LOS VIEJOS PEREGRINOS

del Dr. Joaquín Urgel Piñeiro
 

 

 

El viejo Camino guarda las huellas de viajeros de capuchón, capellina o ancho sombrero, túnica corta, manto de lana gruesa, sandalias, largo bastón con punta de hierro, zurrón de cuero, calabaza, una o varias conchas y el bordón ayuda de sus cansadas piernas y arma ocasional contra alimañas. Aún se ven monasterios o sus ruinas, paradores inevitables albergues de príncipes de los poderes espirituales o terrenales, siguiendo las mismas sendas abiertas por otras gentes sometidas a su potestad. La naturaleza conserva las cuevas donde se alojaron numerosos peregrinos que hicieron la ruta por no tener cabida en las hospederías monacales y carecer de medios para aposentarse en los mesones de la ciudad donde hacían noche. Las estancias por lo común eran cortas. Desde las cumbres de los Pirineos podían emplear doce jornadas en llegar a Compostela.
Don Gastón Chat, monje benedictino francés había salido de Olorón hacia Borce siguiendo el curso del río Gave d'Aspe en busca del paso de Somport, proyectaba pasar unos días de descanso en Jaca aprovechando para cambiar impresiones con otros peregrinos entrados en Aragón por Le Puy y también con aragoneses y catalanes que no daban de lado al saber de aquellos años. En realidad no era un peregrino, hacía un viaje que coincidía con el Camino recogiendo copias de libros para llevarlos a Aviñón. En ella coincidió con don Antolino de Corigliano que desde ese momento iba a ser su compañero. Lo mismo que don Gastón se ocupaba de acumular libros para llevarlos al Monasterio de Montecasino. Acabado el breve reposo abandonaron las tierras de Candanchú y Canfranc, aquellos días cubiertos por la policromía que habían sucedido al deshielo de las nieves. Utilizaron las riveras del río Aragón para entrar en Jaca por la Puerta de San Pedro. Sin detenerse a descansar visitó la Catedral agradeciendo el cobijo que le resguardaba de los vientos fríos que soplaban en el valle. El toque de laudes(1) les sorprendió en la sacristía de la iglesia de Santiago a la que acudían peregrinos en cumplimiento de la obligación de rezar a la hora de maitines y de oír misa a diario. Encargado Don Gastón de oficiar la Misa subió al púlpito para dirigirse a los fieles, en su mayoría peregrina, algunos procedentes de Le Puy.
- Todo lo que veis es un libro escrito por el dedo de Dios. Los hombres que no hacen el Camino admiran los complicados adornos en las fachadas de catedrales y monasterios. Recuerdan algunas escenas de Historia Sagrada o profana por haberlas escuchado a clérigos, a sus mayores o a quienes han peregrinado antes. Los que no saben leer no entienden las señales talladas en las piedras pero vosotros podéis comprender los avisos que os ayudan en el viaje. Reconocéis en las figuras la existencia de agua en la ruta; sabéis que fieras os aguardan en la espesura; os enteráis de distintos peligros y advertís los lugares de acogida próximos. El inculto solo ve figuras en el libro de piedra pero no sabe descifrarlas. Lo mismo ocurre con el necio y voluptuoso, ve en las criaturas su figura exterior, pero no comprende su importancia. Seguid aprendiendo el significado de todo lo que os rodea porque todo lo que llegue a nuestros sentidos es servir a Dios y aprender lo que vais a necesitar mañana.

Cumplido el rito acudieron al comedor donde les aguardaba el desayuno preparado por los monjes para los que habían pasado la noche en los pórticos de las iglesias, en los pajares o en las cavernas cuando no tuvieron el recurso de sufragar noche y comida en un mesón ni disponían de un hospital. La austera estancia tenía tres largos tablones elevados sobre el suelo sujetos por numerosas patas. A su lado los bancos eran tablas más estrechas. Estas mesas se situaban en dos laterales y el fondo. En el cenáculo se alzaba un púlpito al que subió don Gastón.
- Nos encontramos en una nueva etapa del largo Camino para venerar las cenizas del Apóstol. Con esto dais un paso gigante para la salvación de vuestras almas, pero la mortificación del cuerpo de estas duras jornadas debe ser seguida de los sacrificios restantes para llegar a Compostela y, aún más, del resto de nuestros días porque la vida es solamente un camino que lleva a Cristo.

Salieron de Jaca cuando asomaba la aurora en las cumbres de la sierra. Don Gastón quiso visitar el Monasterio de San Juan de la Peña, quedando maravillado por la singular belleza mozárabe y prerrománica que se adentraba en la cueva. Su llegada fue bien recibida por los monjes que le agasajaron en reconocimiento a su sabiduría. Pero las continuas atenciones no fueron bien vistas por el encargado de la enfermería, don Dámaso de Aurillac, fraile encargado del huerto. Bajo su tutela se iniciaba en el arte de la medicina un novicio. En sus instrucciones no faltaban las propiedades curativas de minerales, animales o vegetales, por muy humildes que fueran estas fuentes de las farmacias monacales. El cardo María abundaba en las cercanías del convento. Se usaba con notable éxito en las enfermedades del hígado, aunque también podía aplicarse a los sangrados de nariz u otras hemorragias. Fray Dámaso lo utilizaba en los excesos de la gula lo acompañado del correspondiente ayuno. Su vida transcurría entre oraciones, estudios siembras, riegos y recolección de frutos con destino a la botica del convento o a la cocina. Recogía raíces y hojas curativas cuando vio entrar en el cenobio a don Gastón.
- Muchos son los que se las dan de sabios paseando su orgullo asemejando conocimientos que no tienen y ocultando los que ignoran. Cargan sus mulas con sabiduría ajena para beneficiarse de lo que no conocen haciéndose pasar por verdaderos entendidos en la ciencia.

Don Antolino de Corigliano que venía de Florencia miró al novicio.
- Don Gastón trata de adquirir conocimientos para esparcirlos. Con el tiempo te darás cuenta de que su labor no es superflua. Y aprende distintas disciplinas porque el saber especializado no facilita auténtico gozo. Más le cuadran a un peregrino que hace el Camino junto a mí.

El novicio aprovechó una pausa del moje francés para enterarse de lo que parecía querer silenciar don Antolino.
- Supongo que el peregrinaje de vuestro compañero de camino se debe a algo más que a la penitencia por la vanidad que le ha proporcionado honores y riquezas. Matar a un hombre, cometer adulterio y apostatar son tres pecados canónicos que se redimen con la peregrinación. Pero esos pecados no se encuentran en vuestras palabras.

- En su tierra dio muerte al marido de la que cometía adulterio con él. Huyendo de la justicia buscó refugio en la fragua de un herrero al que dijo ser perseguido por malquerencias de su Rey. Enamoró a la hija de este hombre bueno consiguiendo de ella sus favores. Con su ayuda logró la confianza total del padre al que logró despojarle de sus bienes abandonando luego a su protector y a su hija. Con el dinero obtenido fue a Montpellier pasando por entendido en Física. Su naturaleza embustera logró impartir algunas lecciones en la Escuela de Medicina donde su ostentación y el boato llamó la atención de maestros y escolares. Aquellos días la peste hacía estragos y una de las víctimas fue él. Viéndose en trance de muerte pidió confesión. El asombrado religioso le aconsejó la revelación de los desmanes al Obispo. Ante la gravedad de la enfermedad fue absuelto con la penitencia de la peregrinación a Santiago en el caso, casi imposible, de su curación, más la devolución de lo sustraído, la reparación del honor de la joven y su humillación en la Escuela de Montpellier. Ahora peregrina sabiendo que será tratado como pecador hasta que no se postre a los pies de Santiago y le pida la gracia de contraer matrimonio con la doncella agraviada.

La campana advirtió la llegada de la hora sexta. (2) Rezaron el ángelus y Fray Antolino ayudando a recoger en un cesto las plantas y raíces obtenidas durante la mañana le dijo al novicio:
- Escucha a fray Gastón como si leyeras en un libro abierto. Con el paso del tiempo te darás cuenta de que todos los conocimientos son útiles. Pero huye de la especialización. Un conocimiento especializado no produce ningún gozo. El hermano que solo sabe Física, ni Física conoce.

La comida de la comunidad fue vegetariana, no así la de los peregrinos que recibieron sopa y carne asada sobre brasas preparando su cuerpo para el duro trayecto que les aguardaban. Los monjes aprovecharon el tiempo colocando en sus mulas la preciosa carga. Remontando sinuosos senderos coronaron la cumbre donde se alzaba el viejo cenobio convertido en a Abadía de San Salvador de Leyre, águila posada en las alturas desde la que se divisa la copa de los árboles de distintas especies que poblaban sus laderas. Después de copiar una valiosa obra bajaron la cuesta para reincorporarse al Camino. Al pasar por Idacorri Antolino rompió el silencio que debía observar todo peregrino como penitencia al que, como don Gastón no estaba obligado.
- Por estos caminos bajaban en viejos tiempos los almogáraves procedentes de los altos de la Sierra de Idacorri, con una red de hierro en la cabeza, el cuerpo cubierto con pieles y calzados con abarcas de cuero. Iban armados con espadas pero también llevaban chuzos. Con ellos iban mujeres y niños que acostumbrados a la guerra, atacaban con venablos a invisibles enemigos.

Don Antolino escuchaba atentamente la evocación de don Gastón.
-¿Quiénes eran esas gentes a la que describís de forma tan feroz?.
- Eran guerreros de los bajaban de las alturas de los Pirineos aragoneses y navarros. Gentes indómitas mandada por su propio caudillo hecha a la fatiga y las privaciones que usaban las armas para ganarse la vida, por eso no tenían un hogar fijo.
- Ir a la guerra debió ser un gran sacrificio, para las mujeres y más aún si sus criaturas se encontraban en el campo de batalla.
- Acompañaban a los combatientes en contiendas para ser testigos de sus éxitos o de sus fracasos. Los hijos se familiarizaban con las armas viendo luchar.
- ¿A que reino pertenecían?
- A ninguno realmente. Procedían de sierras que tenían rey pero ellos tenían su propio caudillo. Cuando los reyes de Navarra o de Aragón estaban en pie de guerra contra los moros ayudaban a los cristianos. Acabada la contienda buscaban a los árabes hostigándoles con fiereza.
- ¿No respetaban victorias o paces acordadas?.
- No podían respetarlas. Vivían de lo que obtenían en sus saqueos.

Los descensos hacia los valles aliviaban su cansancio. Los monjes salieron de la vereda para beber agua en un arroyo pero tuvieron que reincorporarse al grupo de peregrinos al ver unos lobos. Felizmente llegaron al fin de la etapa. Amanecía cuando emprendieron la marcha a Berdún cerca de donde el río da sus aguas al Aragón, para seguir hacia Sangüesa y Eunate donde la historia se esconde para dar paso a una olvidada leyenda de templarios y Puente la Reina. Más al oeste de la vertiente norte de los Pirineos otros peregrinos habían descansado en Ostabajos por no tener sitio en San Juan Pie de Puerto. Atravesaron los Pirineos por el puerto de Roncesvalles, deteniéndose solo para rezar en Burguete Se internaron en la sierra de Labia para buscar las aguas del Arga haciendo noche en Pamplona desde donde salieron hacia Puente la Reina reunirse con los de Jaca.
Don Gastón y don Antolino atravesaron la puerta del Monasterio encontrando don Armengol de Balaguer acompañado de don Mauricio de Munilla que en Pamplona habían dejado ecos de su brillante oratoria. Pasaron largas horas de estudio y copia de libros y los de Jaca. Compararon sus textos con los de San Juan Pie de Puerto. Y aún les sobró tiempo para pasear por el claustro.
- Hermano Mauricio, tendrás que buscar tiempo para leer los nuevos libros de Física que hemos traído.
- También los de Teología, y los de otras doctrinas.

Don Antolino deseaba que fuera más despacio para ganar en profundidad.
- Tampoco es conveniente intentar entender todas las materias. Quien se esfuerce en ello no llegará a ser maestro en nada.

Pero don Gastan quería mas amplitud en los conocimientos de diversas materias.
- Hay que conocer todo lo que se pueda. El saber no ocupa lugar y está siempre a nuestra disposición. Hay quien lo acumula únicamente en una especialización, pero haría mejor en conocer distintas disciplinas porque un saber especializado no promociona verdadero gozo.

Blas de Bubierca, el novicio aprendiz, se acercó con un semblante risueño.
- Estoy leyendo a Dioscórides, conocía bien el herbolario indio.
- Conviene leer a los sabios antiguos. Es cierto que el discípulo de hoy sabe más que su maestro de ayer. Pero eso es posible porque ellos también quisieron saber más que sus maestros. Los libros de botánica nos hacen conocer los medios de la naturaleza para curar al hombre. La mano de Dios es más importante. En algún monasterio conservan el cuerpo muerto de un santo en óleo. Este óleo sirve para frotar las partes enfermas que de este modo sanan. Además, el enfermo queda impregnado con las virtudes del santo.

De madrugada salieron de Puente la Reina. Los que estaban de regreso lucían con orgullo la concha. Desde Alloz se vieron acompañados por nuevos peregrinos a cambio de otros que se quedaron en el Monasterio. Sus costumbres más frugales que las de los benedictinos avalaban la influencia del Cister. En un descanso hecho para vaciar zurrones llenando estómagos, en la ribera del río vieron pasar a dos solitarios caminantes. Uno de ellos usaba un bastón largo en cuyo extremo superior había sujetado un pequeño tronco forrado con tela en el que apoyaba la axila de tal forma que la pierna derecha podía ir más descargada y gracias a ello caminaba aunque con gran lentitud. Su acompañante, ciego se sujetaba con una mano al manto del cojo y con la otra iba pasando las cuentas de un rosario. El sol se filtraba ente las hojas de los robles. En los troncos de los árboles podían verse cortezas deteriorados por las alimañas. Las ardillas huían de los peregrinos y estos huían de los osos. Don Bernardo perdió la mirada en el vuelo de un buitre. Don Antolino, tomando de la rienda a su mula, se dispuso a seguir el viaje pensando en la fe de los desvalidos que iban a Santiago imaginando su curación.
Las gran numero de hospederías de Estella aliviaron los huesos de los acostumbrados a dormir en los atrios de las iglesias. Los monjes se alojaron en el Hospital de San Lázaro. La abundancia de buen pan, y mejor vino acompañando al excelente pescado y la suculenta carne hicieron olvidar las frugales comidas efectuadas desde su paso por los Pirineos. Cumplieron con los deberes religiosos y cuando se alejaron del canto gregoriano se sentaron en los duros bancos de la fría biblioteca posando sus ojos en los libros que parecían ser el motivo de su existencia. Antes de cenar pudieron tener un momento para comentar temas mundanos surgiendo la conversación sobre la situación provocada por un conde corrupto.
- El conde no solo satisfacía sus vicios carnales si no que gozaba especialmente en relatar los lances de adulterio. El abad recriminó en público sus acciones con engaños le hizo ir al castillo después de desahogar su ira con la palabra hizo colocar sobre sus sienes una corona ardiente que acabó con su vida
- Don Antolino, al conde le queda poco tiempo de vida y sus últimos momentos van a ser trágicos. El martirio del obispo ha agraviado a sus feligreses y entre ellos se fragua la venganza, reprobable en un buen cristiano, pero inherente en el ser humano.

Pasaron por Viana camino de Logroño viendo pastar al ganado en los prados surgidos entre hayas y romero. Alejados de la muralla del cenobio repararon en una reyerta de pastores por una cuestión de lindes. Todo acabó en un pecado canónico, el homicidio. Su primera visita en Logroño fue a la Iglesia de Santiago el Real, una de las más antiguas en levantarse en honor a Santiago. Escuchaban al cisterciense don Mederico de Kasten que había llegado de tierras de Innsbruk hablando en latín aunque cuando le parecía insertaba las nuevas palabras castellanas o algún vocablo euzquérico Su voz gutural impresionaba a los fieles.
- Muchos hemos venido de lejanas tierras para hacer penitencia y venerar a Santiago, primer mártir que dejó correr su sangre por su apostolado, los más afortunados han podido alojarse en hospederías y monasterios, otros han dormido en el pórtico de las iglesias, en los pajares o en las cuevas que minan los montes. Por eso quiero pedir a los feligreses de Logroño que procuren dar alojamiento en caridad a los peregrinos que no tienen fortuna. Dios os devolverá ciento por uno el gasto que os causen.

En un banco vieron a un peregrino arrodillado mirando fijamente al sagrario dando la impresión de estar dialogando con el Santísimo, pero lo que llamó más su atención fue la alargada cara llena de pequeñas cicatrices producto sin duda de una enfermedad pasada. Salieron de Santa María para dirigirse a Nájera desde donde querían subir al Monasterio de San Millán de la Cogolla. Con la capellina cubriendo la cabeza y embozado por el manto se defendía de la lluvia un solitario peregrino al que dieron alcance. Lo poco que dejaba ver en su rostro les recordó al devoto peregrino de la Catedral de Logroño. El río Najerilla recibía la confluencia del Cárdenas. Abandonaron sus riveras para seguir, aguas arriba, el cauce del afluente separándose de la rivera para subir la empinada cuesta. En este duro ascenso se desarrolló una fuerte tormenta. El granizo se sujetaba en los capuchones como si quisiera ocultara las canas de don Gastón. En las cercanías Monasterio de San Millán de Suso(3) encontraron resguardo en una gruta. Encendieron una hoguera con la antorcha que ardía en el interior de una caverna provista de leña por los previsores monjes del Monasterio para secar las húmedas ropas y calentar sus ateridos cuerpos. Vieron pasar lobos entre los árboles y les vino a la memoria la creencia propia de gentes ignorantes. Don Benito recordó una vieja fábula.
- En una aldea perdida entre los riscos de una montaña dicen que hubo un mozo de trato agradable buen trabajador, amigo de ferias, romerías y otros festejos y mejor cumplidor del descanso dominical y todas las fiestas de guardar, días muy apropiados para retozar con placidez y galanura con las mozas de su aldea y aún con las de otras aldeas cercanas. Tan empeñado estaba en su vicio que acabó deshonrando a una zagala que pastoreaba cerca del prado de su familia. El padre de la pastorcilla le buscó para que reparase la ofensa pero el mozo se dio a la fuga. Irritado por el acontecimiento pidió a Dios que lo transformase en lobo como castigo. El mozo sintió aquella noche una imperiosa necesidad de revolcarse en la maleza. Notando como su cuerpo se convertía en lobo. Escuchó los aullidos de una loba y tras ella fue. Así pasaba las semanas cazando para comer y caminando siempre detrás de las lobas y sus lobeznos. Conocedor de los lugares donde su padre guardaba las ovejas causaba grandes estragos para sobrevivir. El padre asoció las pérdidas producidas con la ausencia del hijo. Al conocer la maldición del vecino agraviado recurrió a una hechicera.
- Lo de siempre. Si la virgen no lo remedia que lo remedie el demonio.
- La maga confirmó las dudas. Habló de hacerle una sangría pero sin lesiones perdurables porque estas serían permanentes. Armado de un cuchillo buscó al lobo atando un cordero al pié de un pino. Cuando el lobo se abalanzó sobre la presa el aldeano se descolgó de la rama y clavó en el lomo de la fiera la punta del cuchillo. La herida se abrió y la piel del lobo se desprendió del cuerpo del mozo.
- Si de verdad fueran buenos cristianos esas gentes no creerían esas patrañas. Además, las historias del hombre lobo aparecen por todas las aldeas de Europa.
Vieron llegar al peregrino de la cara picada con en el manto muy mojado. Atrajeron la atención del recién llegado haciéndole sitio en la hoguera comenzando un diálogo con él.
- Mi nombre es Benito Dijón. Soy carpintero de Toulouse teniendo por vecina la Iglesia de San Martín de la que dicen tiene los mismos elemento de construcción que la vieja Iglesia de Santiago de Compostela. Ocurrieron trágicos acontecimientos en la ciudad conocidos en la cristiandad entera. Hasta entonces la ciudad era floreciente y las costumbres pacíficas, pero las tropas del Rey de Francia y las disposiciones del Papa se encargaron de alterar el orden.

Don Mauricio de Munilla había estado en Zaragoza y había conocido a trovadores que se habían amparado en el reino de Aragón huyendo de las persecuciones de Toulouse el comerciante continuó su exposición. Precedieron a la tragedia los actos unos extraños personajes predicando singulares doctrinas que se hacían atractivas por la vida anacoreta que llevaban los precursores. Propagaban ideas sobre la trasmigración del alma a los animales. No mataban a un animal porque podían albergar a un alma en pena en consecuencia no comían carne, ni huevos, ni productos lácteos El pescado les estaba permitido porque se produce sin cópula y tuve la tentación de caer en esas ideas.
Don Gastón Chat escuchaba según su costumbre, pero intervino en lo que más podía molestarle.
- Niegan la humanidad de Jesucristo. Para ellos tampoco la Virgen es real. Dicen que ambos son un mito. Ignoran o interpretan mal lo que dice la Biblia lo escrito en libros profanos. Hasta musulmanes hablan de su existencia real del Hijo de Dios y de la Virgen María y a su modo con respeto.

Benito tenía necesidad de contar su vida.
- Tengo siete hijos, por lo que estaba mal visto por los albigenses. Consideran al matrimonio como algo absurdo y completan esta pecadora idea con la afirmación de la procreación criminal. Producto de la maldad la creación es mala en sí. Dar la vida es hacer la desgracia de una nueva alma. Temía a la gran fuerza que iban adquiriendo. Molestos con la ostentación del clero no poseían bienes por considéralos parte despreciable de este mundo. Tuve que apostatar porque estaba mal visto por los herejes corriendo peligro mi hacienda y con ello la ruina de mi familia

La ropa se había secado, incluso la de Benito. Don Bernardo acusaba una pequeña dificultad al respirar producida por el humo. Se pusieron todos en pie y volvieron a la cuesta oyendo a don Antolino.
- San Millán fue un santo varón que despreciando la vida regalada se instaló en una gruta de la sierra que en su honor lleva su nombre. Su vida de eremita fue secundada por muchos anacoretas poblando las cuevas cercanas. Más tarde estas cavernas se convirtieron en capillas y lugares funerarios sirviendo de monasterio más dotado de elementos arquitectónicos visigóticos, prerrománicos y finalmente mozárabes. Nuestros mojes siguieron su costumbre de visitar al abad, la enfermería y la biblioteca encontrando una sorpresa en las distintas lenguas que debieron usar para entenderse con los residentes y alojados. Unos hablaban lenguas euzquéricas y otros el castellano que había encontrado su cuna en el Monasterio. Casi todos los residentes se entendían en latín.

El viaje a Santo Domingo de la Calzada, donde cantó el gallo después de muerto, fue menos penoso y con mejor tiempo. El canto se produjo por una sentencia injusta. Alguien vistió al juez que se encontraba ante un gallo asado defendiendo la inocencia del castigado. Los argumentos no convencían al corregidor.
- Eso lo creeré cuando cante este gallo.

El gallo se alzó en la bandeja cantando ante el asombro de los que se encontraban en la sala. El condenado fue absuelto. Los monjes continuaron el camino. Benito los abandonó en Berceo para comprar unas sandalias.. Los robles les hicieron recordar a la Virgen tallada en madera de cerezo por un artista gótico en el cercano Monasterio de Valvanera. Don Antolino conocía bien el Monasterio Benedictino y las riquezas que atesoraba gracias a númerosas donaciones.

- Un fraile me habló de condes y plebeyos, pecadores y fornicadores, donantes de heredades a los monasterios con la esperanza de salvar sus almas.

Fray Mauricio había visitado Valvanera en busca de libros, remontado el curso del río Najerilla abandonando la ribera. Entre los robles vieron un oso al que vigilaron sin darle mayor importancia porque veían alejarse a la fiera. De todas formas dieron gracias a Dios por haber encontrado al oso de espaldas sintiendo en sus corazones por que gracias a esta y otras fieras hacían el viaje en grupo También las dieron por haber conocido a un apóstata que había vuelto a la fe. El sol lucía después de unas jornadas de ausencia. Regresaron a Santo Domingo de la Calzada. Dieron comida al gallo y la gallina y recibieron el regalo de otro gallo cebado por las manos de un sacristán de la catedral. Bernardo Dijón con sus abarcas nuevas había tomado peligroso atajos. Lo encontraron con la mirada embebida en el gallo que salía y entraba a la sacristía. Estaba preocupado porque a pesar de su fealdad había observado las excesivas atenciones de la criada de la fonda y su costumbre de agacharse frente a él de tal manera que enseñaba sus voluminosos pechos con gran generosidad provocando turbación y deseos que no estaban más permitidos en el Camino que en su ciudad de Toulouse.
Interrumpieron su sueño a completas(4) para vadear el río Oja. Se alojaron en el Hospital de San Juan. La espiritualidad se concentraba en la devoción a San Lesmes. Por este Hospital pasaban los que habían salido de Bayona, atravesando el Bidasoa hacia Irún. Encontraron el apoyo del Monasterio de Santiago, en La Carra después llegaron a Vitoria donde descansaron antes de llegar a Armentia para acabar en Miranda de Ebro Les sorprendió a gran abundancia de guerreros vascos que volvían de tierras de moras con esclavos conseguidos en las batallas. Las mulas estaban cargadas con los botines obtenidos. Algunos enseñaron orgullosos labrados candiles, otros llevaban ajorcas de oro. El capitán se jactaba de la bandera roja con cimitarra bordada en oro ganada en batalla
Un alférez iba acompañado de una morilla con la cara tapada por el velo que se hacía admirar por los graciosos movimientos de sus estrechas caderas. Era la hija de un jeque árabe acostumbrada a bailar el agua. (5) Esperaba llegar a Vitoria para bautizarla en la fe cristiana y contraer matrimonio con ella. No tuvo la mima suerte otra esclava de su edad que fue vendida a un viejo usurero, aunque él consideró su acción muy generosa por destinarla al servicio de su nieta.
A los que no estaban de vuelta les esperaba un desfiladero menos penoso en Pancorbo. Encontrando el viejo Monasterio de Rodilla desde donde fueron a Quintanapalla ya muy cerca de Burgos. Solo los enfermos encontraron alojamiento en el Hospital de San Juan. Rivalizaba con el Hospital del Rey de Burgos regido por la Abadesa del Cister. Las cistercienses contaban con la inestimable ayuda de Amaro, francés que regresando de la peregrinación dedicó su vida a la limpieza de la abadía en favor de los peregrinos. Don Mauricio lo encontró llevando sobre sus hombros a un enfermo y bendijo la buena acción mas tarde le entró la curiosidad.

- En vuestro país no os falta de nada y podéis llevar una vida menos trabajosa. ¿Cómo es que hacéis los menesteres más bajos y acarreáis a los enfermos, pudiendo pagar a quien lo haga por vos?.
- Recordad las palabras de San Benito. Al enfermo hay que cuidarle como si del propio Cristo Nuestro Señor se tratase.

Entre las peregrinas se encontraba Magdalena de Soltau que venía de Bremen joven viuda de un caballero muerto en una contienda mantenida con los infieles llegados al país en busca de negocios. Hacía el camino pidiendo fuerzas al apóstol para erigir un monasterio femenino como el de Santa Cruz de Serós. Las peregrinas tenían más penitencia que los varones a los que no se les discutía su derecho a visitar la tumba del apóstol. Algún monje hablador, más que orador clamaba en su contra.
- La mujer es el origen de todos los pecados y por ello en la ruta no pueden hacer otra cosa que contaminar las almas de los piadosos viajeros.

Los verdadero oradores admitían el peregrinaje femenino,

- El Camino del Apóstol también está abierto a ellas porque es un medio de purificación y quién así habla desconoce no solo el elevado número de santas que lo han recorrido, a las que veneramos y pedimos ayuda en muchas enfermedades.

No obstante la rigurosa observación de las normas usos y costumbres de los peregrinos surgió un imprevisto lance de amor. Magdalena de Soltau conoció a Eduardo de Greenok procedente de Glasgow que embarcó en Liverpool acompañado de unos alquimistas con destino a Brest. Pensó hacer el Camino. Sus compañeros se repartieron por distintos lugares de Europa buscando ampliar sus conocimientos. Él los adquiría en Santiago. Ante la presencia de Magdalena sintió una inquietud desconocida. Ella por su parte no fue insensible al varón. Como el amor es una enfermedad contagiosa de alto riesgo entre la juventud y de evolución rápida se apoderó de ellos y de sus almas. De las miradas pasaron a las manos y de las manos a la mullida yerba de la ribera del Arlanzón. Los gemidos de placer de Magdalena se acompañaban del rumor del río aumentado por el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento. La luz de la luna les ayudó a colocar en orden la ropa y retirar ramitas de zarza de las ropas para acudir a maitines esperando que en el Císter no hubieran reparado en su ausencia. Así fue.
Cerca de Burgos, en Tardajos, se agregaron dos peregrinos que habían viajado por el mar desde las lejanas islas de Inglaterra con otros cinco que habían caminado por Behobia, Irún, Cegama, Armentia y Vitoria. No habían tenido que detenerse en el hospital por haberse librado de unas fiebres acompañadas por vómitos y diarreas. Llegaban amedrentados por haber sido agredidos por unos forajidos vestidos con trajes de piel sin encurtir buscando el contenido de las alforjas costuras en la ropa que indicasen donde se encontraba escondido el dinero necesario para el viaje. Gracias a un reducido numero de hombres de armas que regresaban de una incursión contra los moros pudieron salir del trance aunque malparados por las heridas sufridas al oponer resistencia y con algún zurrón de menos.
Don Antolino y don Gastón tomaron el camino que ingleses y vascos habían pasado dirigiéndose los dos con sus cuatro cargadas mulas a su monasterio de origen. Don Mauricio de Munilla y don Armengol de Balaguer continuaron con sus peregrinos. En la entrada de Fromista vieron acercarse a dos mujeres jóvenes vestidas con saya roja, la una azul la otra y corpiños blancos muy ajustados que remarcaban la morbidez de su cuerpo, Se acercaron a los peregrinos más rezagados. Impulsados por el vigor que presta la juventud, acostumbraban a intentar cazar cuanto pudiera servirles de sustento que siempre compartían con los compañeros de viaje preferentemente con las peregrinas si se encontraban en el grupo alabandólas como la mujer que mejor guisaba de todos los piases que habían recorrido desde que habían salido del suyo.

- Muy cansados venís pero nosotras disponemos de un lecho para descansar después de una cena en la que no faltará el buen vino.
- ¿Esto lo ofrecéis por caridad?
- ¿Quién habla de caridad?. La caridad no da para nuestro sustento ni el mercader nos regala la ropa. Habréis de dejarnos algún dinero y si, por casualidad, lleváis guardada alguna joya bienvenida sea por que nos recordará vuestra hermosura.

A las palabras acompañaban caricias deshonestas sobre sus senos que cesaron al coger las manos de los peregrinos para acercarlas a los cordones amarillos que cerraban la apertura de la vestidura. Cuando estas mujeres creían haber obtenido sus propósitos unos lugareños se abalanzaron sobre ellas.

- Malas mujerzuelas Lleváis picos pardos en las sayas cumpliendo lo dispuesto para que se os distinga de las mujeres honradas del reino pero no cumplís la prohibición de comprometer a los peregrinos. Y vosotros que hacéis el Camino, Dios sabe por que pecados, debéis observar la castidad a las que os obliga el peregrinaje.
- ¡Por la Santa Virgen del Camino que os equivocáis!. Solo les estabamos informando del peligro que corren con los lobos.
- Más peligro corren con las zorras y sobre todo si caminan sobre dos piernas como las vuestras.
- Más zorra es tu mujer que tiene un lunar rojo en la tetilla izquierda y un capricho en forma de pera en la pantorrilla derecha para que lo vea Pero Mingo en la paridera que tienes en el Alto de los Quiñoneros. Pregúntale a ella y, si no te miente, verás que además de hacer lo que nosotras lo regala.

Esos defectos eran de nacimiento producto de unos antojos que tuvo su madre en el embarazo y las comadronas se habían encargado de contarlo por el pueblo. Como cosa conocida no molestaron estas palabras en demasía. Pero el desparpajo de las mujeres levantó su ira.

- ¡Deja de hablar así porque, encima de la paliza que te voy a dar, la Iglesia te excomulgará y la Justicia te cortará las narices, como está escrito y te expondrán a la vergüenza pública!.

El ministril acompañó sus palabras con el chuzo. Ellas aprovecharon la confusión para huir en la espesura del bosque donde por más que buscaron no las pudieron encontrar. Solventado el incidente entraron en el recinto de la ermita de Santiago partiendo la comitiva hacia el Monasterio de San Martín de Fromista donde llegaron a la población desde el alto del otero.
Agradecían la llanura del terreno tan distinta de los barrancos y desfiladeros. Carrión de los Condes afirmaba su capitalidad en Tierra de Campos desde un altozano. Guardaba como joya espiritual el Monasterio de San ZoiIo, uno de los más importantes de la orden de Cluny. Don Armengol, ayudado por don Mauricio, trasladó a los heridos al Hospital de San Zoilo que guardaba las reliquias de este Santo y de San Felices traídas desde Córdoba. Ayudó en la cura de los heridos a los que aplicaron hipérico muy usado en toda clase de heridas marchando después a la Iglesia de Santa María del Camino. En la misma calle se encontraban el Hospital y la Iglesia de Santiago agobiados por el fuerte calor. Deseaban refugiarse en alguno de los numerosos mesones por el asfixiante calor que les hacia humedecer la ropa que debían llevar como hábito de viaje. Los peregrinos pudieron alojarse con relativa comodidad aunque en esta ocasión sufragaron los gastos cada vez más elevados y luchando contra la concupiscencia de las jóvenes muchachas que les atendían. Enardecidos los ánimos por los últimos sucesos se reunieron en una taberna donde comentaron la falta de seguridad del camino pasando después a bromear con los peregrinos que habían protagonizado el incidente de las mozas de Fromista. El tiempo corría pero el vino parecía ir más deprisa. De la conversación pasaron a los cánticos y de estos a las discusiones acabando los báculos por romper las conchas de otros peregrinos. Enterados los monjes aparecieron en la tasca y tras muchos trabajos y anatemas lograron que se retiraran los embriagados peregrinos. Carrión de los Condes sintió alivio con su marcha pero no por eso fue descortés con ellos ni abandonaron la caridad debida.
El Arzobispo se encontraba en Sahagún resolviendo problemas episcopales y predicando la necesidad de ayuda al Rey en dinero y hombres en la interminable lucha contra los moros. Magdalena y Eduardo estaban apesadumbrados, aunque no arrepentidos por haber llevado su amor más lejos de donde estaba permitido. El mitrado los escuchó sin sorprenderse de ello y después de consolarles, más que reprenderles, procedió a confesarles advirtiendo que su pecado era superior al cometido por los demás mortales por el doble motivo de faltar a un mandamiento de la ley de Dios cometido en peregrinación. La penitencia fue la inmediata boda, seguida de la prohibición del abandono del Camino que debían hacer separados y solamente reunidos en las misas de maitines ocupando el lugar permitido a cada sexo.
A los peregrinos les sorprendió la noticia por no saber a que se atribuía la ceremonia pero pusieron más ahínco en su petición de caridad por el amor de Dios. Benito Dijón que había llegado, como siempre después de escoger en solitario sus singulares veredas, sintió la boda como cosa propia por tener hijos de la misma edad pagando los gastos con lo recaudado en petición de limosnas.
En León tuvieron que abrirse paso entre una multitud de vendedores llenando sus bolsas a cuenta del constante tráfico de extranjeros que proveían sus morrales con piezas de caza, frutas y pescado. Algunos acudían de Oviedo donde se habían reunido los procedentes de distintos puertos asturianos que habían arribado procedentes de puertos de diversos países europeos. Entre los compradores se encontraba un curioso personaje que se interesaba más por pequeños objetos metálicos que por los alimentos. Al escuchar su nombre don Mauricio le saludó con mucho respeto por tratarse de un peregrino procedente de Palma de Mallorca. Había oído decir que era capaz de transformar el plomo en oro mediante complicados procesos de alquimia La personalidad muy singular de don Raimond había hecho de un senescal de la corte del reino mallorquí, ocupado en la trova para doblegar voluntades de solteras y casadas, un monje franciscano ejemplar. Paseando por el claustro comentó con don Armengol.

- La vida de don Raimond es sorprendente. Abandonó su disipada vida por una mujer de especial hermosura y elegante porte como correspondía a la esposa de un mercader genovés afincado en Mallorca. Logró convencerle de su necedad.

Su compañero de viaje le contestó:

- Es muy difícil abandonar ese pecado cuando tiene recaídas.
- La dueña tiene fama de ser inasequible a varón alguno y de ella se encaprichó Raimónd. Lo más florido de la trova provenzal añadiendo su propio saber de la gaya ciencia sonó en los oídos de la dama que aceptaba con desprecio los distintos cánticos. Cansada de la trova decidió aprovechar la ausencia de su marido que navegaba rumbo a Nápoles abriendo al trovador la puerta de su cámara. Se sentó en el lecho apartando las cortinas del dosel y lentamente se despojó de la camisa dejando los pechos al aire. Pechos desfigurados y corroídos por el cáncer. Vio la cara de asombro de Raimond. Las falsas apariencias, la miseria humana y el sentimiento doloroso de haber desvelado lo que debió permanecer oculto en la intimidad le acercaron a la vida religiosa. Sosegado sus placeres carnales centró su vida en el estudio interesándose por la teología, la astrología, la alquimia y la medicina. Ese es el motivo por el que ha emprendido el Camino.

El cansancio de tantos días de marcha había hecho mella en muchos peregrinos que tuvieron que refugiares en el Hospital de San Miguel del Camino donde quedó algún enfermo tanto por los dolores producidos por las artritis Como por el desfallecimiento causado por el mal trato de sus cuerpos. A los que continuaban el peregrinaje les animó la llegada al Hospital de Órbigo admirados de la magnitud del puente escenario de un Honroso paso. Llegaron a Astorga no sin penalidades porque en algunos lugares eran reacios a practicar la caridad. Para ellos fue un alivio el Hospital de San Juan. Advertidos de la carencia de ayuda, que ya habían sufrido en otros lugares llenaron los zurrones de sobras de comida del Hospital.
Escucharon en los púlpitos las continuas llamadas en su ayuda que parecían no tener demasiado eco en la feligresía, aunque los que la practicaban en ocasiones suplían con creces a los ausentes.

- Entre vosotros hay quién puede ayudar a sufragar los gastos producidos. Empleado el dinero en ellos cuando os sobre que por ser hijos de Dios son hermanos vuestros. No abandonéis nunca el ejercicio de la caridad.


En este aspecto los que más sufrieron, y no era la primera vez que les ocurría, fueron los que se sufragaban el viaje por el continuo abuso en precios y calidad de hospedaje y comida, aunque en esto se libraban los de alta calidad social que solían alojarse en las casas de los notables de las ciudades. En el Hospital tuvieron una comida que no era habitual en el segundo plato. El bacalao hizo acto de presencia después de muchas jornadas sin probarlo. Quien más lo celebró fue el matrimonio de Sahagún.
El obispo de Astorga era un santo varón más ocupado del bien espiritual y material de sus diocesanos que de los asuntos de guerra o de las francachelas, pero estaba disgustado por la trascendencia dada al asesinato de un conde en la puerta de su palacio. Andaba en coplas populares y la historia no podía ser más complicada. El desdichado montañés mantenía amores con Doña Leonor viuda que consolaba sus penas con el Rey de Castilla. El conde gozaba de la confianza del Rey y por lo tanto de la dama con la que no tardó en intimar. Pareció al monarca un abuso de confianza y enterado de algunos desaguisados cometidos por el conde en una familia muy celosa de su honor entró en contacto con un hermano de la agraviada al que calentó las orejas hasta convertirlo en un verdugo que salpicó de sangre los muros del palacio episcopal.
Los peregrinos volvieron a enfrentarse con la realidad de un terreno abundante en cuestas por lo que los cansancios aumentaban. En las cercanías de los monasterios aguardaba con paciencia los monjes para ayudar a los desfallecidos. Santa Catalina de Somoza y Rabanal, sobresalían en esta función de ayuda siendo frecuente ver Como unos frailes llevaban en sus hombros a desfallecidos servían a Dios mejor en la cama que andando el Camino.
Ponferrada hundía sus cimientos en las aguas del Sil cuyo puente revistió de hierro el Obispo Osmundo dando de esta manera nombre a la población. Los templarios tuvieron allí un importante centro pero los peregrinos temían hablar de la Orden extinguida de una manera cruel.
Era una orden que se formó en principio para asegurar los caminos seguidos por los palmeros(6) que iban a visitar los Santos Lugares de Jerusalén defendiéndoles contra la morisma. Usaban manto blanco como los cistercienses y ostentaban una llamativa cruz roja. Hacían los tres votos monásticos. Pronto aparecieron en protección de romeros. (7) Su importante labor les produjo cuantiosos donativos acrecentados por una buena administración permitiendo repartir, los años de mala cosecha comida y semillas entre los campesinos. El rey de Francia agregó a sus celos por la admiración del pueblo al Temple el deseo de poseer tan cuantiosos bienes inventando infamantes calumnias e involucrando al Papa en su insidia. Al fin logró acabar con la Orden condenando a la hoguera al Gran Maestre y asesinando a tantos cuantos templarios pudo en el breve plazo de un solo día
En Aragón fueron menos crueles con los templarios pero repartieron sus bienes entre otras Ordenes. En cuanto a Castilla en Salamanca se decidió abogar ante el Papa declarando su inocencia, pero no pudo evitar su extinción. En las tierras que rodean a Soria dicen que en algún castillo del Temple, suena la campa a de la capilla la noche de difuntos y las almas de los templarios envueltas en los jirones del sudario acuden a una macabra cacería.
Entraron en la ermita de Nuestra Señora de la Encina construida por los templarios que talando árboles para su construcción encontraron una imagen de la Virgen en el hueco de un tronco. Cacabelos fue muy beneficiada por el controvertido obispo compostelano Gelmírez asegurando una buena acogida a los peregrinos en distintos centros asistidos por el cercano Monasterio de Carracedo. En Villafranca del Bierzo, postrados bajo las arcadas que dan al norte de la Iglesia de Santiago, recibían indulgencias los peregrinos que tenían que abandonar el viaje alojándose en el albergue de peregrinos los que podían, los otros buscan sitio en los lugares de acogida. Al salir les esperaba un camino de tortura por la angostura de los pasos cubiertos de robles y de castaños. La estrechez era tal que, según la leyenda, un abad del Monasterio de Santa Catalina rompió la peña para dar paso no solo a los hombres si no también a las aguas.
Llegaron a Herrerías contemplando grandes mazos hidráulicos aprovechando los torrentes para trabajar el mineral. En su Hospital, con los ingleses, se hospedó Eduardo mientras Magdalena lo hacía en una casa de campesinos que la recibió con grandes muestras de afecto.
Siguieron subiendo cuestas hasta llegar a El Cebrero En las alturas la Sierra formaba una pequeña aldea un escaso grupo de pallizas, casas redondeadas de planta baja con paredes de cachotería, (8) cubiertas de colmo. San Giraldo construyó junto a ellas un hospital de peregrinos y una Iglesia. Don Armengol comentó a los peregrinos

-Tuvo un sacerdote que dudaba seriamente en la conversión del pan y del vino en carne y sangre. Sus feligreses acudían a los santos oficios en especial los festivos. Entre ellos nunca faltaba Filgueriño que recorría el trayecto más largo sin importar las inclemencias del tiempo en ocasiones complacido en extender un grueso manto de nieve que dificultaba hasta provocarle dolor los pasos de sus pies. Hubo una mañana que las nubes no dejaron acudir a ningún feligrés alternando todos los recursos que impedía salir de las casas a los menos asustados. Estaba consagrando cuando se presentó Filgueriño. El Sacerdote se asombró del celo del labrador expuesto a grave quebranto de su salud, incluso de su vida solo por postrarse ante lo que él consideraba un poco de pan y una exigua cantidad de vino. Alzaba la copa sagrada cuando vio en la que patena forma había tomado forma de carne recién sacrificada. Miro el contenido del cáliz y observó que el líquido que contenía era del color, espesura y olor a sangre. Su sorpresa fue seguida de una aparatosa caída y pérdida de conocimiento. Filgueriño corrió a socorrerle pero se encontró con un cadáver.

El antiguo Monasterio estaba preparado para resistir grandes nevadas. Quizá esta adversidad servía de estímulo a los habitantes para desarrollar la caridad desarrollada con el peregrino que se iba acostumbrando a ver distintos tipos de edificios y viviendas. Ahora eran las pallozas sólidas construcciones de piedra con techo de paja. Al salir lo hicieron en fila para que el primero hollara la nieve. Cuando se cansaba dejaba pasar a todos colocándose el último descansando en un sendero endurecido por los pasos de los que le precedían. Liñares se jactaba de un soberbio terreno poblado por abedules lo que no les impedía poseer grandes plantaciones de lino. Cuando se disponían a entrar en el Hospital de la Condesa vieron a Benito Dijón cargado con un saco de piedra caliza que pretendía, como otros peregrinos que solo se diferenciaban por el volumen de la carga según sus fuerzas llegar a Triacastela. La proximidad a Santiago les hizo sufrir sufrían la de los desaprensivos santiagueses que buscaban huéspedes para engañarles en los precios de lo que ofrecían. Desde aquí continuaron por Samos, aunque otros lo hicieron pasando por el Monasterio de San Pedro.
Al borde del río hallaron la población de Sarriá, entrando por el camino que sube hasta alcanzar el Templo del Salvador antes de llegar al Monasterio de la Magdalena. Volvieron a descender por un terreno escarpado al puente del Celeiro. Llegados a Barbadelo encontraron de nuevo a los buscadores de huéspedes. A Portomarín les condujo el puente sobre el Miño. Su Iglesia de San Nicolás era una Iglesia fortaleza con las condiciones aptas para ser castillo y templo. En sus cercanías había un centro de acogida. El Camino aparecía sembrado de hospitales. Desde Santiago de Ligonde ascendieron al Alto del Rosario reuniéndose con los procedentes de Lugo que habían escogido la ruta que traían desde Piedrafita. Otros procedentes de Oviedo que no había hecho el camino por León esperaban en Palas del Rey. Un tercer grupo dio preferencia a La Espina, Tineo, Allande, Fonsagrada y Lugo.
En esta parte del camino cerca de San Julián del Camino un grupo de hombres lanzó sus caballos contra los peregrinos que no pudiendo defenderse con los bastones que llevaban se desembarazaron de las calabazas y huyeron refugiándose tras los muros del Castillo de Pembre. Las peregrinas se recluyeron en un gran salón donde había abundantes camas separadas por cortinas de las que algunas sobraron. Los varones fueron alojados en otra sala en condiciones menos confortables. La norma era que desde vísperas(9) a laudes(10) no saliese nadie del recinto asignado, excepto los monjes peregrinos que habían sido alojados en toda sala que se les permitió ir a la capilla al toque de completas. (11). Fray Mauricio de Munilla volvía e esa hora de la capilla cuando escuchó desde la torre de homenaje cantar a un trovador cuya voz le era conocida. sobre todo por su acento inglés
Senhora, por amor de Dios,
Habed algún duelo de mí,
que los míos oios Como irios
coirem desde el día que vus vi;
Hermanos e primos e tíos
Todos los yo perdí;
Si vos non pensades en mí.
Fí.(12)
Fray Mauricio subió al torreón que agregaba a la falta de luz el frío de las piedras recogiendo el aire que soplaba del norte entre las aspilleras de los muros. Junto al mástil de la bandera encontró a Eduardo.

- ¿Qué hacéis aquí pasadas completas?. ¿No sabéis que desde vísperas a maitines no debéis abandonar vuestro alojamiento?.
- Es el amor, Fray Mauricio que me ahoga desde que conocí a Doña Magdalena. Lo más duro de la penitencia impuesta es que debemos hacer el Camino sin cruzar palabra pero en ella no se citó la trova castellana.
- ¿Creéis acaso que Doña Magdalena os entiende en una lengua para ella extraña?.
- Don Mauricio el amor entiende todas las lenguas.

Fray Mauricio le dio la razón en ello pero le urgió a retirarse a su dormitorio.

En Castañeda se encontraban unos hornos para hacer la cal con las piedras recogidas en Triacastela. Don Mauricio no se extrañó al ver a Benito de Dijón dejar el saco de piedras en la fábrica de cal que surtía las obras del templo de Santiago. Siguieron el camino después de dormir les quedaba una jornada en las mejores disposiciones físicas y con ayuda de caballería. Y dos jornadas en peores condiciones. Antes de llegar a Arzua habían pasado por Lebureiro perteneciente al dominio de Fernando II que la cedió al Monasterio de Sobrado En Labacolla se agregaron los de Oviedo que no venían por León y sí lo por la Espina, Navia, Rivadeo y Sobrado. En el río lavaban la ropa y todo su cuerpo Como si quisiesen no llevar a Santiago nada de lo que en su ropa o en su piel pudieran haber recogido. Subieron al monte del Gozo reuniéndose en la ermita otros peregrinos que daban las gracias a Dios por haber llegado hasta allí. Aquí se les unieron los Irlandeses embarcados en Dublín y los ingleses que lo habían hecho de Plymouth a La Coruña o Muros. No faltaban portugueses que se habían reunido en Coimbra ya nadie era capaz de reconocer los distintos idiomas hablados por los muchos pero pequeños grupos de peregrinos. Benito de Dijón vio las torres del Templo. Su carácter retraído y sus ganas de pasar desapercibido desaparecieron con un grito de triunfo:
- ¡Ultreya!.

Tomó en sus manos la calabaza y bebió del vino que llevaba pasándola a un grupo de irlandeses que entendieron muy bien la conducta del de Languedoc. Vaciada a calabaza y otras que aparecieron de distintas viñas sonaron otra vez los atronadores gritos de alegría.
- ¡Ultreya!


Finalmente se encontraban en Santiago en cuyas calles se oían idiomas de los países más lejanos. Daba igual la hora de llegada. Las puertas de la basílica siempre se encontraban abiertas, Algunos días el mayor problema era pasarlas. Primero había que sortear una barrera de ciegos, aunque alguno tuviera una vista tan aguda que reconocía a muchos metros la presencia al peregrino que le dio limosna en otra peregrinación anterior. Mancos de ágiles movimientos de juegos de mano usadas en las tascas donde invertían la limosna para desesperación de las mozas que les servían las jarras de vino con el consiguiente palmetazo en las nalgas y cojos a los que no les podía dar alcance los custodios del Camino a caballo que le descubriera robando a algún peregrino solitario. Entrados en el Templo lucharon en alguna escasa ocasión para poder estar lo más cerca posible de los restos del Apóstol. Se agrupaban por paisanaje común. Los que tenían más paciencia formaban coros entonando canciones acompañados por cítaras, tímpanos, flautas y cualquier otro instrumento junto a los que lloraban y hasta publicaban sus pecados. O los que llegaban por penitencias especiales exponiendo a la cristiandad su miserable vida. En esos momentos de tumulto nadie quería oír nada más que las canciones o las epístolas. Otra cosa distinta era publicar en invierno, cuando menos fieles acudían de la cristiandad. Los ritos se celebraban continuamente en honor a Santiago. Benito no era de los de la paciencia y tampoco de los violentos. El Episcopado se vio a poner alguno d estos hechos en conocimiento del Papa. Benito Dijón aprovechó un momento de tensión entre florentinos y bávaros para llegar al altar donde se arrodilló sin ser molestado por nadie. Salió de su meditación cuando don Mauricio le puso la mano en el hombro creyéndole enfermo. Salieron juntos a la calle y Benito le contó lo sucedido en su postración.

- Me sentí octogenario y rodeado de un infernal ruido de espadas. Entraron unos árabes degollando los muy escasos clérigos que había en la iglesia. Pero a mí me respetaron la vida. Cuando acabó esta escena vi en la calle a los vecinos de la ciudad llevar las campanas a hombros, en calidad de esclavos, decían que a Córdoba.

Don Mauricio le interrumpió:
- También visteis Como arrancaban las puertas de la ciudad y usaban a los esclavos para llevarlas y usar más tarde la madera en los navíos que estaban construyendo para atacar si podían a la misma Roma.
- ¿Cómo sabéis eso?.
- Hace siglos que ocurrió. Fue en una de las correrías de Almanzor.
- ¿Entonces transmigró el alma de aquel viejo fraile instalándose en mi cuerpo?.
- Volvéis a las herejías Las almas no transmigran. Simplemente en algún momento de vuestra vida habéis conocido la historia, pero la habéis olvidado. Al apoyar vuestra frente en el altar la habéis recordado con tal intensidad sintiéndoos el protagonista. Ni el alma de aquel viejo monje, ni el mismo Apóstol tiene nada que ver en lo que vuestra fantasía ha recreado.

Juntos adquirieron las conchas que acreditaban su calidad de peregrinos y se despidieron. El fraile se fue al Monasterio y el carpintero al mesón Una semana después don Mauricio se encontraba otra vez predicando en Arzua y don Benito deshizo el camino con la conciencia libre de su pecado de apostasía y haciendo lo que había hecho toda su vida. Comprar mercancías entre las que había libros para llevar consigo a Toulouse.

Jose Antonio Trujillo Ruiz

31 años, natural de La Carolina (Jaén), cursó los estudios de Medicina en la Universidad de Navarra, finalizándolos el año 1994. Posteriormente ha realizado estudios posgrado, doctorándose en Medicina por la Universidad de Málaga, así como realizando un Master en Salud Pública y Gestión Sanitaria en la Escuela Andaluza de Salud Pública. Es Médico de Familia, realizando su formación en la Unidad Docente de Málaga, tanto en la ciudad de Ronda como en la de Marbella. Ingresó en Asemeya en Mayo de 2001. Autor de numerosas publicaciones y organizador de múltiples eventos que se relacionan con la medicina humanista, es director de la revista "AllegrO", que también posee una versión electrónica en la dirección: www.allegro.es.org Es el médco itular de la actual Escuela Taurina de Ronda. Actualmente se dedica profesionalmente a la gestión de centros de Atención Primaria en la comunidad andaluza.