De cómo el amor de una madre puede desembocar en una guerra civil. El Príncipe de Viana

del Dr. Joaquín Aroca
 

 

 

Siempre he pensado que el hijo es más hijo de la madre que del padre, no
en balde permanece desde su concepción nueve meses dentro del seno materno,
nutriéndose de la misma sangre que la madre, creciendo dentro de ella, decididamente el hijo es más hijo de su madre sin menospreciar la función de su masculino creador.
Y este amor materno llega en muchas ocasiones a producir graves contiendas no sólo familiares sino sociales. La Historia contiene múltiples casos.

En estas líneas, sólo uno de los tantos y tantos que la Historia nos revela: El Príncipe de Viana.


Siglo XV.
En este siglo y en esta época, las ambiciones políticas (y no políticas) de los hombres, son realmente disparatadas. Si no se es rey, no se es nada. La vanidad, el poder y las pasiones, son los dueños del mundo.
Juan II de Aragón, el que será padre del príncipe de Viana, todavía no es rey, pero pronto lo será. De momento se casa con doña Blanca de Navarra, que ya es reina de Sicilia al morir su esposo el rey Martín el Joven. Doña Blanca es trece años mayor que él, pero no importa. Todo vale si ayuda a las pretensiones políticas. La boda se celebra, suponemos que con todo el lujo conveniente, en 1420. Un año después vendrá el primer hijo: Carlos, Príncipe de Viana. El primogénito. El heredero legítimo de la corona. Tres años después, otro parto, esta vez de una niña. Se llamará como su madre: Blanca, y para ella tenemos otra historia triste que contar. Y más tarde, otra niña, Leonor, la envenenadora de su hermana Blanca.
Las dos hermanas del Príncipe van a tener diferentes destinos. Blanca casará con Enrique IV, “el Impotente”. Al no poder tener hijos lo más fácil es echar la culpa a la pobre infanta que es repudiada por “el Impotente”, devuelta a la Corte de Juan II cuando éste ya ha contraído segundas nupcias con doña Juana Enríquez y tratada por su madrastra con el mayor desprecio y los peores ultrajes. Mientras vive el hermano de Blanca, el príncipe Carlos de Viana, con el que mantiene excelentes relaciones, consigue vivir en el castillo-palacio real, pero al morir el Príncipe, Blanca que se convierte en la heredera del trono de Navarra, según los deseos y el testamento de su madre, es llevada a casa de su hermana Leonor casada con Gastón, conde de Foix. En dicho testamento se prevé que en caso del fallecimiento de Doña Blanca el reino navarro pasará a manos de la hermana menor, doña Leonor. El enviar a doña Blanca a casa de su hermana es como llevar al corderito a casa del lobo. En efecto, la hermana pequeña se encarga de envenenar a la posible heredera para tener camino libre hacia el trono. Un encanto de familia.
Pero volvamos a nuestra historia. D. Juan, con veintisiete años, se convierte en Juan II de Navarra, al suceder a Carlos el Noble, constructor del castillo de Olite y muerto a los treinta y ocho años. Hay muertes prematuras que resuelven, o complican, muchos problemas.
Doña Blanca, esposa y madre, muere a los 56 años en 1441. En su testamento deja a su hijo, don Carlos, heredero de la corona de Navarra y del ducado de Nemours. En caso de faltar don Carlos, debería sucederle su hermana Blanca y, a falta de ésta, su hermana Leonor, pero con la condición de que el príncipe no usara los títulos de rey y duque sin el beneplácito de su padre.

El rey Juan II guardó luto durante poco más de un lustro. Fue entonces cuando conoció a una joven de 22 años (27 menos que el Rey), Juana, hija del almirante de Castilla don Fadrique Enríquez, con la que contrajo matrimonio. Seguro que fueron muy felices, felicidad colmada con el nacimiento de su hijo Fernando, el que será Fernando II, según la cronología de los reyes de la Confederación Catalana-Aragonesa; Fernando V para otros, y al final Fernando "el Católico" para todos y así arreglar el ordinal, el que será el esposo de la hermana de Enrique IV, “el Impotente”, doña Isabel de Castilla, Isabel la “Católica”.
Juana Enríquez, mujer joven, llena de vida, tiene ambiciones (todas las mujeres son naturalmente ambiciosas), sobre todo para el retoño que lleva en sus entrañas. Todavía no ha nacido su hijo Fernando, pero ya tiene decidido su futuro: será el rey de Aragón y Navarra. Ya se encargará ella de que su hijastro y legítimo heredero, el Príncipe Carlos de Viana no llegue al poder. Los acontecimientos históricos la ayudaron mucho a conseguir sus propósitos.
El 29 de mayo de 1421, nace el príncipe de Viana en el castillo de Peñafiel, en el mismo en que 74 años antes moría el Infante D. Juan Manuel.
Con sólo seis años las Cortes de Navarra le juramentan como rey.
Comienza bien su reinado gracias a su consejero D. Juan de Beaumont. Pero en 1451 por un asunto oscuro relacionado con la intervención de D. Álvaro de Luna, enfrenta al padre con el hijo.
En 1448 Juan II de Aragón se encuentra en Castilla maniobrando en las intrigas contra el valido de Juan II de Castilla, el poderoso don Álvaro de Luna. Con este motivo los navarros entran en Castilla y se apoderan de Santa Cruz de Campezo, mientras un ejército castellano al mando del príncipe de Asturias entra en Navarra. En1451 los dos príncipes, el de Asturias y el de Viana celebran una entrevista y gracias a ella los castellanos se retiran de Navarra. Esta entrevista levanta sospechas en el padre del príncipe de Viana, que piensa que su hijo ha sido manipulado por don Álvaro de Luna, en contra de sus propios intereses.
A partir de entonces las buenas relaciones entre padre e hijo se hacen imposibles. A ello contribuye en gran parte el embarazo de doña Juana que lleva en sus entrañas al futuro Fernando “el Católico” el que con su ayuda va a desbancar al príncipe de Viana.
El Rey, aconsejado por su esposa o por simple decisión propia, decide que doña Juana sea corregente del reino de Navarra con su hijo Carlos. Mal asunto; madrastra frente a hijastro; madrastra de 26 años, frente a hijastro de 30. Madrastra de gran carácter, frente a un Carlos dado a la lectura, a la música, a los pensamientos más o menos filosóficos, a la pintura, a la poesía y a la historia. Obras suyas son: "Crónica de Navarra, desde los tiempos más antiguos hasta la época de mi vida", que escribió estando preso en Monterrey; un "Tratado de los milagros del famoso santuario de San Miguel de Excelsis", la "Epístola literaria". Suya es también la traducción de la "Ética" de Aristóteles. Tampoco abandonó otros placeres menos contemplativos y más mundanos. No tiene traza de buen guerrero ni le interesan los juegos de armas. Su espíritu es más bucólico que batallador. Con las únicas contiendas con las que disfruta son las del amor, pues con su juventud, su hacienda, sus gentiles modales y sus mejores palabras, no es difícil comprender la buena predisposición que las hermosas mujeres tendrían hacia él. Varias hembras se mezclaron en su vida. Existe una nota de amor que reproduce en su biografía don Manuel Iribarren, que dice así: "Yo el Príncipe, doy mi buena fe en vos, doña María de Almendariz, que aviendo de vos alguna criatura o criaturas, yo vos tomaré por mujer mía: e por ende fize aquesta mi propia mano, firmada en mi nombre en Artajona, a dos de mayo de mil CCCCL uno. Charles". Su mujer, doña Inés de Cléveris, murió joven, en 1448, sin dejarle sucesión. Más adelante, su padre decidió casarle con Catalina de Portugal, pero enterado de ello el rey Enrique IV de Castilla, y temeroso de que esta alianza se uniera en contra suya, se apresuró a ofrecer para el Príncipe la mano de su hermana Isabel, la futura reina Católica, pero Juan II de Aragón se negó a ello, pues probablemente por consejo de su esposa quería reservar a la hermana de Enrique IV para su hijo Fernando, mejor que para el de Viana.

Don Carlos empezó con buen pie su andadura por la Historia. Jurado en las Cortes en 1427 y teniendo por consejero a su ayo Juan de Beaumont, comienza su reinado bajo los mejores auspicios, pero pronto se apagará su buena estrella; es el momento en que su padre decide la corregencia de Carlos con doña Juana Enríquez. Carlos no es guerrero, pero tampoco está dispuesto a perder sus legítimos derechos a la corona de Navarra, que su padre le ha negado, seguramente instigado por su bella y joven esposa, que desea a su futuro hijo como legítimo heredero. Además, sus seguidores desean febrilmente el estricto cumplimiento sucesorio reflejado con total claridad en el testamento de doña Blanca de Navarra y no están dispuestos a dejarle sólo en esta contienda. El enfrentamiento es inevitable. Se forman dos bandos: el uno favorable al Rey y capitaneado por el mariscal Pedro de Navarra, señor de Agramont, y otro adicto a don Carlos, capitaneado por su ayo Juan de Beaumont. Tenemos frente a frente a los agramonteses contra los beaumonteses. Al principio, la contienda favorece a los beaumonteses, que llegan a sitiar la plaza de Estella donde se encuentra la madrastra de Carlos. Juan II corre en auxilio de su esposa consiguiendo pactar una tregua, pero ambos bandos, no conformes con ella llegan de nuevo a las manos, entablándose en el campo de Aibar la batalla en la que don Carlos es vencido, hecho prisionero y, posteriormente encerrado en el castillo de Monterrey. Estamos en el año 1452.
Es en ese mismo año en el que doña Juana da a luz a su hijo Fernando, con lo cual la lucha por el poder está servida. Doña Juana, amor de madre, no cejará hasta conseguir que su hijo sea el sucesor legítimo. Su hijo será el sucesor al trono. Su hijo será el Rey. No importa que don Carlos sea el legítimo heredero. Una madre lo puede todo.

Los reinos aragoneses se rebelan contra tamaña injusticia, y el Rey, que mantiene una lucha interior entre los legítimos derechos de su hijo y la desbordada ambición de su esposa, decide poner en libertad a su hijo ante la justificada reacción de los reinos aragoneses. Don Carlos considera que estará más seguro lejos de su padre y de la esposa, su madrastra, y se refugia en Italia. Corre el año 1453. El odio de los catalanes, en estos momentos, hacia doña Juana, a la que culpan, y con razón, de la persecución del Príncipe, estaba en cierto modo justificado.
La Historia trata a don Juan de forma muy severa por la actitud que adopta frente a su hijo, olvidándose la Historia o los historiadores de que el principal motor de esta discordia hay que buscarlo en la flamante madrastra.
Don Carlos no permanece inactivo durante su exilio italiano. Trata de encontrar ayuda para su causa en Portugal, y busca el apoyo de Enrique IV de Castilla, y hasta el del delfín francés, futuro Luis XI, que se encontraba respecto a su padre en la mismísima situación que el príncipe respecto al suyo. Donde más comprensión encuentra es en Nápoles, donde reina Alfonso V "el Magnánimo", hermano mayor de don Juan. Alfonso V reconoce las razones hereditarias de su sobrino y sabe, además, que fue el primero en tener la iniciativa de contraer matrimonio con una princesa castellana. Pero el tío Alfonso muere a los 64 años, en 1458, con lo que el Príncipe pierde su mejor apoyo. Carlos, inclinado desde entonces a hacer las paces, envía a su padre una embajada solicitando su perdón. El Rey contesta que está dispuesto a perdonarle, que siempre es fácil perdonar a quien no tiene fuerza para castigar. El príncipe embarca para España y desde Mallorca le propone al Rey un convenio por el cual le cedería la parte de Navarra que se mantenía a su favor a cambio de que diese estado a su hermana Blanca, que había sido desheredada por apoyarle en sus pretensiones, y quitase, además, el gobierno a Leonor. Acepta el Rey algunas de las condiciones y le reconoce la soberanía en Cataluña, derecho que le corresponde por ser el primogénito. Pero ladinamente le priva de la facultad de convocar Cortes, con lo cual lo que le está dando por un lado se lo está quitando por el otro.
Don Carlos, confiado, toda confianza es peligrosa, acude a Lérida, y don Juan, sin encomendarse a Dios ni al diablo, le secuestra, haciendo que lo encierren en Morella. Cataluña, lógicamente, monta en cólera. Los estamentos catalanes se declaran en sesión permanente y exigen la libertad del príncipe. Estamos ya en 1461. Son muchos años de lucha familiar que van emponzoñando cada vez más la situación. Juan II se niega a liberar a su hijo, acusándole de ir contra él y contra los intereses del Estado. Los catalanes se enfadan mucho más, y don Juan tiene que escapar de noche y a caballo para no caer en sus manos. A uña de caballo llega a Fraga dónde se encuentra su esposa. El odio en la región hacia doña Juana es tan virulento que la prohíben poner los pies en Barcelona, con lo que hacen causa común con Navarra donde tampoco es bien vista. D. Juan se empeña en retener a su hijo, y es entonces cuando castellanos y catalanes deciden unirse contra el Rey, el cual, viéndose en dificultades, decide liberar al príncipe. El 12 de marzo de 1461 don Carlos es recibido en Barcelona con el entusiasmo fácil de comprender, pues veían en él a su propio soberano, independiente del Rey aragonés, que tenía, como todos los reyes de la época, el afán centralizador y absolutista de la Corona. El 28 de mayo del mismo año tienen lugar las Capitulaciones de Villafranca, por las cuales los catalanes presentan al Rey sus condiciones. Don Juan acepta todo, menos lo más importante: que don Carlos administre Cataluña. Esta respuesta fue llevada por la Reina a Barcelona, pero el odio contra ella era tan impresionante que ante el anuncio de su presencia se cerraban las puertas y se tocaba a somatén, como si se acercase el enemigo. Los catalanes hacen caso omiso de la disposición real que se les envía, y nombran gobernador general al príncipe. Es un caso claro de rebeldía, y un dato más del afán independentista de los catalanes de entonces. El príncipe es el deseado por los catalanes, pero el príncipe muere tres meses después, y se desata lo previsible, aunque no sea cierto: ¡el príncipe ha sido envenenado!

Así lo ven los catalanes. Así lo desean ver los catalanes que consideran a D.Carlos, además del legítimo heredero de la corona, su verdadero y único soberano. El cadáver de Carlos de Viana estuvo expuesto en el salón del trono del Palacio de Barcelona durante seis días, durante los cuales el pueblo se acercaba a él como a una reliquia. Para sus partidarios, D. Carlos era un santo. Hasta le atribuían muchos milagros. El propio vizconde de Rocaberti, en la carta en la que comunica el fallecimiento del príncipe le llama Ilustrísimo San Carlos", y en ella habla de los grandes y maravillosos milagros que hacía. Según cuentan, curó a muchos enfermos, devolvió la vista a los ciegos y el oído a los sordos, conquistando fama de santidad. En el Directorio de la Diputación General de Cataluña, se inscribió su fallecimiento con las siguientes palabras: "Sanct Karles primogenit Daragó é de Sicilia". En estas circunstancias es fácil comprender la guerra civil que se desarrolló a la muerte del príncipe y que duró doce años.
Pero ¿realmente fue envenenado el príncipe? El enfrentamiento entre padre e hijo, el rumor del envenenamiento y la afirmación de su hermana doña Blanca, son los únicos elementos que apoyan esta teoría, pero los hechos van por otro camino. Veamos el cuadro que le realiza el genial pintor Moreno Carbonero.
Podemos observar a un joven, pálido, que aparenta más años de los que realmente tiene. Se encuentra sentado, como fatigado, rodeado de sus libros y con su fiel perro a los pies. No tiene aspecto saludable, por la sencilla razón de que no está sano. ¿Que no está sano? Pues no, no lo está. Los historiadores nos dicen que la salud del príncipe se deterioró en el viaje a la calurosa y húmeda ciudad de Nápoles. Los médicos sabemos lo mal que sienta este clima tanto a los tuberculosos como a los leprosos. Sus biógrafos nos afirman que en Sicilia (entre 1458 y 1459), no podía montar a caballo e iba siempre en litera.
Al año siguiente, estando en Mallorca, tiene que abandonar la isla por motivos de salud, y su cansancio le hace imposible todo tipo de trabajo. Cuando, después de su cautiverio, llega a Barcelona, los catalanes le encuentran pálido y enflaquecido. Es en esta época cuando Moreno Carbonero le hace su retrato, quizás le quiso retratar mejor de lo que estaba. Doña Juana Enríquez , ante los rumores que corren de envenenamiento, exige que se realice la autopsia a su hijastro para demostrar que son infundados y malintencionados dichos rumores. En efecto la autopsia se realizó, y lo único importante que reveló, según Desdelives, fue "la putrefacción del pulmón", suficiente para demostrar que el fallecimiento del Príncipe se debió a una tuberculosis. Si tuvo o no hemoptisis previas nadie nos lo ha confirmado, pero exceptuando este dato, que si lo hubo, se ocultó, el cuadro clínico previo a la fecha fatal parecía muy sintomático. El complejo primario y el proceso febril injustificado pasan inadvertidos, aunque más tarde la fiebre se acentúa. Pero la astenia, la palidez extrema, la tos persistente son datos clínicos que hacen sospechar lo que posteriormente se pudo demostrar con la autopsia. Ya el 21 de septiembre, viendo cómo se agravaba el estado del enfermo, se hizo pública su enfermedad, que entonces se catalogó de "pleuresía". En aquellos momentos nadie se quería creer la realidad. Lo más verosímil, entonces, dadas las circunstancias, era pensar en el envenenamiento. La muerte, pensamos que por una tuberculosis, evitó que probablemente fuese más tarde o más temprano envenenado por los problemas sucesorios y familiares que le tocó vivir, que en aquellos tiempos no parecían infrecuentes las muertes por veneno. Se llegó a decir que la misma doña Blanca de Navarra había sido asesinada por ese sutil procedimiento, feo asunto imposible de demostrar.
El historiador Lafuente juzga así al Príncipe: "Hijo injustamente odiado y príncipe ilegalmente desposeído, no acertaba a ser ni rebelde ni sumiso sino a medias. Resuelto y valeroso en Navarra, irresoluto espectador en Nápoles, generoso y desinteresado en Sicilia, precipitado en Mallorca, reverente y humilde en Cataluña, sin dejar de ser conspirador y desobediente, ni tuvo la suficiente constancia y energía para presentarse siempre como vindicador de sus vulnerados derechos de hijo y de príncipe, ni fue lo bastante humilde para disipar los recelos de un padre desafecto y conjurar las iras de una madrastra iracunda".

No me atrevo a decir que Dios castigó a la madrastra desleal con el príncipe, pero el final de la pobre mujer no pudo ser más doloroso: un cáncer de mama acabó con su vida, después de terribles padecimientos, cuando apenas había transcurrido su 43 aniversario.
Don Carlos había muerto siete años antes.

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Bibliografía.

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Antonio Ballesteros, "Historia de España y su influencia en la Historia Universal"(tomo III, Barcelona, 1902)
G. Desdevises du Dezert, "D.Carlos d´Aragón, prince de Viane"
Modesto Lafuente, "Historia general de España"
F. Ruano y Prieto, "D. Juan II de Aragón y el príncipe de Viana"
Antonio de Bofarull, "Historia de Cataluña, civil y eclesiástica"
Victor Balaguer, "Las calles de Barcelona"
Antonio Aulestia, y Pijoán, "Historia de Catalunya"
Antonio Rubió,"Documents pera l´historia de la cultura mitjeval catalana"
José María Cuadrado, "El Príncipe de Viana"
Jeremy Taylor Woots, "Enigmas de la Historia"