PICHEGRU, Profesor de Napoleón y traidor

del Dr. Joaquín Aroca
 

 

 

Menudo personaje este Pichegru.
Su nacimiento ocurre en el Franco Condado, patria de otro traidor a la causa española, el inconcebible Juan Vittaville.
No pretendo insinuar con esta afirmación que en esta región, antes española, hoy francesa, sea cuna de traidores. En absoluto, sólo he querido sacar a relucir una triste coincidencia.
El 16 de febrero de 1761, viene al mundo Juan Carlos Pichegru en Arbois (Jura) uno de los tres departamentos que comprende el Franco Condado. Nace en el seno de una familia pobre y campesina. Su educación, además de la paterna, se realiza en una escuela religiosa que se dedica a la enseñanza gratuita a los jóvenes sin recursos.
No es tonto el muchacho aunque no parece descollar en el estudio, excepto en las matemáticas. Se esfuerza en ser dócil y obediente, dos virtudes muy apreciadas por sus maestros que se interesan por su porvenir, así que le envían a la Academia Militar de Brienne a dar clases de matemáticas. Allí se encuentra con un alumno que con el tiempo va a ser su jefe y su emperador: el genial Napoleón Bonaparte.
Mientras el alumno alcanza el grado de subteniente con sólo 16 años, el maestro, que le lleva ocho años, se inclina a la vida religiosa. A pesar de su espíritu, aparentemente humilde, sus maestros dudan de su vocación sacerdotal y le recomiendan su ingreso en el primer Regimiento de Artillería donde sus conocimientos matemáticos pueden serle muy útiles.

Es recomendado a Lafayette, el cual se lo lleva a América en 1777.
En 1779 vuelve a Francia con dieciocho años y con el grado de suboficial. Inmediatamente es destinado a Besançon.
Las ideas revolucionarias están minando la monarquía. Juan Carlos, sin rechazarlas, se convierte sin embargo en un conspirador taimado y bien retribuido por los Borbones. En 1795 inicia los contactos secretos con los exiliados que habían escapado de las garras del terror revolucionario. En Besançon le sorprende la toma de la Bastilla, y el buen conspirador se convierte de la noche a la mañana, en un convencido republicano, hasta tal punto que no hay una asamblea popular en la ciudad que no sea manipulada y dirigida con despotismo y mano dura según los deseos del nuevo revolucionario, que encuentra el medio de cultivo adecuado para desarrollar su espíritu aventurero y codicioso. Su popularidad y dominio de la situación es tal que consigue el nombramiento de jefe de un batallón de voluntarios con el grado de teniente coronel. Es enviado al frente del Rhin donde se hace famoso por su arrojo y valentía. Consigue asaltar las posiciones de los austriacos con heroica temeridad, recuperando el importante desfiladero de Bodenthal. Sus éxitos militares le llevan a conseguir el nombramiento de general de división a los 32 años.
Los buenos resultados militares le acompañan con los méritos políticos, donde emplea métodos poco heterodoxos basados en un espionaje sin escrúpulos, amparado en la "Ley de sospechosos" que se añadió a la Institución del Ejército Revolucionario y que se resolvió, en principio, el mismo día del reclutamiento en masa. Todas las cartas de sus camaradas y subordinados pasan por sus manos, con lo consigue delatar a los que considera poco adictos a la Revolución, la cual encuentra en él un incondicional aliado.
No es de extrañar que su figura adquiera una gran popularidad y una importante influencia política.
Al mismo tiempo el general Custine, encargado de una división del ejército francés, obtiene otra serie de triunfos con los que consigue apoderarse de Maguncia. Los habitantes de Coblenza, Saint-Goard y Rhinfelds, llaman a Custine. Sus triunfos entusiasman a Francia, al tiempo que despiertan la envidia de Pichegru. Custine llega hasta Francfort. Los prudentes consejos del Gobierno francés le inducen a que regrese al Rhin y se dirija a Coblenza a fortalecer al resto del ejército. Pero el general confía en su buena estrella y permanece en Francfort donde impone contribuciones y ejerce vejaciones innecesarias. Piensa que otras ciudades se le van a entregar, dado que en Alemania corre otra revolución que simpatiza con la recién estrenada República Francesa. Este es su gran error. Pronto le sorprenden los prusianos que le obligan a abandonar la ciudad, rechazándole hasta Maguncia. Permanece indeciso en guarnecer esta plaza, y cuando lo hace es demasiado tarde y es, de nuevo, perseguido por los prusianos que le obligan a refugiarse en la Alta-Alsacia. Avergonzado de su actuación, decide entrar en combate el 15 de mayo. Pero su buena suerte está agotada y sus tropas sufren un tremendo descalabro.
Tal fue la carrera de Custine. Cometió faltas pero ninguna traición. Pichegru, en lugar de disculpar los fallos de su general, de se encargó de recordar al Gobierno los fallos de Custine, su lamento por la muerte de Luis XVI, el decir que Robespierre y Marat eran dos perturbadores y, finalmente, el haberse rodeado de oficiales aristócratas.
Todos estos, más otros cargos que le fueron añadidos, acabaron con aquel buen general en el patíbulo. De nada sirvieron los esfuerzos realizados por su hija y de otras muchas personas por liberarle de la ejecución. En aquella época, a pesar de que el temor era ya bastante grande, aun se atrevían a manifestar cierto interés por las víctimas.
El general Pichegru, por su parte, siegue cosechando éxitos. Por si era poco la asombrosa campaña en el Rhin, se añade la que realiza en Holanda con resultados abrumadores en un mes de enero a 17º bajo cero, con los ríos helados, y convaleciente de una enfermedad, lo que le convierte en el mayor y más arriesgado estratega. Prosigue sus operaciones en el Lys y en el Escaut, mientras que su amigo Jourdan empieza las suyas en el Sambre. Su fama se extiende por toda Francia que le nombra primero, Libertador de la Patria y, después, Salvador de la Patria, colocando su busto en la sala de la Convención.
No puede aspirar a más gloria pero sí a más dinero que no es fácil conseguir de los fondos republicanos.
A pesar de que Luis XVI y María Antonieta han sido guillotinados, siguen existiendo conspiraciones a favor de la monarquía. Pichegru colabora con ellas, unas veces solo, otras junto con Jourdan que ha sido nombrado general en jefe del ejército del norte y de los Ardennes, y con su amigo Condé, imponiendo condiciones dinerarias y viviendo a sueldo de los conspiradores. El dinero y la gloria son sus únicos y verdaderos ideales.
La reanudación de las actividades realistas en las que participa Pichegru, y el empuje que estaban adquiriendo de nuevo los jacobinos, ponían en peligro a la Republica con un previsible estallido de las hostilidades. El peligro de Francia no está en el exterior sino en el interior. Un Gobierno desorganizado. Unos partidos ingobernables que no aceptan la autoridad pero que son incapaces de apoderarse de ella. Ni quieren ser gobernados ni consiguen gobernar. Existe un desmembramiento social y el bandolerismo, signo de esa disolución, infecta las carreteras. En esta situación los representantes de la gran burguesía se muestran contrarios al Directorio que le consideran incapaz de resolver el problema que se les viene encima y se deciden por una dictadura militar. Pichegru que puede ser el más indicado, ha perdido prestigio por su coqueteo con los monárquicos, con los que colabora a cambio de dinero. Es descubierto y deportado a las Guayanas, de las que se escapará más tarde.
Napoleón intuye que es su oportunidad y se presenta en París, donde llega de incógnito. Ni su propia familia sabe que se encuentra en su domicilio de la calle Chantereine. Es el 16 de octubre de 1799 y nadie se ha percatado de su llegada. Dos horas después, y por sorpresa, se presenta en el Directorio. La guardia le reconoce y grita ¡Viva Bonaparte! Napoleón se dirige a casa del presidente Gohier, el cual le promete presentarle oficialmente al Directorio al día siguiente. En efecto el día 17 (25 Vendimiario en el candelario republicano) se presenta ante la Suprema Magistratura donde informa que ha volado a París para salvar a la República que se encuentra totalmente perdida.
-Jamás-añade poniendo la mano en su espada-jamás la desenvainaré a no ser en defensa de esta República.
Sobre él se fijaron todas las miradas. En él pusieron todos sus anhelos y todas las esperanzas. Pero Napoleón se muestra cauto. Siente horror hacia los hombres turbulentos y antipatía ante los corrompidos, entre los que se encuentra el ministro Sieyes, sin embargo los intereses de ambos son idénticos. Poco a poco, superando diferencias, se va reuniendo una fuerza definitiva alrededor del nuevo César. Los militares están con él. Los burgueses y la mayoría de los políticos también. Sólo los monárquicos recelan y conspiran contra el nuevo jefe. Pichegrú está con ellos más por el interés dinerario que por sus ideales realistas.
Napoleón trata por todos los medios de que los diputados le nombren director a pesar de no haber cumplido la edad reglamentaria que exige la Constitución. No lo consigue por las buenas y tiene que recurrir a sus fieles granaderos que entran en la Asamblea, cogen a los diputados por la cintura y los echan de la Sala. En el tumulto un granadero llega a recibir una puñalada que dicen va dirigida al General. En efecto el uniforme del granadero Thomé resulta desgarrado, pero más bien parece ser producto de la refriega. Napoleón aprovecha este incidente, consigue montar a caballo, se acerca a sus tropas y les dice que han pretendido asesinarle.
-¡Viva Bonaparte!-es el grito unánime que sale de sus gargantas.
Así es como consigue que el Senado le confíe el poder ejecutivo junto con Sieyés y Ducos.
Pichegru que ha conseguido escapar de su exilio, llega a París después de pasar por Alemania e Inglaterra para seguir conspirando y cobrando en favor de la monarquía y en contra del régimen militar de Napoleón. Pronto queda al descubierto y el 28 de febrero de 1804 es arrestado. Napoleón, que aprecia a su profesor por sus méritos militares, le perdona la vida pero le envía a Cayenne a fundar una colonia de trabajo. El antiguo Salvador de la Patria, que no puede soportar su derrota tanto política como militar y social, se escapa de la colonia. Vuelve a ser hecho prisionero y decide quitarse la vida en una fría mañana del 5 de abril de 1804.
Queda la duda de si el ahorcamiento fue, realmente, un suicidio o una ejecución.
Así acabó una vida de un hombre que pudo haber sido ejemplar por sus hazañas militares, pero repugnante por su afán de lucro, sin importarle recurrir a la traición y a la conspiración con tal de conseguir sus inconfesables fines.
Al volver la monarquía con Luis XVIII, se quiso recuperar la figura de Juan Carlos Pichegru, haciéndole una tumba especial, al mismo tiempo que se ordenaba la erección de una estatua en Arbois. Sus paisanos no toleraron glorificar a aquel hombre de moral más que dudosa que consiguió desde sus humildes orígenes a disfrutar los puestos más altos a base de actitudes traidoras y de una codicia desorbitada.
Y la estatua nunca se erigió en su ciudad natal ni en ningún otro sitio.
Caería en el olvido aquel hombre que fue profesor de Napoleón, que realizó importantes hazañas bélicas, que llegó a alcanzar el mimo popular y la gloria, pero que le hundió su despotismo, su codicia y su inmoral conducta.


Bibliografía:

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-“Vie du general Pichegru” de Monguillard.
-Historia de la Revolución Francesa de Thiers.
-Historia de los Girondinos de Lamartine.