| El viejo Camino guarda las huellas de
viajeros de capuchón, capellina o ancho sombrero, túnica
corta, manto de lana gruesa, sandalias, largo bastón con punta
de hierro, zurrón de cuero, calabaza, una o varias conchas y
el bordón ayuda de sus cansadas piernas y arma ocasional contra
alimañas. Aún se ven monasterios o sus ruinas, paradores
inevitables albergues de príncipes de los poderes espirituales
o terrenales, siguiendo las mismas sendas abiertas por otras gentes
sometidas a su potestad. La naturaleza conserva las cuevas donde se
alojaron numerosos peregrinos que hicieron la ruta por no tener cabida
en las hospederías monacales y carecer de medios para aposentarse
en los mesones de la ciudad donde hacían noche. Las estancias
por lo común eran cortas. Desde las cumbres de los Pirineos podían
emplear doce jornadas en llegar a Compostela.
Don Gastón Chat, monje benedictino francés había
salido de Olorón hacia Borce siguiendo el curso del río
Gave d'Aspe en busca del paso de Somport, proyectaba pasar unos días
de descanso en Jaca aprovechando para cambiar impresiones con otros
peregrinos entrados en Aragón por Le Puy y también con
aragoneses y catalanes que no daban de lado al saber de aquellos años.
En realidad no era un peregrino, hacía un viaje que coincidía
con el Camino recogiendo copias de libros para llevarlos a Aviñón.
En ella coincidió con don Antolino de Corigliano que desde ese
momento iba a ser su compañero. Lo mismo que don Gastón
se ocupaba de acumular libros para llevarlos al Monasterio de Montecasino.
Acabado el breve reposo abandonaron las tierras de Candanchú
y Canfranc, aquellos días cubiertos por la policromía
que habían sucedido al deshielo de las nieves. Utilizaron las
riveras del río Aragón para entrar en Jaca por la Puerta
de San Pedro. Sin detenerse a descansar visitó la Catedral agradeciendo
el cobijo que le resguardaba de los vientos fríos que soplaban
en el valle. El toque de laudes(1) les sorprendió en la sacristía
de la iglesia de Santiago a la que acudían peregrinos en cumplimiento
de la obligación de rezar a la hora de maitines y de oír
misa a diario. Encargado Don Gastón de oficiar la Misa subió
al púlpito para dirigirse a los fieles, en su mayoría
peregrina, algunos procedentes de Le Puy.
- Todo lo que veis es un libro escrito por el dedo de Dios. Los hombres
que no hacen el Camino admiran los complicados adornos en las fachadas
de catedrales y monasterios. Recuerdan algunas escenas de Historia Sagrada
o profana por haberlas escuchado a clérigos, a sus mayores o
a quienes han peregrinado antes. Los que no saben leer no entienden
las señales talladas en las piedras pero vosotros podéis
comprender los avisos que os ayudan en el viaje. Reconocéis en
las figuras la existencia de agua en la ruta; sabéis que fieras
os aguardan en la espesura; os enteráis de distintos peligros
y advertís los lugares de acogida próximos. El inculto
solo ve figuras en el libro de piedra pero no sabe descifrarlas. Lo
mismo ocurre con el necio y voluptuoso, ve en las criaturas su figura
exterior, pero no comprende su importancia. Seguid aprendiendo el significado
de todo lo que os rodea porque todo lo que llegue a nuestros sentidos
es servir a Dios y aprender lo que vais a necesitar mañana.
Cumplido el rito acudieron al comedor donde les aguardaba el desayuno
preparado por los monjes para los que habían pasado la noche
en los pórticos de las iglesias, en los pajares o en las cavernas
cuando no tuvieron el recurso de sufragar noche y comida en un mesón
ni disponían de un hospital. La austera estancia tenía
tres largos tablones elevados sobre el suelo sujetos por numerosas patas.
A su lado los bancos eran tablas más estrechas. Estas mesas se
situaban en dos laterales y el fondo. En el cenáculo se alzaba
un púlpito al que subió don Gastón.
- Nos encontramos en una nueva etapa del largo Camino para venerar las
cenizas del Apóstol. Con esto dais un paso gigante para la salvación
de vuestras almas, pero la mortificación del cuerpo de estas
duras jornadas debe ser seguida de los sacrificios restantes para llegar
a Compostela y, aún más, del resto de nuestros días
porque la vida es solamente un camino que lleva a Cristo.
Salieron de Jaca cuando asomaba la aurora en las cumbres de la sierra.
Don Gastón quiso visitar el Monasterio de San Juan de la Peña,
quedando maravillado por la singular belleza mozárabe y prerrománica
que se adentraba en la cueva. Su llegada fue bien recibida por los monjes
que le agasajaron en reconocimiento a su sabiduría. Pero las
continuas atenciones no fueron bien vistas por el encargado de la enfermería,
don Dámaso de Aurillac, fraile encargado del huerto. Bajo su
tutela se iniciaba en el arte de la medicina un novicio. En sus instrucciones
no faltaban las propiedades curativas de minerales, animales o vegetales,
por muy humildes que fueran estas fuentes de las farmacias monacales.
El cardo María abundaba en las cercanías del convento.
Se usaba con notable éxito en las enfermedades del hígado,
aunque también podía aplicarse a los sangrados de nariz
u otras hemorragias. Fray Dámaso lo utilizaba en los excesos
de la gula lo acompañado del correspondiente ayuno. Su vida transcurría
entre oraciones, estudios siembras, riegos y recolección de frutos
con destino a la botica del convento o a la cocina. Recogía raíces
y hojas curativas cuando vio entrar en el cenobio a don Gastón.
- Muchos son los que se las dan de sabios paseando su orgullo asemejando
conocimientos que no tienen y ocultando los que ignoran. Cargan sus
mulas con sabiduría ajena para beneficiarse de lo que no conocen
haciéndose pasar por verdaderos entendidos en la ciencia.
Don Antolino de Corigliano que venía de Florencia miró
al novicio.
- Don Gastón trata de adquirir conocimientos para esparcirlos.
Con el tiempo te darás cuenta de que su labor no es superflua.
Y aprende distintas disciplinas porque el saber especializado no facilita
auténtico gozo. Más le cuadran a un peregrino que hace
el Camino junto a mí.
El novicio aprovechó una pausa del moje francés para
enterarse de lo que parecía querer silenciar don Antolino.
- Supongo que el peregrinaje de vuestro compañero de camino se
debe a algo más que a la penitencia por la vanidad que le ha
proporcionado honores y riquezas. Matar a un hombre, cometer adulterio
y apostatar son tres pecados canónicos que se redimen con la
peregrinación. Pero esos pecados no se encuentran en vuestras
palabras.
- En su tierra dio muerte al marido de la que cometía adulterio
con él. Huyendo de la justicia buscó refugio en la fragua
de un herrero al que dijo ser perseguido por malquerencias de su Rey.
Enamoró a la hija de este hombre bueno consiguiendo de ella sus
favores. Con su ayuda logró la confianza total del padre al que
logró despojarle de sus bienes abandonando luego a su protector
y a su hija. Con el dinero obtenido fue a Montpellier pasando por entendido
en Física. Su naturaleza embustera logró impartir algunas
lecciones en la Escuela de Medicina donde su ostentación y el
boato llamó la atención de maestros y escolares. Aquellos
días la peste hacía estragos y una de las víctimas
fue él. Viéndose en trance de muerte pidió confesión.
El asombrado religioso le aconsejó la revelación de los
desmanes al Obispo. Ante la gravedad de la enfermedad fue absuelto con
la penitencia de la peregrinación a Santiago en el caso, casi
imposible, de su curación, más la devolución de
lo sustraído, la reparación del honor de la joven y su
humillación en la Escuela de Montpellier. Ahora peregrina sabiendo
que será tratado como pecador hasta que no se postre a los pies
de Santiago y le pida la gracia de contraer matrimonio con la doncella
agraviada.
La campana advirtió la llegada de la hora sexta. (2) Rezaron
el ángelus y Fray Antolino ayudando a recoger en un cesto las
plantas y raíces obtenidas durante la mañana le dijo al
novicio:
- Escucha a fray Gastón como si leyeras en un libro abierto.
Con el paso del tiempo te darás cuenta de que todos los conocimientos
son útiles. Pero huye de la especialización. Un conocimiento
especializado no produce ningún gozo. El hermano que solo sabe
Física, ni Física conoce.
La comida de la comunidad fue vegetariana, no así la de los
peregrinos que recibieron sopa y carne asada sobre brasas preparando
su cuerpo para el duro trayecto que les aguardaban. Los monjes aprovecharon
el tiempo colocando en sus mulas la preciosa carga. Remontando sinuosos
senderos coronaron la cumbre donde se alzaba el viejo cenobio convertido
en a Abadía de San Salvador de Leyre, águila posada en
las alturas desde la que se divisa la copa de los árboles de
distintas especies que poblaban sus laderas. Después de copiar
una valiosa obra bajaron la cuesta para reincorporarse al Camino. Al
pasar por Idacorri Antolino rompió el silencio que debía
observar todo peregrino como penitencia al que, como don Gastón
no estaba obligado.
- Por estos caminos bajaban en viejos tiempos los almogáraves
procedentes de los altos de la Sierra de Idacorri, con una red de hierro
en la cabeza, el cuerpo cubierto con pieles y calzados con abarcas de
cuero. Iban armados con espadas pero también llevaban chuzos.
Con ellos iban mujeres y niños que acostumbrados a la guerra,
atacaban con venablos a invisibles enemigos.
Don Antolino escuchaba atentamente la evocación de don Gastón.
-¿Quiénes eran esas gentes a la que describís de
forma tan feroz?.
- Eran guerreros de los bajaban de las alturas de los Pirineos aragoneses
y navarros. Gentes indómitas mandada por su propio caudillo hecha
a la fatiga y las privaciones que usaban las armas para ganarse la vida,
por eso no tenían un hogar fijo.
- Ir a la guerra debió ser un gran sacrificio, para las mujeres
y más aún si sus criaturas se encontraban en el campo
de batalla.
- Acompañaban a los combatientes en contiendas para ser testigos
de sus éxitos o de sus fracasos. Los hijos se familiarizaban
con las armas viendo luchar.
- ¿A que reino pertenecían?
- A ninguno realmente. Procedían de sierras que tenían
rey pero ellos tenían su propio caudillo. Cuando los reyes de
Navarra o de Aragón estaban en pie de guerra contra los moros
ayudaban a los cristianos. Acabada la contienda buscaban a los árabes
hostigándoles con fiereza.
- ¿No respetaban victorias o paces acordadas?.
- No podían respetarlas. Vivían de lo que obtenían
en sus saqueos.
Los descensos hacia los valles aliviaban su cansancio. Los monjes salieron
de la vereda para beber agua en un arroyo pero tuvieron que reincorporarse
al grupo de peregrinos al ver unos lobos. Felizmente llegaron al fin
de la etapa. Amanecía cuando emprendieron la marcha a Berdún
cerca de donde el río da sus aguas al Aragón, para seguir
hacia Sangüesa y Eunate donde la historia se esconde para dar paso
a una olvidada leyenda de templarios y Puente la Reina. Más al
oeste de la vertiente norte de los Pirineos otros peregrinos habían
descansado en Ostabajos por no tener sitio en San Juan Pie de Puerto.
Atravesaron los Pirineos por el puerto de Roncesvalles, deteniéndose
solo para rezar en Burguete Se internaron en la sierra de Labia para
buscar las aguas del Arga haciendo noche en Pamplona desde donde salieron
hacia Puente la Reina reunirse con los de Jaca.
Don Gastón y don Antolino atravesaron la puerta del Monasterio
encontrando don Armengol de Balaguer acompañado de don Mauricio
de Munilla que en Pamplona habían dejado ecos de su brillante
oratoria. Pasaron largas horas de estudio y copia de libros y los de
Jaca. Compararon sus textos con los de San Juan Pie de Puerto. Y aún
les sobró tiempo para pasear por el claustro.
- Hermano Mauricio, tendrás que buscar tiempo para leer los nuevos
libros de Física que hemos traído.
- También los de Teología, y los de otras doctrinas.
Don Antolino deseaba que fuera más despacio para ganar en profundidad.
- Tampoco es conveniente intentar entender todas las materias. Quien
se esfuerce en ello no llegará a ser maestro en nada.
Pero don Gastan quería mas amplitud en los conocimientos de diversas
materias.
- Hay que conocer todo lo que se pueda. El saber no ocupa lugar y está
siempre a nuestra disposición. Hay quien lo acumula únicamente
en una especialización, pero haría mejor en conocer distintas
disciplinas porque un saber especializado no promociona verdadero gozo.
Blas de Bubierca, el novicio aprendiz, se acercó con un semblante
risueño.
- Estoy leyendo a Dioscórides, conocía bien el herbolario
indio.
- Conviene leer a los sabios antiguos. Es cierto que el discípulo
de hoy sabe más que su maestro de ayer. Pero eso es posible porque
ellos también quisieron saber más que sus maestros. Los
libros de botánica nos hacen conocer los medios de la naturaleza
para curar al hombre. La mano de Dios es más importante. En algún
monasterio conservan el cuerpo muerto de un santo en óleo. Este
óleo sirve para frotar las partes enfermas que de este modo sanan.
Además, el enfermo queda impregnado con las virtudes del santo.
De madrugada salieron de Puente la Reina. Los que estaban de regreso
lucían con orgullo la concha. Desde Alloz se vieron acompañados
por nuevos peregrinos a cambio de otros que se quedaron en el Monasterio.
Sus costumbres más frugales que las de los benedictinos avalaban
la influencia del Cister. En un descanso hecho para vaciar zurrones
llenando estómagos, en la ribera del río vieron pasar
a dos solitarios caminantes. Uno de ellos usaba un bastón largo
en cuyo extremo superior había sujetado un pequeño tronco
forrado con tela en el que apoyaba la axila de tal forma que la pierna
derecha podía ir más descargada y gracias a ello caminaba
aunque con gran lentitud. Su acompañante, ciego se sujetaba con
una mano al manto del cojo y con la otra iba pasando las cuentas de
un rosario. El sol se filtraba ente las hojas de los robles. En los
troncos de los árboles podían verse cortezas deteriorados
por las alimañas. Las ardillas huían de los peregrinos
y estos huían de los osos. Don Bernardo perdió la mirada
en el vuelo de un buitre. Don Antolino, tomando de la rienda a su mula,
se dispuso a seguir el viaje pensando en la fe de los desvalidos que
iban a Santiago imaginando su curación.
Las gran numero de hospederías de Estella aliviaron los huesos
de los acostumbrados a dormir en los atrios de las iglesias. Los monjes
se alojaron en el Hospital de San Lázaro. La abundancia de buen
pan, y mejor vino acompañando al excelente pescado y la suculenta
carne hicieron olvidar las frugales comidas efectuadas desde su paso
por los Pirineos. Cumplieron con los deberes religiosos y cuando se
alejaron del canto gregoriano se sentaron en los duros bancos de la
fría biblioteca posando sus ojos en los libros que parecían
ser el motivo de su existencia. Antes de cenar pudieron tener un momento
para comentar temas mundanos surgiendo la conversación sobre
la situación provocada por un conde corrupto.
- El conde no solo satisfacía sus vicios carnales si no que gozaba
especialmente en relatar los lances de adulterio. El abad recriminó
en público sus acciones con engaños le hizo ir al castillo
después de desahogar su ira con la palabra hizo colocar sobre
sus sienes una corona ardiente que acabó con su vida
- Don Antolino, al conde le queda poco tiempo de vida y sus últimos
momentos van a ser trágicos. El martirio del obispo ha agraviado
a sus feligreses y entre ellos se fragua la venganza, reprobable en
un buen cristiano, pero inherente en el ser humano.
Pasaron por Viana camino de Logroño viendo pastar al ganado
en los prados surgidos entre hayas y romero. Alejados de la muralla
del cenobio repararon en una reyerta de pastores por una cuestión
de lindes. Todo acabó en un pecado canónico, el homicidio.
Su primera visita en Logroño fue a la Iglesia de Santiago el
Real, una de las más antiguas en levantarse en honor a Santiago.
Escuchaban al cisterciense don Mederico de Kasten que había llegado
de tierras de Innsbruk hablando en latín aunque cuando le parecía
insertaba las nuevas palabras castellanas o algún vocablo euzquérico
Su voz gutural impresionaba a los fieles.
- Muchos hemos venido de lejanas tierras para hacer penitencia y venerar
a Santiago, primer mártir que dejó correr su sangre por
su apostolado, los más afortunados han podido alojarse en hospederías
y monasterios, otros han dormido en el pórtico de las iglesias,
en los pajares o en las cuevas que minan los montes. Por eso quiero
pedir a los feligreses de Logroño que procuren dar alojamiento
en caridad a los peregrinos que no tienen fortuna. Dios os devolverá
ciento por uno el gasto que os causen.
En un banco vieron a un peregrino arrodillado mirando fijamente al
sagrario dando la impresión de estar dialogando con el Santísimo,
pero lo que llamó más su atención fue la alargada
cara llena de pequeñas cicatrices producto sin duda de una enfermedad
pasada. Salieron de Santa María para dirigirse a Nájera
desde donde querían subir al Monasterio de San Millán
de la Cogolla. Con la capellina cubriendo la cabeza y embozado por el
manto se defendía de la lluvia un solitario peregrino al que
dieron alcance. Lo poco que dejaba ver en su rostro les recordó
al devoto peregrino de la Catedral de Logroño. El río
Najerilla recibía la confluencia del Cárdenas. Abandonaron
sus riveras para seguir, aguas arriba, el cauce del afluente separándose
de la rivera para subir la empinada cuesta. En este duro ascenso se
desarrolló una fuerte tormenta. El granizo se sujetaba en los
capuchones como si quisiera ocultara las canas de don Gastón.
En las cercanías Monasterio de San Millán de Suso(3) encontraron
resguardo en una gruta. Encendieron una hoguera con la antorcha que
ardía en el interior de una caverna provista de leña por
los previsores monjes del Monasterio para secar las húmedas ropas
y calentar sus ateridos cuerpos. Vieron pasar lobos entre los árboles
y les vino a la memoria la creencia propia de gentes ignorantes. Don
Benito recordó una vieja fábula.
- En una aldea perdida entre los riscos de una montaña dicen
que hubo un mozo de trato agradable buen trabajador, amigo de ferias,
romerías y otros festejos y mejor cumplidor del descanso dominical
y todas las fiestas de guardar, días muy apropiados para retozar
con placidez y galanura con las mozas de su aldea y aún con las
de otras aldeas cercanas. Tan empeñado estaba en su vicio que
acabó deshonrando a una zagala que pastoreaba cerca del prado
de su familia. El padre de la pastorcilla le buscó para que reparase
la ofensa pero el mozo se dio a la fuga. Irritado por el acontecimiento
pidió a Dios que lo transformase en lobo como castigo. El mozo
sintió aquella noche una imperiosa necesidad de revolcarse en
la maleza. Notando como su cuerpo se convertía en lobo. Escuchó
los aullidos de una loba y tras ella fue. Así pasaba las semanas
cazando para comer y caminando siempre detrás de las lobas y
sus lobeznos. Conocedor de los lugares donde su padre guardaba las ovejas
causaba grandes estragos para sobrevivir. El padre asoció las
pérdidas producidas con la ausencia del hijo. Al conocer la maldición
del vecino agraviado recurrió a una hechicera.
- Lo de siempre. Si la virgen no lo remedia que lo remedie el demonio.
- La maga confirmó las dudas. Habló de hacerle una sangría
pero sin lesiones perdurables porque estas serían permanentes.
Armado de un cuchillo buscó al lobo atando un cordero al pié
de un pino. Cuando el lobo se abalanzó sobre la presa el aldeano
se descolgó de la rama y clavó en el lomo de la fiera
la punta del cuchillo. La herida se abrió y la piel del lobo
se desprendió del cuerpo del mozo.
- Si de verdad fueran buenos cristianos esas gentes no creerían
esas patrañas. Además, las historias del hombre lobo aparecen
por todas las aldeas de Europa.
Vieron llegar al peregrino de la cara picada con en el manto muy mojado.
Atrajeron la atención del recién llegado haciéndole
sitio en la hoguera comenzando un diálogo con él.
- Mi nombre es Benito Dijón. Soy carpintero de Toulouse teniendo
por vecina la Iglesia de San Martín de la que dicen tiene los
mismos elemento de construcción que la vieja Iglesia de Santiago
de Compostela. Ocurrieron trágicos acontecimientos en la ciudad
conocidos en la cristiandad entera. Hasta entonces la ciudad era floreciente
y las costumbres pacíficas, pero las tropas del Rey de Francia
y las disposiciones del Papa se encargaron de alterar el orden.
Don Mauricio de Munilla había estado en Zaragoza y había
conocido a trovadores que se habían amparado en el reino de Aragón
huyendo de las persecuciones de Toulouse el comerciante continuó
su exposición. Precedieron a la tragedia los actos unos extraños
personajes predicando singulares doctrinas que se hacían atractivas
por la vida anacoreta que llevaban los precursores. Propagaban ideas
sobre la trasmigración del alma a los animales. No mataban a
un animal porque podían albergar a un alma en pena en consecuencia
no comían carne, ni huevos, ni productos lácteos El pescado
les estaba permitido porque se produce sin cópula y tuve la tentación
de caer en esas ideas.
Don Gastón Chat escuchaba según su costumbre, pero intervino
en lo que más podía molestarle.
- Niegan la humanidad de Jesucristo. Para ellos tampoco la Virgen es
real. Dicen que ambos son un mito. Ignoran o interpretan mal lo que
dice la Biblia lo escrito en libros profanos. Hasta musulmanes hablan
de su existencia real del Hijo de Dios y de la Virgen María y
a su modo con respeto.
Benito tenía necesidad de contar su vida.
- Tengo siete hijos, por lo que estaba mal visto por los albigenses.
Consideran al matrimonio como algo absurdo y completan esta pecadora
idea con la afirmación de la procreación criminal. Producto
de la maldad la creación es mala en sí. Dar la vida es
hacer la desgracia de una nueva alma. Temía a la gran fuerza
que iban adquiriendo. Molestos con la ostentación del clero no
poseían bienes por considéralos parte despreciable de
este mundo. Tuve que apostatar porque estaba mal visto por los herejes
corriendo peligro mi hacienda y con ello la ruina de mi familia
La ropa se había secado, incluso la de Benito. Don Bernardo
acusaba una pequeña dificultad al respirar producida por el humo.
Se pusieron todos en pie y volvieron a la cuesta oyendo a don Antolino.
- San Millán fue un santo varón que despreciando la vida
regalada se instaló en una gruta de la sierra que en su honor
lleva su nombre. Su vida de eremita fue secundada por muchos anacoretas
poblando las cuevas cercanas. Más tarde estas cavernas se convirtieron
en capillas y lugares funerarios sirviendo de monasterio más
dotado de elementos arquitectónicos visigóticos, prerrománicos
y finalmente mozárabes. Nuestros mojes siguieron su costumbre
de visitar al abad, la enfermería y la biblioteca encontrando
una sorpresa en las distintas lenguas que debieron usar para entenderse
con los residentes y alojados. Unos hablaban lenguas euzquéricas
y otros el castellano que había encontrado su cuna en el Monasterio.
Casi todos los residentes se entendían en latín.
El viaje a Santo Domingo de la Calzada, donde cantó el gallo
después de muerto, fue menos penoso y con mejor tiempo. El canto
se produjo por una sentencia injusta. Alguien vistió al juez
que se encontraba ante un gallo asado defendiendo la inocencia del castigado.
Los argumentos no convencían al corregidor.
- Eso lo creeré cuando cante este gallo.
El gallo se alzó en la bandeja cantando ante el asombro de los
que se encontraban en la sala. El condenado fue absuelto. Los monjes
continuaron el camino. Benito los abandonó en Berceo para comprar
unas sandalias.. Los robles les hicieron recordar a la Virgen tallada
en madera de cerezo por un artista gótico en el cercano Monasterio
de Valvanera. Don Antolino conocía bien el Monasterio Benedictino
y las riquezas que atesoraba gracias a númerosas donaciones.
- Un fraile me habló de condes y plebeyos, pecadores y fornicadores,
donantes de heredades a los monasterios con la esperanza de salvar sus
almas.
Fray Mauricio había visitado Valvanera en busca de libros, remontado
el curso del río Najerilla abandonando la ribera. Entre los robles
vieron un oso al que vigilaron sin darle mayor importancia porque veían
alejarse a la fiera. De todas formas dieron gracias a Dios por haber
encontrado al oso de espaldas sintiendo en sus corazones por que gracias
a esta y otras fieras hacían el viaje en grupo También
las dieron por haber conocido a un apóstata que había
vuelto a la fe. El sol lucía después de unas jornadas
de ausencia. Regresaron a Santo Domingo de la Calzada. Dieron comida
al gallo y la gallina y recibieron el regalo de otro gallo cebado por
las manos de un sacristán de la catedral. Bernardo Dijón
con sus abarcas nuevas había tomado peligroso atajos. Lo encontraron
con la mirada embebida en el gallo que salía y entraba a la sacristía.
Estaba preocupado porque a pesar de su fealdad había observado
las excesivas atenciones de la criada de la fonda y su costumbre de
agacharse frente a él de tal manera que enseñaba sus voluminosos
pechos con gran generosidad provocando turbación y deseos que
no estaban más permitidos en el Camino que en su ciudad de Toulouse.
Interrumpieron su sueño a completas(4) para vadear el río
Oja. Se alojaron en el Hospital de San Juan. La espiritualidad se concentraba
en la devoción a San Lesmes. Por este Hospital pasaban los que
habían salido de Bayona, atravesando el Bidasoa hacia Irún.
Encontraron el apoyo del Monasterio de Santiago, en La Carra después
llegaron a Vitoria donde descansaron antes de llegar a Armentia para
acabar en Miranda de Ebro Les sorprendió a gran abundancia de
guerreros vascos que volvían de tierras de moras con esclavos
conseguidos en las batallas. Las mulas estaban cargadas con los botines
obtenidos. Algunos enseñaron orgullosos labrados candiles, otros
llevaban ajorcas de oro. El capitán se jactaba de la bandera
roja con cimitarra bordada en oro ganada en batalla
Un alférez iba acompañado de una morilla con la cara tapada
por el velo que se hacía admirar por los graciosos movimientos
de sus estrechas caderas. Era la hija de un jeque árabe acostumbrada
a bailar el agua. (5) Esperaba llegar a Vitoria para bautizarla en la
fe cristiana y contraer matrimonio con ella. No tuvo la mima suerte
otra esclava de su edad que fue vendida a un viejo usurero, aunque él
consideró su acción muy generosa por destinarla al servicio
de su nieta.
A los que no estaban de vuelta les esperaba un desfiladero menos penoso
en Pancorbo. Encontrando el viejo Monasterio de Rodilla desde donde
fueron a Quintanapalla ya muy cerca de Burgos. Solo los enfermos encontraron
alojamiento en el Hospital de San Juan. Rivalizaba con el Hospital del
Rey de Burgos regido por la Abadesa del Cister. Las cistercienses contaban
con la inestimable ayuda de Amaro, francés que regresando de
la peregrinación dedicó su vida a la limpieza de la abadía
en favor de los peregrinos. Don Mauricio lo encontró llevando
sobre sus hombros a un enfermo y bendijo la buena acción mas
tarde le entró la curiosidad.
- En vuestro país no os falta de nada y podéis llevar
una vida menos trabajosa. ¿Cómo es que hacéis los
menesteres más bajos y acarreáis a los enfermos, pudiendo
pagar a quien lo haga por vos?.
- Recordad las palabras de San Benito. Al enfermo hay que cuidarle como
si del propio Cristo Nuestro Señor se tratase.
Entre las peregrinas se encontraba Magdalena de Soltau que venía
de Bremen joven viuda de un caballero muerto en una contienda mantenida
con los infieles llegados al país en busca de negocios. Hacía
el camino pidiendo fuerzas al apóstol para erigir un monasterio
femenino como el de Santa Cruz de Serós. Las peregrinas tenían
más penitencia que los varones a los que no se les discutía
su derecho a visitar la tumba del apóstol. Algún monje
hablador, más que orador clamaba en su contra.
- La mujer es el origen de todos los pecados y por ello en la ruta no
pueden hacer otra cosa que contaminar las almas de los piadosos viajeros.
Los verdadero oradores admitían el peregrinaje femenino,
- El Camino del Apóstol también está abierto a
ellas porque es un medio de purificación y quién así
habla desconoce no solo el elevado número de santas que lo han
recorrido, a las que veneramos y pedimos ayuda en muchas enfermedades.
No obstante la rigurosa observación de las normas usos y costumbres
de los peregrinos surgió un imprevisto lance de amor. Magdalena
de Soltau conoció a Eduardo de Greenok procedente de Glasgow
que embarcó en Liverpool acompañado de unos alquimistas
con destino a Brest. Pensó hacer el Camino. Sus compañeros
se repartieron por distintos lugares de Europa buscando ampliar sus
conocimientos. Él los adquiría en Santiago. Ante la presencia
de Magdalena sintió una inquietud desconocida. Ella por su parte
no fue insensible al varón. Como el amor es una enfermedad contagiosa
de alto riesgo entre la juventud y de evolución rápida
se apoderó de ellos y de sus almas. De las miradas pasaron a
las manos y de las manos a la mullida yerba de la ribera del Arlanzón.
Los gemidos de placer de Magdalena se acompañaban del rumor del
río aumentado por el murmullo de las hojas de los árboles
mecidas por el viento. La luz de la luna les ayudó a colocar
en orden la ropa y retirar ramitas de zarza de las ropas para acudir
a maitines esperando que en el Císter no hubieran reparado en
su ausencia. Así fue.
Cerca de Burgos, en Tardajos, se agregaron dos peregrinos que habían
viajado por el mar desde las lejanas islas de Inglaterra con otros cinco
que habían caminado por Behobia, Irún, Cegama, Armentia
y Vitoria. No habían tenido que detenerse en el hospital por
haberse librado de unas fiebres acompañadas por vómitos
y diarreas. Llegaban amedrentados por haber sido agredidos por unos
forajidos vestidos con trajes de piel sin encurtir buscando el contenido
de las alforjas costuras en la ropa que indicasen donde se encontraba
escondido el dinero necesario para el viaje. Gracias a un reducido numero
de hombres de armas que regresaban de una incursión contra los
moros pudieron salir del trance aunque malparados por las heridas sufridas
al oponer resistencia y con algún zurrón de menos.
Don Antolino y don Gastón tomaron el camino que ingleses y vascos
habían pasado dirigiéndose los dos con sus cuatro cargadas
mulas a su monasterio de origen. Don Mauricio de Munilla y don Armengol
de Balaguer continuaron con sus peregrinos. En la entrada de Fromista
vieron acercarse a dos mujeres jóvenes vestidas con saya roja,
la una azul la otra y corpiños blancos muy ajustados que remarcaban
la morbidez de su cuerpo, Se acercaron a los peregrinos más rezagados.
Impulsados por el vigor que presta la juventud, acostumbraban a intentar
cazar cuanto pudiera servirles de sustento que siempre compartían
con los compañeros de viaje preferentemente con las peregrinas
si se encontraban en el grupo alabandólas como la mujer que mejor
guisaba de todos los piases que habían recorrido desde que habían
salido del suyo.
- Muy cansados venís pero nosotras disponemos de un lecho para
descansar después de una cena en la que no faltará el
buen vino.
- ¿Esto lo ofrecéis por caridad?
- ¿Quién habla de caridad?. La caridad no da para nuestro
sustento ni el mercader nos regala la ropa. Habréis de dejarnos
algún dinero y si, por casualidad, lleváis guardada alguna
joya bienvenida sea por que nos recordará vuestra hermosura.
A las palabras acompañaban caricias deshonestas sobre sus senos
que cesaron al coger las manos de los peregrinos para acercarlas a los
cordones amarillos que cerraban la apertura de la vestidura. Cuando
estas mujeres creían haber obtenido sus propósitos unos
lugareños se abalanzaron sobre ellas.
- Malas mujerzuelas Lleváis picos pardos en las sayas cumpliendo
lo dispuesto para que se os distinga de las mujeres honradas del reino
pero no cumplís la prohibición de comprometer a los peregrinos.
Y vosotros que hacéis el Camino, Dios sabe por que pecados, debéis
observar la castidad a las que os obliga el peregrinaje.
- ¡Por la Santa Virgen del Camino que os equivocáis!. Solo
les estabamos informando del peligro que corren con los lobos.
- Más peligro corren con las zorras y sobre todo si caminan sobre
dos piernas como las vuestras.
- Más zorra es tu mujer que tiene un lunar rojo en la tetilla
izquierda y un capricho en forma de pera en la pantorrilla derecha para
que lo vea Pero Mingo en la paridera que tienes en el Alto de los Quiñoneros.
Pregúntale a ella y, si no te miente, verás que además
de hacer lo que nosotras lo regala.
Esos defectos eran de nacimiento producto de unos antojos que tuvo su
madre en el embarazo y las comadronas se habían encargado de
contarlo por el pueblo. Como cosa conocida no molestaron estas palabras
en demasía. Pero el desparpajo de las mujeres levantó
su ira.
- ¡Deja de hablar así porque, encima de la paliza que
te voy a dar, la Iglesia te excomulgará y la Justicia te cortará
las narices, como está escrito y te expondrán a la vergüenza
pública!.
El ministril acompañó sus palabras con el chuzo. Ellas
aprovecharon la confusión para huir en la espesura del bosque
donde por más que buscaron no las pudieron encontrar. Solventado
el incidente entraron en el recinto de la ermita de Santiago partiendo
la comitiva hacia el Monasterio de San Martín de Fromista donde
llegaron a la población desde el alto del otero.
Agradecían la llanura del terreno tan distinta de los barrancos
y desfiladeros. Carrión de los Condes afirmaba su capitalidad
en Tierra de Campos desde un altozano. Guardaba como joya espiritual
el Monasterio de San ZoiIo, uno de los más importantes de la
orden de Cluny. Don Armengol, ayudado por don Mauricio, trasladó
a los heridos al Hospital de San Zoilo que guardaba las reliquias de
este Santo y de San Felices traídas desde Córdoba. Ayudó
en la cura de los heridos a los que aplicaron hipérico muy usado
en toda clase de heridas marchando después a la Iglesia de Santa
María del Camino. En la misma calle se encontraban el Hospital
y la Iglesia de Santiago agobiados por el fuerte calor. Deseaban refugiarse
en alguno de los numerosos mesones por el asfixiante calor que les hacia
humedecer la ropa que debían llevar como hábito de viaje.
Los peregrinos pudieron alojarse con relativa comodidad aunque en esta
ocasión sufragaron los gastos cada vez más elevados y
luchando contra la concupiscencia de las jóvenes muchachas que
les atendían. Enardecidos los ánimos por los últimos
sucesos se reunieron en una taberna donde comentaron la falta de seguridad
del camino pasando después a bromear con los peregrinos que habían
protagonizado el incidente de las mozas de Fromista. El tiempo corría
pero el vino parecía ir más deprisa. De la conversación
pasaron a los cánticos y de estos a las discusiones acabando
los báculos por romper las conchas de otros peregrinos. Enterados
los monjes aparecieron en la tasca y tras muchos trabajos y anatemas
lograron que se retiraran los embriagados peregrinos. Carrión
de los Condes sintió alivio con su marcha pero no por eso fue
descortés con ellos ni abandonaron la caridad debida.
El Arzobispo se encontraba en Sahagún resolviendo problemas episcopales
y predicando la necesidad de ayuda al Rey en dinero y hombres en la
interminable lucha contra los moros. Magdalena y Eduardo estaban apesadumbrados,
aunque no arrepentidos por haber llevado su amor más lejos de
donde estaba permitido. El mitrado los escuchó sin sorprenderse
de ello y después de consolarles, más que reprenderles,
procedió a confesarles advirtiendo que su pecado era superior
al cometido por los demás mortales por el doble motivo de faltar
a un mandamiento de la ley de Dios cometido en peregrinación.
La penitencia fue la inmediata boda, seguida de la prohibición
del abandono del Camino que debían hacer separados y solamente
reunidos en las misas de maitines ocupando el lugar permitido a cada
sexo.
A los peregrinos les sorprendió la noticia por no saber a que
se atribuía la ceremonia pero pusieron más ahínco
en su petición de caridad por el amor de Dios. Benito Dijón
que había llegado, como siempre después de escoger en
solitario sus singulares veredas, sintió la boda como cosa propia
por tener hijos de la misma edad pagando los gastos con lo recaudado
en petición de limosnas.
En León tuvieron que abrirse paso entre una multitud de vendedores
llenando sus bolsas a cuenta del constante tráfico de extranjeros
que proveían sus morrales con piezas de caza, frutas y pescado.
Algunos acudían de Oviedo donde se habían reunido los
procedentes de distintos puertos asturianos que habían arribado
procedentes de puertos de diversos países europeos. Entre los
compradores se encontraba un curioso personaje que se interesaba más
por pequeños objetos metálicos que por los alimentos.
Al escuchar su nombre don Mauricio le saludó con mucho respeto
por tratarse de un peregrino procedente de Palma de Mallorca. Había
oído decir que era capaz de transformar el plomo en oro mediante
complicados procesos de alquimia La personalidad muy singular de don
Raimond había hecho de un senescal de la corte del reino mallorquí,
ocupado en la trova para doblegar voluntades de solteras y casadas,
un monje franciscano ejemplar. Paseando por el claustro comentó
con don Armengol.
- La vida de don Raimond es sorprendente. Abandonó su disipada
vida por una mujer de especial hermosura y elegante porte como correspondía
a la esposa de un mercader genovés afincado en Mallorca. Logró
convencerle de su necedad.
Su compañero de viaje le contestó:
- Es muy difícil abandonar ese pecado cuando tiene recaídas.
- La dueña tiene fama de ser inasequible a varón alguno
y de ella se encaprichó Raimónd. Lo más florido
de la trova provenzal añadiendo su propio saber de la gaya ciencia
sonó en los oídos de la dama que aceptaba con desprecio
los distintos cánticos. Cansada de la trova decidió aprovechar
la ausencia de su marido que navegaba rumbo a Nápoles abriendo
al trovador la puerta de su cámara. Se sentó en el lecho
apartando las cortinas del dosel y lentamente se despojó de la
camisa dejando los pechos al aire. Pechos desfigurados y corroídos
por el cáncer. Vio la cara de asombro de Raimond. Las falsas
apariencias, la miseria humana y el sentimiento doloroso de haber desvelado
lo que debió permanecer oculto en la intimidad le acercaron a
la vida religiosa. Sosegado sus placeres carnales centró su vida
en el estudio interesándose por la teología, la astrología,
la alquimia y la medicina. Ese es el motivo por el que ha emprendido
el Camino.
El cansancio de tantos días de marcha había hecho mella
en muchos peregrinos que tuvieron que refugiares en el Hospital de San
Miguel del Camino donde quedó algún enfermo tanto por
los dolores producidos por las artritis Como por el desfallecimiento
causado por el mal trato de sus cuerpos. A los que continuaban el peregrinaje
les animó la llegada al Hospital de Órbigo admirados de
la magnitud del puente escenario de un Honroso paso. Llegaron a Astorga
no sin penalidades porque en algunos lugares eran reacios a practicar
la caridad. Para ellos fue un alivio el Hospital de San Juan. Advertidos
de la carencia de ayuda, que ya habían sufrido en otros lugares
llenaron los zurrones de sobras de comida del Hospital.
Escucharon en los púlpitos las continuas llamadas en su ayuda
que parecían no tener demasiado eco en la feligresía,
aunque los que la practicaban en ocasiones suplían con creces
a los ausentes.
- Entre vosotros hay quién puede ayudar a sufragar los gastos
producidos. Empleado el dinero en ellos cuando os sobre que por ser
hijos de Dios son hermanos vuestros. No abandonéis nunca el ejercicio
de la caridad.
En este aspecto los que más sufrieron, y no era la primera vez
que les ocurría, fueron los que se sufragaban el viaje por el
continuo abuso en precios y calidad de hospedaje y comida, aunque en
esto se libraban los de alta calidad social que solían alojarse
en las casas de los notables de las ciudades. En el Hospital tuvieron
una comida que no era habitual en el segundo plato. El bacalao hizo
acto de presencia después de muchas jornadas sin probarlo. Quien
más lo celebró fue el matrimonio de Sahagún.
El obispo de Astorga era un santo varón más ocupado del
bien espiritual y material de sus diocesanos que de los asuntos de guerra
o de las francachelas, pero estaba disgustado por la trascendencia dada
al asesinato de un conde en la puerta de su palacio. Andaba en coplas
populares y la historia no podía ser más complicada. El
desdichado montañés mantenía amores con Doña
Leonor viuda que consolaba sus penas con el Rey de Castilla. El conde
gozaba de la confianza del Rey y por lo tanto de la dama con la que
no tardó en intimar. Pareció al monarca un abuso de confianza
y enterado de algunos desaguisados cometidos por el conde en una familia
muy celosa de su honor entró en contacto con un hermano de la
agraviada al que calentó las orejas hasta convertirlo en un verdugo
que salpicó de sangre los muros del palacio episcopal.
Los peregrinos volvieron a enfrentarse con la realidad de un terreno
abundante en cuestas por lo que los cansancios aumentaban. En las cercanías
de los monasterios aguardaba con paciencia los monjes para ayudar a
los desfallecidos. Santa Catalina de Somoza y Rabanal, sobresalían
en esta función de ayuda siendo frecuente ver Como unos frailes
llevaban en sus hombros a desfallecidos servían a Dios mejor
en la cama que andando el Camino.
Ponferrada hundía sus cimientos en las aguas del Sil cuyo puente
revistió de hierro el Obispo Osmundo dando de esta manera nombre
a la población. Los templarios tuvieron allí un importante
centro pero los peregrinos temían hablar de la Orden extinguida
de una manera cruel.
Era una orden que se formó en principio para asegurar los caminos
seguidos por los palmeros(6) que iban a visitar los Santos Lugares de
Jerusalén defendiéndoles contra la morisma. Usaban manto
blanco como los cistercienses y ostentaban una llamativa cruz roja.
Hacían los tres votos monásticos. Pronto aparecieron en
protección de romeros. (7) Su importante labor les produjo cuantiosos
donativos acrecentados por una buena administración permitiendo
repartir, los años de mala cosecha comida y semillas entre los
campesinos. El rey de Francia agregó a sus celos por la admiración
del pueblo al Temple el deseo de poseer tan cuantiosos bienes inventando
infamantes calumnias e involucrando al Papa en su insidia. Al fin logró
acabar con la Orden condenando a la hoguera al Gran Maestre y asesinando
a tantos cuantos templarios pudo en el breve plazo de un solo día
En Aragón fueron menos crueles con los templarios pero repartieron
sus bienes entre otras Ordenes. En cuanto a Castilla en Salamanca se
decidió abogar ante el Papa declarando su inocencia, pero no
pudo evitar su extinción. En las tierras que rodean a Soria dicen
que en algún castillo del Temple, suena la campa a de la capilla
la noche de difuntos y las almas de los templarios envueltas en los
jirones del sudario acuden a una macabra cacería.
Entraron en la ermita de Nuestra Señora de la Encina construida
por los templarios que talando árboles para su construcción
encontraron una imagen de la Virgen en el hueco de un tronco. Cacabelos
fue muy beneficiada por el controvertido obispo compostelano Gelmírez
asegurando una buena acogida a los peregrinos en distintos centros asistidos
por el cercano Monasterio de Carracedo. En Villafranca del Bierzo, postrados
bajo las arcadas que dan al norte de la Iglesia de Santiago, recibían
indulgencias los peregrinos que tenían que abandonar el viaje
alojándose en el albergue de peregrinos los que podían,
los otros buscan sitio en los lugares de acogida. Al salir les esperaba
un camino de tortura por la angostura de los pasos cubiertos de robles
y de castaños. La estrechez era tal que, según la leyenda,
un abad del Monasterio de Santa Catalina rompió la peña
para dar paso no solo a los hombres si no también a las aguas.
Llegaron a Herrerías contemplando grandes mazos hidráulicos
aprovechando los torrentes para trabajar el mineral. En su Hospital,
con los ingleses, se hospedó Eduardo mientras Magdalena lo hacía
en una casa de campesinos que la recibió con grandes muestras
de afecto.
Siguieron subiendo cuestas hasta llegar a El Cebrero En las alturas
la Sierra formaba una pequeña aldea un escaso grupo de pallizas,
casas redondeadas de planta baja con paredes de cachotería, (8)
cubiertas de colmo. San Giraldo construyó junto a ellas un hospital
de peregrinos y una Iglesia. Don Armengol comentó a los peregrinos
-Tuvo un sacerdote que dudaba seriamente en la conversión del
pan y del vino en carne y sangre. Sus feligreses acudían a los
santos oficios en especial los festivos. Entre ellos nunca faltaba Filgueriño
que recorría el trayecto más largo sin importar las inclemencias
del tiempo en ocasiones complacido en extender un grueso manto de nieve
que dificultaba hasta provocarle dolor los pasos de sus pies. Hubo una
mañana que las nubes no dejaron acudir a ningún feligrés
alternando todos los recursos que impedía salir de las casas
a los menos asustados. Estaba consagrando cuando se presentó
Filgueriño. El Sacerdote se asombró del celo del labrador
expuesto a grave quebranto de su salud, incluso de su vida solo por
postrarse ante lo que él consideraba un poco de pan y una exigua
cantidad de vino. Alzaba la copa sagrada cuando vio en la que patena
forma había tomado forma de carne recién sacrificada.
Miro el contenido del cáliz y observó que el líquido
que contenía era del color, espesura y olor a sangre. Su sorpresa
fue seguida de una aparatosa caída y pérdida de conocimiento.
Filgueriño corrió a socorrerle pero se encontró
con un cadáver.
El antiguo Monasterio estaba preparado para resistir grandes nevadas.
Quizá esta adversidad servía de estímulo a los
habitantes para desarrollar la caridad desarrollada con el peregrino
que se iba acostumbrando a ver distintos tipos de edificios y viviendas.
Ahora eran las pallozas sólidas construcciones de piedra con
techo de paja. Al salir lo hicieron en fila para que el primero hollara
la nieve. Cuando se cansaba dejaba pasar a todos colocándose
el último descansando en un sendero endurecido por los pasos
de los que le precedían. Liñares se jactaba de un soberbio
terreno poblado por abedules lo que no les impedía poseer grandes
plantaciones de lino. Cuando se disponían a entrar en el Hospital
de la Condesa vieron a Benito Dijón cargado con un saco de piedra
caliza que pretendía, como otros peregrinos que solo se diferenciaban
por el volumen de la carga según sus fuerzas llegar a Triacastela.
La proximidad a Santiago les hizo sufrir sufrían la de los desaprensivos
santiagueses que buscaban huéspedes para engañarles en
los precios de lo que ofrecían. Desde aquí continuaron
por Samos, aunque otros lo hicieron pasando por el Monasterio de San
Pedro.
Al borde del río hallaron la población de Sarriá,
entrando por el camino que sube hasta alcanzar el Templo del Salvador
antes de llegar al Monasterio de la Magdalena. Volvieron a descender
por un terreno escarpado al puente del Celeiro. Llegados a Barbadelo
encontraron de nuevo a los buscadores de huéspedes. A Portomarín
les condujo el puente sobre el Miño. Su Iglesia de San Nicolás
era una Iglesia fortaleza con las condiciones aptas para ser castillo
y templo. En sus cercanías había un centro de acogida.
El Camino aparecía sembrado de hospitales. Desde Santiago de
Ligonde ascendieron al Alto del Rosario reuniéndose con los procedentes
de Lugo que habían escogido la ruta que traían desde Piedrafita.
Otros procedentes de Oviedo que no había hecho el camino por
León esperaban en Palas del Rey. Un tercer grupo dio preferencia
a La Espina, Tineo, Allande, Fonsagrada y Lugo.
En esta parte del camino cerca de San Julián del Camino un grupo
de hombres lanzó sus caballos contra los peregrinos que no pudiendo
defenderse con los bastones que llevaban se desembarazaron de las calabazas
y huyeron refugiándose tras los muros del Castillo de Pembre.
Las peregrinas se recluyeron en un gran salón donde había
abundantes camas separadas por cortinas de las que algunas sobraron.
Los varones fueron alojados en otra sala en condiciones menos confortables.
La norma era que desde vísperas(9) a laudes(10) no saliese nadie
del recinto asignado, excepto los monjes peregrinos que habían
sido alojados en toda sala que se les permitió ir a la capilla
al toque de completas. (11). Fray Mauricio de Munilla volvía
e esa hora de la capilla cuando escuchó desde la torre de homenaje
cantar a un trovador cuya voz le era conocida. sobre todo por su acento
inglés
Senhora, por amor de Dios,
Habed algún duelo de mí,
que los míos oios Como irios
coirem desde el día que vus vi;
Hermanos e primos e tíos
Todos los yo perdí;
Si vos non pensades en mí.
Fí.(12)
Fray Mauricio subió al torreón que agregaba a la falta
de luz el frío de las piedras recogiendo el aire que soplaba
del norte entre las aspilleras de los muros. Junto al mástil
de la bandera encontró a Eduardo.
- ¿Qué hacéis aquí pasadas completas?.
¿No sabéis que desde vísperas a maitines no debéis
abandonar vuestro alojamiento?.
- Es el amor, Fray Mauricio que me ahoga desde que conocí a Doña
Magdalena. Lo más duro de la penitencia impuesta es que debemos
hacer el Camino sin cruzar palabra pero en ella no se citó la
trova castellana.
- ¿Creéis acaso que Doña Magdalena os entiende
en una lengua para ella extraña?.
- Don Mauricio el amor entiende todas las lenguas.
Fray Mauricio le dio la razón en ello pero le urgió a
retirarse a su dormitorio.
En Castañeda se encontraban unos hornos para hacer la cal con
las piedras recogidas en Triacastela. Don Mauricio no se extrañó
al ver a Benito de Dijón dejar el saco de piedras en la fábrica
de cal que surtía las obras del templo de Santiago. Siguieron
el camino después de dormir les quedaba una jornada en las mejores
disposiciones físicas y con ayuda de caballería. Y dos
jornadas en peores condiciones. Antes de llegar a Arzua habían
pasado por Lebureiro perteneciente al dominio de Fernando II que la
cedió al Monasterio de Sobrado En Labacolla se agregaron los
de Oviedo que no venían por León y sí lo por la
Espina, Navia, Rivadeo y Sobrado. En el río lavaban la ropa y
todo su cuerpo Como si quisiesen no llevar a Santiago nada de lo que
en su ropa o en su piel pudieran haber recogido. Subieron al monte del
Gozo reuniéndose en la ermita otros peregrinos que daban las
gracias a Dios por haber llegado hasta allí. Aquí se les
unieron los Irlandeses embarcados en Dublín y los ingleses que
lo habían hecho de Plymouth a La Coruña o Muros. No faltaban
portugueses que se habían reunido en Coimbra ya nadie era capaz
de reconocer los distintos idiomas hablados por los muchos pero pequeños
grupos de peregrinos. Benito de Dijón vio las torres del Templo.
Su carácter retraído y sus ganas de pasar desapercibido
desaparecieron con un grito de triunfo:
- ¡Ultreya!.
Tomó en sus manos la calabaza y bebió del vino que llevaba
pasándola a un grupo de irlandeses que entendieron muy bien la
conducta del de Languedoc. Vaciada a calabaza y otras que aparecieron
de distintas viñas sonaron otra vez los atronadores gritos de
alegría.
- ¡Ultreya!
Finalmente se encontraban en Santiago en cuyas calles se oían
idiomas de los países más lejanos. Daba igual la hora
de llegada. Las puertas de la basílica siempre se encontraban
abiertas, Algunos días el mayor problema era pasarlas. Primero
había que sortear una barrera de ciegos, aunque alguno tuviera
una vista tan aguda que reconocía a muchos metros la presencia
al peregrino que le dio limosna en otra peregrinación anterior.
Mancos de ágiles movimientos de juegos de mano usadas en las
tascas donde invertían la limosna para desesperación de
las mozas que les servían las jarras de vino con el consiguiente
palmetazo en las nalgas y cojos a los que no les podía dar alcance
los custodios del Camino a caballo que le descubriera robando a algún
peregrino solitario. Entrados en el Templo lucharon en alguna escasa
ocasión para poder estar lo más cerca posible de los restos
del Apóstol. Se agrupaban por paisanaje común. Los que
tenían más paciencia formaban coros entonando canciones
acompañados por cítaras, tímpanos, flautas y cualquier
otro instrumento junto a los que lloraban y hasta publicaban sus pecados.
O los que llegaban por penitencias especiales exponiendo a la cristiandad
su miserable vida. En esos momentos de tumulto nadie quería oír
nada más que las canciones o las epístolas. Otra cosa
distinta era publicar en invierno, cuando menos fieles acudían
de la cristiandad. Los ritos se celebraban continuamente en honor a
Santiago. Benito no era de los de la paciencia y tampoco de los violentos.
El Episcopado se vio a poner alguno d estos hechos en conocimiento del
Papa. Benito Dijón aprovechó un momento de tensión
entre florentinos y bávaros para llegar al altar donde se arrodilló
sin ser molestado por nadie. Salió de su meditación cuando
don Mauricio le puso la mano en el hombro creyéndole enfermo.
Salieron juntos a la calle y Benito le contó lo sucedido en su
postración.
- Me sentí octogenario y rodeado de un infernal ruido de espadas.
Entraron unos árabes degollando los muy escasos clérigos
que había en la iglesia. Pero a mí me respetaron la vida.
Cuando acabó esta escena vi en la calle a los vecinos de la ciudad
llevar las campanas a hombros, en calidad de esclavos, decían
que a Córdoba.
Don Mauricio le interrumpió:
- También visteis Como arrancaban las puertas de la ciudad y
usaban a los esclavos para llevarlas y usar más tarde la madera
en los navíos que estaban construyendo para atacar si podían
a la misma Roma.
- ¿Cómo sabéis eso?.
- Hace siglos que ocurrió. Fue en una de las correrías
de Almanzor.
- ¿Entonces transmigró el alma de aquel viejo fraile instalándose
en mi cuerpo?.
- Volvéis a las herejías Las almas no transmigran. Simplemente
en algún momento de vuestra vida habéis conocido la historia,
pero la habéis olvidado. Al apoyar vuestra frente en el altar
la habéis recordado con tal intensidad sintiéndoos el
protagonista. Ni el alma de aquel viejo monje, ni el mismo Apóstol
tiene nada que ver en lo que vuestra fantasía ha recreado.
Juntos adquirieron las conchas que acreditaban su calidad de peregrinos
y se despidieron. El fraile se fue al Monasterio y el carpintero al
mesón Una semana después don Mauricio se encontraba otra
vez predicando en Arzua y don Benito deshizo el camino con la conciencia
libre de su pecado de apostasía y haciendo lo que había
hecho toda su vida. Comprar mercancías entre las que había
libros para llevar consigo a Toulouse.
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