CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO EN LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE MÉDICOS ESCRITORES Y ARTISTAS DEL DR. JOSE ANTONIO TRUJILLO RUIZ
Ronda, 17 de mayo de 2001

del Dr. Angel Rodríguez Cabezas
 

En los carteles han puesto un nombre que no lo puedo olvidar: José Antonio Trujillo Ruiz.
Concluyendo está la corrida a la que, en esta tarde de mayo, estamos asistiendo en este coso del palacio de Mondragón. La autoridad competente, presidente más que alguacilillo, el Dr. Antonio Castillo Ojugas, ordenó dar comienzo el espectáculo, y el diestro, doctorando en la Asociación Española de Médicos Escritores ha rematado una excelente faena, justa en tiempo, ajustada y aderezada de bellísimos lances literarios.
Concluyendo, digo, está el espectáculo con mi actuación de improvisado puntillero, deseando acertar a la primera y que el toro no se levante, que se lo lleven las mulillas al desolladero y que el presidente entregue al nuevo miembro de la Asociación los trofeos justamente ganados en esta singular lidia (su título de miembro numerario).
En el curso de la lidia el diestro ha rastreado en la literatura y nos ha presentado un claro muestreo de cómo en ella está representado el mundo de los toros, y toda la faena la ha hecho muy cerquita, a escasos metros de una de las más bonitas y antiguas plazas de toros, la de esta ciudad de Ronda. Pero no es ciertamente la de Ronda la plaza de toros más antigua -y aunque la clasificación cronológica de construcción de cosos taurinos es hoy asunto baladí- mejor es dejar las cosas en su cabal sitio y precisar que la plaza de Santa Cruz de Mudela, en la Mancha, en la provincia de Ciudad Real, de planta cuadrada o rectangular, adosada a un templo, data del año 1641, habiendo sido restaurada en 1984; que la de Béjar en Salamanca fue mandada construir en piedra por D. Juan de Zúñiga para 4200 asistentes, en 1711; que en la calle Barquillo en Madrid se inauguró un coso taurino el 22 de junio de 1743; que la de Almaden data de 1757; mientras que la construida en esta ciudad de Ronda es del año de gracia de 1784. Otras construcciones donde se ofrecen corridas de toros son aún más vetustas, aunque bien es cierto que en origen no fueron fundadas para dar en ellas festejos taurinos, como sucede con el Coliseo Romano de Nimes, edificación fechada antes de Cristo y hoy convertida en una aceptable plaza de toros.
Tras este paréntesis cronológico arquitectónico, es necesario señalar cómo la fiesta de los toros, fiesta nacional, mal que a algunos le pese, ha estado, por su propia estética, muy relacionada con el mundo de las bellas artes y de la literatura. Una de las características de la fiesta de los toros es su capacidad de promover literatura y obras de bellas artes.
En el toreo clásico, cadencioso y pausado, en las diferentes suertes de la fiesta y en sus prolegómenos, se han inspirado escultores, pintores y escritores para plasmar desde el despeje de la plaza a cargo de la autoridad del alguacilillo, como en estas ingenuas quintillas octosílabas de Nicolás Fernández de Moratín: "Sobre un caballo alazano, / cubierto de galas y oro, / demanda licencia, urbano, / para alancear un toro / un caballero cristiano"; hasta el colorista paseíllo que se inicia con el signo de la cruz trazado sobre el pecho por la diestra mano que sostiene la montera, o el deseo más sublime y de más camaradería ("que Dios reparta suerte"), pasando por "una nota de clarín, / desgarrada, / penetrante, / (que) rompe el aire con vibrante / puñalada. / Ronco toque de timbal", como cantaba Manuel Machado, al que sigue el "silencio claro y caliente en el que laten veinte mil corazones" tras "el clarín del bizarro torilero / que anima la apretada muchedumbre"; o la suerte de varas en estos versos de Santos Chocano: "en las gradas del circo, / hubo un vasto clamor, / que, girando cien veces, /más caballos pedía en un himno de trágica voz". La plasticidad, el juego, la emoción de la suerte de banderillas la describe muy bien Manuel Machado: "Ágil, sólo, alegre, / sin perder la línea / ...andando, / marcando, ritmando / un viaje especial de esbeltez y osadía... / llega, cuadra, para / -los brazos alzando- / y, allá, por encima / de las astas, que buscan el pecho, / las dos banderillas, / milagrosamente, clavando..., se esquiva / ágil, solo, alegre, / ¡sin perder la línea!". Mientras que la elegancia del tercer tercio es cantado y contado en unos versos sensuales de estricta poesía intelectual de José Bergamín: "que busca la embestida tenebrosa / de la testa cornuda de la fiera / volviéndola, en su tela, luminosa".
Y es que el toreo quiere, como el padre de Jorge Manrique, "poner la vida entera / al tablero": aventura, ternura, gesto, arrogancia, provocación, fortuna o muerte. La muerte, compañera inseparable del riesgo del arte de torear y más compañera aún de la vida, está también representada en la poesía (reina de los géneros literarios taurinos). Dámaso Alonso usa la estrofa manriqueña para, utilizando imágenes taurinas, despedirse de su amigo el poeta Rafael Melero, muerto prematuramente: "¿Qué bestia gris burriciega / trota idiota, y te nos siega / al trompicón? / ¿Qué negro toro marrajo / te metió ese golpe bajo / a traición?". También se ocupa de la muerte Rafael Alberti en el "Verte y no verte" dedicado a Ignacio Sanchez Mejías: "Me va a coger la muerte en zapatillas, / así, con medias rosa y zapatillas negras me va a matar la muerte". La soledad, la muerte, el negativo de los aplausos, de los trofeos, de la alegría y el colorido de la fiesta de toros. Recordemos, como homenaje a tantos otros toreros muertos, la de Joselito a los veinticinco años, en 1920, en Talavera por un toro burriciego de nombre Bailaor; o la de Ignacio Sánchez Mejías en Manzanares por otro de nombre Granadino; o la de Manolete en Linares por Islero; o la de Manolo Granero en Madrid por otro burriciego de nombre Pocapena.
Gerardo Diego resume muy bien el misterio de la fiesta entre sol y sombra, vida, triunfo y muerte entre las suertes. Dice: "Sobre la arena pálida y amarga, / la vida es sombra, y el toreo, sueño".
Es el turno de los mulilleros que tienen cabida en la pluma eufórica de Adriano del Valle: "¿Corriendo, los mulilleros / con cuántas banderas vienen, / las campanillas de plata, / de plata los cascabeles! / Arrastran, corriendo, al toro, / corriendo se van y vuelven, / sonando las campanillas, / sonando los cascabeles".1
Pero la fiesta de los toros, en palabras de Federico García Lorca, "la fiesta más culta que hay en el mundo", se filtra no sólo en las bellas artes y en la literatura, sino que su léxico, el léxico taurino se introduce en el lenguaje coloquial, configurando con sus "muletillas" nuestro propio decir, nuestro propio pensamiento. Y así, frases como "coger el toro por los cuernos", o "le ha dado un buen capotazo", o en una discusión o en una tertulia "hacer el quite a su compañero", o "dar un buen puyazo al contrario", o "tomar el olivo" para significar que se huye de un peligro, o estas otras tomadas de la reciente historia política; el líder de la oposición al Presidente del Gobierno: "torea para la galería..., hace brindis al sol, o, si el Gobierno sólo torea cuando le conviene, pinchará en hueso", son expresiones habituales que se introducen tanto en el lenguaje coloquial, como en el periodístico o en el de la misma política.
La paremiología o ciencia de los refranes, que tanto agrada al Dr. Castillo, mucho tiene que agradecer también a la fiesta de los toros. Veamos algunos ejemplos:
- "No hay quinto malo", que probablemente se deriva de los tiempos en que los ganaderos decidían el orden en que debían ser lidiados los toros, ya que en el sexto gran parte del respetable abandonaba prematuramente los tendidos.
- "El toro a los cinco y el torero a los veinticinco", refrán que reclamaba, en la segundo mitad del siglo XIX, juventud tanto en el toro como en el torero.
- "No es de bravo señal buena, toro que escarba la arena". Es señal de desconfianza y mansedumbre, como lo es echar la cara al suelo, brincar, cangrejar o andar de costado.
- "Del toro manso me libre Dios, que del bravo me libraré yo", dicho que no necesita de adicional explicación.

Por otra parte, y como bien cabría esperar, el mundo de los toros está también presente en el flamenco, en las poéticas letras de sus cantes. Sólo citaré unos ejemplos representativos del extenso universo flamenco existente.
Por soleá cantaría muy bien Alfredo Arrebola estas coplas: "El vino se paladea / y se paladea el toreo / si Antonio Ordoñez torea".

El flamenco es el cante que mejor define el ser existencial y moral del pueblo andaluz. Ya Manolo Caracol propuso que al torear por derecho se sustituyese la música de viento por unas buenas seguiriyas suyas. Y es que el toreo y el flamenco son manifestaciones de una misma esencia, de un mismo sentimiento, de una misma unidad vital.

Estando en Ronda y hablando de toros y flamenco no está mal terminar este tema citando en un cante por rondeñas al Niño de la Palma, que tan bien conocía los estilos flamencos. Dice así: "Se llamaba Cayetano, / y en Ronda la vida vio. / ¡Vaya torero con gracia / en la sombra y en el sol".

Expresa mi amigo José Antonio Trujillo, en una nota al pie de su discurso, su deseo de que yo me convierta en aficionado a la fiesta de los toros. He de confesarle que lo soy desde la niñez (bien es cierto que no lo proclamo). Aficionado sí, experto no. Lo soy desde que en Toledo, mi ciudad natal, vi torear a Manolete, con planta de personaje del Greco, puesto allí para observar desde una esquina del lienzo el Expolio de la Sacristía de la Catedral. Lo vi torear junto a Arruza. Manolete era grande y serio, como su toreo. Dice García Barbeito que verlo sonreír era casi tan difícil como verlo fracasar. Mandaba. Con esto estoy revelando uno de los secretos más fielmente guardado por mi y que ustedes deducirán fácilmente. Por aquellos tiempos se había enviado al Papa Pío XII un capote de paseo lleno de reproducciones bordadas de advocaciones de la Virgen María. Lejos quedaban los tiempos en que las corridas de toros habían sido prohibidas bajo pena de excomunión por el Papa San Pío V en 1567. También alcancé a ver, muy pocas veces, a Domingo Ortega, el intelectual autodidacta, paisano mio (Borox 1906-Madrid 1988), que llegó a alternar el arte de Cúchares con la publicación de excelentes artículos literarios sobre cómo cargar la suerte. También a Luis Miguel Dominguín, que rompe al final de su carrera con el uso del tradicional traje de luces ("cada traje es un iris de seda y raso, / que, a los besos de llamas de un sol de oro, / se derrite en iris de pedrería" -Francisco Villaespesa) para usar los vestidos de torear más ligeros que le diseña Pablo Picasso. También tuve oportunidad de admirar el torerío del maestro de maestros, Antonio Bienvenida.

Pues bien, el relato de la expresión literaria de la fiesta de los toros es la base del discurso de ingreso en la Asociación de Médicos Escritores del Dr. J.A. Trujillo, compañero y amigo, a quien deseo recordar, quizás innecesariamente que los buenos amigos, como los libros y como los toreros que tienen el toreo en la cabeza y en el corazón, mejoran con el tiempo como los buenos vinos.
Su discurso se ha basado, sobre todo, en la evidencia de que la fiesta es un arte y que, como toda manifestación artística, supone la expresión de un individuo que luego se refleja en los diferentes géneros literarios, especialmente en la poesía. De manera justa, ha seguido en su exposición la recomendación de Salvador Jiménez: "A las palabras hay que ponerlas en pie, alimentarlas, vestirlas, desnudarlas y hacerles sitio en la poesía".

Referencia hace J.A. Trujillo en su disertación a la soledad del torero en la plaza, lo que me recuerda lo que al respecto dice Laín Entralgo cuando afirma que la soledad es el estado de la existencia humana en que el sujeto se introduce conscientemente en el fondo de sí mismo. Una radical, aunque no invencible soledad, constituye, en efecto el nervio mismo de eso que llamamos "ser persona".
Su discurso es completo, ameno, bien construido, inteligible y enriquecedor. Quiero ahora expresar al Dr. Trujillo mi agradecimiento por el regalo de su discurso que ya forma parte de la Antología de los pronunciados en la Asociación Española de Médicos Escritores, así como por la confianza hacia mi persona al haberme elegido para, públicamente, hoy contestarle.

José Antonio Trujillo Ruiz es un médico joven que ha sabido aprovechar muy bien sus todavía pocos años de ejercicio médico para presentar un curriculum amplio y bien abonado. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra en 1994, es Médico Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, estando pendiente de defender su tesis doctoral. Es Master en Salud Pública y Gestión Sanitaria y cuenta con experiencia profesional en cardiología, psiquiatría, urgencias, medicina hospitalaria y familiar. Le avalan la publicación de varios trabajos científicos, contando con suficiente experiencia docente, 25 comunicaciones a congresos, ha completado su formación postgrado con la asistencia a 23 cursos y a 22 congresos y reuniones científicas. Ha pronunciado conferencias de carácter médico y humanístico y ha obtenido premios en Jornadas médicas.

Sin embargo, lo que, a mi juicio, más le caracteriza y singulariza es su talante de médico humanista. Es un médico humanista en el sentir de Laín, tanto en extensión como en intensión. Lo es en extensión porque desde su praxis médica se dedica a cultivar disciplinas aparentemente alejadas de la medicina y tenidas tradicionalmente como humanísticas, como la literatura, el ensayo o la historia. También lo es en intensión, porque mantiene una actitud de entendimiento de la medicina, no sólo en su condición humana en su trato con los enfermos, sino implicando en la relación médico-enfermo a las ciencias que venimos llamando humanidades médicas: sociología, psicología, ética y antropología. En él la medicina es el eje desde donde se irradian los otros conocimientos del hombre. En él se hace realidad el ideal de que la medicina no sólo debe ser humana y humanitaria sino que debe dar respuestas de esa doble condición. O dicho en lenguaje casi paremiológico: el mejor humanismo médico es el que proporciona el médico humanista.

Para concluir quiero transmitirte, más o menos, lo que yo oí de labios del Dr. Agustín Martín Merino con motivo de mi discurso de ingreso en la Asociación. Vas a ingresar, dentro de unos instantes en una institución que más que una asociación prestigiosa de la que formaron parte personajes como los doctores Ramón y Cajal, Vallejo Nájera y Zúmel, que tiene como presidentes de honor a los profesores Laín Entralgo y Fernanda Monasterio, y como presidente efectivo al dramaturgo Jaime Salom, más que una asociación, digo, es una familia de médicos esparcidos por España y por algunos países de habla hispana, médicos que vibran con las mismas inquietudes humanísticas y que demuestran con su postura que nada de lo que al hombre le sucede le es extraño, ajeno. La inquietud literaria o el simple desasosiego anímico de uno de sus miembros le importa a los demás, y todos y cada uno de ellos se alegran de los éxitos ajenos. Hemos sabido eliminar del latín la desastrosa sentencia "invidia medicorum pessima".

José Antonio, compañero, amigo, maestro, la corrida ha concluido, tus literarios quites por gaoneras han resultado muy ajustados, hemos gozado con el poético tercio de banderillas al quiebro, y has utilizado de forma excelente el engaño de las palabras para rematar tu discurso en su sitio, en todo lo alto. Es hora de recibir los trofeos y dar la vuelta al ruedo.
Muchas gracias.