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El genial pintor aragonés nacido en 1746 en Fuendetodos, es una de
las cumbres indiscutibles de la pintura española de todos los tiempos.
El comienzo de la enfermedad del pintor se produce cuando el pintor contaba
46 años, coincidiendo con un viaje que realiza a Cádiz, en una carta suya,
fechada el 17 de enero del año 1793, se puede leer:
“... he estado dos meses en cama con dolores cólicos...”
En marzo de ese año Sebastián Martínez escribe a Zapater:
“... que nuestro Goya sigue con lentitud, aunque algo repuesto.
Tengo confianza en la estación y que los baños de Trillo que tomara a
su tiempo lo restablezcan. El ruido en la cabeza y la sordera en nada
han cedido, pero está mucho mejor de la vista y no tiene la turbación
que tenía, que le hacía perder el equilibrio...”.
Así pues, Goya padeció una enfermedad caracterizada por dolores cólicos
abdominales, hipoacusia, vértigos, acúfenos y alteraciones de la visión,
síntomas que mejoraron transitoriamente cuando el pintor abandonó su trabajo.
Zapater se permite realizar un juicio de valor acerca de la enfermedad
del pintor:
“... a Goya le ha pasado esto por su poca reflexión y hay que compadecerle
con toda la compasión que exige su desgracia...”
Algunos estudiosos de su patobiografía, entre ellos el Dr. Sánchez Rivera,
han querido leer entre líneas estas aseveraciones y asociarlas con la
clínica del pintor y con el, nada irrelevante, hecho de que los 20 hijos
que el pintor tuvo con Josefa Bayeu se murieran de muerte prematura, estableciendo
la hipótesis de que el pintor padecía una enfermedad venérea (sífilis)
que le afectó al sistema nervioso central (neurosífilis).
Otros autores, como el Dr. Niederland y la Dra. Rodríguez Torres, han
achacado la sintomatología descrita a una encefalopatía saturnina, la
cual permite explicar la progresiva afectación de la función del sistema
nervioso central y los cólicos abdominales.
El pintor ingirió el plomo, responsable de la enfermedad, a través de
dos vías, por una parte inhalaba grandes emaciaciones de carbonato de
plomo debido a que gustaba de pintar por la noche en una estancia pequeña
y mal ventilada, durante largas horas, a la luz de las velas. Además es
sabido que el pintor tenía por costumbre sujetar los pinceles entre sus
dientes e ingería los alimentos sin lavarse previamente las manos, favoreciendo
el consumo crónico de plomo.
Además, ningún otro pintor de su época utilizó tanto la pintura blanca
en sus composiciones, la cual estaba compuesta del referido carbonato
de plomo.
En contra de esta teoría, el célebre psiquiatra Vallejo-Nágera argumenta
que su moledor habitual, Pedro Gómez, ejerció la profesión durante treinta
y seis años y no llegó a padecer el saturnismo, lo cual hace difícil que
Goya sufriera la citada enfermedad. Este célebre humanista apunta como
primera posibilidad el padecimiento de un trastorno psiquiátrico, concretamente
de una esquizofrenia, patología que permitiría explicar la etapa de las
pinturas negras.
Más recientemente han surgido otras teorías que han tratado de explicar
los síntomas a través del síndrome de Vogt-Koyanagi-Harada, caracterizado
por uveítis, sordera, vitíligo, alopecia y meningismo.
En 1810 el pintor estuvo a punto de morir, pero llegó a superar la enfermedad
gracias a la ayuda del Dr. García Arrieta, en agradecimiento Goya pintó
en 1820 uno de sus cuadros más expresivos (“Goya atendido por Arrieta”),
al pie del lienzo se puede leer:
“Goya agradecido, a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con
que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad padecida a finales
de 1810, a sus 73 años”.
El 16 de abril de 1828 Goya fallecía en Burdeos, víctima de una accidente
cerebrovascular.
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