| Siempre he pensado que el hijo es más
hijo de la madre que del padre, no
en balde permanece desde su concepción nueve meses dentro del
seno materno,
nutriéndose de la misma sangre que la madre, creciendo dentro
de ella, decididamente el hijo es más hijo de su madre sin menospreciar
la función de su masculino creador.
Y este amor materno llega en muchas ocasiones a producir graves contiendas
no sólo familiares sino sociales. La Historia contiene múltiples
casos.
En estas líneas, sólo uno de los tantos y tantos que
la Historia nos revela: El Príncipe de Viana.
Siglo XV.
En este siglo y en esta época, las ambiciones políticas
(y no políticas) de los hombres, son realmente disparatadas.
Si no se es rey, no se es nada. La vanidad, el poder y las pasiones,
son los dueños del mundo.
Juan II de Aragón, el que será padre del príncipe
de Viana, todavía no es rey, pero pronto lo será. De momento
se casa con doña Blanca de Navarra, que ya es reina de Sicilia
al morir su esposo el rey Martín el Joven. Doña Blanca
es trece años mayor que él, pero no importa. Todo vale
si ayuda a las pretensiones políticas. La boda se celebra, suponemos
que con todo el lujo conveniente, en 1420. Un año después
vendrá el primer hijo: Carlos, Príncipe de Viana. El primogénito.
El heredero legítimo de la corona. Tres años después,
otro parto, esta vez de una niña. Se llamará como su madre:
Blanca, y para ella tenemos otra historia triste que contar. Y más
tarde, otra niña, Leonor, la envenenadora de su hermana Blanca.
Las dos hermanas del Príncipe van a tener diferentes destinos.
Blanca casará con Enrique IV, “el Impotente”. Al
no poder tener hijos lo más fácil es echar la culpa a
la pobre infanta que es repudiada por “el Impotente”, devuelta
a la Corte de Juan II cuando éste ya ha contraído segundas
nupcias con doña Juana Enríquez y tratada por su madrastra
con el mayor desprecio y los peores ultrajes. Mientras vive el hermano
de Blanca, el príncipe Carlos de Viana, con el que mantiene excelentes
relaciones, consigue vivir en el castillo-palacio real, pero al morir
el Príncipe, Blanca que se convierte en la heredera del trono
de Navarra, según los deseos y el testamento de su madre, es
llevada a casa de su hermana Leonor casada con Gastón, conde
de Foix. En dicho testamento se prevé que en caso del fallecimiento
de Doña Blanca el reino navarro pasará a manos de la hermana
menor, doña Leonor. El enviar a doña Blanca a casa de
su hermana es como llevar al corderito a casa del lobo. En efecto, la
hermana pequeña se encarga de envenenar a la posible heredera
para tener camino libre hacia el trono. Un encanto de familia.
Pero volvamos a nuestra historia. D. Juan, con veintisiete años,
se convierte en Juan II de Navarra, al suceder a Carlos el Noble, constructor
del castillo de Olite y muerto a los treinta y ocho años. Hay
muertes prematuras que resuelven, o complican, muchos problemas.
Doña Blanca, esposa y madre, muere a los 56 años en 1441.
En su testamento deja a su hijo, don Carlos, heredero de la corona de
Navarra y del ducado de Nemours. En caso de faltar don Carlos, debería
sucederle su hermana Blanca y, a falta de ésta, su hermana Leonor,
pero con la condición de que el príncipe no usara los
títulos de rey y duque sin el beneplácito de su padre.
El rey Juan II guardó luto durante poco más de un lustro.
Fue entonces cuando conoció a una joven de 22 años (27
menos que el Rey), Juana, hija del almirante de Castilla don Fadrique
Enríquez, con la que contrajo matrimonio. Seguro que fueron muy
felices, felicidad colmada con el nacimiento de su hijo Fernando, el
que será Fernando II, según la cronología de los
reyes de la Confederación Catalana-Aragonesa; Fernando V para
otros, y al final Fernando "el Católico" para todos
y así arreglar el ordinal, el que será el esposo de la
hermana de Enrique IV, “el Impotente”, doña Isabel
de Castilla, Isabel la “Católica”.
Juana Enríquez, mujer joven, llena de vida, tiene ambiciones
(todas las mujeres son naturalmente ambiciosas), sobre todo para el
retoño que lleva en sus entrañas. Todavía no ha
nacido su hijo Fernando, pero ya tiene decidido su futuro: será
el rey de Aragón y Navarra. Ya se encargará ella de que
su hijastro y legítimo heredero, el Príncipe Carlos de
Viana no llegue al poder. Los acontecimientos históricos la ayudaron
mucho a conseguir sus propósitos.
El 29 de mayo de 1421, nace el príncipe de Viana en el castillo
de Peñafiel, en el mismo en que 74 años antes moría
el Infante D. Juan Manuel.
Con sólo seis años las Cortes de Navarra le juramentan
como rey.
Comienza bien su reinado gracias a su consejero D. Juan de Beaumont.
Pero en 1451 por un asunto oscuro relacionado con la intervención
de D. Álvaro de Luna, enfrenta al padre con el hijo.
En 1448 Juan II de Aragón se encuentra en Castilla maniobrando
en las intrigas contra el valido de Juan II de Castilla, el poderoso
don Álvaro de Luna. Con este motivo los navarros entran en Castilla
y se apoderan de Santa Cruz de Campezo, mientras un ejército
castellano al mando del príncipe de Asturias entra en Navarra.
En1451 los dos príncipes, el de Asturias y el de Viana celebran
una entrevista y gracias a ella los castellanos se retiran de Navarra.
Esta entrevista levanta sospechas en el padre del príncipe de
Viana, que piensa que su hijo ha sido manipulado por don Álvaro
de Luna, en contra de sus propios intereses.
A partir de entonces las buenas relaciones entre padre e hijo se hacen
imposibles. A ello contribuye en gran parte el embarazo de doña
Juana que lleva en sus entrañas al futuro Fernando “el
Católico” el que con su ayuda va a desbancar al príncipe
de Viana.
El Rey, aconsejado por su esposa o por simple decisión propia,
decide que doña Juana sea corregente del reino de Navarra con
su hijo Carlos. Mal asunto; madrastra frente a hijastro; madrastra de
26 años, frente a hijastro de 30. Madrastra de gran carácter,
frente a un Carlos dado a la lectura, a la música, a los pensamientos
más o menos filosóficos, a la pintura, a la poesía
y a la historia. Obras suyas son: "Crónica de Navarra, desde
los tiempos más antiguos hasta la época de mi vida",
que escribió estando preso en Monterrey; un "Tratado de
los milagros del famoso santuario de San Miguel de Excelsis", la
"Epístola literaria". Suya es también la traducción
de la "Ética" de Aristóteles. Tampoco abandonó
otros placeres menos contemplativos y más mundanos. No tiene
traza de buen guerrero ni le interesan los juegos de armas. Su espíritu
es más bucólico que batallador. Con las únicas
contiendas con las que disfruta son las del amor, pues con su juventud,
su hacienda, sus gentiles modales y sus mejores palabras, no es difícil
comprender la buena predisposición que las hermosas mujeres tendrían
hacia él. Varias hembras se mezclaron en su vida. Existe una
nota de amor que reproduce en su biografía don Manuel Iribarren,
que dice así: "Yo el Príncipe, doy mi buena fe en
vos, doña María de Almendariz, que aviendo de vos alguna
criatura o criaturas, yo vos tomaré por mujer mía: e por
ende fize aquesta mi propia mano, firmada en mi nombre en Artajona,
a dos de mayo de mil CCCCL uno. Charles". Su mujer, doña
Inés de Cléveris, murió joven, en 1448, sin dejarle
sucesión. Más adelante, su padre decidió casarle
con Catalina de Portugal, pero enterado de ello el rey Enrique IV de
Castilla, y temeroso de que esta alianza se uniera en contra suya, se
apresuró a ofrecer para el Príncipe la mano de su hermana
Isabel, la futura reina Católica, pero Juan II de Aragón
se negó a ello, pues probablemente por consejo de su esposa quería
reservar a la hermana de Enrique IV para su hijo Fernando, mejor que
para el de Viana.
Don Carlos empezó con buen pie su andadura por la Historia. Jurado
en las Cortes en 1427 y teniendo por consejero a su ayo Juan de Beaumont,
comienza su reinado bajo los mejores auspicios, pero pronto se apagará
su buena estrella; es el momento en que su padre decide la corregencia
de Carlos con doña Juana Enríquez. Carlos no es guerrero,
pero tampoco está dispuesto a perder sus legítimos derechos
a la corona de Navarra, que su padre le ha negado, seguramente instigado
por su bella y joven esposa, que desea a su futuro hijo como legítimo
heredero. Además, sus seguidores desean febrilmente el estricto
cumplimiento sucesorio reflejado con total claridad en el testamento
de doña Blanca de Navarra y no están dispuestos a dejarle
sólo en esta contienda. El enfrentamiento es inevitable. Se forman
dos bandos: el uno favorable al Rey y capitaneado por el mariscal Pedro
de Navarra, señor de Agramont, y otro adicto a don Carlos, capitaneado
por su ayo Juan de Beaumont. Tenemos frente a frente a los agramonteses
contra los beaumonteses. Al principio, la contienda favorece a los beaumonteses,
que llegan a sitiar la plaza de Estella donde se encuentra la madrastra
de Carlos. Juan II corre en auxilio de su esposa consiguiendo pactar
una tregua, pero ambos bandos, no conformes con ella llegan de nuevo
a las manos, entablándose en el campo de Aibar la batalla en
la que don Carlos es vencido, hecho prisionero y, posteriormente encerrado
en el castillo de Monterrey. Estamos en el año 1452.
Es en ese mismo año en el que doña Juana da a luz a su
hijo Fernando, con lo cual la lucha por el poder está servida.
Doña Juana, amor de madre, no cejará hasta conseguir que
su hijo sea el sucesor legítimo. Su hijo será el sucesor
al trono. Su hijo será el Rey. No importa que don Carlos sea
el legítimo heredero. Una madre lo puede todo.
Los reinos aragoneses se rebelan contra tamaña injusticia, y
el Rey, que mantiene una lucha interior entre los legítimos derechos
de su hijo y la desbordada ambición de su esposa, decide poner
en libertad a su hijo ante la justificada reacción de los reinos
aragoneses. Don Carlos considera que estará más seguro
lejos de su padre y de la esposa, su madrastra, y se refugia en Italia.
Corre el año 1453. El odio de los catalanes, en estos momentos,
hacia doña Juana, a la que culpan, y con razón, de la
persecución del Príncipe, estaba en cierto modo justificado.
La Historia trata a don Juan de forma muy severa por la actitud que
adopta frente a su hijo, olvidándose la Historia o los historiadores
de que el principal motor de esta discordia hay que buscarlo en la flamante
madrastra.
Don Carlos no permanece inactivo durante su exilio italiano. Trata de
encontrar ayuda para su causa en Portugal, y busca el apoyo de Enrique
IV de Castilla, y hasta el del delfín francés, futuro
Luis XI, que se encontraba respecto a su padre en la mismísima
situación que el príncipe respecto al suyo. Donde más
comprensión encuentra es en Nápoles, donde reina Alfonso
V "el Magnánimo", hermano mayor de don Juan. Alfonso
V reconoce las razones hereditarias de su sobrino y sabe, además,
que fue el primero en tener la iniciativa de contraer matrimonio con
una princesa castellana. Pero el tío Alfonso muere a los 64 años,
en 1458, con lo que el Príncipe pierde su mejor apoyo. Carlos,
inclinado desde entonces a hacer las paces, envía a su padre
una embajada solicitando su perdón. El Rey contesta que está
dispuesto a perdonarle, que siempre es fácil perdonar a quien
no tiene fuerza para castigar. El príncipe embarca para España
y desde Mallorca le propone al Rey un convenio por el cual le cedería
la parte de Navarra que se mantenía a su favor a cambio de que
diese estado a su hermana Blanca, que había sido desheredada
por apoyarle en sus pretensiones, y quitase, además, el gobierno
a Leonor. Acepta el Rey algunas de las condiciones y le reconoce la
soberanía en Cataluña, derecho que le corresponde por
ser el primogénito. Pero ladinamente le priva de la facultad
de convocar Cortes, con lo cual lo que le está dando por un lado
se lo está quitando por el otro.
Don Carlos, confiado, toda confianza es peligrosa, acude a Lérida,
y don Juan, sin encomendarse a Dios ni al diablo, le secuestra, haciendo
que lo encierren en Morella. Cataluña, lógicamente, monta
en cólera. Los estamentos catalanes se declaran en sesión
permanente y exigen la libertad del príncipe. Estamos ya en 1461.
Son muchos años de lucha familiar que van emponzoñando
cada vez más la situación. Juan II se niega a liberar
a su hijo, acusándole de ir contra él y contra los intereses
del Estado. Los catalanes se enfadan mucho más, y don Juan tiene
que escapar de noche y a caballo para no caer en sus manos. A uña
de caballo llega a Fraga dónde se encuentra su esposa. El odio
en la región hacia doña Juana es tan virulento que la
prohíben poner los pies en Barcelona, con lo que hacen causa
común con Navarra donde tampoco es bien vista. D. Juan se empeña
en retener a su hijo, y es entonces cuando castellanos y catalanes deciden
unirse contra el Rey, el cual, viéndose en dificultades, decide
liberar al príncipe. El 12 de marzo de 1461 don Carlos es recibido
en Barcelona con el entusiasmo fácil de comprender, pues veían
en él a su propio soberano, independiente del Rey aragonés,
que tenía, como todos los reyes de la época, el afán
centralizador y absolutista de la Corona. El 28 de mayo del mismo año
tienen lugar las Capitulaciones de Villafranca, por las cuales los catalanes
presentan al Rey sus condiciones. Don Juan acepta todo, menos lo más
importante: que don Carlos administre Cataluña. Esta respuesta
fue llevada por la Reina a Barcelona, pero el odio contra ella era tan
impresionante que ante el anuncio de su presencia se cerraban las puertas
y se tocaba a somatén, como si se acercase el enemigo. Los catalanes
hacen caso omiso de la disposición real que se les envía,
y nombran gobernador general al príncipe. Es un caso claro de
rebeldía, y un dato más del afán independentista
de los catalanes de entonces. El príncipe es el deseado por los
catalanes, pero el príncipe muere tres meses después,
y se desata lo previsible, aunque no sea cierto: ¡el príncipe
ha sido envenenado!
Así lo ven los catalanes. Así lo desean ver los catalanes
que consideran a D.Carlos, además del legítimo heredero
de la corona, su verdadero y único soberano. El cadáver
de Carlos de Viana estuvo expuesto en el salón del trono del
Palacio de Barcelona durante seis días, durante los cuales el
pueblo se acercaba a él como a una reliquia. Para sus partidarios,
D. Carlos era un santo. Hasta le atribuían muchos milagros. El
propio vizconde de Rocaberti, en la carta en la que comunica el fallecimiento
del príncipe le llama Ilustrísimo San Carlos", y
en ella habla de los grandes y maravillosos milagros que hacía.
Según cuentan, curó a muchos enfermos, devolvió
la vista a los ciegos y el oído a los sordos, conquistando fama
de santidad. En el Directorio de la Diputación General de Cataluña,
se inscribió su fallecimiento con las siguientes palabras: "Sanct
Karles primogenit Daragó é de Sicilia". En estas
circunstancias es fácil comprender la guerra civil que se desarrolló
a la muerte del príncipe y que duró doce años.
Pero ¿realmente fue envenenado el príncipe? El enfrentamiento
entre padre e hijo, el rumor del envenenamiento y la afirmación
de su hermana doña Blanca, son los únicos elementos que
apoyan esta teoría, pero los hechos van por otro camino. Veamos
el cuadro que le realiza el genial pintor Moreno Carbonero.
Podemos observar a un joven, pálido, que aparenta más
años de los que realmente tiene. Se encuentra sentado, como fatigado,
rodeado de sus libros y con su fiel perro a los pies. No tiene aspecto
saludable, por la sencilla razón de que no está sano.
¿Que no está sano? Pues no, no lo está. Los historiadores
nos dicen que la salud del príncipe se deterioró en el
viaje a la calurosa y húmeda ciudad de Nápoles. Los médicos
sabemos lo mal que sienta este clima tanto a los tuberculosos como a
los leprosos. Sus biógrafos nos afirman que en Sicilia (entre
1458 y 1459), no podía montar a caballo e iba siempre en litera.
Al año siguiente, estando en Mallorca, tiene que abandonar la
isla por motivos de salud, y su cansancio le hace imposible todo tipo
de trabajo. Cuando, después de su cautiverio, llega a Barcelona,
los catalanes le encuentran pálido y enflaquecido. Es en esta
época cuando Moreno Carbonero le hace su retrato, quizás
le quiso retratar mejor de lo que estaba. Doña Juana Enríquez
, ante los rumores que corren de envenenamiento, exige que se realice
la autopsia a su hijastro para demostrar que son infundados y malintencionados
dichos rumores. En efecto la autopsia se realizó, y lo único
importante que reveló, según Desdelives, fue "la
putrefacción del pulmón", suficiente para demostrar
que el fallecimiento del Príncipe se debió a una tuberculosis.
Si tuvo o no hemoptisis previas nadie nos lo ha confirmado, pero exceptuando
este dato, que si lo hubo, se ocultó, el cuadro clínico
previo a la fecha fatal parecía muy sintomático. El complejo
primario y el proceso febril injustificado pasan inadvertidos, aunque
más tarde la fiebre se acentúa. Pero la astenia, la palidez
extrema, la tos persistente son datos clínicos que hacen sospechar
lo que posteriormente se pudo demostrar con la autopsia. Ya el 21 de
septiembre, viendo cómo se agravaba el estado del enfermo, se
hizo pública su enfermedad, que entonces se catalogó de
"pleuresía". En aquellos momentos nadie se quería
creer la realidad. Lo más verosímil, entonces, dadas las
circunstancias, era pensar en el envenenamiento. La muerte, pensamos
que por una tuberculosis, evitó que probablemente fuese más
tarde o más temprano envenenado por los problemas sucesorios
y familiares que le tocó vivir, que en aquellos tiempos no parecían
infrecuentes las muertes por veneno. Se llegó a decir que la
misma doña Blanca de Navarra había sido asesinada por
ese sutil procedimiento, feo asunto imposible de demostrar.
El historiador Lafuente juzga así al Príncipe: "Hijo
injustamente odiado y príncipe ilegalmente desposeído,
no acertaba a ser ni rebelde ni sumiso sino a medias. Resuelto y valeroso
en Navarra, irresoluto espectador en Nápoles, generoso y desinteresado
en Sicilia, precipitado en Mallorca, reverente y humilde en Cataluña,
sin dejar de ser conspirador y desobediente, ni tuvo la suficiente constancia
y energía para presentarse siempre como vindicador de sus vulnerados
derechos de hijo y de príncipe, ni fue lo bastante humilde para
disipar los recelos de un padre desafecto y conjurar las iras de una
madrastra iracunda".
No me atrevo a decir que Dios castigó a la madrastra desleal
con el príncipe, pero el final de la pobre mujer no pudo ser
más doloroso: un cáncer de mama acabó con su vida,
después de terribles padecimientos, cuando apenas había
transcurrido su 43 aniversario.
Don Carlos había muerto siete años antes.
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Bibliografía.
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1907)
Antonio Ballesteros, "Historia de España y su influencia
en la Historia Universal"(tomo III, Barcelona, 1902)
G. Desdevises du Dezert, "D.Carlos d´Aragón, prince
de Viane"
Modesto Lafuente, "Historia general de España"
F. Ruano y Prieto, "D. Juan II de Aragón y el príncipe
de Viana"
Antonio de Bofarull, "Historia de Cataluña, civil y eclesiástica"
Victor Balaguer, "Las calles de Barcelona"
Antonio Aulestia, y Pijoán, "Historia de Catalunya"
Antonio Rubió,"Documents pera l´historia de la cultura
mitjeval catalana"
José María Cuadrado, "El Príncipe de Viana"
Jeremy Taylor Woots, "Enigmas de la Historia"
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