| RECORDANDO A JARDIEL PONCELA, A LOS CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO |
|
Ricardo Hernández, 20 de enero de 2001. |
|
Siempre hay alguien que se da cuenta de estas cosas y por eso pude leer en la prensa un comentario que recordaba que este año dos mil uno hace cien años que nació Enrique Jardiel Poncela, casi a la vez que lo hacía el ahora recién cumplido siglo XX. Diría que desde mi infancia he sentido una acendrada admiración por aquel hombre de pequeña estatura e ingenio inmenso, al que, por mi parte, siempre he juzgado, con plena nitidez y sin asomos de duda, dentro de la categoría de los genios. Ahora tal vez sea un cierto afecto, que suele acompañar al sentimiento de admiración, el que me mueve a considerar de nuevo su figura con un pensamiento y unas líneas, en estas fechas que llaman a su recuerdo. Es mucho lo que cabe decir de Jardiel Poncela, de su vida de luchas y de triunfos, de acatamientos y de insumisiones, pero hay una idea, ya apuntada en otros lugares, que me parece puede ofrecer algún interés en la compresión de la situación actual por la que está atravesando la humanidad y que él, entre otros, intuyó. Se trata de la preponderancia, cabe decir hegemonía, de la cultura europea, mantenida durante un largo periodo de siglos y entrada en un evidente declive. El mando cultural se ha ido desplazando hacia otros continentes, por ejemplo América, la del Norte, pero también la central y la del Sur, Oceanía y, en mayor medida de lo que viene pareciendo, Asia. Es posible que el cénit cultural vuelva de nuevo a Europa, en unos años o unos siglos, porque otras veces se ha dado este fenómeno de traslación del antiguo dominio europeo fue intuida o presentida por algunos privilegiados que respondieron con cierta amargura pero con aceptación, casi con burla, ofreciendo unos matices de protesta más o menos originales que han procurado disfrazar colocando sobre la poesía de su creación literaria, artística, ese antifaz que constituye el humor. Un humor amargo, por supuesto, lacerante, satírico, corrosivo, que es como una llamada de advertencia, grito de aviso y de pena, paradoja, retruécano y desquite, que busca la catarsis personal y que puede considerarse, por lo que tiene de ceremonia de luto y de sepelio, humor más precoz en la percepción del desastre, poseedor además de la gloria de su genio impar. En Francia tal vez Boris Vian. En Italia "Pitigrilli". En España, Enrique Jardiel Poncela. No Ramón Gómez de la Serna, bien asentado en su sillón de europeísta, sino Jardiel, inquieto, sin asiento ni reposo, antecedente de Mihura y de Tono, los tres anteriores a Ionesco, al que superan en ternura, con Jardiel sobresaliendo en genialidad. Tal vez todo sea un aviso, una llamada de atención. Europa debe cambiar, buscar un nuevo Renacimiento, si quiere volver a recuperar su dominio artístico y cultural. Como ante un 98 continental, el grupo, a través de un humor especial, alerta a Europa, advirtiendo, sin demasiado éxito, de la inutilidad de ensayar intentos de renovación sin el soporte de un verdadero talento. De poco valen modas o ismos si no van acompañados de de autentica calidad. Lo que aquí me interesa resaltar es que uno de los que primero advirtieron el fenómeno y lanzaron su llamada de atención fue Enrique Jardiel Poncela. Al que muy pocos, por supuesto, llegaron a entender. Tal vez sea momento de meditar en serio, es decir, sin antifaz sobre el pensamiento, acerca de la magnitud que alcanzó su creativa y conmovedora figura. Como final de este canto de admiración intenso, que no extenso, incluso un poema de homenaje, que va dedicado, sobre todo, a su faceta de dramaturgo original, porque fue en el teatro donde se mostró, mejor que en otros géneros, su capacidad innovadora de genio capaz de captar. Soneto a Jardiel La palabra es fulgor, la frase un rayo |
|
|