| LA
HERMOSA,
LA
BELLISÍMA,
LA
CRUEL
GALERA ¿Por qué hermosa?... ¿Por qué cruel? |
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del
Dr.
Jesús
Pérez
Tierra Conferencia de ingreso en la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.
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Todo el que haya estado en Barcelona y haya visto en el Museo Marítimo de las Atarazanas Reales la reproducción, escala 1x1, de la Galera Real mandada por Don Juan de Austria en la batalla de Lepanto, reconocerá que es uno de los barcos más hermosos que ha visto. Tiene el mérito añadido de que la nave original se construyó en este mismo lugar en 1568. Fue famosa la galera romana dedicada a la guerra llamada Liburna, tanto que, dada su velocidad y capacidad de maniobra, llegó a generalizarse este nombre como navío de guerra. En Bizancio se utilizó un barco similar llamado Dromón, es decir, corredor. En el siglo XV adoptaría definitivamente el nombre de galera. Se diferenciaba de las naves redondas alterosas y de mucha manga, propulsadas a vela, por su eslora mayor que la manga, en proporción de 5 a 1 e incluso de 8 a 1, propulsadas preferentemente a remo. Una característica importante de la galera era la crujía, un callejón longitudinal que corría a lo largo y por el centro del talar en que se halla la cámara de boga y separaba los bancos de una y otra banda. En el siglo XIII, todas las galeras tienen ya una sola fila Puesto que la batalla naval era, tras el abordaje, similar al combate en tierra, la galera estaba poco armada. Su artillería estaba determinada en la proa, por una boca de fuego fija sobre el mismo eje de la quilla, disparando una bola de 25 Kg. A cada lado, dos piezas Las galeras se utilizaron en el Mediterráneo hasta el siglo XVIII. Fueron superadas por el bajel bien artillado, como sucedió con el LE BON, de cincuenta cañones, que puso en fuga a 30 galeras españolas en aguas de la isla de Elba, el 10 de julio de 1694.Parece ser un aviso de su vulnerabilidad que, en la batalla de Lepanto, se iniciara el ataque con galeazas muy lentas, pero fuertemente armadas, decidiendo quizá la batalla. El hecho es muy discutido, pues atravesaron las líneas enemigas disparando sus numerosos cañones, quedando a retaguardia de las galeras otomanas y sin volver a participar en la batalla. Pero produjeron posiblemente numerosos daños en los barcos turcos y de alguna manera trastocaron su orden de Dada su belleza, fue también el navío de los vencedores. En ella, totalmente engalanada, con el ritmo majestuoso de sus remos, desfilaba el general vencedor ante los demás navíos. La batalla de Lepanto fue la mayor que se ha dado en toda la historia con estos barcos; se desarrolló, durante cinco horas, el 7 de octubre de 1571, en ella participaron unas 250 galeras por contendiente. Si se tiene en cuenta que eran unos 200 los remeros en cada embarcación, quiere decir que, solamente en esta batalla, participaron más de 100.000 galeotes. La necesidad de hombres era tanta, que ya no eran suficientes los esclavos -generalmente prisioneros de guerra- y algunos grandes malhechores, penados hasta entonces con este castigo. Por ello se pidió a los jueces el aumento del número de condenas, por lo que esta pena que hoy nos parece extremada, se generalizó y extendió a delitos por los que hoy no se impondría ni la más leve de las condenas. No es de extrañar, por lo tanto, que nuestro gran Miguel de Cervantes, que había vivido las galeras precisamente en Lepanto, le doliera dentro de su corazón la suerte de estos desgraciados e hiciese a su inmortal Don Quijote romper una lanza en su favor, poniendo de relieve la levedad de los delitos que eran así penados. Lo expresó en su libro, con su gracia especial, utilizando el fuerte contraluz del humor para poner más de manifiesto la cruda realidad. No resisto, por lo tanto, la tentación de transcribir literalmente el comienzo del capítulo XXII: Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia que, don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena -Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras. Nuestro caballero ve a unos desgraciados ensartados en cadenas, obligados a caminar -Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer No lo piensa más y decide liberar a los desgraciados, pero antes de obrar, muy especial era su locura, quiere indagar de los representantes de la justicia, con muy corteses razones, la causa que ha llevado a esos hombres hasta tan terrible extremo, a lo que responde uno de los guardas de a caballo que eran galeotes, gente de Su Majestad que iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más que saber. Insiste don Quijote, y es remitido a los propios galeotes para que les pregunte directamente ya que como dice el segundo guarda, ellos lo dirán si quisieren, que sí querrán, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías. Conseguido el permiso, pregunta al primer galeote cual es la causa de su condena, e inmediatamente, por algo es el ingenioso hidalgo, nos indica lo que quería demostrar: la levedad de las penas, ya que el hombre responde -¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si por enamorados echan a galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas. La agradable sorpresa surge de nuevo cuando el desgraciado dice con sencillez: -No son los amores como los que vuesa merced piensa -dijo el galeote-; que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente... No terminaba con ello el rigor de la justicia y pienso que nuestro Cervantes, para poner de manifiesto de forma más contundente la injusticia, hace añadir al galeote: ...acomodáronme las espaldas con ciento, y por añadidura tres precisos de gurapas, y acabóse la obra. Aclara el libro que el ciento fue de azotes y que gurapas quieren decir galeras. Insiste en su interrogatorio y pregunta al segundo, muy joven, el cual no respondió palabra, según iba de triste y malencónico. Lo hace por él otro penado diciendo que el muchacho va -Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus males espanta. -Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una vez llora toda la vida. Creo que Cervantes, con sus medidas palabras nos dice cuanto le repugna el tormento, practica habitual de sus tiempos, admitida por la mayoría. El guarda lo justifica aduciendo que: ...los demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones. Con lo que demuestra cómo se las traía la justicia en aquellos siglos de extrema dureza. Muy mal debió pasarlo nuestro don Miguel con la maledicencia de sus coetáneos, pues no dudó en llevar a galeras a uno de ellos, nos cuenta que preguntado otro, contesta uno de sus compañeros de desgracia: -Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por haber sido corredor de oreja... Es el único del que no se compadece nuestro caballero e incluso lo acusa de alcahuete; sí se compadece Sancho, ajeno a la importancia de este delito, ya que: túvole Sancho tanta compasión, que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna, a lo que el penado responde con llanto y nos demuestra que los pecados del hombre son viejos, pues comenta la dádiva, diciendo: -Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros en mitad del golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha menester. Dígolo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que vuestra merced ahora me ofrece, hubiera Su encuentro con Ginés de Pasamonte, demuestra varias cosas: que alguien sobrevivía a las galeras, que mucho ayudan las letras para alcanzar mejor posición, pues en ellas escribió su libro La vida de Gines de Pasamonte, lo que supone que dispuso de tiempo y mejor lugar que el banco de remo para escribirlo; y, lo que es peor, demuestra también el desagradecimiento humano, pues, una vez libre, el pícaro Ginés, como nos cuenta Cervantes en pluma de Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego que: Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Nos queda un mal sabor de boca al pensar que aquellos desgraciados quizá merecían su castigo conociendo la ingratitud con que trataron a nuestro héroe y que quizá estuvo bien puesto el nombre de chusma o canalla, dado a los galeotes. Haciendo referencia a las galeras del tiempo de la batalla de Lepanto, momento en que la galera alcanza su máxima importancia, sabemos que su dotación era muy numerosa, llegando a un promedio de entre 350 a 400 hombres. Estaba mandada por un capitán del que La gente de guerra procedía en gran medida de los tercios de Flandes y de alguna manera puede considerárseles como el embrión de la infantería de marina. La gente de mar comprendía: el patrón o el segundo de a bordo tras crearse la figura del capitán. El piloto, Los conserjeres eran prácticos de costa, y siendo una navegación preferentemente de cabotaje, conocían las corrientes, puntos de recalada, abrigos y puertos. Los alieres y proeles iban a popa y a proa para dirigir tanto el abordaje como la defensa. Los Había un alguacil encargado de la justicia y vigilancia de la gente y de la chusma, encargado de evitar peleas, fugas y deserciones. En las instrucciones que dio Felipe II a don Juan de Austria, al nombrarle capitán general de la mar, le decía: Ha de haber en cada una de las dichas galeras un capellán sacerdote que tenga cargo de los confesar a sus tiempos y doctrinar. También disponían las galeras francesas de capellán al que llamaban limosnero y es momento de recordar a San Vicente de Paúl que ejerció su apostolado como tal limosnero durante 40 años. Dado el elevado número de navegantes de cada galera y la rudeza del trabajo, ya desde los comienzos del siglo XVI, iba un cirujano o barbero pero, tras la instrucción dada por Felipe II a don Juan de Mendoza para la toma de posesión del cargo de Capitán General de las Galeras de España, se dispuso que hubiera médicos y cirujanos titulados en la escuadra. Creo que a nosotros, médicos, nos interesa más conocer la dotación humana y su terrible forma de vida, por ello las describo con más detenimiento; pienso también que nos interesará saber algo de sus médicos. Como muestra de lo importantes que fueron, me referiré en especial a uno de ellos, cuya vida y obra fue transcendental en su época y que de alguna manera no se le ha hecho la debida justicia histórica. Me refiero a Dionisio Daza Chacón que debió tener en su tiempo menos actuación política que médica, ya que no figura en la cabecera de la Historia como otros médicos de su tiempo de menor valor, aunque fue uno de los cirujanos que más contribuyó al progreso de la cirugía. Le podríamos llamar el Ambrosio Paré español, pues al igual que el gran cirujano francés, y prácticamente en su mismo tiempo, humanizó el ejercicio quirúrgico, desterrando el fuego en la curación de las heridas, tanto con el aceite hirviendo, sustituido al modo de Paré, por una pasta emoliente hecha con huevo, como usando la ligadura vascular para la hemostasia, en vez del hierro al rojo. Fue Daza Chacón el primero en negar en España la condición de tóxicas y combustas que se daban, por autores de la importancia de Da Vigo, a las heridas producidas por arcabuz y demostrando la naturaleza no venenosa de la pólvora. Usó un originalísimo apósito, no encontrado en Paré, consistente en introducir el muñón de la amputación dentro del abdomen de una gallina viva, procedimiento que a primera vista parece grotesco, pero hoy diríamos lleno de sentido común y de gran intuición. Apósito en realidad aséptico y rico en fibrina, procedente del peritoneo. Daza Chacón nació en Valladolid en 1513 de humilde condición, alcanzando una edad poco frecuente en su época ya que murió en 1596. Inició sus estudios en su ciudad natal; se conservan los nombres de sus primeros maestros, el cirujano Arias y el licenciado Torres. Completó su formación en Salamanca con el cirujano Ponte el chico; al final de sus días se le titulaba como licenciado, médico y cirujano. Tuvo amistad con Andrea Vesalio, al que admiraba como extraordinario anatomista aunque no tanto como cirujano, del que dijo que le confiaba los casos quirúrgicos difíciles. Durante la mayor parte de su vida fue cirujano militar de un emperador, un rey, una reina y un príncipe, tras empezar, en tiempos de Carlos I, bajo el mando de don Pedro de Guzmán abuelo del Conde Duque de Olivares, que iba por Maese de Campo de tres mil hombres. Después de muchas campañas culminó su actuación militar al mando de don Juan de Austria, primero en Granada y después en Lepanto, pues como él mismo dice: El año 1569 su Majestad me mandó que fuese a servir al Serenísimo Don Juan de Para ser bueno ha de ser hombre reposado y letrado, con experiencia y de buena estimativa; que lo que hablare lo entienda y lo sepa poner en obra; porque hay muchos habladores que tienen solamente letras garrulativas a la apariencia; y lo que hablan no lo entienden; ni saben apenas ordenar un clister, y quieren usar cosas nuevas, y malas experiencias. Estos son phisicos de apariencia no de obra El buen phisico ha de ser viejo, experimentado, de buena estimativa y de buen seso. Ha de haver curado por lo menos quince o veinte años arriba y ha de haver visto práctica de muchos hombres doctos; y conferido muchas veces con ellos. Por donde los que mucho tiempo practicaron en una aldea o en partes donde no ay Son palabras textuales que demuestran su categoría de médico, no tanto la de escritor, pese a haber coincido en Lepanto con Cervantes. De la misma manera que Ambrosio Paré, creía que el agua tiene propiedades curativas, puesto que las heridas curan mejor si son bien lavadas; Dionisio Daza Chacón preconizaba su empleo en las heridas y puntualizaba la temperatura y los modos de aplicarla La galera real era de majestuoso porte, sus dimensiones nos recuerdan más a un navío de competición que a uno de guerra, con su casco alargado y estrecho como el de una trainera. El equipo que hizo su reconstrucción en el Museo Marítimo de Barcelona y basándose en el hecho cierto de que disponía de 30 remos por banda, le calculó una eslora, incluido el espolón, de 60 metros, por una manga máxima de A esta fastuosa ornamentación se añadían varias banderas propias de la época, cuya vistosidad no era menor que la de sus nombres: estandarte, flámula, tordano, panel y gallardetes. Por tratarse de la capitana, la Real llevaba el estandarte real y el de la Santa Liga que le entregó en Nápoles, en nombre del Papa, el cardenal A toda esta riqueza decorativa se añadían los fanales que, en número de dos o tres, coronaban la carroza, como distintivo de su categoría y en la noche, para su reconocimiento. Tenían un gran valor como símbolo, demostrado por el interés que los capitanes tenían en arrebatarlos al enemigo. Con gran protocolo atendían a su encendido; en presencia de la Real solamente ella tenía el derecho a encender Mientras contemplaba en el Museo Marítimo de Barcelona la hermosa y bellísima reproducción de la Galera Real de Don Juan de Austria en Lepanto, saltó a mi imaginación, quizá inducido también por el aroma marino del próximo puerto, una imagen casi real. La vi avanzar con sus grandes velas hinchadas por el suave viento, los pendones ondeando al aire, y todas sus doradas esculturas brillando, iluminadas por un sol glorioso que no se quería perder el acto. Vi también en cubierta a las gentes de guerra y a las gentes de mar, engalanadas con sus mejores ropas, en formación perfecta, dando guardia al príncipe vencedor. Pude sentir el sonido de chirimías y timbales interpretando una marcha triunfal y el suave y rápido Pasado ese primer momento de emoción, me fijé en los remos y el que, en solitario, estaba expuesto y me di cuenta de su tamaño, grande como un poste de telégrafos y me pregunté: ¿y los hombres que los manejaban? Se encendió una luz de alarma en mi cerebro, y vino a mi recuerdo las palabras del gran maestro de los médicos humanistas, don Gregorio Marañón, cuando dice: Veremos que la gloriosa galera avanza sobre el mar porque la impulsan unos seres humanos, hermanos nuestros, que reman ensartados por cadenas, amarrados, como seres inanimados, por las sólidas bancas a los costados de la nave, doblados, cuando flaquean, por el castigo de la anguila que el cómitre bárbaro sacude sobre sus espaldas; y si nuestro oído se escurre entre los gritos de mando y el estruendo ensordecedor de las chirimías, oirá, allá abajo, el gemido y la maldición y la blasfemia de los que sufren, sin piedad de nadie y sin el consuelo siquiera de comprar con su martirio ni las migajas de la gloria que se repartirán los demás. Ya el doctor Alcalá decía: La vida del galeote es vida propia del infierno; no hay diferencia de una a otra, sino que la una es temporal y la otra eterna. Comprendí que además de hermosa y bellísima, era cruel. Y si la boga era tan cruel, la vida en puerto no lo era menos, pues generalmente seguían encadenados sin más movimiento que poder dormir bajo los bancos, prácticamente a la intemperie, bajo la lluvia o envueltos en la humedad del mar y apenas cubiertos por una ligera gualdrapa. Su alimentación era mala y escasa, compuesta principalmente ...aunque era de más contento y satisfación para ellos, era menos a propósito porque el bizcocho enjuga más las humedades. Posiblemente la razón estribase en la avaricia de los administradores, más que en el hecho cierto de que esa ración de pan era de 11 onzas y la de bizcocho, de 26. Una vez al día recibían una menestra ordinaria, compuesta con habas, judías o lentejas. En ocasiones especiales, la llamada menestra fina, con arroz o garbanzos, Nuestra marinería está acostumbrada al uso de los garbanzos y los prefieren a las demás menestras. Los galeotes casi nunca se regalaban con estas menestras, recibiendo la hecha con habas, la legumbre más barata, cocida con algo de aceite, y no siempre, ya que se suprimía con cualquier pretexto. Únicamente en las grandes ocasiones o tras un gran esfuerzo tenían acceso a algo mejor, como ocurrió en la campaña de las Islas Terceras por consejo del marqués de Santa Cruz, uno de los almirantes más humanitarios, que también ordenaba añadir vinagre e incluso medio azumbre de vino en el que mojaban la galleta, disfrutándolo como un gran manjar al que no estaban acostumbrados. Incluso en el siglo XVII, cuando las condiciones eran más humanas, hipócritamente, puesto que era más caro, Vargas Ponce, en 1680, publica una carta de denunciada: Este simple enunciado no necesita comentario, es suficiente para conocer hasta qué punto se escatimaba la alimentación de estos desgraciados. Las condiciones higiénicas eran otro horror, tanto que el Padre Guevara, describió cómo los parásitos, pulgas y chinches principalmente, eran huéspedes habituales de tan bellos navíos. De sus palabras se deduce que los visitó repetidas veces y que tenía conocimiento exacto del hecho. Con gracia especial, nos informa: Es privilegio de la galera que todas las pulgas salten por las tablas y todos los piojos que se crían en las costuras y todas las chinches que están en los resquicios, sean comunes a todos y se repartan por todos y se mantengan entre todos; y si alguno apelare de este privilegio, presumiendo de muy limpio y pulido, desde ahora le profetizo que si echa la mano al pescuezo o a la barjuleta, halle Y añade en otra ocasión y de alguna manera nos introduce en los usos de la época, en la que la higiene no debía ser práctica en uso, puesto que para nada nos habla del agua y del jabón: Es saludable consejo, mayormente para los hombres regalados y de estómagos delicados que se provean de algunos perfumes, menjuí, estoraque, ámbar, y, si no, de alguna buena pomada hechizada, porque muchas veces acontece que sale tan grande hedor de la sentina de la galera que, a no traes en qué oler, hace desmayar y provoca a reversar. A estos horrores hay que sumar las enfermedades habituales debidas a las condiciones en que vivían estas pobres gentes, hiponutrición; escorbuto, pelagra, beriberi, en mayor o menos grado por avitaminosis; infecciones de todo tipo, como enteritis graves, tuberculosis, y cabe destacar el "pasmo", descrito en todos los libros y que seguramente se refiere al tétanos. Por si fuera poco a Pero no termina aquí todo el espanto, puesto que hay que tener en consideración los castigos, de los cuales podemos pensar que el menor era la disminución de la alimentación hasta el ayuno, e incluso menor, el castigo con el látigo. Por causas mínimas se les cortaban la nariz o las orejas, y si se producía un robo, la pena era cortar la mano. Tenemos que agradecer al gran Daza Chacón que consiguiera la normativa de que en estas amputaciones estuviera presente el cirujano, para dibujar la línea de la amputación y poner un torniquete que, además de la hemostasia, mantuviese la piel estirada hacia el codo y disponer así de cantidad suficiente para cerrar el muñón. El médico don Pedro Ponce de León tuvo que curar a un galeote, cuyo capitán, del que dice don Gregorio Marañón. estampemos su nombre, para maldecirle, se llamaba Lorenzo Roa. Este energúmeno, este sádico capitán, para castigar no sabemos qué falta, lo sometió a un cruel tormento; le mandó colgar una talega con dos balas de cañón de sus genitales e izarlo a la entena y mante-nerlo así suspendido hasta que, pasado un tiempo, el desgraciado perdió el conocimiento sus genitales negros como la pez, se desprendieron. Se llegó a la perversión, y tengamos en cuenta que estos castigos no eran privativos de España, practicándose en todos los países, de descuartizar al reo, amarrando sus extremidades a cuatro galeras y como dice Mateo Alemán: Cada nave se alejaba arrastrando un fragmento del mártir. No es de extrañar que morir ahorcado fuese una liberación. Un galeote, Miguel de Molina, fue condenado por su capitán a ser descuartizado. Felipe II, en un gesto de magnánima humanidad, conmutó esta pena por el ahorcamiento. El reo, mientras ponían la soga a su cuello, pronunció un largo y elocuente discurso de gracias a tan piadosísimo rey. Todo este espectáculo dantesco del galeote uncido a su banco, remando hasta más allá del agotamiento, flagelado sin piedad, deshidratado y desnutrido, descansando de forma precaria bajo el banco de remo sobre su propia inmundicia, la galera, en el mar, se olía antes de ser avistada, no lo podemos extrapolar a la forma de vida de nuestros días -Distingue tempora et concordabis iura. Quizá la primera pista nos la da el hecho de que había galeotes voluntarios, lo que nos hace pensar en la mala vida que llevarían esos desgraciados para enrolarse en tan duro y terrible trabajo. No se puede olvidar que en el siglo XVI todavía no se habían extendido los productos traídos de América, en especial la patata y el maíz que, una vez difundidos, salvaron a Europa de la hambruna generalizada. La contumacia del hombre es tal, que sobre todo la patata, cuyas cualidades nutritivas nos parecen obvias, fue despreciada diciéndose Esta hambruna determinaba que durante los largos inviernos, a las casas mal acondicionadas para el frío, se añadiera una dieta alimentaria muy escasa, con poca grasa y proteína. Quien había sobrevivido a los rigores invernales y a las frecuentes epidemias, lo hacia en un estado muy preca-rio, afectados en mayor o menor grado por el escorbuto, la pelagra y otras enfermedades debidas a la avitaminosis. El hombre de esos tiempos estaba acostumbrado al dolor, al hambre y a las penalidades; era capaz de soportar las extracciones dentarias; sufrir las intervenciones quirúrgicas -ya mencionamos que D. Juan de Austria murió tras una intervención de hemorroides-, y la curación de las heridas de arcabuz con aceite hirviendo, así como la amputación de miembros; todo ello sin anestesia, cosa que nosotros no podríamos soportar hoy y que nos horroriza solamente pensar en ello. En cualquiera de los casos es sorprendente la comprobación de que hubo galeotes que sobrevivieron a tan dura pena, incluso sufrida durante años. Este hecho hace pensar en que pudo haber algún factor, difícil de entender, que de alguna manera ayudó a malvivir a estas desgraciadas gentes. En esos tiempos, de extrema dureza, encontramos con cierta frecuencia la figura del anacoreta. Estos hombres sometían su cuerpo a toda clase de penalidades como son la mala habitación y el escaso vestido, con su consecuencia de incomodidad y frío; el hambre ocasionado por el repetido ayuno, es decir, una dieta escasa y casi carente de proteínas e incluso de agua; la falta de sueño, ya que gran parte de este tiempo se dedicaba al rezo y a la meditación; y, como colofón, los daños corporales producido por penitencias extremas como Esto puede explicar por qué el Curé D'Ars solía decir en los días en que tenía libertad para flagelarse sin misericordia, que Dios no le negaba nada. En su estudio alcanza conclusiones que de alguna manera podemos aplicar a los galeotes ya que el citado autor piensa que cuando el remordimiento, el odio, el miedo aumentan y cuando las heridas infectadas vierten en la sangre proteínas desnaturalizadas, se incrementa la producción de adrenalina e histamina: La eficacia de la válvula reductora del cerebro, en palabras de Huxley, disminuye, y entran en la conciencia del asceta aspectos desconocidos de la Inteligencia Libre, con la inclusión de psicofenómenos, visiones y, si está filosóficamente y éticamente preparado para ello, experiencias místicas. En el transcurso de su investigación sobre ciertas drogas, como el ácido lisérgico, Aldoux Husley llega a la conclusión de que su acción es comparable a la producida por los actos de los anacoretas antes descritos. Lo que conocemos de la vida del galeote quizá nos permita pensar que los sufrimientos que padecían en la galera, tan similares -eran azotados, sufrían heridas infectadas, hambre, Se puede enlazar este estudio con un artículo que publicó José María Armengol en El Periódico de Cataluña, del 30 de noviembre de 1997. En él describe la presencia de alucinógenos en los restos de cerveza hallados en una vasija de la Edad del Bronce en un poblado ibérico de Mas Caste-llar, en el municipio de Pontós (Alto Ampurdán). En este artículo habla de un reciente estudio del arqueólogo de la Universidad de Barcelona, Jorge Joan, que descubrió estos restos de alucinógenos en el análisis microscópico y químico de las vasijas Hay que recordar que, en ese tiempo de hegemonía de la galera como buque de guerra, se mezclaban durante la panificación toda clase de cereales y entre ellos el centeno, del que no se eliminaba el cornezuelo por desconocimiento de su naturaleza. Hoy sabemos que la acción vaso-presora de la ergotamina, tomada con asiduidad, provoca síndromes isquémicos de los miembros, con necrosis pérdida de los mismos, hecho frecuente en la época y que durante mucho tiempo Pese a lo últimamente expuesto me asalta una cruel y justificada duda. El Galeote de Sevilla, con mente despierta, y en sencillos y eficaces versos, describe claramente la realidad de estos desgraciados: Varias veces por huir Muchas gracias. |