del
Dr.
Angel
Rodríguez
Cabezas
En
los
carteles
han
puesto
un
nombre
que
no
lo
puedo
olvidar:
José
Antonio
Trujillo
Ruiz.
Concluyendo
está
la
corrida
a
la
que,
en
esta
tarde
de
mayo,
estamos
asistiendo
en
este
coso
del
palacio
de
Mondragón.
La
autoridad
competente,
presidente
más
que
alguacilillo,
el
Dr.
Antonio
Castillo
Ojugas,
ordenó
dar
comienzo
el
espectáculo,
y
el
diestro,
doctorando
en
la
Asociación
Española
de
Médicos
Escritores
ha
rematado
una
excelente
faena,
justa
en
tiempo,
ajustada
y
aderezada
de
bellísimos
lances
literarios.
Concluyendo,
digo,
está
el
espectáculo
con
mi
actuación
de
improvisado
puntillero,
deseando
acertar
a
la
primera
y
que
el
toro
no
se
levante,
que
se
lo
lleven
las
mulillas
al
desolladero
y
que
el
presidente
entregue
al
nuevo
miembro
de
la
Asociación
los
trofeos
justamente
ganados
en
esta
singular
lidia
(su
título
de
miembro
numerario).
En
el
curso
de
la
lidia
el
diestro
ha
rastreado
en
la
literatura
y
nos
ha
presentado
un
claro
muestreo
de
cómo
en
ella
está
representado
el
mundo
de
los
toros,
y
toda
la
faena
la
ha
hecho
muy
cerquita,
a
escasos
metros
de
una
de
las
más
bonitas
y
antiguas
plazas
de
toros,
la
de
esta
ciudad
de
Ronda.
Pero
no
es
ciertamente
la
de
Ronda
la
plaza
de
toros
más
antigua
-y
aunque
la
clasificación
cronológica
de
construcción
de
cosos
taurinos
es
hoy
asunto
baladí-
mejor
es
dejar
las
cosas
en
su
cabal
sitio
y
precisar
que
la
plaza
de
Santa
Cruz
de
Mudela,
en
la
Mancha,
en
la
provincia
de
Ciudad
Real,
de
planta
cuadrada
o
rectangular,
adosada
a
un
templo,
data
del
año
1641,
habiendo
sido
restaurada
en
1984;
que
la
de
Béjar
en
Salamanca
fue
mandada
construir
en
piedra
por
D.
Juan
de
Zúñiga
para
4200
asistentes,
en
1711;
que
en
la
calle
Barquillo
en
Madrid
se
inauguró
un
coso
taurino
el
22
de
junio
de
1743;
que
la
de
Almaden
data
de
1757;
mientras
que
la
construida
en
esta
ciudad
de
Ronda
es
del
año
de
gracia
de
1784.
Otras
construcciones
donde
se
ofrecen
corridas
de
toros
son
aún
más
vetustas,
aunque
bien
es
cierto
que
en
origen
no
fueron
fundadas
para
dar
en
ellas
festejos
taurinos,
como
sucede
con
el
Coliseo
Romano
de
Nimes,
edificación
fechada
antes
de
Cristo
y
hoy
convertida
en
una
aceptable
plaza
de
toros.
Tras
este
paréntesis
cronológico
arquitectónico,
es
necesario
señalar
cómo
la
fiesta
de
los
toros,
fiesta
nacional,
mal
que
a
algunos
le
pese,
ha
estado,
por
su
propia
estética,
muy
relacionada
con
el
mundo
de
las
bellas
artes
y
de
la
literatura.
Una
de
las
características
de
la
fiesta
de
los
toros
es
su
capacidad
de
promover
literatura
y
obras
de
bellas
artes.
En
el
toreo
clásico,
cadencioso
y
pausado,
en
las
diferentes
suertes
de
la
fiesta
y
en
sus
prolegómenos,
se
han
inspirado
escultores,
pintores
y
escritores
para
plasmar
desde
el
despeje
de
la
plaza
a
cargo
de
la
autoridad
del
alguacilillo,
como
en
estas
ingenuas
quintillas
octosílabas
de
Nicolás
Fernández
de
Moratín:
"Sobre
un
caballo
alazano,
/
cubierto
de
galas
y
oro,
/
demanda
licencia,
urbano,
/
para
alancear
un
toro
/
un
caballero
cristiano";
hasta
el
colorista
paseíllo
que
se
inicia
con
el
signo
de
la
cruz
trazado
sobre
el
pecho
por
la
diestra
mano
que
sostiene
la
montera,
o
el
deseo
más
sublime
y
de
más
camaradería
("que
Dios
reparta
suerte"),
pasando
por
"una
nota
de
clarín,
/
desgarrada,
/
penetrante,
/
(que)
rompe
el
aire
con
vibrante
/
puñalada.
/
Ronco
toque
de
timbal",
como
cantaba
Manuel
Machado,
al
que
sigue
el
"silencio
claro
y
caliente
en
el
que
laten
veinte
mil
corazones"
tras
"el
clarín
del
bizarro
torilero
/
que
anima
la
apretada
muchedumbre";
o
la
suerte
de
varas
en
estos
versos
de
Santos
Chocano:
"en
las
gradas
del
circo,
/
hubo
un
vasto
clamor,
/
que,
girando
cien
veces,
/más
caballos
pedía
en
un
himno
de
trágica
voz".
La
plasticidad,
el
juego,
la
emoción
de
la
suerte
de
banderillas
la
describe
muy
bien
Manuel
Machado:
"Ágil,
sólo,
alegre,
/
sin
perder
la
línea
/
...andando,
/
marcando,
ritmando
/
un
viaje
especial
de
esbeltez
y
osadía...
/
llega,
cuadra,
para
/
-los
brazos
alzando-
/
y,
allá,
por
encima
/
de
las
astas,
que
buscan
el
pecho,
/
las
dos
banderillas,
/
milagrosamente,
clavando...,
se
esquiva
/
ágil,
solo,
alegre,
/
¡sin
perder
la
línea!".
Mientras
que
la
elegancia
del
tercer
tercio
es
cantado
y
contado
en
unos
versos
sensuales
de
estricta
poesía
intelectual
de
José
Bergamín:
"que
busca
la
embestida
tenebrosa
/
de
la
testa
cornuda
de
la
fiera
/
volviéndola,
en
su
tela,
luminosa".
Y
es
que
el
toreo
quiere,
como
el
padre
de
Jorge
Manrique,
"poner
la
vida
entera
/
al
tablero":
aventura,
ternura,
gesto,
arrogancia,
provocación,
fortuna
o
muerte.
La
muerte,
compañera
inseparable
del
riesgo
del
arte
de
torear
y
más
compañera
aún
de
la
vida,
está
también
representada
en
la
poesía
(reina
de
los
géneros
literarios
taurinos).
Dámaso
Alonso
usa
la
estrofa
manriqueña
para,
utilizando
imágenes
taurinas,
despedirse
de
su
amigo
el
poeta
Rafael
Melero,
muerto
prematuramente:
"¿Qué
bestia
gris
burriciega
/
trota
idiota,
y
te
nos
siega
/
al
trompicón?
/
¿Qué
negro
toro
marrajo
/
te
metió
ese
golpe
bajo
/
a
traición?".
También
se
ocupa
de
la
muerte
Rafael
Alberti
en
el
"Verte
y
no
verte"
dedicado
a
Ignacio
Sanchez
Mejías:
"Me
va
a
coger
la
muerte
en
zapatillas,
/
así,
con
medias
rosa
y
zapatillas
negras
me
va
a
matar
la
muerte".
La
soledad,
la
muerte,
el
negativo
de
los
aplausos,
de
los
trofeos,
de
la
alegría
y
el
colorido
de
la
fiesta
de
toros.
Recordemos,
como
homenaje
a
tantos
otros
toreros
muertos,
la
de
Joselito
a
los
veinticinco
años,
en
1920,
en
Talavera
por
un
toro
burriciego
de
nombre
Bailaor;
o
la
de
Ignacio
Sánchez
Mejías
en
Manzanares
por
otro
de
nombre
Granadino;
o
la
de
Manolete
en
Linares
por
Islero;
o
la
de
Manolo
Granero
en
Madrid
por
otro
burriciego
de
nombre
Pocapena.
Gerardo
Diego
resume
muy
bien
el
misterio
de
la
fiesta
entre
sol
y
sombra,
vida,
triunfo
y
muerte
entre
las
suertes.
Dice:
"Sobre
la
arena
pálida
y
amarga,
/
la
vida
es
sombra,
y
el
toreo,
sueño".
Es
el
turno
de
los
mulilleros
que
tienen
cabida
en
la
pluma
eufórica
de
Adriano
del
Valle:
"¿Corriendo,
los
mulilleros
/
con
cuántas
banderas
vienen,
/
las
campanillas
de
plata,
/
de
plata
los
cascabeles!
/
Arrastran,
corriendo,
al
toro,
/
corriendo
se
van
y
vuelven,
/
sonando
las
campanillas,
/
sonando
los
cascabeles".1
Pero
la
fiesta
de
los
toros,
en
palabras
de
Federico
García
Lorca,
"la
fiesta
más
culta
que
hay
en
el
mundo",
se
filtra
no
sólo
en
las
bellas
artes
y
en
la
literatura,
sino
que
su
léxico,
el
léxico
taurino
se
introduce
en
el
lenguaje
coloquial,
configurando
con
sus
"muletillas"
nuestro
propio
decir,
nuestro
propio
pensamiento.
Y
así,
frases
como
"coger
el
toro
por
los
cuernos",
o
"le
ha
dado
un
buen
capotazo",
o
en
una
discusión
o
en
una
tertulia
"hacer
el
quite
a
su
compañero",
o
"dar
un
buen
puyazo
al
contrario",
o
"tomar
el
olivo"
para
significar
que
se
huye
de
un
peligro,
o
estas
otras
tomadas
de
la
reciente
historia
política;
el
líder
de
la
oposición
al
Presidente
del
Gobierno:
"torea
para
la
galería...,
hace
brindis
al
sol,
o,
si
el
Gobierno
sólo
torea
cuando
le
conviene,
pinchará
en
hueso",
son
expresiones
habituales
que
se
introducen
tanto
en
el
lenguaje
coloquial,
como
en
el
periodístico
o
en
el
de
la
misma
política.
La
paremiología
o
ciencia
de
los
refranes,
que
tanto
agrada
al
Dr.
Castillo,
mucho
tiene
que
agradecer
también
a
la
fiesta
de
los
toros.
Veamos
algunos
ejemplos:
-
"No
hay
quinto
malo",
que
probablemente
se
deriva
de
los
tiempos
en
que
los
ganaderos
decidían
el
orden
en
que
debían
ser
lidiados
los
toros,
ya
que
en
el
sexto
gran
parte
del
respetable
abandonaba
prematuramente
los
tendidos.
-
"El
toro
a
los
cinco
y
el
torero
a
los
veinticinco",
refrán
que
reclamaba,
en
la
segundo
mitad
del
siglo
XIX,
juventud
tanto
en
el
toro
como
en
el
torero.
-
"No
es
de
bravo
señal
buena,
toro
que
escarba
la
arena".
Es
señal
de
desconfianza
y
mansedumbre,
como
lo
es
echar
la
cara
al
suelo,
brincar,
cangrejar
o
andar
de
costado.
-
"Del
toro
manso
me
libre
Dios,
que
del
bravo
me
libraré
yo",
dicho
que
no
necesita
de
adicional
explicación.
Por
otra
parte,
y
como
bien
cabría
esperar,
el
mundo
de
los
toros
está
también
presente
en
el
flamenco,
en
las
poéticas
letras
de
sus
cantes.
Sólo
citaré
unos
ejemplos
representativos
del
extenso
universo
flamenco
existente.
Por
soleá
cantaría
muy
bien
Alfredo
Arrebola
estas
coplas:
"El
vino
se
paladea
/
y
se
paladea
el
toreo
/
si
Antonio
Ordoñez
torea".
El
flamenco
es
el
cante
que
mejor
define
el
ser
existencial
y
moral
del
pueblo
andaluz.
Ya
Manolo
Caracol
propuso
que
al
torear
por
derecho
se
sustituyese
la
música
de
viento
por
unas
buenas
seguiriyas
suyas.
Y
es
que
el
toreo
y
el
flamenco
son
manifestaciones
de
una
misma
esencia,
de
un
mismo
sentimiento,
de
una
misma
unidad
vital.
Estando
en
Ronda
y
hablando
de
toros
y
flamenco
no
está
mal
terminar
este
tema
citando
en
un
cante
por
rondeñas
al
Niño
de
la
Palma,
que
tan
bien
conocía
los
estilos
flamencos.
Dice
así:
"Se
llamaba
Cayetano,
/
y
en
Ronda
la
vida
vio.
/
¡Vaya
torero
con
gracia
/
en
la
sombra
y
en
el
sol".
Expresa
mi
amigo
José
Antonio
Trujillo,
en
una
nota
al
pie
de
su
discurso,
su
deseo
de
que
yo
me
convierta
en
aficionado
a
la
fiesta
de
los
toros.
He
de
confesarle
que
lo
soy
desde
la
niñez
(bien
es
cierto
que
no
lo
proclamo).
Aficionado
sí,
experto
no.
Lo
soy
desde
que
en
Toledo,
mi
ciudad
natal,
vi
torear
a
Manolete,
con
planta
de
personaje
del
Greco,
puesto
allí
para
observar
desde
una
esquina
del
lienzo
el
Expolio
de
la
Sacristía
de
la
Catedral.
Lo
vi
torear
junto
a
Arruza.
Manolete
era
grande
y
serio,
como
su
toreo.
Dice
García
Barbeito
que
verlo
sonreír
era
casi
tan
difícil
como
verlo
fracasar.
Mandaba.
Con
esto
estoy
revelando
uno
de
los
secretos
más
fielmente
guardado
por
mi
y
que
ustedes
deducirán
fácilmente.
Por
aquellos
tiempos
se
había
enviado
al
Papa
Pío
XII
un
capote
de
paseo
lleno
de
reproducciones
bordadas
de
advocaciones
de
la
Virgen
María.
Lejos
quedaban
los
tiempos
en
que
las
corridas
de
toros
habían
sido
prohibidas
bajo
pena
de
excomunión
por
el
Papa
San
Pío
V
en
1567.
También
alcancé
a
ver,
muy
pocas
veces,
a
Domingo
Ortega,
el
intelectual
autodidacta,
paisano
mio
(Borox
1906-Madrid
1988),
que
llegó
a
alternar
el
arte
de
Cúchares
con
la
publicación
de
excelentes
artículos
literarios
sobre
cómo
cargar
la
suerte.
También
a
Luis
Miguel
Dominguín,
que
rompe
al
final
de
su
carrera
con
el
uso
del
tradicional
traje
de
luces
("cada
traje
es
un
iris
de
seda
y
raso,
/
que,
a
los
besos
de
llamas
de
un
sol
de
oro,
/
se
derrite
en
iris
de
pedrería"
-Francisco
Villaespesa)
para
usar
los
vestidos
de
torear
más
ligeros
que
le
diseña
Pablo
Picasso.
También
tuve
oportunidad
de
admirar
el
torerío
del
maestro
de
maestros,
Antonio
Bienvenida.
Pues
bien,
el
relato
de
la
expresión
literaria
de
la
fiesta
de
los
toros
es
la
base
del
discurso
de
ingreso
en
la
Asociación
de
Médicos
Escritores
del
Dr.
J.A.
Trujillo,
compañero
y
amigo,
a
quien
deseo
recordar,
quizás
innecesariamente
que
los
buenos
amigos,
como
los
libros
y
como
los
toreros
que
tienen
el
toreo
en
la
cabeza
y
en
el
corazón,
mejoran
con
el
tiempo
como
los
buenos
vinos.
Su
discurso
se
ha
basado,
sobre
todo,
en
la
evidencia
de
que
la
fiesta
es
un
arte
y
que,
como
toda
manifestación
artística,
supone
la
expresión
de
un
individuo
que
luego
se
refleja
en
los
diferentes
géneros
literarios,
especialmente
en
la
poesía.
De
manera
justa,
ha
seguido
en
su
exposición
la
recomendación
de
Salvador
Jiménez:
"A
las
palabras
hay
que
ponerlas
en
pie,
alimentarlas,
vestirlas,
desnudarlas
y
hacerles
sitio
en
la
poesía".
Referencia
hace
J.A.
Trujillo
en
su
disertación
a
la
soledad
del
torero
en
la
plaza,
lo
que
me
recuerda
lo
que
al
respecto
dice
Laín
Entralgo
cuando
afirma
que
la
soledad
es
el
estado
de
la
existencia
humana
en
que
el
sujeto
se
introduce
conscientemente
en
el
fondo
de
sí
mismo.
Una
radical,
aunque
no
invencible
soledad,
constituye,
en
efecto
el
nervio
mismo
de
eso
que
llamamos
"ser
persona".
Su
discurso
es
completo,
ameno,
bien
construido,
inteligible
y
enriquecedor.
Quiero
ahora
expresar
al
Dr.
Trujillo
mi
agradecimiento
por
el
regalo
de
su
discurso
que
ya
forma
parte
de
la
Antología
de
los
pronunciados
en
la
Asociación
Española
de
Médicos
Escritores,
así
como
por
la
confianza
hacia
mi
persona
al
haberme
elegido
para,
públicamente,
hoy
contestarle.
José
Antonio
Trujillo
Ruiz
es
un
médico
joven
que
ha
sabido
aprovechar
muy
bien
sus
todavía
pocos
años
de
ejercicio
médico
para
presentar
un
curriculum
amplio
y
bien
abonado.
Licenciado
en
Medicina
y
Cirugía
por
la
Universidad
de
Navarra
en
1994,
es
Médico
Especialista
en
Medicina
Familiar
y
Comunitaria,
estando
pendiente
de
defender
su
tesis
doctoral.
Es
Master
en
Salud
Pública
y
Gestión
Sanitaria
y
cuenta
con
experiencia
profesional
en
cardiología,
psiquiatría,
urgencias,
medicina
hospitalaria
y
familiar.
Le
avalan
la
publicación
de
varios
trabajos
científicos,
contando
con
suficiente
experiencia
docente,
25
comunicaciones
a
congresos,
ha
completado
su
formación
postgrado
con
la
asistencia
a
23
cursos
y
a
22
congresos
y
reuniones
científicas.
Ha
pronunciado
conferencias
de
carácter
médico
y
humanístico
y
ha
obtenido
premios
en
Jornadas
médicas.
Sin
embargo,
lo
que,
a
mi
juicio,
más
le
caracteriza
y
singulariza
es
su
talante
de
médico
humanista.
Es
un
médico
humanista
en
el
sentir
de
Laín,
tanto
en
extensión
como
en
intensión.
Lo
es
en
extensión
porque
desde
su
praxis
médica
se
dedica
a
cultivar
disciplinas
aparentemente
alejadas
de
la
medicina
y
tenidas
tradicionalmente
como
humanísticas,
como
la
literatura,
el
ensayo
o
la
historia.
También
lo
es
en
intensión,
porque
mantiene
una
actitud
de
entendimiento
de
la
medicina,
no
sólo
en
su
condición
humana
en
su
trato
con
los
enfermos,
sino
implicando
en
la
relación
médico-enfermo
a
las
ciencias
que
venimos
llamando
humanidades
médicas:
sociología,
psicología,
ética
y
antropología.
En
él
la
medicina
es
el
eje
desde
donde
se
irradian
los
otros
conocimientos
del
hombre.
En
él
se
hace
realidad
el
ideal
de
que
la
medicina
no
sólo
debe
ser
humana
y
humanitaria
sino
que
debe
dar
respuestas
de
esa
doble
condición.
O
dicho
en
lenguaje
casi
paremiológico:
el
mejor
humanismo
médico
es
el
que
proporciona
el
médico
humanista.
Para
concluir
quiero
transmitirte,
más
o
menos,
lo
que
yo
oí
de
labios
del
Dr.
Agustín
Martín
Merino
con
motivo
de
mi
discurso
de
ingreso
en
la
Asociación.
Vas
a
ingresar,
dentro
de
unos
instantes
en
una
institución
que
más
que
una
asociación
prestigiosa
de
la
que
formaron
parte
personajes
como
los
doctores
Ramón
y
Cajal,
Vallejo
Nájera
y
Zúmel,
que
tiene
como
presidentes
de
honor
a
los
profesores
Laín
Entralgo
y
Fernanda
Monasterio,
y
como
presidente
efectivo
al
dramaturgo
Jaime
Salom,
más
que
una
asociación,
digo,
es
una
familia
de
médicos
esparcidos
por
España
y
por
algunos
países
de
habla
hispana,
médicos
que
vibran
con
las
mismas
inquietudes
humanísticas
y
que
demuestran
con
su
postura
que
nada
de
lo
que
al
hombre
le
sucede
le
es
extraño,
ajeno.
La
inquietud
literaria
o
el
simple
desasosiego
anímico
de
uno
de
sus
miembros
le
importa
a
los
demás,
y
todos
y
cada
uno
de
ellos
se
alegran
de
los
éxitos
ajenos.
Hemos
sabido
eliminar
del
latín
la
desastrosa
sentencia
"invidia
medicorum
pessima".
José
Antonio,
compañero,
amigo,
maestro,
la
corrida
ha
concluido,
tus
literarios
quites
por
gaoneras
han
resultado
muy
ajustados,
hemos
gozado
con
el
poético
tercio
de
banderillas
al
quiebro,
y
has
utilizado
de
forma
excelente
el
engaño
de
las
palabras
para
rematar
tu
discurso
en
su
sitio,
en
todo
lo
alto.
Es
hora
de
recibir
los
trofeos
y
dar
la
vuelta
al
ruedo.
Muchas
gracias.