
viajeros.
Este
homenaje
ha
tenido
una
repercusión
muy
grande
en
la
historia
de
la
poesía
castellana
del
siglo
XX,
ya
que
al
grupo
de
poetas
que
se
reunieron
en
ese
foro
en
Sevilla,
se
les
denominó
con
posterioridad
la
Generación
del
27,
tan
relevante
y
decisiva
en
nuestra
poesía.
Alberti
recordaba
aquellos
actos
con
mucho
cariño,
y
sobre
todo
le
llamó
mucho
la
atención
la
pasión
con
la
que
el
público
presente
aplaudía
las
intervenciones
de
los
jóvenes
poetas
[En
el
libro
de
Rafael
Alberti
“La
arboleda
perdida”,
editado
por
Seix
Barral,
podemos
encontrar
las
referencias
a
los
recuerdos
de
lo
que
sucedió
en
el
homenaje
a
Góngora
en
1927
en
Sevilla
en
su
Ateneo].
La
amistad
que
fraguó
Sánchez
Mejías
con
esta
generación
de
poetas
posiblemente
hizo
que
se
escribieran
muchos
de
los
mejores
versos
que
se
han
escrito
sobre
el
mundo
de
los
toros
jamás.
No
podemos
dejar
de
lado,
como
en
el
apartado
anterior
hemos
glosado,
la
impresionante
influencia
que
han
ejercido
los
versos
de
Federico
García
Lorca
en
su
“Llanto
por
Ignacio
Sánchez
Mejías”
sobre
las
generaciones
posteriores
tanto
de
aficionados,
como
de
toreros
y
de
escritores.
La
fiesta
le
debe
mucho
a
esos
versos,
que
han
identificado
por
muchos
años
a
la
poesía
con
el
toreo
[Volvemos
a
señalar
lo
interesante
de
la
lectura
de
la
edición
del
“Llanto
por
Ignacio
Sánchez
Mejías”
de
Federico
García
Lorca
realizada
por
Miguel
García-Posada
en
Clásicos-Castalia,
en
la
que
hace
una
magnífica
labor
de
investigación
histórica
acerca
de
los
orígenes
e
influencias
de
estos
versos
eternos].
No
debemos
olvidar
que
este
diestro,
escribió
tres
obras
de
teatro:
“Sinrazón”,”
Zaya”
y
“
Ni
más,
ni
menos”.
Fueron
estrenadas
en
el
teatro
Calderón
de
Madrid
por
la
compañía
teatral
Guerrero-Mendoza.
El
periodista
de
la
época,
Francisco
Lucientes,
lo
presentaba
como
el
torero
que
mientras
derrochaba
coraje
con
los
toros,
leía
a
Freud
y
se
disponía
a
conseguir
otra
gloria
más
serena
que
la
de
las
plazas.
Para
entender
el
reflejo
de
la
fiesta
de
los
toros
en
las
letras,
es
irrenunciable
el
leer
y
releer
los
versos
que
nuestro
poeta
universal,
Federico
García
Lorca,
le
escribió
a
Ignacio
Sánchez
Mejías.
Por
último,
también
nos
gustaría
acercarnos
a
una
faceta
de
nuestro
escritor
universal,
Camilo
José
Cela,
que
es
poco
conocida,
y
que
no
es
otra
que
la
de
su
relación
con
el
mundo
de
los
toros.
Nuestro
académico
de
la
Lengua,
Premio
Nobel
de
Literatura
1989
y
Premio
Cervantes
1995,
desde
su
juventud
se
sintió
atraído
por
el
mundo
de
los
toros,
e
incluso
practico
el
noble
arte
de
torear
por
diferentes
pueblos
de
la
geografía
española
como
becerrista,
con
peor
éxito
que
el
que
le
iban
a
deparar
las
letras.
En
la
biografía
escrita
por
su
hijo
[Camilo
José
Cela
Conde
“Cela,
mi
padre”,
1989],
da
fe
de
la
afición
de
su
padre
e
incluso
reproduce
diferente
fotografías
en
diferentes
momentos
de
su
relación
activa
con
los
toros,
como
las
de
una
tienta
con
Luis
Miguel
Dominguín.
Son
variadas
y
numerosas
las
obras
que
tiene
Cela
de
tema
estrictamente
taurino,
que
no
hace
muchos
años
se
han
recogido
todas
en
un
volumen
denominado
“Torerías”,
ilustrado
por
Fernando
Vinyes
[Este
libro
está
editado
por
Espasa
Calpe,
cuenta
con
una
presentación
de
Andrés
Amoros,
y
está
en
la
Colección
La
Tauromaquia].
En
1951
publicó
“El
gallego
y
su
cuadrilla”,
con
claros
trazos
autobiográficos.
Después
en
1963,
“Toreo
de
Salón”,
y
así
un
número
considerable
de
otros
títulos.
No
debemos
olvidar
sus
prólogos
de
diferentes
obras
taurinas,
como
“El
torerillo
de
invierno”
de
Mariano
Tudela,
o
el
“Diccionario
ilustrado
de
términos
taurinos”
de
Luis
Nieto
Manjón.
Andrés
Amorós
ha
estudiado
la
relación
de
la
obra
de
Cela
con
el
mundo
de
los
toros,
la
influencia
que
ha
ejercido
en
él,
y
afirma
que
nuestro
admirado
escritor
ve
la
fiesta
como
lo
que
sin
duda
es,
además
de
un
espectáculo:
una
gran
metáfora
de
la
vida
[Andrés
Amorós
analiza
en
su
libro
“Escritores
ante
la
Fiesta”
la
figura
de
Cela
y
su
relación
con
los
toros
de
una
forma
amena
y
muy
rigurosa,
desde
la
perspectiva
del
conocedor
de
la
literatura
y
la
tauromaquia].
Acercarnos
a
estos
tres
personajes
considero
que
nos
brinda
una
perspectiva
más
cercana
de
lo
próximo
que
han
estado
y
estarán
siempre
las
letras
y
las
verónicas.
SALUDAR
DESDE
EL
TERCIO
Cuando
un
torero
acaba
la
lidia
de
un
toro
y
ha
cuajado
una
gran
faena,
y
se
le
han
saltado
las
lágrimas
con
cada
pase
como
le
ocurrió
en
una
ocasión
a
Rafael
el
Gallo,
el
prólogo
y
epílogo
de
su
obra
se
superponen,
sus
sueños
mejor
guardados
son
en
ese
momento
una
viva
realidad.
Que
extraña
sensación
será
la
que
siente
el
torero
artista,
que
sólo
le
es
dada
a
él,
y
que
tantos
han
soñado
con
ella.
Nuestro
gran
Ortega
y
Gasset
llegó
un
día
a
decir:
“hubiera
cambiado
mi
fama
por
esa
otra
gloria
que
sólo
es
dable
a
los
matadores
de
toros”.
Que
se
debe
sentir
cuando
después
de
siete
meses
sin
torear
en
ninguna
plaza,
en
el
Domingo
de
Resurrección
en
la
Maestranza
de
Sevilla,
se
abre
su
Puerta
del
Principe
por
derecho
y
por
dibujar
unas
manoletinas
que
serán
el
sueño
de
mucho
de
los
aficionados
a
este
mundo,
como
ha
ocurrido
en
este
año
con
José
Tomás
[El
diestro
de
Pegalajar
abrió
la
Puerta
del
Principe
de
la
plaza
de
toros
de
la
Real
Maestranza
de
Caballería
de
Sevilla
el
Domingo
de
Resurrección
del
año
2001,
tras
cortar
primero
una
oreja
a
su
primer
toro,
y
al
segundo
de
su
lote
arrancarle
literalmente
sus
dos
preciados
apéndices.
Nunca
antes
José
Tomás
había
salido
por
esa
puerta
en
el
coso
sevillano.
He
de
decir
que
posiblemente
sea
el
torero
al
que
más
devoción
tengo,
y
no
me
cabe
la
menor
duda
de
que
será
un
torero
de
época].
La
literatura
ha
intentado
expresarlo
como
hemos
podido
observar
a
lo
largo
de
muchos
años.
Pero
¿lo
ha
conseguido?
Considero
que
uno
de
los
profesionales
que
mejor
puede
conocer
esa
sensación,
es
precisamente
el
médico.
El
torero
sueña
con
pases,
quites;
el
médico
sueña
con
enfermos,
con
su
consuelo.
Son
ambos
protagonistas
de
sus
profesiones
por
vocación,
por
esa
llamada
interior
a
la
que
no
pueden
renunciar.
En
su
día
a
día
saben
mucho
de
sacrificio,
de
renuncias.
Aunque
viven
de
su
técnica,
ambos
pueden
elevar
a
ésta
a
las
cotas
del
arte.
No
son
esquivos
a
la
afrenta
a
la
muerte
y
saben
de
los
terrenos
cercanos
y
más
íntimos
en
los
que
se
mueve
el
hombre.
El
buen
médico
y
médico
bueno,
como
los
buenos
toreros
disfrutan
con
la
gloria
efímera
que
significa
saludar
desde
el
tercio,
sólo
unos
segundos
y
después
desaparecer
tras
las
tablas.
Dijo
un
día
Juan
Belmonte
que
se
torea
como
se
es,
y
ese
le
ocurre
también
al
médico,
su
medicina
es
un
reflejo
de
su
alma.
No
me
cabe
duda
que
muchos
médicos
anónimos
han
tenido
el
sueño
de
abrir
la
puerta
grande,
pero
la
vida
les
ha
hecho
ver
que
lo
suyo
es
sólo
saludar
desde
el
tercio,
y
disfrutar
en
su
fuero
interno
de
esa
música
callada,
que
no
es
otra
cosa
que
la
satisfacción
de
realizar
un
trabajo
bien
hecho,
y
que
cantó
para
el
mundo
de
los
toros
Rafael
Alberti
[El
poema
se
llama
“La
música
callada
del
toreo”,
y
reproducimos
sus
dos
últimas
estrofas.
El
poema
se
lo
dedicó
Alberti
a
su
amigo
Bergamín,
y
éste
lo
utilizó
para
un
libro
suyo
muy
conocido
sobre
el
mundo
de
los
toros],
con
una
dedicatoria
especial
a
José
Bergamín,
que
dice
así:
Un
prodigioso
mágico
sentido,
un
recordar
callado
en
el
oído
y
un
sentir
que
en
mis
ojos
sin
voz
veo.
Una
sonora
soledad
lejana,
fuente
sin
fin
de
la
que
insomne
mana
la
música
callada
del
toreo.
Querida
cuadrilla,
pleguemos
los
capotes,
despidámonos
del
público,
y
salgamos
de
esta
plaza
sin
hacer
ruido.
CONTESTACIÓN
del
Dr.
Ángel
Rodríguez
Cabezas
|