| Los errores de una obra teatral
En el teatro clásico español existe una gran obra del
genial autor D. Luis Vélez de Guevara. Se titula "Reinar
después de morir" y está basada en la vida de doña
Inés de Castro. De las cuatrocientas obras que gestó este
dramaturgo, esta fue la de mayor garra dramática, y la que más
gustó al público, a pesar de que no se ajusta a la realidad
histórica. He aquí alguna de las falsedades que se pueden
encontrar en esta obra:
-El príncipe D. Pedro, de Portugal, se enamora de Doña
Inés después de quedarse viudo. Falso. Don Pedro se enamoró
de la jovencita mientras vivía y convivía con su esposa
doña Constanza.
-En la obra de don Luis doña Inés es una dama castellana.
Parece seguro que fue gallega.
-Según la obra de teatro don Pedro se niega a casarse con doña
Blanca por estar enamorado de doña Inés. Nada más
falso. D. Pedro no llega a consumar el matrimonio con doña Blanca,
por incapacidad física manifiesta de ésta, no por estar
enamorado de doña Inés, a quien ni siquiera conoce en
esta época.
-Y la mayor falsedad de todas, pero que le da un carácter más
fuerte y conmovedor a la obra, es la de afirmar que sentó a doña
Inés después de muerta en el trono, y obligó a
sus vasallos a presentarle pleitesía.
A lo largo de este artículo el lector podrá ir separando
lo que es realidad de lo que es producto de la imaginación prodigiosa
del escritor.
Antecedentes
Poco sabemos de la niñez y primera juventud de la pequeña
Inés. Es cierto que fue fruto de los amores ilícitos de
D. Pedro Fernández de Castro, héroe, junto Guzmán
el
Bueno, en la defensa de Tarifa, y doña Adoniza Soares de Valladares.
No sabemos la fecha exacta de su nacimiento, que debió ocurrir
alrededor del año 1311, como luego trato de justificar. Tampoco
sabemos con exactitud dónde nació. Para algunos historiadores
era castellana, pero parece más cierto que su origen es gallego,
y si hacemos caso a D. Manuel Hermida, académico de la Real Academia
Gallega, la niña nació en Monforte, en un viejo castillo,
hoy ruinoso, que allí se conserva. Pasada su niñez iría
a vivir al palacio de su tío, el Infante don Juan Manuel.
El pequeño lío de las fechas
Debo confesar que me ha costado encajar fechas, edades y acontecimientos.
Por ejemplo, si doña Constanza nace en 1300, ¿es posible
que dé a luz a su hija Constancita en 1313? Es posible, pero
resulta, cuando menos, admirable. Si el infante Juan Manuel tiene escarceos
amorosos con Inés de Castro, no puedo admitir que doña
Inés nazca en 1322 como se afirma en ciertos artículos.
Es más, sabemos que nació a principios del año
1300, y 1322 no parece que sea muy al principio. Por ello debemos quedarnos,
con todas las cautelas posibles, en el 1311, y quizás nos quedemos
cortos. Además si va a crecer junto con la hija del Infante don
Juan Manuel, es lógico pensar, que sus edades sean más
o menos aproximadas. Admitamos que Constancita llevara dos años
a su prima Inés, aunque con las reservas razonables.
La vida agitada de la niña Constanza, hija de doña Constanza
y del Infante don Juan Manuel, prima y amiga de doña Inés
de Castro.
En el castillo de Garci Muñoz vive el Infante don Juan Manuel,
casado con doña Constanza. Como fruto de este matrimonio nace
una niña que es bautizada con el mismo nombre de la madre. Cuando
Constancita cumple catorce años, la casarán por razones
políticas, con el rey Alfonso XI, el cual no tarda en repudiarla
y la encierra en un castillo, para casarse poco después con doña
María de Portugal. Un par de años más tarde, la
niña Constanza es liberada y entregada a su padre, sana y salva.
Pero el honor ya estaba herido, y ya se sabe, que tocando al honor,
"no hay amigo para amigo".
La vida en el Castillo
Durante estos años, la joven Inés ha ido creciendo en
estatura y belleza, al lado de su prima y de sus tíos. Del afecto
y de la cordialidad sale la querencia, y en seguida surge el amor. El
erotismo, la pasión y la lujuria, vendrán más tarde.
Así pasa entre un hombre y una mujer. Así debió
pasar entre el infante D. Juan Manuel y la encantadora Inés.
Que los más duros corazones y las más castas intenciones,
se han dejado vencer, fácilmente, por la belleza. Amores tuvo
que haber entre ellos, pues las crónicas nos cuentan que doña
Constanza, muere en 1327 de melancolía a los veintisiete años
tras aguantar y sufrir las relaciones de su esposo con la gentil y lozana
doña Inés. Inés debía de andar, entonces,
por los dieciséis. Juan Manuel, con sus cuarenta y cinco, está
en lo mejor de su madurez. Hombre maduro, bella doncella ¿Quien
no cae en esas redes? Que el amor imposible todas las cosas vence. Las
relaciones amorosas entre tío y sobrina debían de ser
la comidilla de la pequeña corte, que "atar lenguas es como
intentar poner puertas al campo". Es de suponer que esta situación
se mantuvo hasta el momento en que doña Inés sale para
Portugal, en 1340, acompañando a su prima, que va a casarse con
el infante D. Pedro de Portugal.
El matrimonio fallido de doña Blanca con el Infante
don Pedro de Portugal
El rey de Portugal, Alfonso IV, desea concertar el matrimonio de su
hijo Pedro, que tiene ocho años. Para ello busca una novia en
Castilla y la encuentra en doña Blanca, hija del infante D. Pedro
de Castilla, prima de Alfonso XI, y nieta de Sancho IV el Bravo. Linaje
no le faltaba a la pequeña Blanca, que tiene más o menos
la edad de Pedro. La infantita llega a Portugal y se prepara la correspondiente
ceremonia digna de tal acontecimiento. Previamente se pidió la
bula correspondiente al papa Juan XXII, por ser primos ambos novios.
Se dice, no sé si creérmelo, que juntaron a los dos niños
en un espléndido lecho en la cámara real, suponemos que
limpios, lujosamente vestidos y perfumados, donde el obispo de Coimbra,
les dio la sagrada bendición. Dada su escasa edad para cumplir
con el fin matrimonial, se marcó un plazo de cuatro años,
para que los infantes realizaran su compromiso conyugal.
La pobre infantita llega a los doce años hecha una pena, delgada,
enfermiza y con escaso desarrollo. Se llama a consulta a los mejores
médicos de la Corte, los cuales la examinan detenidamente y emiten
sus diagnósticos. Uno de ellos dictamina que tiene "pestilencia
en la sangre", otro no coincide con su colega, y opina que lo que
padece es "ética declarada”. Finalmente un tercero,
sin encomendarse a Dios ni al diablo, afirma que esta niña lo
que tiene es "gota coral". Ante esta situación se decide
ampliar el plazo dos años más. La pobre hija no sólo
no se recupera sino que su situación empeora, no sabemos si por
culpa de la pestilencia, de la ética o de la gota. A todo esto
el infante se desespera, pues desea fervientemente ejercer su papel
de marido. Pero como él mismo dice: "¿dónde
voy yo con una alforja de huesos?". La situación es delicada.
Resulta evidente la insuficiencia física de la niña para
el matrimonio. El Rey y sus consejeros deciden comunicar lo que sucede
a los familiares de la pequeña infanta. Los emisarios hacen saber
tanto al Rey de Castilla como al Rey de Aragón, que el Rey Alfonso
IV ha hecho todo lo posible por juntar a su hijo con doña Blanca,
pero que ésta se muestra "paralítica" (así
se cuenta en la Crónica de Alfonso XI), y que por ello les ruega
que envíen dos caballeros para testificar lo dicho, y confirmar,
“in situ”, que ese matrimonio es totalmente imposible, por
todo lo cual se puede ver que se actúa "con razón
y derecho". Así se lleva a cabo, y los enviados del rey
de Castilla pueden confirmar, ante la crueldad de los hechos, la realidad
de la difícil situación física en que se encuentra
la novia. Lógicamente, ante estas circunstancias no hay otra
solución, que deshacer el matrimonio, a pesar de haber intentado
todo lo humanamente posible para evitar tal desenlace.
En honor a la verdad, hay que decir que el rey portugués y su
esposa doña Beatriz, aunque el matrimonio se anuló, decidieron
acoger con cariño a la pequeña, y conservarla a su lado
para cuidarla, como si fuera su propia hija, "hasta que Dios quisiera".
El Infante don Pedro de Portugal encuentra, al fin, su media
naranja en la hija del Infante don Juan Manuel, la que fue repudiada
por Alfonso XI
Había que buscar otra novia para el Infante. Pero no una cualquiera.
Tiene que ser alguien que asegure la nobleza en la sucesión,
y los buenos auxilios en caso de guerra. Se barajan varias opciones,
y finalmente se llega a la conclusión de insistir en una doncella
castellana. La decisión recae en aquella niña que había
sido repudiada por el rey castellano D. Alfonso XI, la hija de doña
Constanza y del Infante don Juan Manuel nieto, éste, del rey
D. Fernando III el "Santo", sobrino de D. Alfonso X "el
Sabio", duque de Peñafiel, marqués de Villena, señor
de Escalona y dueño de gran cantidad de villas y castillos.
Año 1340. La cristiandad se ha salvado gracias a la batalla
del río Salado, donde los sarracenos son derrotados.
La joven Constanza sale hacia Portugal para desposarse con el infante
D. Pedro. Pero no va sola; la acompaña su prima, la bella Inés,
de una belleza extraordinaria según cuentan sus coetáneos,
y veterana en los asuntos del amor, que no en balde ha tenido, al parecer,
relaciones íntimas con su tío, el Infante don Juan Manuel.
Doña Constanza es recibida con los brazos abiertos por el pueblo
y por la corte portuguesa. El novio espera, suponemos que impaciente,
a su futura esposa.
¿Qué pasará por la mente del rey castellano D.
Alfonso XI, al ver que su ex-esposa, joven y todavía de muy buen
ver, se va a casar con un infante de Portugal?
La ceremonia de la boda se celebra pocos días después
en la catedral de Lisboa.
Poco más tarde sale para Castilla la pálida y enfermiza
doña Blanca, la cual, después de estar unos días
en Madrid, partirá para Burgos a recluirse en el monasterio de
las Huelgas.
Los amores ilícitos y el fallecimiento de la esposa
del Infante don Pedro
D. Pedro, de momento, está encantado con su nueva esposa, pero
no deja de mirar y admirar a aquella dama de compañía
de cuello de cisne, cabellos dorados, ojos de pupilas verde-claras,
de talle fino, largas piernas y caderas ondulantes. Y ocurrirá,
una vez más, lo que tiene que pasar. El Infante se encuentra
con un preocupante dilema, por un lado, con el AMOR, y por otro, con
la responsabilidad de futuro rey. "¡Qué fatigas pasa
un hombre cuando quiere a una mujer"!. Las relaciones entre el
Infante y doña Inés son pronto conocidas por todo el reino.
La sumisa esposa lo sabe y calla. No podemos adivinar lo que pasa por
la mente y por el corazón de doña Constanza. Sabemos que
este matrimonio, como otros muchos de ésta y de todas las épocas,
está basado más en razones de Estado que en el verdadero
amor. Más que celos, lo que le indigna y le duele es el amor
propio herido. Humillada y resignada, espera pacientemente el nacimiento
del segundo hijo que lleva en sus entrañas. Del primer embarazo
tiene una niña: María que se casó con el infante
Fernando de Aragón, en 1354.
Se acerca el día del parto de su segundo hijo y, toma una decisión
un tanto extraña. --¿Es ella que lo desea o es el marido
quien se lo impone?- Decide que su prima sea la madrina de ese niño.
Nace éste tan enclenque que se teme por su vida y se le bautiza
a toda prisa poniéndole el nombre de Luis. A los ocho días
muere el pequeño. Su frágil salud no puede resistir nada
más.
Al poco tiempo vendrá otro niño, que se va a llamar Fernando,
y que sucederá en el trono a su padre.
Doña Constanza, muere en una fecha indeterminada, entre 1345
y 1349, a consecuencias de un parto, unos seis o diez años antes,
que doña Inés.
Empiezan los problemas
Don Pedro tiene cuatro hijos con doña Inés: Alfonso
que murió joven; Juan, Dinis y Brígida.
Cuando muere doña Constanza, se ofrece al infante D. Pedro la
posibilidad de volverse a casar, a lo cual, él, inexplicablemente
se niega, pues parece ser que ya se había casado con amada Inés
en secreto; además, teme que sea una estratagema para alejarle
del trono.
Doña Inés llama en su ayuda a sus hermanos, Fernando
de Castro, y Álvaro Pires de Castro. Cuenta la historia que ambos
tratan de que Portugal vuelva a unirse con Castilla, como lo había
estado anteriormente. Con este fin, pretenden que D. Pedro se declare
pretendiente a la corona de Castilla y León, pues derechos no
le faltan, al ser nieto del rey D. Sancho. D. Pedro, no está
por la labor. Las cosas se complican cuando por los corrillos reales
se empieza a rumorear que los tales hermanos Castro tratan de asesinar
al heredero legítimo, D. Fernando, para situar en el trono a
su hermana. Aunque los mismos consejeros del Rey descartan esa idea,
sí le hacen ver que el trono peligraba para el infante mientras
viva la amante de su hijo, pues al morir D. Alfonso, dan por seguro
que doña Inés convencerá a D. Pedro, de que nombre
herederos a sus propios hijos.
D. Alfonso, quizás, empieza a recordar los enfrentamientos que
tuvo con su padre D. Dionisio cuando éste mostró sus preferencias
por su hermano natural D. Alfonso Sánchez, por lo que tuvo que
sublevarse contra su propio padre para poder acceder al trono que legítimamente
le correspondía. Estos tristes recuerdos deben de pesarle ahora
en los momentos de tomar una decisión.
Decisión de Estado. Muerte de doña Inés
Se reúne el Consejo, y D. Alfonso quiere oír los argumentos
y la sentencia de los tres principales consejeros: D. Pedro Coelho,
amigo íntimo del príncipe; D. Álvaro Gonçalves,
Justicia Mayor del Reino, y D. Diego López Pacheco, también
íntimo amigo del príncipe. Los allí presentes pueden
ver llorar a D. Diego en el instante de emitir su voto en favor de la
sentencia de muerte para doña Inés.
El Rey no tiene más remedio que aceptar tan desagradable solución.
Se acuerda llevar a cabo tal atrocidad aprovechando un día en
que el Infante se encuentre de caza.
Y ese día llegó.
La víctima se encuentra en Coimbra, en el Palacio de Santa Clara.
El Rey, con su séquito, se acerca al palacio. Pero sólo
el Rey con el Justicia Mayor, que lleva en la mano el rollo que contiene
la sentencia, suben a las estancias superiores donde se encuentra doña
Inés. Ésta sale a su encuentro. Besa respetuosamente la
mano de D. Alfonso. El Justicia Mayor lee la sentencia: "De orden
del Rey, nuestro señor, se condena a doña Inés
de Castro, a ser degollada por el verdugo..."
La pobre mujer, rodeada de sus hijos llorosos, pregunta, sollozando,
qué ha hecho ella para merecer tamaño castigo, al mismo
tiempo que pide piedad para ella y para sus hijos, nietos del mismo
Rey.
D. Alfonso, se conmueve ante tan dolorosa escena. No llora porque es
el Rey y no debe. Se vuelve de espaldas, y ya se retira, decidido a
suprimir tan cruel decisión, cuando los consejeros, firmes en
cumplir lo acordado, le reprochan su actitud. Entonces el Rey, con los
ojos humedecidos y saliendo atropelladamente de la estancia, les dice:
-"Haced lo que os plazca."
Y la sentencia se cumplió. De un solo tajo, separan la cabeza
del cuerpo de la pobre desdichada. Era un día frío del
mes de enero de 1355.
D. Pedro, de cacería, nada puede hacer por evitar tamaño
asesinato.
Un correo sale picando espuelas a dar la terrible noticia. D. Pedro
no puede, no quiere, creerse lo que aquel vasallo le estaba contando.
Seguido de sus compañeros de caza, y a caballo brutalmente espoleado,
se presenta en el palacio de Santa Clara donde yace su amada muerta
y teñida de sangre, rodeada de sus hijos atemorizados y bañados
en lágrimas, al haber sido asombrados testigos del absurdo e
inexplicable asesinato de su madre.
La venganza
La venganza, que es una especie de justicia salvaje, está servida.
Contra una iniquidad se comete otra crueldad mayor.
Su padre, que consintió tamaño ultraje, ya no es su padre.
Ahora es su peor enemigo, y contra él apunta su furia y sus mesnadas,
que no son pocas, pues todo el pueblo está con él, acompañándole
en su dolor y en su rabia. Y la guerra entre padre e hijo no se hace
esperar.
D. Pedro totalmente loco, va arrasando todo lo que encuentra por donde
pasa. Se dirige hacia Oporto para apoderarse de la ciudad, pero allí
se encuentra el fiel Gonzalo Pereira, Arzobispo de Braga. Gracias a
él, y a su intercesión se consigue que padre e hijo hagan
las paces, pero es preciso que el hijo perdone, bajo juramento, la vida
de los tres consejeros que dictaminaron la muerte de doña Inés.
D. Pedro jura. Vano juramento.
Su padre se muere, de vejez y de remordimiento, y sabe que su hijo no
va a cumplir lo jurado. Presintiendo el día de su muerte, llama
a sus fieles colaboradores y compañeros de lucha: Pedro Coelho,
Álvaro Gonçalves y Diego López Pacheco, y les advierte:
-Mi hijo, tan pronto como pueda, os hará traición. No
esperéis a que yo me muera para salir de Portugal. ¡Idos
presto y salvaros!
Así lo hicieron.
A los pocos días, el 28 de mayo de 1357, fallece D. Alfonso.
Sus tres vasallos y compañeros de armas se refugian en Castilla,
donde reina otro Pedro, nada menos que "el Cruel", el que
mandó envenenar a su esposa doña Blanca de Borbón,
que sólo tenía veintitrés años, después
de haberla repudiado. Ambos Pedros, el portugués y el castellano,
no se llevan nada bien por lo que la seguridad de los tres inductores
al asesinato de doña Inés parece, en principio, asegurada.
Pero, amigo, el futuro es incierto, y lo que parecía un refugio
seguro se convierte en una trampa saducea.
En Portugal se encuentran tres caballeros huidos de las iras del rey
Alfonso XI. El de Portugal propone un canje: los tres caballeros castellanos
que él protege, por los tres caballeros portugueses que el rey
castellano cobija. Trato hecho. D. Mem Rodrigo Tenorio, D. Fernando
Gudiel de Toledo y D. Hernán Sánchez Calderón,
fueron arrestados, llevados a Castilla y puestos a disposición
de "el Cruel".A cambio, D. Pedro Coelho, D. Álvaro
Gonçalves y D. Diego López Pacheco fueron conducidos por
unos leales guardianes a Portugal.
No sabemos cómo, pero D. Diego López Pacheco consigue
escapar, refugiándose en Aragón, y posteriormente, no
fiándose de lo que pudiera pasar, escapa a Francia. Cuando muere
el rey portugués vuelve a Portugal, y ya con ochenta años,
puede combatir, luchando a favor de su patria en 1385 en la batalla
de Aljubarrota donde el ejército castellano pierde la guerra
y la oportunidad de unir las dos coronas, castellana y portuguesa. La
burguesía portuguesa nombra rey a Juan de Avís, instaurando
una nueva dinastía.
Peor suerte tienen sus otros dos compañeros. Después de
someterles a terribles torturas, D. Pedro, manda que les arranquen el
corazón cuando están todavía vivos, mientras él
come, tranquilamente, observando cómo se lleva a cabo tal ensañamiento.
Más que el sobrenombre de "el Cruel", por el que también
se le conoce, igual que a su tocayo el de Castilla, se le puede haber
llamado, Pedro "el Loco", porque solo el loco ama lo que ha
perdido, y más bien es locura lo que se apodera de él,
tras el asesinato de su amante.
Los restos de doña Inés son trasladados desde el monasterio
de Santa Clara, en Coimbra, al mausoleo de la abadía cisterciense,
en Alcobasa. Durante el trayecto ceremonioso, el Rey va gritando:
-¡Es la reina de Portugal! ¡Es la reina de Portugal!
La muerte del rey amante
En 1367, D. Pedro se siente enfermo cerca de Estremoz, y se acoge
en el convento de San Francisco. Tiene cuarenta y siete años,
y lleva diez como rey. Antes de morir deja dicho que le entierren junto
a Inés, y ofrece 500 libras al monasterio de Alcobasa para que
constantemente seis capellanes le oficien la misa. Además añade
que antes de subir al altar, rocíen los túmulos con santas
aspersiones...
..."Esto, siempre para siempre, ¡hasta el fin del mundo!"
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Bibliografía:
-Inés de Castro, esposa de Pedro I. (Boletín de la Academia
de la Historia, tomo XXIII)
-Inés de Castro: Verdad y Fantasía, de Antonio Iraizoz
-Inés de Castro, de José Andrés Vázquez
-Crónicas de Alfonso XI
-Crónica del rey Alfonso IV, de Ruy de Pina
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