NACIMIENTO

del Dr. Joaquín Urgel Piñeiro
 

Al Dr. Julio Cruz Hermida

 

El nacimiento es un suceso vulgar que se singulariza en cada individuo de la especie humana. No ocurre aí con las otras especies animales, exceptuando a los elefantes. Desde que el hombre dejó de ser prehistórico moviliza a distintos individuos. A más personas .más cuidados y menos muestras de cariño hacia el neonato en sus primeros segundos. El cariño de la madre no lo puede sustituir la mejor de la comadronas.

Las cuevas prehistóricas son los documentos más antiguos de Tocología. En una de ellas se ha perpetuado un parto. Una mujer está dando a luz debajo de un reno si compañía alguna. La soledad de la parturienta parece no traumatizarla. Un artísta anónimo presencia la escena y sintiendo un infinito amor a la hembra que ha fecundado nueve lunas antes inmortaliza en hecho en la pared del primitivo paritorio.

Mi impresión es que el hombre había logrado domesticar el reno, aunque no lo suficiente como para esperar a que una mujer de a luz bajo él sin molestar a la parturienta. Si de verdad fue así se deduce que la mujer prehistórica daba a luz a gran velocidad. Lo que pienso es que la hembra procurara protegerse del polvo que podía caer del techo. La transmisión anímica no tiene sentido porque siempre el sentimiento de propiedad de la hembra ha sido una característica del varón al que, hasta ahora, le han molestado los cuernos. Los zoólogos hablan del macho dominante que lucha a muerte para que ningún otro de su especie cubra a su hembra.

Un escritor inglés entendía mucho de herencia genética. Por lo menos eso indica la proposición de una bella actriz.
- Ha pensado usted en el hijo que podía nacer si sale tan inteligente como usted y tan bello como yo.
- Visto así me parece bien pero piense en si nace tan feo como yo y tan necio como usted.
Observé en Maternidad Provincial de Madrid que las mujeres más humildes, y por lo tanto más necesitadas están de autonomía, no se quejan tanto de dolores, buscan un alta rápida y no piden estupideces. Una condesa adinerada quería que hicieran una cesarea a su hija soltera. El embarazo se había producido por juegos peligroso en los que no hubo penetración. El honor de la joven se encuentra en el Aparato del Regocijo. El tocólogo se ofendió ante la propuesta de colaboración en el engaño a un futuro marido.
Superó mis observaciones René1 relacionando la profesión del marido con la profesión del padre por haber estado presente en varios partos de mujeres de serenos durante el día2.
Quien sí puede influir es la madre al presenciar el parto de la hija sin quejarse lo suficiente. Dispone de un conjuro cuya eficacia pude comprobar personalmente.
- ¡Que buen parto tienes!. ¡Ojalá no se te agarre a los riñones como me ocurrió a mí!.
Surgió un efecto inmediato la venganza de la madre a la que había hecho abuela sin su permiso. A partir de ese momento los gritos eran insoportables.

Mi generación tenía la costumbre de nacer en la misma cama en la que fue engendrada. Era un nacimiento digno. La madre de la parturienta recibía al médico con el respeto debido. Familiares y servicio domestico tomaban posiciones en el lugar que les correspondía. La futura abuela ocupaba el rango de ama de llaves dirigiendo al personal doméstico en sus funciones de hervir agua, mucho agua, y de tener a mano toallas y jabón sin estrenar. Otras damas esperaban distrayendo su inutilidad tomando chocolate mientras comentaban las que eran madres, con una pasta en la mano su desagradable experiencia cuando pasaron por ese trance. Una mujer se siente más femenina si sufre más en el parto.

Si la parturienta era primeriza empleaba doce horas, o más, según su posición social, en despejar la duda de si tenía un hijo o una hija. Las del chocolate acudían, en ocasiones en la habitación del parto. El médico les pedía que salieran del recinto. Ellas obedecían comentando, con otra pasta, que era un señor muy amable.
Si se encontraba algún varón , siempre en habitación aparte sus amigos le tranquilizaban tomando café acompañado de copa y puro. Era una reminiscencia del derecho de covada3.

Antiguamente la comadrona no se separaba de la parturienta. Daba masajes y enseñaba a respirar hondo. Los médicos no entraban en la cámara de parto porque la religión les prohibía poner las manos en genitales femeninos que no fueran los de su esposa. Seguían con fidelidad el mandamiento que les evitaba malos olores y mancharse las manos. Sin embargo, las ponían en los de cristianas o moras que un estuvieran embarazadas cuando acompañaban al ejército a conquistar la otra rivera del Záncara. Al regreso tenían que soportar la ira de su mujer porque además de la batalla había perdido la llave del cinturón de castidad. A los reproches contestaban que el honor del hombre no se encuentra en el Aparato del Regocijo. Reside en los músculos que proporcionan fuerza para dar mandobles a jeques, emires, reyes o capitanes. A los peones no porque para ese ellos tenían otros peones y, además, eran unos palurdos. Las dueñas perdían el tiempo en llorar soñando con un apuesto trovador. Esta ocupación les impedía inventar suspensorios de castidad.

La mujer actual se va a conquistar el Záncara mientras el marido cambia los pañales al niño. En un bar de la calle Lagasca, entre vino Rioja y patatas a la brava, se acercaron dos francesas a mi amigo con la idea de acostarse con él. Su interés era por la figura de mi acompañante parecida a la del hijo del Duque de Veragua. Licenciadas en Historia deseaban llevarse de España un hijo descendiente de Colón.

Las casas reales agregaron, más tarde, un astrólogo encargado de formar la carta astral en el momento del nacimiento. Le acompañaba el médico que recibía noticias del desarrollo del suceso dando sabios consejos y saludables tisanas. El astrólogo indicaba las glorias que esperaban al niño que iba a nacer. Lo normal es que acertara a medias si era varón y se equivocara, también a medias, si era hembra.
En Francia entraron los médicos por la puerta grande de las cámaras natalicias reales. En España hubo que esperar a que Felipe V ganase la batalla de Villaviciosa para que las reinas tuviesen las reinas un médico que se encargase del parto. No tardaron los aristócratas en seguir el ejemplo. Tras ellos lo hicieron los banqueros y siguiendo la cadena los hidalgos que tenían dinero para pagar un médico.

Pasados dos siglos y medio se construyeron enormes edificios para que las mujeres dieran a luz fuera de su casa. Nacer o morir fuera del domicilio es poco digno. En las Maternidades y en las Residencias se encuentra un director, comadronas enfermeras, ayudantes de clínica, celadores, ingenieros que idean nuevos mecanismos de diagnostico y tratamiento, personal de mantenimiento, ascensoristas, floristas, personal de funeraria, abogados para aconsejar pleitos por malpraxis médica paparaccis y otros periodistas. El parto ha dejado de ser un acto intimo para convertirse en público y multitudinario. Llegará el día en el que pidan con toallas de gasa el cordón umbilical para el tocólogo al que sacarán a hombros por la puerta de camillas del paritorio. Los fotógrafos inmortalizarán la escena del triunfo en el parto gemelar de una mujer popular mientras la prensa rosa discute quien es el padre.

Ejerciendo la profesión asistí al nacimiento de un niño que presentaba posición podálica4. Como no estaba dispuesto a enfrentarme con contingencia mayores me animé a evacuarla a la Maternidad más cercana en el espacio, que en el tiempo se remontaba a unas dependencias del Siglo XVII. Las curvas y los baches corrigieron la posición y el niño presentó una posición normal. Por ser una multípara huérfana nos acompañaba una vieja de tez morena y gestos de disgusto. Toda vestida de negro parecía la muerte aunque me consolaba al ver que no tenía una guadaña5.

El conductor paró el vehículo en la explanada de una estación que nunca tuvo pasajeros. Abandonó el todo terreno6 mareado por la partofobia y el figura viviente de la parca perdió el conocimiento. El la soledad de la noche alumbrado por la luz de la luna escuche con alegría el mugido de la vida que nace. Pincé el cordón y revisé la placenta a la luz larga de los faros del coche. Fue un gran alivio comprobar que era una placenta íntegra. La envolví en una bolsa de plástico y le di una bofetada terapéutica a la anciana7 que al despertarse cambió la cara volviéndola sonriente mientras arropaba al niño y lo mecía entre sus brazos. Como al niño no le gustaba el lugar de nacimiento siguió ensanchando sus pulmones. (Creo que hoy es portavoz de una oposición que se opone al uso de los micrófonos.) Continuamos el viaje dejando en el hospital al niño, la placenta y la anciana que no hacía otra cosa que darme las gracias. Al conductor lo llevé a un bar donde tomó un café y dos copas de brandy aprovechando que Tráfico no disponía de instrumentos para medir la alcoholemia. La vuelta la hice recordando el relato de mi nacimiento que se produjo en La Coruña cuando la L no era una falta de ortografía y por lo tanto admitida en el Registro Civil de la Dictadura de Primo de Rivera, admitida por la República y respetada por el franquismo. Mis padres se habían desplazado desde Madrid con un mes de anticipación a la fecha calculada para que mi abuela Agustína pudiera ejercer su derecho a dirigir el parto en Santiago de Compostela.. Haciendo noche para el enlace a la ciudad del Apóstol decidí llegar a este valle de lagrimas y alegrías cansado del traqueteo de Ferrocarriles del Norte. El gerente del hotel tuvo que sustituir a Agustína y las mujeres de la limpieza se pusieron a hervir agua. El paritorio hotelero condicionó mi vida de tal manera que he residido en todas las provincias españolas menos Almería8, Badajoz9 y Gerona10. Espero que sus habitantes sepan perdonarme pero se debe a falta de tiempo y no a veleidades humanas. Son tierras entrañables.