INTRIGAS EN EL HARÉN |
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del Dr. Joaquín Urgel Piñeiro
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| Llevaba grabadas en la memoria las bellas imágenes de la inagotable cantera artística cordobesa. Con el cuerpo cansado buscaba reposo en la mezquita. La historia de los Omeya había dejado su firma en el bosque de columnas existente antes de llegar al mirhab, ventana espiritual árabe abierta hacia La Meca. Un escalofrío advirtió el brusco cambio de temperatura. - El Patio de los Naranjos se ha hecho amigo del sol pero el interior de los muros de la mezquita se lleva mejor con la umbría del templo. Mi dulce acompañante también acusó la diferencia pero yo no escuché su contestación concentrado en la presencia de una extraña pareja. Hombre y mujer vestían a la antigua usanza árabe. Él llevaba túnica carmesí con turbante amarillo. Ella iba vestida de seda verde ocultando su cara con un velo azul. Las joyas lucidas señalaban su elevada posición social. Estaban sentados en unos cojines de seda de relucientes colores y complicada decoración geométrica. Ignorantes de nuestra presencia mantenían una conversación a media voz. - El encuentro ocurrió bajo los arcos de Abd al-Rahmán III. Sumida en sus recuerdos la mujer guardó silencio. - Al´Sifha, dime lo que sepas porque en verdad estoy ansioso por conocer la leyenda. El sigilo se rompió en un susurro. La educación aconsejaba una discreta retirada pero la curiosidad acuciada por el especial tono de voz me retuvo mi atención. - Fue voluntad de Alláh, el que todo lo puede, que el califa, en su infinita sabiduría, preparase a Córdoba para inspiración del poeta. " En occidente ha salido el sol de un califato, Que ha de brillar con esplendor en los dos orientes, Para que ahuyente con la luz de la ortodoxia las tinieblas de los infieles. Un imán celoso del bien de la religión." Has de saber Ziyabab, hijo del hijo, de Ziyabab, el músico llegado de lejanas tierras para alegrar los oídos del poderoso califa, que la antorcha brillante es Córdoba, difusora de su poder por las tierras del al-Andalus y, sin lucir joyas de prestado, difunde su fama por todo el universo. En la primavera del año 206 de nuestra hégira, cuando las rosas rivalizan con la flor de los arrayanes y el murmullo del agua de las fuentes del jardín acompañan al trino de tantos pájaros de diferentes colores, el Príncipe de los Creyentes, dio una gran audiencia para proceder a la investidura de Abd al-Rahmán. En la corte destacaba un ambicioso eunuco llamado Nasrh al que le confió su ejército acompañado por Muhamed ben Rustín en la lucha contra los "machú", conquistadores de Sevilla. Regreso victorioso. Al recibirle, exclamó el califa: - ¡Oh tú, protector de la fe ante los adoradores del fuego, toma el mando de mi séquito personal!. De este modo le consideró su consejero íntimo. La suave voz de la agradable mujer hizo una pausa antes de continuar. - Has de conocer que el califa tuvo treinta y tres hijos de sus concubinas, todas ellas llegadas vírgenes. Tal era la exigencia. De ellas te hablaré de Fjard a quién, Alláh sobre nosotros, le concedió el don de crecer en belleza, encerrando en ella toda perfección para delirio del primer califa. En Tarub, se mezclaba la hermosura bien medida, ni larga ni corta. Dio felicidad al príncipe aunque en su corazón anidaba el pecado de la ambición. Las palabras de Sifha hacían detener el tiempo para escucharla sin desmerecer el encanto que su vista producía en su señor proporcionando deleite a sus cinco sentidos. Entre los llegados de Iraq se encontraba un médico llamado Yunus ben Amad al-Harraní. En él se descubrían las cinco propiedades que no están en otros: La constante preocupación por aquello que proporciona bienestar de todos los hombres; la lucha contra la enfermedad y el dolor que está oculto a sus ojos; el reconocimiento de reyes y del bajo pueblo que siempre les demanda; el acuerdo de todos los pueblos sobre el provecho de su arte y, finalmente, el nombre que tienen derivado del nombre de Dios. De elevada estatura y miembros bien proporcionados su mirada apacible, unida a una bien modulada voz, transmitía a los enfermos la sensación de encontrarse ante la persona idónea para sanar sus males. Las horas de ocio las dedicaba a la religión. Leía diariamente a los sabios para aumentar sus conocimientos. Al acostarse se examinaba imponiéndose la obligación de no repetir aquello que pudiera haber sido malo, feo o dañino. Con su ejemplo educaba a sus hijos, por que no hay herencia mayor que la buena educación. Su estancia en palacio era siempre bien acogida aunque solo entraba cumpliendo con lo escrito: - "Si amas más a los poseedores del poder es pura hipocresía; si amas más a los ricos es adulación. Hay un valle en el infierno que está lleno de maestros que vistan reyes. Nada odia tanto a Alláh como el maestro que visita a un funcionario. Una mosca posada en los excrementos es más bella que un sabio en la sal. Si la sal se estropea se tira. Los sabios sin conciencia, que se dejan gobernar, son los seres más vergonzosos de los pueblos". Abd al-Rahmán se complacía bajo las entrelazadas ramas de los árboles observando los juegos del agua que se elevaba en la fuente. El aroma del jazmín se entremezclaba con la fragancia de la rosa. Nasrh se acercó con respeto. - Loado sea Alláh que me trae ante ti porque ha llegado a mis oídos tu deseo de verme. El príncipe apartó la vista del surtidor a través del que se deleitaba en escuchar el rumor del agua y miró al eunuco. - En verdad, Nasrh, se han cumplido en mi las palabras del profeta. El tiempo me hace temblar sin descanso, porque su fuerza es irresistible. Antes caminaba sin fatigarme y ahora me fatigo sin caminar. Su voz tranquila quedó en silencio. Nasrh disimulaba su impaciencia temiendo su alejamiento de Córdoba acaudillando un ejército o encabezando una embajada: - Ha llegado la hora en que Alláh, el más poderoso, ha dispuesto que tome la determinación sobre la sucesión de mi reino. Por ello te cuidarás de lo necesario para reunir a mis ministros. He de comunicarles mi decisión de nombrar heredero a mi hijo Muhamed. Has de proveer lo que corresponda para celebrar una gran audiencia a fin de que mi corte y mi pueblo sepan a que atenerse cuando emprenda el viaje del que no se regresa. Pero, recuerda, nadie, salvo tú, ha de conocer mi resolución hasta que llegue el momento. Nasrh hizo una venia pero no era la lealtad la virtud que guiaba su ánimo. - Alláh, el clemente, derrame sobre ti su gracia permitiendo que tus palabras no se cumplan hasta pasados largos años. El verbo del jeque estaba con el califa pero en su corazón moraba la víbora de la maldad por ello dejó pasar el tiempo hasta que el califa se retiró a su estancia privada. Con su libertad de eunuco pasó a las habitaciones del harén. Tarub, con ahorcas de oro en los tobillos, realzaba su belleza con pulseras, sortijas y otras joyas, pero ninguna de tanto valor como el collar de Sifha. - Quiero que sepas, Tarub, que mi presencia no se debe al deseo de importunarte, pero mis palabras te interesan. Debo pronunciarlas antes de que sea demasiado tarde para ti y para tu hijo. La concubina guardó las perlas con las que había estado jugando en una arqueta de plata primorosamente labrada. - Habla, Nasrh, tus palabras han llenado de angustia mi corazón. El guerrero contemplaba a través del aljinez el lento caminar de las lejanas caravanas de camellos que regresaban de tierras fronterizas. - El califa me ha ordenado que reúna a sus ministros para hacerles saber que su corazón se encuentra en Muhamed, que ha de ser su sucesor. Yunus ben Amad al-Harraní según su costumbre había escuchado las palabras de los sabios reunidos en el mirhab. Entonces no se encontraba donde estamos ahora. Por aquellos días Abd al-Rahmán había ordenado la ampliación de la mezquita. Vigilando las obras se podía ver a Nasrh. Los eruditos estaban reunidos en los arcos primitivos. Entre ellos se hallaba Ziyabab que además de su música había introducido en la corte el lujo y refinamiento del estilo oriental. Abd ben Finas, de la cora de Taraconta, que hoy llaman Ronda. Con su ingenio proyectaba una máquina para volar. Yashiv al-Gazal de la cora de Jaén que osaba zaherir al poderoso Yayá ben Yayá. Nasrh pidió a al-Harraní que se alejara del grupo. - Alláh esté contigo. Dime, Nasrh, el mal que te aqueja. - Por la gloria de Alláh, mi salud y mi pulso son firmes. Necesito tu ciencia para que la apliques en el califa. El médico pensó en el viejo y fatigado al-Rahmán. - Ardo en deseos de estar en su presencia. Con el permiso de Alláh, el más sabio, usaré de los remedios que me ha concedido para sanar al califa. La torva mirada del cortesano no pasó desapercibida por el tabbib. Al-Harraní sintió en su cuerpo una sensación extraña. Hubo de esperar para contestar a la abominable propuesta. - Alláh, el misericordioso, me ha concedido poder para sanar al hombre, pero me impide usar mi ciencia para destruir su obra. El eunuco hizo la oferta que le dictaba su maldad. - Tarub me encarga que hable contigo. Sí escuchas y obedeces tuyos serán el poder, el oro y los honores. El tabbib sintió desprecio por lo escuchado. - Alláh no bendice el oro, ni los honores, ni el poder sino a los que respetan sus leyes. El viejo traidor lanzó a Yunus ibn Amad el dardo de su emponzoñada potestad. - Es necesaria tu obediencia. Escoge entre lo que se te ofrece o el odio de Tarub junto con el mío caerán sobre tu cabeza haciéndote desear no haber nacido. Quiso Alláh que al-Harraní acudiese a palacio. Fjard necesitaba su presencia. Él conocía las perfecciones de la concubina adornadas por la rectitud y la discreción. Después de atender su dolencia relató la conversación con el eunuco. Ella escuchó con paciencia. Después contestó: - Deja este asunto en mis manos y vete con la bendición de Alláh que solo ha querido hacer cumplir en ti su bondad infinita. Por ello tienes que estar agradecido. La luz de la luna se asomaba entre las hojas del sauce. Fjard esperaba ansiosa al califa. Aquella noche los amantes se besaron una y mil veces sintiendo el calor de sus caricias. Abrazados juntaron sus mejillas esperando la llegada del amanecer. Despertaron cuando el gallo escandalizaba la alborada. El Príncipe de los Creyentes se apresuró a abandonar el lecho para pronunciar su primera oración. Pero ella se lo impidió. - Poderoso califa, mi corazón quiere estar gozoso porque me has hecho feliz esta noche, pero rebosa de tristeza porque algo terrible se trama en tu contra. El anciano amante quedó sorprendido y quiso conocer las penas de su bella compañera. - Que tus dulces labios abandonen por unos momentos la miel que destilan y brote de ellos la amargura que colma tu corazón. Dime el mal que te aflige y destruyendo su causa volverá a ti la alegría. De este modo llegó la conjura a conocimiento de Abd al-Rahmán. El Príncipe de los Creyentes refugió su turbación en el mirhab concibiendo allí la manera de burlar al poderoso Nahsr Sentado en el cojín escuchaba desinteresado a los ministros de su consejo. - Nasrh, busca y tráeme a al-Harraní. Los dignatarios estaban preocupados. Al cansancio que sentía sin hacer esfuerzos se había añadido un repentino dolor en el costado derecho. La inteligencia había quedado respetada pero su atención se había alejado del consejo. El médico acudió a la llamada seguido del oficial del séquito. El califa se puso en pie pasando, acompañado por su fatiga, a la cámara contigua. Al escuchar las dolencias el tabbib supo llegada de la hora de justicia. Después de la consulta el monarca volvió a presidir el parlamento. El médico y el eunuco, por su parte, salieron de la sala con preocupación el primero y altivez el segundo. Pronto regresaron al salón dónde acababan de perfilar una incursión contra el cristiano. Nasrh y el tabbib se acercaron al cojín y con ellos un esclavo portador de una copa de oro. Hizo una profunda inclinación reverente ofreciendo el vaso al califa. Abd al-Rahmán lo tomó en sus manos dirigiéndose con voz potente al oficial. - Bebe esta copa Nasrh, por que en verdad quiero admirar los prodigios de esta medicina. Dudó el eunuco pero la hosca mirada del soberano le redujo a la obediencia. Los ministros escucharon las duras palabras del rey. - Alláh sobre vosotros, porque ciertamente el proceder de Nasrh se ha hecho odioso a los ojos del todo lo puede. Yunus ben Amad siéntate a mi lado y no te levantes hasta que lo ordene. Nasrh abandono precipitadamente la sala en busca de otro médico que administrara el antídoto necesario. Acudió en su auxilio Alí al-Ruyum. Lo encontró acostado sobre su vientre. El médico hizo presión con sus manos sobre sus pies pero el eunuco no sintió en su piel la fuerza ejercida. El médico observó el endurecimiento de sus músculos. Cambió la postura de Nasrh para proporcionarle la tríaca que devolvería la vida al perverso. Al llegar el frío a su corazón sintió una conmoción. Su mirada quedo fija en la celosía pero no vio pasar la luz. Durante unos instantes perdió el habla. Volvió la voz a su boca para pronunciar estas palabras de lamento. - Solo el Todo Poderoso pudo salvarme pero no ha sido esa su voluntad. El califa paseaba bajo las palmeras cuando recibió la noticia del fin del traidor. Recordó las palabras del sabio: - En la muerte del malvado consiste la salvación del hombre y la liberación del mundo. La extraña pareja se puso en pie. - Alláh en su infinita benevolencia nos ha permitido volver al mirhab, pero cumplida su voluntad debemos volver a Él, Ziyabab. ¿Se perdieron de vista entre el bosque de columnas?. ¿Se fundieron bajo el vacío de los arcos?. Todo es posible en aquella lujosa pareja árabe cuyos nombres coincidían con los de la concubina y el nieto del músico de la corte de Abd al-Rahmán.
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