VIEJO MADRID |
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del Dr. Joaquín Urgel Piñeiro
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| Madrid debe su capitalidad de España a las viruelas de una niña. Estas históricas viruelas afectaron después de su boda Isabel de Valois que a sus trece años cambió al Serenísimo Señor Carlos, heredo fe Su Majestad Felipe II por su egregio padre el Rey. A don Calos no le hizo ninguna gracia a pesar de que recibió como compensación el Toisón de oro. Doña, Isabel se aburrió bastante en la boda porque los asistentes eran personas mayores empeñadas en prohibirle todo lo que les gusta a las niñas. Encima su madre no hacía otra cosa que lamentarse de que no hubiera aparecido la molesta regla. Felipe, por su parte la trataba como a una hija. La desgracia se cebó en ella en forma de viruelas. Se impuso el aislamiento, la cuarentena y para alivio de la Reina Niña, la Cuaresma. Este consuelo se debió porque, a falta de niñas y caballos para hacerlas pasar envidia montando a la española y de profesores de latín para fingir su falta de aprendizaje, hecho incierto muy alegado por la infancia y prolegómenos de la pubertad como protesta por la reclusión en una habitación cerrada por muchos tapices y pianos que ostente, se vio obligada a presenciar torneos desde su ventana para distraerse. El miércoles de ceniza la Iglesia decretó ayunos abstinencias y cese de festejos en todo el reino. La Niña sacó sus narizitas a la ventana viendo regresar a los caballeros a su lugar de origen con las caras sonrientes porque cesaban los gastos que les produjo la cuarentena para intentar distraer a su Reinecita. Como su exnovio estaba enfadado con el Duque de Alba y los otros niños no iban a jugar con ella acudía con los mayores a aburridas sesiones de Estado mirando, con envidia, cuadros en los que aparecían otros niños con fingida envidia y caballos, que eran su gran pasión estropeado su lomo con algún pariente de su forzado esposo. Aunque no prestaba atención a sus palabras un día escuchó que su marido proyectaba la idea de situar la capital de sus reinos en la ciudad Imperial de Toledo. Recordando su pasada enfermedad se saltaron sus lágrimas. El Rey se acongojó y le preguntó por el origen de su tristeza. Ella contestó que Toledo no. Don Felipe le propuso Madrid. Ella sonrió y aceptó encantada. Madrid tenía un viejo Alcázar que tenía todo lo que puede desear una niña, con librerías que escondían puertas que comunicaban con otras salas en las que se encontraba encantada sabiendo que las camareras de palacio, cuando no estaban hablando de bodas importantes, se dedicaban a enseñarle el protocolo castellano, más aburrido que el francés. Su marido escuchó su deseo y dispuso que la Villa se convirtiera en Corte venciendo el desacuerdo toledano con la promesa de dragar el Tajo para dotar a la vieja ciudad con un puerto de mar. Se interesó en ello el rey portugués haciendo turismo en una barca. La promesa no se cumplió, pero Madrid pasó a ser Villa y Corte hasta ahora con el disgusto de catalanes y vascos que aún no se han acostumbrado. A pesar de ellos Madrid sigue siendo capital de España gracias a las viruelas de una Niña.
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