EL EXPRESO
por Manuel Ambite Sánchez

Partía en tren para una Asamblea Profesional en una ciudad andaluza, y el viaje se iniciaba bien. Por primera vez en mi vida llegaba a una cita con tres cuartos de hora de adelanto. Pero los gitanos no quieren buenos principios para sus hijos.

¡Y razón que tienen!

El acomodo en mi departamento del coche-cama, fue rápido y sencillo. ¡Como que yo era el primero que llegaba! Tras los cuarenta minutos de espera y una vez iniciada la marcha, me presenté en el coche reataurante e hice mi petición al mozo de comedor.

Al parecer, el tiempo expreso para poner un huevo duro (culinariamente hablando, se entiende), es de otros tres cuartos de hora por lo menos, que fue lo que tardaron en servirlo, el cual venía acompañado de un bebé lenguado en la edad del biberón, no más, de un aspecto al parecer "potable"; de una oblea de jamón de jork, de olor "sui generis", pero que por contra tenía la gran ventaja de su brevedad y transparencia, casi radiográfica, y de un montoncito de patatas " a lo pobre".

Todo ello fue regado por una botellita de cerveza que, eso sí, llegó inmediatamente de pedirla, por lo que ni que decir tiene, que a la hora de beberla estaba bien templadita y nada dañina para la faringe.

A la vuelta al departamento, y ya una vez puesto cómodo, pijama incluido, me dispuse a escuchar al transistor, cómodamente reposado en la litera.

En un principio pensé que el tren pasaba en esos momentos por tierras de mi Alcarria natal, aunque nos quedaba un poco a trasmano; tal era el zumbido de infinitos enjambres de abejas que salían de la radio.

Excepto eso, ninguna otra cosa se oía, así pues ante lo ameno de la emisión, opté por dormir para aprovechar el tiempo y así amanecer descansado, lozano y andaluz.

Pero yo no había contado con la otra parte en discordia.

El tren y su traqueteo, enorme traqueteo, me lo impidió, y el cabezal de mi litera me hacía recordar, por su dureza, "De piedra será la cama, de piedra los cabezales...", la vieja y sentida canción mejicana.

En tales circunstancias, con el acentuado movimiento continuo de coctelera, nada tiene de extraño que la cerveza comenzara a fermentar en mi estómago; el huevo a sulfhidrarse; el lenguadito a sacar sus espinas; el york a pudrirse (a la inglesa, claro), o sea, de muy mala uva; y las patatas pobres, a reclamar derechos sociales.

Y a la madrugada llegó la revolución.

A lo mejicano, con redoble de tambores, estridores de clarín y rotura de los diques del Río Grande.

¿Qué cuanto duró eso? Exactamente desde Baeza hasta Andújar. Afortunadamente la puerta del aseo, era la segunda de la izquierda.

Y aquí me tenéis a las tantas de la madrugada, bien despabilado, traspasando por escrito mis impresiones al papel (del aseo), translúcido y satinado, con un bolígrafo que no escribe, y la coctelera en plena acción.

¿Me volveré a dormir...?

El primer estornudo me hace volver a la realidad.

Olvidado de todo me había puesto a escribir en la intimidad de mi departamento, completamente liberado de ropa, antes de reintegrarme a mi litera, y el fresco releante nocturno de Sierra Morena, hizo el resto y se cobraba su precio.

Tras el primer llegó el segundo, y después ¡la tira!, y las espasmódicas contracciones de mi diafragma me dejaron casi tan agotado como las de mis intestinos.

Luego llegó lo peor. ¿Pero podría haber peor? Pues sí lo hubo.

Con el paso del tiempo, la atmósfera del departamento se había enrarecido, y se precisaba la entrada de aire nuevo del exterior.

Con el forcejeo para entreabrir la ventanilla, sumado a los bandazos y bamboles del tren, mi cabeza se disparó a la izquierda (siniestra dirección) y terminó su recorrido en el acerado borde de la entreabierta puertecilla del armario del lavabo que, a su vez, se había abierto sóla y disparado hacía la derecha, al fallarle en ese momento el imán que la sujetaba, y como en alguna otra ocasión, del choque entre izquierda y derecha, brotó sangre, mucha sangre, porque el hachazo me produjo una herida lineal de tres centímetros, que sangro todo el tiempo que quiso, pese a la hemostasia comprensiva realizada con los paños del lavabo.

Durante todo este tiempo estuve tentado de llamar al mozo de noche, pero no lo hice. Es decir, no lo hice cuando lo necesitaba, pero sí al pulsar el botón para apagar la luz y acostarme, cuando inadvertidamente toqué su timbre.

Se asustó al ver la sangre en los paños, casi se desmayó, y a poco hube de atenderle yo a él.

¡No era mi noche!

Después de eso, cualquiera duerme ya. Por otra parte el altavoz de la estación de Córdoba y siguientes, ya se habría encargado de evitarlo, caso de haberlo conseguido.

¡Está usted en la Estación de Córdoba (o de Montoro, o de Perico de los Palotes), y si quiere apearse y dejar el tren aquí, puede usted hacerlo ahora!

¡Buenas ganas me daban!, pero ninguna de ellas era la de mi destino.

Mas, el que no teniamos que quedarnos en ninguna de ellas ¿qué ganábamos con ello? ¿Por qué se nos martirizaba?

Y menos mal que no se oía otra voz gritando "Esto es Córdoba (o María de los Sarmientos), pero el que no tenga que apearse, puede seguir durmiendo". Digo yo que para qué pondrán los coches camas.

Tras lo relatado, considero que sería una futesa hablar de la tortícolis residual que me dejó el alto cabezal de la litera, o el hecho de que la máquina de afeitar se me estropease después de rasurarme sólo una mejilla.

¿Exagerado? Real como la propia vida.

Menos mal que a mi llegada esperaba ver el claro sol andaluz, para alegrarme un poco. Esperaba, más esperaba en vano, porque la intensa niebla me lo impidió.

El Congreso, regular. Pero son muchas horas setenta y dos sin apenas quitarnos los zapatos. Los del septimo de Caballería murieron con las botas puestas y los congresistas, casi pudimos haber fallecido con los zapatos pegados a la poca piel sana, que nos dejaron las rozaduras que sufrimos en nuestros pies.

De todas formas la sangre no llegó al Guadalquivir. Menos mal que el "chateo", las tapas y el alegre discurrir por las bellas callejas perfumadas de los barrios viejos de la ciudad, nos lo hicieron más ameno.

Fue por los días de los accidentes de aviación de Barajas con sus decenas de víctimas, así que... decidí regresar también en tren. "Pecata minuta" lo antes relatado; ya que más vale lo "bueno" conocido, que mejor por conocer, porque ¡anda que también el automóvil...!

A mi vecino de mesa, sin ir más lejos, que viajó en el suyo, entre pinchazos, caravanas, atascos y accidentes con muertos y heridos, presenciados durante la ruta, los nervios le jugaron una mala pasada. Llegó imposible, sin poder ver ni tratar.

Bueno, ahora precisamente para eso, para tratarle y verle (los jueves), está en Ciempozuelos.

"¡Viva la Renfe!", dice constantemente. "¡Vuelvo en tren!, ¡Vuelvo en tren!", repite sin cesar, como el niño del anuncio. De locos y cuentistas está el mundo lleno. Por lo demás ¡sin novedad Señora Baronesa!

Cuento incluido en la Antología de cuentos médicos Linimentos y Calmantes .

 

Manuel Ambite Sánchez

Vio la primera luz en La Alcarria. La de la roja tierra de ruedo ibérico, de sus cerros de viñedos, carrascos y olivares; la de la parda de "campos de pan llevar" de su meseta; la de sus largas; ya que no muy jugosas, vegas de picudos chopos perfilando las márgenes de desmendrados arroyos que en el padre Tajo dan.

Y en ese lugar y de sus gentes, oyó las primeras palabras de esa maravillosa lengua castellana de la Provincia (episcopal) de Toledo; en la que, decía Crervantes, era del Reino, donde más pura se hablaba. Claridad y autenticidad que él intenta transmitir en sus relatos.

Tras cursar Bachillerato en los institutos madrileños de San Isidro y Cardenal Cisneros, se formó médico bajo los techos de la venerable Facultad de San Carlos y su Hospital; con especial dedicación por la Pediatría, tutelado por tan prestigiosos y didácticos Profesores, como Laguna; Jiménez Díaz; Botella y otros.

Se hizo Puericultor en la ya desaparecida y acreditada, Escuela Nacional de Puericultura de la calle Ferraz.

Pediatra-Puericultor de Zona de la Seguridad Social; (antes Seguro Obligatorio de Enfermedad); desde 1958, y de las más conocidas Sociedades del Seguro Libre de Enfermedad. Asimismo perteneció, durante doce años, a la Junta Directiva del Colegio Oficial de Médicos de la Autonomía de Madrid.

Su condición de prosista quiere avalar, en distintas Antologías de relatos, alguno premiado; que el lector podrá examinar (y aprobar o suspender); e, innumerables artículos sobre política profesional; sin olvidar su faceta poética, algunas de cuyas composiciones se pueden encontrar en la Antología de Poetas Médicos Españoles, de A. Juderías.

Presentó recientemente su última obra Un poco de... bicarbonato.