SISSI, UNA EMPERATRIZ ENFERMA

por el Dr. Miguel de Aguilar Merlo


Elizabeth de Austria nació en Munich, el día de Nochebuena del año 1837. Era hija de Maximiliano, duque en Baviera, y de Ludovica, princesa de Baviera.

La pequeña Sissí heredó el carácter extrovertido y bonachón de su padre. Maximiliano era alegre, buen bebedor y comilón, amante de la caza y de sus amigos. Se cuenta que el padre de Elizabeth creó, junto con sus amigos, la Orden de la Mesa Redonda, en donde él era el rey Arturo.

El año 1848 fue un año crucial en la vida de Elizabeth, Fernando, el emperador del Sacro Imperio abdicó en su sobrino Francisco José, por indicación de la madre de éste, la archiduquesa Sofía.

Sofía y Ludovica prepararon con esmero el enlace entre Nené, la hermana de Sissí, y Francisco José, de esta forma la bella Nené se convertiría algún día en emperatriz.

Sin embargo, el curso de los acontecimientos dio un giro inesperado. Como reza un refrán castellano, el hombre propone y Dios dispone. En 1853, en la ciudad de Ischl, Francisco José sacó a bailar, en contra de lo previsto, a Sissí, de la cual se había enamorado locamente. Como en un cuento de hadas, Cenicienta había sido la elegida para iniciar el baile, en lugar de su hermana.

Tan sólo un año después la pareja se desposó en Viena, en ese momento Francisco José tenía 24 años y Sissí tenía 16 años. La boda se celebró con todo el protocolo y la pompa que correspondía a los novios, se estima que durante la ceremonia se encendieron 15.000 velas.

Desgraciadamente, lejos de ser el comienzo de una “vida rosa”, la vida de Sissí se acababa de convertir en un calvario sin retorno.

La pareja disfrutó de una maravillosa luna de miel en Italia, al regreso Francisco José se ocupó en cuerpo y alma de todos los quehaceres del Imperio, desatendiendo las demandas de su joven esposa.

Sissi llegó a afirmar en cierta ocasión:

“Yo amo al emperador, pero preferiría que no fuera emperador”

El protocolo de la corte vienesa pronto asfixió a la joven emperatriz, por otra parte Sofía no dejaba de inmiscuirse en la vida conyugal de la pareja, dificultando las relaciones de los desposados. Sissí se sintió secuestrada en el palacio de Hofburg.

La emperatriz se alejó poco a poco de la actividad de la corte, odiaba la rigurosa etiqueta vienesa. El nacimiento de su hijo Rodolfo supuso un gran vuelco en su vida, fue, sin lugar a dudas, su hijo predilecto. Por esta razón cuando Sofía lo apartó de su lado, para que recibiera la educación oportuna a su rango, motivó una gran depresión de Elizabeth.

En un intento de superar esta enfermedad decidió realizar su primer viaje “hacia el sol”, el destino elegido fue la bella Madeira. Un viaje que fue objeto de muchos comentarios en las distintas cortes europeas, veían con malos ojos que la emperatriz viajara sin la compañía de Francisco José, en un yate propiedad de la reina Victoria de Inglaterra.

La emperatriz era bella, alta, delgada y lucía una larga y preciosa caballera rubia. Su belleza no tardó en trascender a las cortes europeas, convirtiéndose en un mito entre la realeza. Para mantener esta figura, Elizabeth llevaba a cabo una dieta muy estricta, a base de leche, helado o fruta, comía seis naranjas al día. Dedicaba gran parte del día a realizar ejercicio: equitación, esgrima y grandes paseos. La emperatriz paseaba durante varias horas al día sin descansar. En una ocasión llegó a afirmar:

“...los Borbones, que casi nunca han ido a ninguna parte a pie, han acabado adquiriendo unos andares propios, como de gansos orgullosos. Caminan como auténticos reyes...”

Elizabeth no se conformaba únicamente con esto, además se sometía a grandes curas de sudor para adelgazar y se pesaba en varias ocasiones al día. La emperatriz nunca sobrepasó los 50 Kg, con una estatura de 172 cm. Todos estos datos hacen sospechar que Elizabeth era anoréxica.

En 1897 falleció la duquesa de Alencon, hermana de Elizabeth, en un incendio de París. Cuando la emperatriz se enteró de lo sucedido vaticinó que ella moriría de forma violenta. Desgraciadamente no se equivocaba.

El 10 de octubre de 1898, cuando la emperatriz se disponía a trasladarse desde Ginebra a Montreux, sufrió el ataque de un anarquista italiano, Luigi Luccheni, que hundió una lezna en su corazón, provocando la muerte inmediata.

Luigi había dicho en una ocasión:

“Me gustaría matar a alguien, pero debería ser alguien importante para salir en los periódicos”

Cuando el juez encargado del caso interrogó a Luigi Luccheni el motivo por el que había asesinado a la emperatriz, este confesó:

“Porque no encontré al duque de Orleans, que era al que quería matar”

Como colofón, en 1914 el archiduque Francisco Fernando, sobrino de Francisco José y aspirante al trono, fue asesinado en Sarajevo, marcando el inicio de la Primera Guerra Mundial.