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El 17 de febrero
de 1673, al finalizar el tercer acto, el actor que encarnaba Arpagón,
el protagonista de “El enfermo imaginario”, sintió un intenso
escalofrío, a pesar de que su salud se encontraba desde hacía muchos años
desgobernada consiguió finalizar, no sin grandes esfuerzos, la representación.
Al término de la misma anunció a los presentes un mal presagio: “Tengo
un frío que me mata”. Con la ayuda de compañeros y amigos fue trasladado
a su casa en una silla de mano, allí le sobrevino una abundante hemoptisis,
ante la cual reaccionó con gran calma y serenidad, comentando a las personas
que le acompañaban: “No os asustéis, ya me habéis visto echar más...”.
Desgraciadamente aquella sería la última ocasión, tras rezar una oraciones,
auxiliado por dos monjas que convivían con él, un nuevo acceso de hemoptisis
terminó con su vida.
Se trataba de Jean Bautipste Poquelín, más conocido con el sobrenombre
de Molière, tan sólo contaba 51 años y acababa de alcanzar la inmortalidad,
sus obras poseen, siglos después, una gran acogida para gozo y deleite
de los más selectos espectadores.
Molière había nacido el 15 de enero de 1622 en la capital gala, su padre
de profesión tapicero real había pretendido que su hijo siguiera sus pasos,
por ello le proporcionó una selecta educación, pero el joven Jean Beautipste
se sentía atraído por el teatro, en un momento en el que la profesión
de actor estaba socialmente mal considerada. Probablemente este fue el
motivo por el que adoptó el sobrenombre de Molière, para evitar repercusiones
desfavorables en su acomodada familia.
Según los biógrafos más exhaustivos, durante su juventud padeció accesos
violentos de tos, que en ocasiones se acompañaba de expectoración sanguinolenta,
provocándole serias molestias hasta el punto de tener que abandonar durante
semanas las actuaciones. A estos síntomas se añadían episodios de malestar
general, con sensación distérmica y pérdida de peso, datos clínicos que
nos permiten sospechar la existencia de una tuberculosis pulmonar.
Los galenos que le atendieron aplicaron diversos tratamientos, entre ellos
una dieta exclusiva a base de leche y, como no, los populares enemas,
sangrías y purgantes; actitudes terapéuticas que, como es de suponer,
no hicieron más que debilitar la mermada salud del autor galo.
Todos estos actos galénicos no pasaron desapercibidos a Molière, quien
ridiculizó con su magistral pluma el saber médico de la época, a él se
debe la siguiente definición de un médico: “Es un hombre a quien
se paga para que cuente tonterías en el cuarto de un enfermo hasta que
la Naturaleza cure a éste o los remedios lo maten”.
Entre sus obras “antimédicas” más relevantes se encuentran:
El amor médico, El señor de Purceaugnac, El médico fingido, El médico
a la fuerza y, la ya referida, El enfermo imaginario.
A la edad de 40 años se desposó con Armande Bejart, perteneciente a una
familia de comediantes, de menor edad y dotada de un carácter voluble,
que acarrearía no pocos disgustos al célebre Molière.
Como a tantos otros grandes genios del arte y de la literatura, sus obras
no fueron tan célebres como cabría esperar y las deudas contraídas, a
las que no podía hacer frente, le condujeron en dos ocasiones a prisión.
Como es sabido, durante su última representación Molière vestía unas ropas
amarillentas, que el azar quiso que le correspondieran en la guardarropía,
dicho color a partir de ese momento se convirtió en sinónimo de mal agüero
entre los actores y actrices, estando totalmente proscrito en los escenarios.
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