LA HOJA DE ROBLE Y EL HURACÁN
por Dr. Jesús Sevilla
Ilustración: Victor Secades 

En aquel bosque vivía una humilde Hoja de roble que no era feliz. Su situación en el centro de un gran árbol le imdedía ver su alrededor, pues otras hojas no le dejaban vislumbrar cuanto había más allá. Su tristeza era infinita, ya que sólo podía observar a sus hermanas siempre verdes, siempre iguales, permanentemente obstaculizándole su visibilidad.

En su monótona y triste vida tenía pequeños deseos y una gran ilusión. Los pequeños deseos, consistían en que el viento moviera con fuerza el gra roble y todas sus ramas y hojas, para entre los espacios que se formaran poder otear mejor; o la lluvia en forma de chaparrón, a modo de gran ducha, era para la Hoja otra ligera diversión.

De estos pequeños deseos colmaban su sensibilidad, cuando algún pájaro se posaba en su rama matriz, o cuando observaba con deleite el vuelo airoso de los insectos. Si alguno llegaba a posarse en su débil cuerpo, percibía mil sensaciones, mil deleites, innumerables caricias en su anatomía virginal. Pero, le seducia tan de tarde en tarde, que su vida se consumía entre estos constantes deseos y sus incontables decepciones.

Se lamentaba de que hubiera nacido en el peor y más triste de los hogares: en aquel pobre roble, del bosque perdido, de un húmedo país. Consideraba que su situación era más lamentable aún que la de "El patito feo". No tenía movilidad, ni posibilidad siquiera de comunicarse con otros seres.

Su mayor deseo, la gran ilusión de la humilde Hoja, era una utopía, un sueño casi imposible: la posibilidad de volar. Deseaba con todas sus fuerzas, volar y planear. Llegar tan lejos transportada por el viento, para morir en algún lugar con más luz y calor, distanciado de su triste y humedo bosque natal.

En ello consistía su repetida oración a Dios, poder volar antes de caer y de sucumbir. ¿Llegaría el milagro en forma de viento, pájaro o presona que la pudiera trasladar...? Aquello eran sólo ilusiones, especulaciones, fantasías.

Se lamentaba, igualmente, de no poder comunicarse con los hombres, expresarse como los animales o, al menos, poder llorar. Verdaderamente, la madre naturaleza le había concedido muy pocos favores: sólo su túnica verde, su enramado circulatorio y el único pedículo para depender siempre de la ramita matriz. ¿Habría acaso algún ser viviente más pobre, desgraciado o dependiente en toda la Creación?

Su gran amargura, llegó un día acompañado de lluvias y fríos. Ya no olvidaría nunca aquella horrible mañana;desde entonces se consideró el más desgraciado ser de la Tierra.

Entre las rendijas que le dejaban sus hermanas, vio al terrible cazador. Por los ladridos del perro que le acompañaba, enseguida intuyó a lo que venían los dos. Aquel hombre insensible, verdugo de la naturaleza, disparó por dos veces al roble sin apuntar siquiera. La matanza fue de grandes proporciones; cayeron varios pájaros, se quebraron numerosas ramas y cientos de hojas quedaron perforadas por los plomos de la escopeta. Un ploma a ella le traspasó. Desde entonces, quedó marcada y dolida por toda su existencia.

Pasaron los días y otra ilusión se fui imponiendo. Deseara que llegara pronto el Otoño, aunque ello supondría que paulatinamente se fuera secando su anatomía y dificultándose su circulación interna.

Quería salir de su cárcel, abandonar su vida oscura y anodina; aunque fuera para caer y morir. Su madre, la Rama, le había anunciado que todos los años, allá por Noviembre, sus hermanas se dejaban caer y descendían lentamente, cono meciéndose antes de llegar a la tumba. Luego, revueltas con la tierra, servirían en la Primavera siguiente, como fertilizante imprescindible para su padre el árbol. A través de sus raices el gran roble volvería a engendrar nuevas hojas como ella.

Al fin llegó el Otoño y toda su familia comenzó a palidecer. El color verde típico se transformaba en verde claro, para acabar en amarillo-verdoso. Por último, el desprendimiento de su ramita y el lento caer a la tierra. Su madre la Rama, secos sus pechos, sin la saliva vital con los que les había alimentado, palidecía se debilitaba y abandonaba a sus hijas a la suerte.

Todas sus compañera descendían como si lo hicieran con paracaídas, mientra ella resistía tenazmente, tercamente. Aún le quedaba la gran ilusión, la de recibir un milagroso soplido para volar y salir de aquel lúgubre bosque. Comprendía que era resistencia inútil, un combate de antemano perdido.

Su cordón umbilical, que le había unido toda la vida a su madre, había dejado de funcionar. Ya no entraba ni una gota en su cuerpo; al igual que cuando a un enfermo incurable se le retiran las sondas y los sueros, imprescindibles para sobrevivir.

Pero la Hoja, humilde y soñadora, hizo un tremendo esfuerzo de voluntad y resistió tres días más.

Todas sus hermanas habían caído y exhalaban unos desagradables olores. Ahora si que le gustaba a la hoja, libre de sus hermanas, el hogar donde había nacido. Podía ver el cielo y la tierra, a los otros árboles cercanos y todo lo que se movía en el bosque. Sentía con mayor placer la lluvia, el rocío mañanero, el relente de la noche y el suave viento del atardecer. Su mayor deleite, en esto tres últimos días, se centraba e el reflejo que recibía por las mañanas de las estrellas que puntean el firmamento.

Al cuarto día, abandonada toda esperanza y cuando le llegaba la hora fatídica de desprenderse de su rama, notó a lo lejos un oscurecimiento, seguido de relámpagos y de un fuerte viento que comenzaba a mover las copas de los árboles. Había llegado, al fin, lo que tanto ansiaba: un viento en forma de huracán que la pudiera transportar lejos, muy lejos, de aquel triste lugar. Su plegaria había sido escuchada antes de morir. Ahora, como los pájaros y los insectos, tendría la ocasión de volar.

Resistió como pudo los primeros embates del Huracán. No quería caer en su propio bosque como las demás porque a su gran deseo de volar, se unía la curiosidad de conocer otra tierras, otros países, los ríos y la mar. En pocos minutos el Huracán, con toda su fuerza, arrasó el bosque, soplando con su fuerte viento en dirección Este Oeste, y produciendo giros vertiginosos que se elevaban a muchos metros de altura.

Nuestra Hoja fantasiosa se soltó y se dejó llevar, abandonándose al vendabal. Al principio, subió hasta una altura en donde apenas podía respirar, para descender lentamente, formando círculos desiguales y como si bajará en un planeador, sobre la maravillosa orografía del país en donde había nacido.

Como se puede observar desde un avión en vuelo, distinguía allá abajo las grandes montañas y, entre vaguadas, discurrían los ríos que semejaban hilitos plateados. También, como en una maqueta de juguete, se veían unas estrechas cintas por las que corrían, como extraños insectos, los automóviles.

A lo lejos, pudo divisar un mar grandioso, el océano. Sin embargo, no admitía comparación con la enormidad del firmamento. La Tierra, a otras escalas, era una simple hojita, como ella; o una bolita que giraba sin descanso alrededor del Sol.

¡Qué delicada para nuestra Hoja mecerse a esas alturas y contemplar, a medida que descendía, como aumentaba todo el tamaño! Los pueblos parecían casitas de Belén, los lagos y pantanos pequeños charcos, los bosques diminutas manchas verdes... Todo parecía ridículamente pequeño, miniaturizado, de juguete.

Según se acercaba nuestra Hoja de roble al suelo, lo que suponía su muerte inmediata, su amigo el Huracán, soplando de nuevo, la volvió a elevar y transportar lejos, muy lejos, a través del océano, a otras tierras, a oros países de clima y vegetaciones muy diferentes y variopintas.

Parecía que se posaría a otro planeta, en otra galaxia. ¡Qué gran diferencia de clima, de flora, de fauna! Animales y pájaros exóticos, insectos de miles de formas y colores; todo era como una pura fantasía de Walt-Disney.

Pasaba del clima húmedo a otro de suave calor tropical, que reactivaron la agotada vida de la Hoja de roble. Su anatomía, su circulación vegetal, ya esclerotizada por la falta de clorofila, notaron el cambio de clima y mejoró ligeramente su estado general. Era una mejoría pasajera, "su muerte estaba ya cantada".

La Hoja, sintiéndose morir, y cumplido su más anhelado deseo, dio gracias a Dios y a su amigo el Huracán. Luego, solicitó de éste su último favor: que la depositara en aquel cálido y bello continente.

El Huracán, que se apagaba lentamente, hizo un último esfuerzo y dejó a la feliz Hoja en la arena, en el punto donde se une la tierra y el mar.

 

¡Y así murió la Hoja del Bosque, la que quería volar!





Dr. Jesús Sevilla

Nace en Daimiel, estudia Bachiller y Magisterio en Valdepeñas y Ciudad Real y la carrera de Medicina en las facultades de Madrid y Cádiz. Desde 1972, ha simultaneado su profesión de médico en RTVE, el Instituo Nacional de Hamatología y el Hospital Gregorio Marañón de Madrid con sus actividades literarias y periodísticas.

En el transcurso de estas tres décadas, ha escrito novelas, cuentos, biografías, ensayos, guiones de radio y televisión... y ha colaborado en numerosas publicaciones tanto científicas como periodísticas o literarias, motivo por el que ha recibido varios premios.

En 1989, funda el periódico "Las Tablas de Damiel", del que es director desde ese año. En 1987 publica, publica su primera novela "Alhambra y los Tuchas". En 1992, la Diputación Provincial de Ciudad real le edita su libro "Cuentos Sueños y Leyendas de la Mancha". En 1995 sale a la luz su segunda novela "Arantxa, un drama en la ría", una obra que fue grabada por la ONCE para todos los invidentes de España y grabada también en novela radiofónica por el cuadro artístico de veteranos de Radio Nacional de España. En el año 2000, ha publicado su tercera novela, titulada "Daimiel, parada y fonda".

Actualmente, es Secretario General de la nión de Periodistas de Madrid, director del periódico "Las Tablas" y presidente de la Asociación Cultural "El Eco de Daimiel". Es fundador, directivo o miembro destacado de varias asociaciones, fundaciones, foros y tertulias literarias. Y como director de "Las Tablas" , ha creado cuatro premios, uno de ellos de ámbito periodístico nacional:

"¡Salvad las Tablas!"