|
31 de julio de 1737. En Carabanchel Alto el calor se hace notar más,
quizás, que otros días. Ese día, y en ese barrio
madrileño, va a nacer una niña bajo el signo de Leo, símbolo
de la audacia y de la valentía. Nadie se podía imaginar
entonces que ella iba a ser la mano invisible destructora del terror
que la Revolución impuso en Francia entre los años 1792-1794.
Esta es la breve historia de una bella mujer, Teresa Cabarrús,
que nació burguesa, se hizo revolucionaria y murió siendo
princesa.
Nació burguesa
Su padre, D. Francisco Cabarrús, había
nacido en Bayona, pero siendo muy joven se
fue a Zaragoza, trabajó en los negocios del
señor Galabert, y pronto se nacionalizó español.
¿Qué le hizo cambiar de residencia y de
nacionalidad?. No lo sabemos, pero las
ideas revolucionarias que estaban impreg-
nando la sociedad francesa pudieron ser
una de las causas. España, entonces era
un país vecino y tranquilo.
Hombre trabajador, serio y nada tonto,
se casó con la hija de su patrón, y con
los ahorros obtenidos con su trabajo y la
poca o mucha dote (nunca sabremos cuánta) quiso
probar fortuna y se decidió a poner una fábrica de jabón
en Carabanchel Alto.
Al poco tiempo nació la protagonista de esta historia.
Cabarrús, hombre de negocios e ilustrado, que suele ser una buena
combinación para abrirse camino en la vida, pronto hizo amistades
en el entorno del Gobierno, y así llegó a entablar amistad
con Argüelles y Floridablanca, entre otros, a los cuales les transmitió
la idea de la emisión de vales o bonos reales. Se hizo un tanteo
experimental, y los resultados fueron tan buenos que Cabarrús
adquirió una excelente fama como financiero y economista.
Después del éxito obtenido con los bonos reales, propuso
crear el Banco de San Carlos del cual fue Director. Este Banco, andando
el tiempo, se transformó en el Banco de España, después
de muchas vicisitudes y cambios de nombre: Banco de San Fernando, fusionado
luego con el posterior Banco de Isabel II, para dar lugar al definitivo
Banco de España. Pletórico de ideas, contribuyó
a la creación del Comercio de Filipinas, siendo nombrado miembro
del Consejo de Hacienda. Estas dos empresas fueron fuertemente combatidas
por Mirabeau, paisano de Cabarrús y una de las más brillantes
figuras de la Revolución francesa, pero a pesar de todo tuvieron
algún éxito.
A la muerte de Carlos III, la envidia y las rivalidades políticas
de los miembros del nuevo Gobierno, que le acusan de malversación
de fondos, acaban con Cabarrús en la cárcel, donde permaneció
durante dos años. Al final se pudo demostrar la honradez del
preso, y fue puesto en libertad en 1792. Carlos IV comprendió
el error y la injusticia que se habían cometido con él,
y le recompensó concediéndole el título de Conde.
Nos imaginamos y sabemos, que siendo Teresa hija de D. Francisco Cabarrús,
ministro que fue de Carlos III, fundador del Banco de San Carlos, futuro
Conde y posterior colaborador de José Bonaparte, recibió
una educación cuidada con el mayor esmero. Chica espabilada esta
pequeña Teresa, que no en balde poseía una carga genética
heredada de un trabajador infatigable, genial creador de corrientes
económicas y listo en las finanzas. A su ensalzada hermosura,
habría que añadir una envidiable cultura. Llegó
a dominar, además de su buen castellano, el latín , el
francés y el italiano. Si debemos creer lo que nos cuentan sus
biógrafos, tocaba bastante bien el arpa y dominaba el dibujo.
Una mujer así no podía escapar al interés de los
hombres.
Y con su primer amor llegó su primer desencanto. El amor suele
prometer alegrías y pronto nos trae dolor. Amor imposible el
primer amor de Teresa, porque el príncipe Lutenay estaba destinado
a casarse con la hija del embajador de Francia en Madrid. Lutenay y
Teresa estaban tan enamorados que se hizo necesaria la intervención
paterna para evitar problemas diplomáticos. El padre de la joven
impuso su autoridad, y con ella, la solución: envió a
su hija a París, con la disculpa de que debía ampliar
su educación y perfeccionar el idioma francés.
Se hizo Revolucionaria
En París vivía Madame de Boisgeloup,
viuda de un amigo del Conde, que acogió
a Teresa con enorme cariño. Teresa era una
niña que se hacía querer por su carácter
alegre, su educación, su gracia y sus modales.
Fue en esta mansión y en una fiesta de
invierno, donde conoció a su futuro marido,
el marqués de Fontenay. Puñetero y mujerie-
go Fontenay. Teresa tenía entonces 15
preciosos años. Al principio fue, como siem-
pre, todo felicidad. En casa de los Fontenay
abundaban las fiestas. Allí se reunían las per-
sonas más interesantes con los revolucio-
narios del momento: Mirabeau, Chanfort,
Vergniaud, los Lameth y tantos otros que
gozaron de la acogida y simpatía del joven matrimonio. Las conversaciones
inevitables del momento eran las ideas revolucionarias que por entonces
se cocían en todo París. Todas las revoluciones las inician
los idealistas y las termina un tirano. Teresa pronto se apasionó
con estas nuevas tendencias políticas y sociales, pero no así
su aristócrata marido. Al poco tiempo comienza el distanciamiento
entre los esposos debido no sólo a sus divergencias políticas
sino a los variados vicios del marqués, entre los que destacaban
el juego y el mujerío, este último a tal grado que tenía
la desfachatez de llevar a su amante a su propia casa, y no precisamente
de visita. Motivos, todos ellos, suficientes y más que suficientes
para desembocar en un divorcio, firmado de común acuerdo el 5
de abril de 1793. Teresa, con veinte preciosos años, volvió
a recuperar la soltería.
Antes ya habían pasado muchas cosas en Francia. El intento de
huida de Luis XVI. Las matanzas en el Campo de Marte, en julio de 1791.
La toma de las Tullerías por las masas populares. La instauración
de un Tribunal criminal extraordinario con el que se inicia el primer
Terror. El proceso de Luis XVI, entre noviembre de 1792 y enero de 1793,
que terminó con la ejecución real el 21 de enero del mismo
año. Todos estos acontecimientos y muchos más hacen pensar
al marqués de Fontenay que lo mejor es poner agua por medio,
y sale para Martinica, en el mar Caribe. Por otra parte, Teresa empieza
a ver con preocupación y profunda pena el horror de la Revolución,
y decide instalarse en Burdeos. Los que ayer eran rebeldes, hoy se han
convertido en déspotas.
Carlota Corday, otra heroína, acaba de despenar a uno de ellos,
Marat, feroz asesino que desempeñó un importante papel
en las matanzas de las cárceles de París y en la ejecución
de la caída de los girondinos en junio de 1793.
La casualidad quiso que Teresa encontrara allí a un antiguo contertuliano
de aquellos días felices de reuniones y fiestas en sus salones
de París. Se trata de Juan Lamberto Tallien, joven sanguinario
que se dedica a trasladar el terror parisino a la ciudad de Burdeos.
Teresa queda horrorizada con lo que le cuentan. Tallien, joven, bello,
ufano de su crédito, se vanagloria de su amistad con Danton.
En ocasiones se comporta con crueldad y otras veces se muestra indulgente.
Hace temer la venganza a unos y esperar conmiseración en otros.
Quiere hacerse temer y adorar a un tiempo. Su padre era el criado del
marqués de Bercy, aunque las malas o buenas lenguas solían
afirmar que era hijo del propio marqués. De modo que el joven
Tallien conserva en la República los gustos, la elegancia, el
orgullo y hasta la corrupción de la aristocracia. Y Tallien queda
prendado de la belleza de esta mujer que le recrimina sus crímenes
y consigue arrancar víctimas al verdugo llevada por su buen corazón
y nobles sentimientos. Tallien, empujado por el amor hacia Teresa, cesa
en la misión horrible que se le había confiado. Un escritor
francés de la época escribe: "Burdeos no olvidará
nunca a la hermosa y compasiva dama sus esfuerzos en pro de la Humanidad
en la época luctuosa en que la proscripción se extendía
por toda Francia y nadie veía ya en el departamento de la Gironda
seguras su hacienda y su vida."
Teresa tiene entonces veinte años. Nacida en Madrid, de madre
valenciana, esconde en su persona el fuego del Mediodía, la languidez
del Norte y la gracia de Francia. Reúne la belleza de todos los
climas, sus encantos son poderes, poderes para dominar a los que avasallan
al mundo y para tiranizar el alma de los tiranos. El amor de aquella
mujer consiguió atenuar el terror. Y el genio entusiasta de Burdeos
se mostró risueño al proconsulado oriental de Tallien.
Pronto Tallien se hace sospechoso ante los ojos de Robespierre, y
sobre todo a sus secuaces, los Dumas, los Henriot, los Payan, y muchos
otros que no cesaban de pedir más sangre. Robespierre, por otra
parte, está ya harto de tantos crímenes. Se revuelve su
conciencia, pero la política está por encima de su conciencia.
Se encuentra arrastrado por las circunstancias y por su afán
de ser el "Ser Supremo" que pueda dirigir según sus
ideales por el buen camino a la Revolución, y para ello precisa
de sus sanguinarios colaboradores, que le siguen ciegamente. Los asesinatos
en Burdeos han disminuido alarmantemente y Tallien es el culpable, inducido
por su amiga Teresa. Solución: Tallien es llamado a París
con urgencia y Teresa es reducida a prisión por orden directa
de Robespierre. Los encargados de tamaña estupidez son Borlanger
y Lavallet, que la llevaron a presencia de un Comité Revolucionario,
el cual, para torturarla más todavía, la tuvo sentada
en el banquillo durante todo el día, comiendo delante de ella
sin darla agua ni comida, que para el hombre cruel siempre resulta divertido
el torturar a sus semejantes. Al cabo de muchas horas, y cuando lo consideraron
oportuno, la llevaron al primer calabozo, y al pasar por la plaza de
la República donde la guillotina no paraba de hacer su función,
la obligaron a sacar la cabeza por la ventanilla, diciéndole:
"Dentro de tres días tú estarás ahí
en persona".
Recorrió doce prisiones diferentes y al fin fue encerrada en
la Force, prisión destinada a asesinos, y una de las peores de
París. En este calabozo estrecho y oscuro, estaban encerradas
tres mujeres. Tres jóvenes bellezas. Una de ellas era la señora
de Aiguillon, esposa de un hombre ilustre; la sangre de su familia humeaba
todavía en el cadalso. Otra era Josefina Tacher, viuda del general
Beauharnais, guillotinado hacía poco tiempo por haber sido derrotado
su ejército. Josefina Tacher, viuda del general, que se casaría
luego con Napoleón. Por último, la más hermosa
de todas: Teresa, la amante de Tallien.
No sabemos nada de la Sra. de Aiguillon, pero sí de sus dos amigas
y compañeras de infortunio. El azar las rescató de estar
a las puertas de la guillotina para llevarlas a los escalones más
altos de la Sociedad. A veces ocurre lo contrario, pues los caprichos
de la Historia, a menudo variables y cambiantes, son inescrutables.
El Comité de Salvación Pública encerró a
Teresa por sospechas de ejercer todavía influencia sobre Tallien.
Se entabló una estrecha amistad entre Teresa y Josefina. Esta
última estaba predestinada al trono, adonde la llevaría
el amor del joven Bonaparte. La otra iba a trastornar la República,
inspirando a Tallien el valor de atacar a los comités en la persona
de Robespierre. En las paredes del calabozo podían leerse cifras,
iniciales, nombres llorados o implorados, y aspiraciones amargas a la
libertad perdida. Que el verdadero valor de la Libertad se obtiene cuando
ésta falta. En la pared de aquel inmundo calabozo se podían
leer muchos años depués de estos terribles acontecimientos,
inscripciones tales como: "Hoy hace cuarenta días que estamos
encerradas", o "Libertad, ¿cuando dejarás de
ser palabra vana?" . En otro sitio: "Dicen que saldremos mañana".
Más allá: "Una esperanza", y un poco más
abajo tres firmas juntas: "Ciudadana Tallien, ciudadana Beauharnais,
ciudadana D`Aiguillón". Jamás se habían reunido
en tan lúgubre sitio, y al mismo tiempo, la juventud, la hermosura
y el amor.
Cuando Teresa llegó a la cárcel, bien para mayor escarnio
o bien para alegrar
la vista de aquellos sicarios con el bello y joven cuerpo de la mujer,
la obligaron a desnudarse del todo, y una vez recorrido su cuerpo con
la vista lasciva, le devolvieron la camisa y un traje de gruesa tela.
Teresa estaba indignada y desesperada, pero consigue a través
de buenas y piadosas manos, enviar algunas notas a Tallien. Este le
contesta con otras misivas dándole ánimos, asegurando
que lucha por ella y que la arrancará del peligro. El siete de
Termidor (25 de Julio), Teresa escribe a su enamorado una nota que ha
pasado a la historia. En ella impreca:"Me dicen que de un momento
a otro voy a la guillotina. Tu cobardía es la que me va a matar".
Y lo que no ocurre en un año, ocurre en un instante. Porque esta
nota, no sólo la salvó sino que fue la que determinó
el destino del terrible Robespierre.
Tallien recibe la noticia de que en efecto su adorada Teresa está
en peligro y decide actuar de inmediato poniendo en marcha su plan de
ataque largamente meditado. Él, como otros muchos amigos de la
Convención, no se encontraban seguros de escapar a la furia del
Tirano. Ante esta situación, Tallien consigue reunir a su alrededor
a los más significados. Una vez convencido del apoyo de los conjurados
decide atacar a Robespierre en las sesiones tumultuosas y violentas
del 8 y 9 de Termidor (26 y 27 de Julio de 1794), exactamente al día
siguiente de recibir la histórica nota. La palabra de Tallien
sale segura de sus labios lanzando las más terribles acusaciones
contra Robespierre. Este, al tratar de defenderse, encuentra la voz
de Tallien que ahoga la suya no dejándole hablar.
Llega un momento en que
saca un puñal y lo coloca
amenazante en el pecho del
Tirano y no ceja hasta
conseguir el voto de arresto
del que hasta entonces había
sido árbitro del gobierno.
A las voces de ¡Muera el tirano!
acudieron los soldados al man-
do de Barrás.
¿Quién es el tirano?-preguntaban
-¡Ese es!-gritó Leonardo Bourdón
quien, colocado detrás del pelotón,
agarró con la mano derecha el brazo
izquierdo del gendarme Meda,
armado con una pistola y disparó a Robespierre. Cayó éste
con la cabeza adelante sobre la mesa, tiñendo con sangre la proclama
para la insurrección del pueblo, que dudaba en firmar. Esta es
al menos la versión de Lamartine, si bien Thiers afirma que fue
el propio Robespierre quien quiso suicidarse, pero el disparo le salió
desviado y le produjo una herida que traspasó el labio inferior
y le rompió los dientes. Sus fieles colaboradores, entre los
que se encontraban Couthon, que al intentar levantarse, vaciló
sobre las muertas piernas y cayó debajo de la mesa y Saint-Just,
que permaneció sentado, mirando con altivez a sus enemigos y
con tristeza a Robespierre. Fleuriot, Payan, Dupley y ochenta miembros
del Ayuntamiento fueron apresados por Barras y sus gendarmes, atados
y conducidos a la Convención. Sólo Coffinhal logró
escapar en medio de la confusión, bajó corriendo a una
sala que tenía salida del Palacio Municipal y se refugió
en el río Sena, en un barco de lavanderas. Pero, posiblemente
el hambre, la angustiosa soledad, el miedo a ser delatado por las mujeres
o vaya usted a saber por qué, le obligó a salir y fue
descubierto al día siguiente.
Robespierre, en la Convención, fue depositado sobre una mesa.
La multitud, desde lo alto de los bancos, contemplaba al tirano. Los
ujieres de la Convención lo mostraban a los espectadores como
una fiera enjaulada. Legendre, antiguo adulador de Robespierre, se acercó
como otros a insultarle, que el adulador da cobijo en sus entrañas
a la traición. El antiguo tirano, ahora abatido, se fingía
muerto para hacer oídos sordos a los insultos de que era objeto.
Toda Revolución en la que quedan impunes los crímenes,
la insolencia y el desprecio a la Libertad está condenada a hundirse
en el abismo.
Después de exponer al vencido a las explosiones de cólera
de la tribuna contra él, que instituyó el terror como
sistema, lo que en realidad es una prueba de debilidad, un reflejo del
temor que roe el alma a quien lo despliega, una necesidad del hombre
desesperadamente perdido, que sólo de esa forma encuentra un
camino, falso camino de salida, Robespierre ge trasladado al Comité
de Seguridad General, donde le esperaban sus más implacables
enemigos: Billaud, Collot y Vadier a cuyas preguntas él sólo
responde con miradas. Terminado el interrogatorio fue trasladado al
Hotel Dieu, donde los cirujanos curaron su herida. Tanto él como
su hermano y sus amigos, el borracho y asesino Hanriot, Saint-Just,
Couthon, el alcalde Fleuriot-Lescot, Payan, Dumas, Vivier, presidente
de los jacobinos, la vieja Lavalette, y Duplay, con su mujer y sus hijas,
sus patrones de muchos años, son conducidos al Tribunal Revolucionario,
cuyo presidente, Fouquier-Tinville, lee los decretos de "fuera
de la ley", sin atreverse a mirar a Dumas, que había sido
su colega en el Tribunal Revolucionario, ni a Robespierre, que había
sido su protector. A las cinco de la tarde, "a las cinco en punto
de la tarde..., " fueron conducidos al cadalso. Los familiares
y amigos de los que habían sido guillotinados, gritaban a su
paso: ¡A la muerte! ¡A la guillotina...!. Pero el pueblo,
poco numeroso y sombrío, miraba sin manifestar sentimiento ni
satisfacción
Lamartine nos relata los últimos momentos: "Llegados al
pie de la estatua de la Libertad, los ejecutores llevaron a los heridos
a la plataforma de la guillotina. Ninguno dirigió al pueblo una
palabra ni una reconvención, pues leían su sentencia en
la actitud de asombro de la muchedumbre. Robespierre subió con
paso firme los escalones del patíbulo, los ejecutores le arrancaron
el vendaje que envolvía su rostro para que el lienzo no mellara
el filo de la cuchilla, y el dolor físico le arrancó un
rugido que resonó en las extremidades de la plaza de la Revolución.
La multitud miró en silencio, y un momento después, se
oyó el golpe sordo de la decapitación y la cabeza de Robespierre
cayó. Una prolongada exclamación de la muchedumbre, seguida
de un inmenso aplauso, sucedió al golpe de la cuchilla. Entonces
Saint-Just apareció al pie del cadalso, alto, delgado, con la
cabeza inclinada, los brazos atados y los pies sobre la sangre de su
maestro, diseñándose su elevada y delicada estatura en
el cielo, alumbrado por el último crepúsculo de la tarde.
Murió sin abrir los labios, llevando la aceptación o la
protesta interior a la muerte. Tenía veintiséis años
y dos días. Los veintidós troncos de los ajusticiados
fueron echados confusamente en el carro con el cadáver de Lebas".
Lebas se había suicidado antes de un tiro en el corazón,
cayendo muerto en los brazos del hermano menor de Robespierre
En septiembre, Tallien sufrió un atentado de uno de los partidarios
del sistema caído, afortunadamente para él sin consecuencias
El 26 de diciembre de ese mismo año (1794) Teresa y Tallien contraían
matrimonio.
Tallien se alejó un poco de la política aunque fue enviado
poco después como comisario de la Convención al frente
con el general Hoche. En su ausencia, Teresa que no puede vivir sin
alguien a su lado, se convierte en la amante de Barras y luego en la
del financiero más rico de la época, el señor Ouvrad.
Tallien no puede tolerar tanta infidelidad y solicita el divorcio, que
se efectuó en abril de 1802
En noviembre de 1804, por mediación de Fouché y de Talleyrand,
se le concede el puesto de Cónsul en la ciudad de Alicante. La
guerra de 1808 acaba con la tranquilidad que había disfrutado
en España. .
Fue perseguido durante la Restauración de la Monarquía,
pero logró el perdón del Monarca (Luis XVIII) gracias
a una humilde carta en que imploraba sus bondades y exponía el
estado lamentable en que se encontraba, pues había perdido un
ojo, y la gota le mantenía imposibilitado durante meses enteros.
Al final fue la buena Teresa la que le socorrió, cediéndole
" La Chaumiere", casa de aspecto rústico situada en
un extremo de París, donde transcurrieron sus primeros meses
de matrimonio
Allí murió el famoso revolucionario, a los 53 años,
el 16 de noviembre de 1820, solo, sin más compañía
que su criada.
Turquan dice que falleció llevándose ante Dios las cadenas
rotas de unos cuantos millares de presos. .
....y murió siendo princesa
La fama de Teresa como salvadora de mucha gente que iba a ser guillotinada,
así como su afán de proteger a los más desgraciados,
la hicieron muy popular en toda Francia, y a pesar de sus amores y de
sus divorcios, el conde
de Caraman, también banquero, después príncipe
de Chimay, se enamoró perdidamente de ella, casándose
al poco tiempo, en 1805. Tiene ella 32 años y entra en el nuevo
matrimonio con cuatro hijos que tuvo con Tallien, y con la serenidad
y la sensatez que le dan los años vividos. El nuevo matrimonio
es feliz. El príncipe de Chimay consigue hacer amable la vida
del hogar, aceptando con cariño a los cuatro hijos de Teresa,
y ella se convierte en una esposa ejemplar.
Treinta años después, al cumplir los sesenta y dos ,
moría princesa, en el Palacio de Chimay, rodeada de sus hijos
y amigos más íntimos; respetada por todos, y recordada
por lo que hizo para aliviar las penas de muchos y salvar de la guillotina
a otros tantos.
__________________________________________________
Bibliografía:
"Historia de los Girondinos", de Alfonso Lamartine.
"Historia de la Revolución francesa", de A.Thiers
Tomo 10 de la Enciclopedia Universal Ilustrada de Espasa- Calpe
Tomo 59 de la misma en la que se citan los siguientes trabajos:
"Notre Dame de Thermidor" de A. Houssaye
"Le 9 Thermidor" de Alberto Savine y Francisco Bournard
"Madame Tallien" de Pedro Durel
"La belle Tallien" de Gastine
"La Citoyenne Tallien" de J. Turquand
"Les grandes amoureuses" de G. Derys
"Madame Tallien" de Somolet
"La Terreur à Bordeaux" de Aureliano Vivie
"La Revolution vue de l`étranger" de Descotes
"Los españoles en la Revolución Francesa" de
Miguel Santos de Oliver
"Teresa Cabarrús" de M.Núñez de Arenas
en la Revista de la Biblioteca de
Archivos y Museos.
|