CULTURA, TEATRO Y DEMOCRACIA
por Jaime Salom

El tema de la cultura,a la que todos los ciudadanos tienen derecho a acceder, es un hecho evidente, incluido en la Constitución que afirma textualmente que “deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, proclama su voluntad de promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.” Creo que en esto estamos todos de acuerdo.

Pero cuando hablamos de la cultura y pasamos los grandes principios – justicia, libertad, seguridad – a los casos concretos de ésta u otra actividad, los conceptos se hacen tan escurridizos como anguilas en un río.

Desde luego la “cultura”, entre comillas, dictaminada desde arriba desde el poder, sea un poder político, sea un poder moral determinado por las élites intelectuales, por los nuevos mandarines como los definió hace años Simone de Beauvoir, no sólo es injusta sino altamente peligrosa, como todas las dictaduras más o menos encubiertas.

Si como afirmaba Somerset Maugham la frontera entre conceptos aparentemente tan claros como el bien y el mal era tan delicada e incierta como el filo de la navaja, los conceptos y afirmaciones culturales son en la práctica, si no en teoría, por lo menos tan poco concretos e inciertos como aquel.

No olvidemos que las élites culturales de su tiempo que ensalzaban a Racine ni siquiera nombraban en sus libros a Molière y que Shakespeare necesitó ser “descubierto” por los alemanes para ser reconocido más de un siglo después de su muerte como el gran genio de la literatura, y que en resumen del siglo XVI ni siquiera fue nombrado entre los ciudadanos ilustres de Stradford.

Incluso más recientemente los escritos de Tolstói constituyen un furioso y despiadado ataque al teatro de Shakespeare calificando sus dramas y tragedias como escritos tan solo para halagar al público con un propósito puramente comercial, es decir, que deberían ser excluidos del hecho cultural.

El cine, por su profundidad, nos ofrece ejemplos bastante convincentes. Un señor subido a un reloj, haciendo equilibrios para no caerse del reloj de una alta torre era un mecanismo barato para provocar la risa del público ingenuo e inculto, sin otro fin que entretenerles durante un corto espacio de tiempo a cambio de las monedas que dejaban en la taquilla y que eran, en el fondo, el único móvil que les indujo a filmarlo. Y sin embargo Buster Keaton, con sus carreras de coches anticuados y sus pasteles de nata estampados en la cara, hoy se le considera en el lado bueno del nombrado filo de la navaja. Y eso para no hablar de “Casablanca”, de “Lo que el viento se llevó” o de tantas otras producidas con fines comerciales y que se los considera hoy como “obras maestras”.

¿Qué conclusiones pretendo sacar de todo esto? Ninguna, de momento, sólo que como escribía León Felipe, deberíamos por lo menos tener alguna duda en principio de los conceptos indiscutibles que casi por rutina tenemos aceptados siguiendo muchas veces las monedas intelectuales del momento.

“que no hagan callo las cosas en el alma ni en el cuerpo
que nunca recemos como el sacristán los rezos
ni como el cómico viejo digamos los versos
no sabiendo los oficios, los haremos con respeto”

Uno de los libros que causaron mayor impacto, cuando su publicación, fue “El nacimiento de la Contra cultura” del norteamericano Theodore Roszak, en el que entre otras interesantísimas y acuciantes cuestiones analizaba el tema de la tecnocracia, entendiendo como tal la firma social por la que la sociedad alcanza la cumbre de su integración organizativa añadiendo que la tecnocracia es algo así como un imperativo cultural que está fuera de toda discusión. Dándole la vuelta, ¿por qué no vislumbrar que también ese imperativo cultural puede llevarnos a esa tecnocracia que procura ganar nuestra conformidad explotando una íntima y profunda veneración por soluciones determinadas y concretas? El arte de la dominación es tan sutil que las personas que desde el estado o las estructuras, en este caso culturales, lo ejercen no se conciben a sí mismas como agentes de un control totalitario sino como “managers”, como árbitros que asumen una posición estrictamente neutral en una prueba atlética, convirtiendo al árbitro en la figura más importante de juego, puesto que sólo él establece los objetivos y juzga a los contrincantes.

Decía Molière, supongo que para defenderse de los sabios del momento, no sólo de las mujeres sabias, que para él no había teatro bueno ni malo. Sólo aburrido o divertido. En este sentido se expresaba también Thomas Mann, cuando escribía en el “Doctor Fausto” que es tan corriente que las obras buenas sean aburridas que ante una obra aburrida ya se la clasificaba de buena. En el mismo sentido se define también el maestro Peter Brook, en su intervención en un seminario celebrado en París en marzo de 1991 cuando denunciaba que el diablo que acecha al teatro es el aburrimiento “le diable, c´est l´Ennovi” en el teatro, afirmaba: el aburrimiento es el más astuto de los males y puede aparecer en cualquier momento. Y añade que muchas veces los que buscaban el teatro profundo creían que todo lo que fuera para el pueblo adquiría automáticamente vitalidad, en contraposición a lo que se denominaba teatro elitista. Por otra parte los que representan esta elite se consideraban participantes privilegiados de una aventura intelectual, totalmente opuesta al desvitalizado y despreciable teatro comercial (aunque esta denominación sea difícil de concretar). Hay otros, los que trabajan en los grandes textos clásicos que están convencidos de que la alta cultura inyectaba una calidad muy por encima de las comedias vulgares.

Quizá todas estas opiniones sean verdad en parte, pero fundamentalmente eso es falso. Un buen teatro es aquel en el que convergen muchas y variadas energías, y donde desaparece toda clasificación.

¿Qué es pues el teatro? El teatro es fundamentalmente vida. La vida del teatro es más entretenida –sea regocijante, sea trágica– y más intensa que la vida real porque está más concentrada en el espacio y en el tiempo, eliminando lo que no sea estrictamente necesario conservando la impresión de espontaneidad, de cotidianidad.

Por eso, muchas veces en una obra banal, con un tema mediocre, que sea un gran éxito comercial, en un teatro convencional, puedan hallarse unos chispazos de vida muy superiores a los que ofrecen un Brecht o un Artaud, teórica y culturalmente superiores pero carentes de fascinación en los que hay de todo menos vida. Por lo que hay que evitar la influencia snob de los llamados criterios culturales. Cuanto más importante es una obra mayor es el peligro del tedio y de los montajes snobs.

¿Por qué los públicos de todos los países prefieren muchas veces lo que se considera teatro de calidad inferior? Pues porque el único ingrediente que sirve de vínculo con el público es la irreemplazable presencia de la vida. El público no tiene una función pasiva. Su participación es constante y su presencia expectante. No puede pretenderse que lo que se está haciendo sea interesante de por sí, de una forma predeterminada, ni puede deducirse que el público es malo. Es cierto que hay públicos malos pero no se puede esperar que el público siempre sea bueno ni siquiera entendido. Sólo hay públicos fáciles y difíciles, pero el público difícil no es un enemigo, ni por supuesto despreciable. Lo que hay que buscar siempre es lo que puede excitarle y transformar su grado de interés. Este es el secreto del teatro comercial.

Y copio ahora unas palabras del mismo Peter Brook dirigidas al público: “Cuando una obra os aburra, no lo disimuléis, ni creáis que la culpa es vuestra. No permitáis que os martilleen con la bonita idea de la cultura. Tenéis derecho a preguntaros: ¿me falta algo a mí o al espectáculo? Tenéis derecho a desafiar la idea insidiosa socialmente aceptada en la actualidad de que la cultura es algo importante pero no puede utilizar como martillo para que la gente emita sus legítimas quejas”.

Si se permanece demasiado tiempo en las profundidades o en las alturas se termina por hacerse intolerable. Claro que si se permanece demasiado tiempo en la superficie se puede caer en la banalidad.

El teatro ha de tener un faceta cotidiana. Historias, situaciones y temas así como el lenguaje, han de ser reconocidos porque el ser humano se interesa sobre todo por la vida que conoce, que naturalmente no es la misma que la que vive un filósofo o un teórico que la que vive un pastor, pongo por caso, o un obrero de construcción, o un ciudadano de una gran ciudad o un tendero de pueblo. Lo que afortunadamente abre las compuertas del teatro para ofrecer un abanico amplísimo casi ilimitado que constituye la grandeza del teatro y su dimensión más democrática, en el exacto sentido de la palabra.

El propio García Lorca confiesa ser muy aficionado espectador del delicioso teatro ligero de revistas y vodevil. Aunque se muestra más riguroso con el género histórico o la zarzuela para los que preconiza innovaciones verdaderas, lo que en otras palabras significa que deben acercarse a la vida actual. Lo cual sólo pueden conseguirlo estrictamente los autores actuales. En todos los géneros, por supuesto.

Cuando Goethe decía que al analizar una obra había que tenerse en cuenta tres principios, propuesta, realización y si valía la pena dicha propuesta, marcaba las coordenadas de la crítica moderna.

Muchas veces se ha venido diciendo que este tercer elemento, es decir si valía la pena lo que el autor se proponía al escribir, era lo que debía juzgarse con mayor rigor lo que ha dado lugar a través de los años a descalificaciones, desprecios y anatemas. Pero en mi opinión es en el segundo de los tres principios donde se encuentra la verdadera esencia del teatro. ¿Cómo se ha realizado la obra, sea cual sea el género, mayor o menor, drama shakespiriano o revista? ¿Qué vida contiene en su interior capaz de conectar con las vidas, individuales y aún colectivas del público? Cualquier pronóstico puede ser válido, por ínfimo que sea si hace saltar esa chispa indefinible que encienda la llama de la comunión entre actor y espectador. Lo que no quiere decir por supuesto que no haya categorías de propósitos y de inquietudes culturales como hay también diversidad de vidas y de culturas personales...

Una vez un actor de la compañía del teatro de Moscú, le preguntó a Chéjov cómo tenía que interpretar determinado personaje que se le había encomendado, a lo que el gran autor contestó una sola palabra: “Bien”.

Sí, ese es el difícil secreto, hay que hacerlo bien, pero no basta con hacerlo bien conforme a una normas y unos principios, hay que hacerlo bien para el tercer elemento, quizá el más importante, que es el espectador.

Podría decirse que el teatro es como una mariposa, de alas frágiles que fácilmente se deshacen entre los dedos al querer aprehenderlos, de infinitos colores, oscuros o brillantes y que no puede encerrarse en la jaula, porque su faceta de libertad le produce la muerte. Hay que dejarlo volar a su aire. Por eso en los días de opresión totalitaria el teatro es el único lugar en donde durante un cierto tiempo un ciudadano puede sentirse libre y evadirse, protegido por el anonimato del público desafiar con risas o aplausos a la autoridad opresora. Toda forma de dictadura, sea del signo que sea, se caracteriza por la paralización de la cultura y del teatro vivo, que perece encerrada en la jaula... y hay muchas formas y tamaños de jaulas, incluso más allá de los regímenes teóricamente totalitarios.

Se comentaba el otro día que en España hay más de 1.500 autores, nuevos o viejos, que guardan sus obras en un cajón en espera de que se les dé ocasiones de volar. El fenómeno no es mucho, tiempo atrás, cuando el teatro era un hecho socialmente extendido, se decía que todo español tenía una comedia debajo del brazo... que el fenómeno sea viejo no significa que no se deba tener en cuenta y que no se busquen soluciones para que se expresen, cada cual a su manera, lo que sin duda constituiría una explosión no sólo teatral, sino cultural. Por descontado que las cosas no van por ahora por este camino, pero las utopías terminan por realizarse... total o parcialmente.

En resumen, seamos abiertos, seamos humanos en el sentido estricto de la palabra. El teatro es ante todo entretenimiento, sea éste intelectual o simplemente vital, ojalá fuera siempre cultural y ojalá eleváramos el nivel de nuestro público... pero no olvidemos que es el nuestro.

Evitemos los clisés, por muy elevados y teóricamente perfectos que sean, el abanico es casi infinito, no seamos inquisidores aunque estemos fanáticamente convencidos de nuestra fe. No despreciemos ningún género, ni ninguna manifestación, mientras estremezca con su presencia ese aliento vital que constituye la esencia del teatro...

¿Consecuencia de todo lo que he dicho? Casi ninguna, no soy un teórico, ni un maestro, o quizá sí, una, la que nos dejó en su último verso el gran León Felipe No sabiendo los oficios los haremos con respeto.


Jaime Salom

Pocos como él han sabido reunir en una sola mente la ciencia y el arte, la medicina y la literatura. Doctor en medicina y especializado en oftalmología, que paracticó hasta 1990, es además, o tal vez sobre todo, un literato y un considerable autor teatral.

Con cerca de cuarenta obras estrenadas y representadas en casi veinte países en ocho o nueve idiomas, Jaime Salom es uno de los grandes autores teatrales vivos. Pocos además han logrado un reconocimiento tan clamoroso y conseguido reunir como él todos los premios que se pueden obtener escribiendo teatro: el Fastenrath de la Real Academia Española, el Nacional de Literatura o el Espinosa y Cortina de la Real Academia Española, por citar sólo unos cuantos.

En la actualidad, ya alejado de la práctica médica, Salom es presidente de la Asociación de Médicos Escritores Españoles (ASEMEYA) y consejero de la Sociedad General de autores de España (SGAE).